domingo, 6 de marzo de 2016

Margo Glanz me interesa


-Me interesa, en primer lugar, la figura de esta mujer, de padres judíos y ucranianos emigrados a México. Una institución literaria en su país.

-Me interesa, después, el discurso de esta mujer, que dice “escribir desde su sexo”

-Me interesa comprobar la altura creativa de esta mujer que demuestra lo que yo vengo sospechando, y sobre lo que algunas veces hemos discutido: que nada tiene que ver el género del autor en la calidad de la obra.

-Me interesa el tratamiento del cuerpo en la obra de esta mujer. Su lado femenino, desde luego. Su lado combativo.

-Me interesa la naturalidad con la que maneja la alta cultura y la baja cultura. (En Saña: Naomi Campbell/Bacon. En El Rastro Jorge Sanz, Versace/Baremboim.)

-Me interesan sus digresiones sobre música. Gould, los Castratti...

-Me interesa, mucho, en El Rastro la imbricación entre el ensayo y la ficción.

-Me interesa el tratamiento que hace esta mujer de la eterna oposición entre emoción y razón, entre biología y tecnología (¿qué es el corazón?).

-Me interesan las digresiones literarias. Me encanta que cite a Bernhard, a Sebald, a Dostoiesvki, incluso para contradecirlos… (pág. 50)

-Me interesa ese ritornello incesante de El Idiota, la obra de Dostoiesvki.

-Me interesa en El Rastro la maestría con que se mantiene sin desfallecer el continuado monólogo interior de la narradora.

-Me interesa en El Rastro esa mise en abyme de algunas de las historias que cuenta el marido de Nora y que me ha recordado a Barbey d’Aurevilly, el escritor francés del siglo XIX que, por cierto, yo adoro.

-Me interesan las transiciones entre el monólogo interior y el diálogo con los distintos personajes.

-Me interesa el intento que lleva a cabo aquí Margo Glanz de descifrar la “fisiología” del amor.

-Me interesa, aunque un poco menos, es verdad, el aspecto sociológico del libro. El retrato, aunque somero, de la idiosincrática sociedad mexicana.  

-Me interesa esa pregunta retórica que se/nos hace la narradora en la pág. 115: “¿es imposible expresar la pasión?”

-Me interesa esa leve brisa existencial, muy melancólica, de El Rastro: “esa absurda herida que es la vida”…

Todas estas cosas me interesan, y a lo mejor incluso pronto amplío la lista...


domingo, 12 de julio de 2015

Cuando el futuro se acabó




LA IRONÍA DADAÍSTA

No se puede decir que el dadaísmo posea un programa. El futurismo es un movimiento fuertemente programático, sus intenciones están claras, son afirmativas, arrogantes. Las decisiones estéticas son precisas, proyectos políticos tan claros que pueden vociferarse ante multitudes de entusiastas dispuestas a pasar a la acción. Efectivamente, la figura retórica dominante del futurismo es la hipérbole, una forma exagerada de afirmación, de exaltación del significado. El signo hiperdefine su significado levantando la voz, sobrecargando la intención comunicativa.

Cuando se habla de dadaísmo es difícil hablar de programa porque su figura retórica predominante es la ironía.

En la ironía existe siempre la conciencia de la disociación entre lenguaje y realidad.

En cuanto figura retórica, la ironía consiste en afirmar negando, en decir una cosa para expresar su contrario. Aunque no es exactamente así. Es así y no lo es. No podemos definir la ironía de manera demasiado unívoca y precisa. Definir la ironía sería poco irónico.

La ironía es conciencia de la irreductibilidad del lenguaje al mundo y del mundo al lenguaje.

La ironía sugiere no tomar demasiado en serio lo que decimos, lo que proponemos, y sobre todo sugiere no asumir la responsabilidad del mundo tal y como es, ni tampoco de lo que nosotros mismos hacemos. La ironía es espíritu de irresponsabilidad, y por tanto es disolución del sentimiento de culpa. La ironía nos recuerda que la vida no se puede decir.

Lave: un-an-al-iz-a-ble, escribe Ignacy Witkiewicz en la novela más extraordinaria escrita por un escritor dadaísta, Insaciabilidad. No podemos escribir un libro sobre el futuro del pasado, o sobre el pasado del futuro, sin hacer referencia a Insaciabilidad de Ignacy Witkiewicz. Se trata de una historia que acontece en la Polonia de los años veinte entre cocaína, princesas ya no tan jóvenes que seducen a oficiales de caballería, pianistas monstruosos y geniales que tocan música infernal, demonismos, sensiblerías, fantapolítica. Polonia es el único lugar en el mundo en el que resiste el humanismo individualista, amenazado por el comunismo espiritualista procedente de la China de Murti Bing, como una droga hipnótica, igual que un Gran Hermano. Novela de visionaria, lúcida, irónica, alocada prefiguración distópica. Witkiewicz huyó de Varsovia cuando los nazis se acercaban, intentó fugarse, ¿pero a dónde ir? Con una amiga, se internó en el bosque, esnifando c ocaína y llorando y riendo hasta que decidieron acabar con todo. Un poco como hizo Benjamin del otro lado de Europa.

La ironía dadaísta nos recuerda, al igual que Witkiewicz, que la vida no se puede decir. Lo que nosotros decimos no es sino un puente imaginario sobre el abismo del sentido.

El gesto de Duchamp consiste en exhibir un signo para negar el significado o para dejar en suspenso el significado que nosotros le atribuimos.

Exhibir el carácter artístico de lo que es banal, pero también el carácter banal del gesto artístico. Dada rompe la dimensión áurea del arte y también la dimensión banal de la vida cotidiana. Irónica banalización del gesto artístico. Irónico recubrimiento de oro del objeto de uso cotidiano.

Sólo hay una frase programática que podemos atribuir al dadaísmo. Es el grito de Tristan Tzara:

Abolir el arte
Abolir la vida cotidiana
Abolir la separación entre arte y vida cotidiana.

Sin embargo, se trata de un programa bastante difuso. Hacer una obra de arte significa hacer de la vida cotidiana el lugar en que se difunde el aura del arte como fuerza perenne e ininterrumpida. Más que abolir, Dada suspende.

La ironía es suspensión del significado. El juego de las relaciones entre signo, significado y referente define los variados matices y modalidades del lenguaje artístico del siglo xx.

Desde luego, el futurismo está poco dotado para la ironía. Su retórica heroico-gesticulante por lo general afirma de modo apodíctico, hiperbólico e incuestionable.

Al contrario, el dadaísmo atenúa. Más que afirmar, pone en suspensión, y hay que considerar toda iluminación particular como una de las muchas posibilidades de sentido. La ironía tiene carácter suprainclusivo, o quizás incluso omniinclusivo: el signo no posee una única posibilidad de interpretación, sino muchas, infinitas quizás. Dada no significa nada, o bien significa todo. La ironía tiende a ampliar la inclusividad significante de todo signo. También el surrealismo, de modo muy diferente, es agudamente consciente de una posible suprainclusividad semántica de los signos.

La relación entre signo y significado es la cuestión fundamental de cualquier utopía. Habla de ello Mario Perniola en su libro de juventud de 1971 La alienación artística, que se puede leer como una introducción a las problemáticas del pensamiento situacionista, es decir, el idealismo en su fase terminal. Perniola habla de escisión constitutiva de la época moderna: escisión entre el arte, esfera del significado privada de realidad, y la vida cotidiana, esfera de la realidad privada del significado. La economía capitalista, separando el valor de uso del valor de cambio, reduciendo las cosas a mercancías, cancela o suprime el significado de la acción humana, reduciéndolo a trabajo alienado. El trabajo no es más que repetición de gestos que no significan nada para quienes los realizan, pero que permiten acumular valor al capital.

Frente a este escándalo de la alienación, el pensamiento humanista se rebela, y proyecta la utopía de la recomposición: el trabajo debe tornarse actividad consciente, actividad dotada de sentido.

Se trata del núcleo central de la revuelta de los años sesenta, años en que la modernidad, una vez alcanzada la plenitud del desarrollo industrial debería finalmente mantener su promesa: la promesa política de la igualdad, la libertad y la fraternidad, pero sobre todo la promesa utópica del sentido: recomponer la escisión entre trabajo y acción, devolver el sentido a los gestos de la vida cotidiana devolver realidad al gesto artístico.

La intención que anima la revuelta de los años sesenta, esa intención de vida auténtica, de vida en la que el significado se recompone con la realidad, es el cumplimiento del idealismo moderno, que domina la escena filosófica en los años de la Hegel renaissance y del humanismo marxista. La crítica debordiana del espectáculo nace de estas premisas.

Antes de que los movimientos sociales experimentasen la utopía de la vida auténtica, suspendiendo las obligaciones de la producción, de la disciplina y de la represión, la vanguardia había experimentado aquella utopía en el plano lingüístico y gestual, poniendo en escena el abanico completo de las posibilidades de relación entre signo y significado y referente.

Las investigaciones lingüísticas han establecido el carácter arbitrario y convencional de los signos que utilizamos en la vida cotidiana para comunicarnos algo respecto al mundo en que vivimos. En el lenguaje de la vida cotidiana cada signo tiene una relación aproximada con su significado. El significado de los signos que utilizamos se ha establecido intersubjetivamente a lo largo de una negociación continua y aleatoria que no establece nada definitivo.

La convención relativa a los signos es una convención débil, el sentido de una palabra cambia en relación con el contexto en el que la estamos utilizando, queremos decir una cosa pero tal vez queramos decir también otra.

El lenguaje científico por el contrario, es altamente convencional: el significado de cada signo debe establecerse de modo fuertemente codificado. Cuando utilizamos una palabra en el ámbito científico, tenemos que estar de acuerdo sobre su significado porque el significado de una palabra científica no depende del contexto ni del humor, sino del contenido que hemos establecido por convención. El saber científico sólo funciona cuando los signos que utilizamos para elaborarlo y comunicarlo se establecen de manera rigurosa.

Luego está la palabra poética. En la poesía las palabras, aun manteniendo su estatus semántico arbitrario y convencional, no son ni arbitrarias ni convencionales, los signos ponen al descubierto todo el trabajo de significación porque la poesía es el laboratorio del significado puesto al desnudo.

El lenguaje científico debe abolir todo margen de ambigüedad del mensaje. El lenguaje común establece cierto nivel de acuerdo entre los hablantes para volver unívoco el sentido de las palabras, o cuando menos para posibilitar su uso compartido. La palabra poética es plurisensual y polívoca, es apertura y multiplicación de las posibilidades de interpretación. La poesía amplía el margen de ambigüedad hasta el punto de que el significado pierde definición y el área de interpretación del signo se extiende de forma ilimitada.

También la utopía se propone algo similar: quiere ser extensión ilimitada del área de significado de los signos para que la actividad no quede encerrada entre las rejas del trabajo abstracto, que reduce el significado a repetición y priva al gesto de toda libertad de elección.

Durante los años sesenta la lección utópico-irónica del dadaísmo entra en contacto con el idealismo filosófico y con la esperanza de autenticidad, y el futuro parece estar al alcance de la mano, presente incluso. Empieza entonces la época del ahora, la época de la realización presente, o del presente verdadero, la época de la utopía que ha hallado su lugar, o cree haberlo encontrado, para siempre. Un hijo de las flores no piensa en el mañana.


Fragmento del libro "Después del futuro / Desde el futurismo al cyberpunk. El agotamiento de la modernidad", de Franco Berardi. Traductor Giuseppe Maio. Enclave de libros ediciones, Madrid, 2014. (Salón Kritik. Domingo Festín Caníbal)

domingo, 26 de octubre de 2014

EL MUNDO DE AYER (Stefan Zweig)


Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra «seguridad» como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz. Nosotros, que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos respecto a la posibilidad de educar moralmente al hombre. Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad. Para salvaguardar nuestra propia existencia, renegamos ya hace tiempo de la religión de nuestros padres, de su fe en un progreso rápido y duradero de la humanidad; a quienes aprendimos con horror nos parece banal aquel optimismo precipitado a la vista de una catástrofe que, de un solo golpe, nos ha hecho retroceder mil años de esfuerzos humanos. Sin embargo, a pesar de que nuestros padres habían servido a una ilusión, se trataba de una ilusión magnífica y noble, mucho más humana y fecunda que las consignas de hoy. Y algo dentro de mí no puede desprenderse completamente de ella, por alguna razón misteriosa, a pesar de todas las experiencias y de todos los desengaños. Lo que un hombre, durante su infancia, ha tomado de la atmósfera de la época y ha incorporado a su sangre, perdura en él y ya no se puede eliminar. Y, a pesar de todo lo que resuena en mis oídos todos los días, a pesar de todas las humillaciones y pruebas que yo y mis innumerables compañeros de destino hemos padecido, no puedo renegar del todo de la fe de mi juventud y dejar de creer que, a pesar de todo, volveremos a levantarnos un día. Desde el abismo de horror en que hoy, medio ciegos, avanzamos a tientas con el alma turbada y rota, sigo mirando aún hacia arriba en busca de las viejas constelaciones que brillaban sobre mi infancia y me consuelo, con la confianza heredada, pensando que un día esta recaída aparecerá como un mero intervalo en el ritmo eterno del progreso incesante.

domingo, 5 de octubre de 2014

ESQUIZORREALISMO en Madridid

Acercaos, por favor, que habrá vino y todo eso...


viernes, 25 de abril de 2014

Crítica y clínica en Vicente Núñez (diagnóstico reservado)

Ayer estuve en unas jornadas sobre Vicente Núñez qe organiza el CEP Priego-Montilla de Córdoba, exponiendo el trabajito que me ha tenido fuera de las canchas de juego las tres últimas semanas. Estuvo bien, buena comida, buenos vinos, oyentes atentos en número suficiente... En él he revisado la obra crítica y en prosa del poeta de Aguilar, y he argumentado mis nuevas opiniones sobre ella en relación al resto de su obra. Un pelín beligerante me ha salido, pero ha sido muy muy estimulante poder repensar lo ya dicho. Lo titulé como esta entrada.
Os dejo aquí el inicio del trabajo. Los otros, uf, quince folios que escribí, se publicarán en un libro que recogerá también las otras dos ponencias que se hicieron (sobre los dibujos de Vicente Núñez, y sobre su música). Ahí va:


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No hace mucho discutíamos unos amigos sobre si la Literatura debía ser “solo” literatura. Es decir, sobre si a esta disciplina que consiste, como sabemos, en la precisa combinación de unos signos lingüísticos para crear espacios estéticos y de sentido, le conviene limitarse a un ejercicio, más o menos afortunado, en el cual los elementos que se ponen en juego remiten decorativamente a ellos mismos y se agotan en sí mismos; o si, por el contrario, debía tratar de superar sus límites formales, y emocionales incluso, para convertirse en un audaz dispositivo cuyo propósito fuera explorar al máximo las posibilidades cognitivas y estimular nuestro pensamiento hasta trastocar tal vez algunas estructuras establecidas, sociales, políticas o ideológicas. Aunque suene a ello, no consistía, desde luego, en discurrir de nuevo por los cauces de ese conocido debate sobre la pureza del arte frente a su “compromiso”, más o menos eficaz, con la realidad que nos circunda (si acaso, ahora que lo pienso, con este otro casi tan antiguo como él, primo hermano suyo, sobre si era un medio de conocimiento o debía serlo de comunicación). No, la resbaladiza alternativa a lo “sublime”, a su posible ensimismamiento, no era el tantas veces farragoso intento de despertar bienintencionadas conciencias o movilizar legiones en el que tal vez piensen. Su planteamiento apuntaba a algo más íntimo, más en la esfera de lo privado que de lo público. Se sostenía que la literatura debía provocar (hoy, por lo menos) al acomodaticio consumidor en el que esta sociedad nos ha convertido, empujarlo a esa crisis intelectual que promueve conmutar las “prescripciones facultativas” (literarias, en principio), por remedios propios, por soluciones individuales. Para este ambicioso proyecto, demasiado extravagante todavía por desgracia, decíamos algunos, tal vez no hicieran falta tantas bellas imágenes. No se trataba de deslegitimar aquella opción formalista, estética (supongo que no es posible, que es difícil que ocurra sin que sus  defensores sean acusados de revolucionarios de sala de estar (o de saleta, según la denominación de Vicente Núñez), pero a casi todos nosotros, una literatura exenta se nos quedaba en poca cosa.
Precisamente al fondo de esta conversación se encontraba la poesía, o mejor, la sombra de la duda que sobre ella, según parece, se ha cernido en estos últimos tiempos en los que su “pitiminí” discursivo, como piensan algunos, es posible que no sea el más propicio para explicarlos. Y al fondo de ese fondo, pensaba yo en Vicente Núñez.

lunes, 21 de abril de 2014

Vicente Núñez redux

Por aquí estaré el próximo jueves, diciendo unas palabritas sobre Vicente Núñez, de quien no me olvido, no me olvido...

 

domingo, 19 de enero de 2014

David García Casado Dixit

Yo también quisiera decir algo sobre esa maravilla que es La gran belleza, pero estoy algo dejado caer últimamente. Leed, leed, mientras me decido yo a hacer algo bonito, esta nota de David García Casado que publica hoy SalónKritik. Festín caníbal... y reflexionad sobre cuánto tiempo más podréis resistir sin ir a verla:


Universo Gambardella

Qué dulce es quedarse largamente ante el objeto de ese deseo, manteniéndonos en vida en el deseo, en lugar de morir yendo hasta el extremo, cediendo al exceso de violencia del deseo! Georges Bataille

Suena The Beatitudes de The Kronos Quartet. Melancólica pero esperanzadora, nos lo hace ver todo desde ese punto maravilloso donde la madurez encuentra a la adolescencia y nos da una apariencia de continuidad. Un trampolín para volver a empezar otra vez pero esta vez conociendo cuales serán nuestros errores, para no cometerlos. Si somos sabios sabremos aguantar la violencia del deseo, no perder el tiempo en lo que no queremos hacer. Por eso lo viejo es mejor que lo nuevo, por eso Jep Gambardella es el puto amo.

Jep Gambardella escribe su libro, su segundo libro, se llama La Grande Belleza, lo escribe a traves de la mente de Paolo Sorrentino, que es el creador del Universo Gambardella, con la ayuda de las grúas y los travellings de Luca Bigazzi.

El coliseo de Roma es origen de ese Universo, el círculo que prueba la coninuidad de la existencia. Jep representa los últimos días de lo mundano, del cual él es el Rey. Roma aparece semivacía, despojada del bullicio de las películas de Pasolini. Las calles son de Jep, esta Roma es su ciudad, tan imaginaria como su viaje al fin de la vida, ahí radica su fuerza.

Italo Disco & Techno Mambo. Quien haya sido un verdadero animal nocturno sabe que hay alianzas intensas hechas bajo un orden deseante otro, ese que quiere prolongar la fiesta, no ponerle fin sino alargarla todo lo posible, hasta que el cuerpo aguante. Para darle fin ya esta Jep, el rey de los mundanos, capaz de aguantar más que nadie y con su traje de Catellani impecable.

Jep conoce a las mujeres mucho mejor que Accatonne. Las conoce porque respeta sus formas de contener y canalizar el deseo. El deseo y la intimidad que establecen la continuidad del espíritu y el erotismo de los corazones.

Jep siente curiosidad pero no necesita cirugía ni confesionario. Ni para el físico ni para el alma existe curación efectiva ni redención alguna. La única redención es viajar hasta el final de la vida.

Lo que sí son importantes son las raíces, éstas nos ayudan a no volatilizarnos como este tiempo prestado en el que vivimos.

Una puesta en escena maestra. Viva la función y muera la funcionalidad, vulgar como el vodka, que solo sirve para emborracharse.

Quieres ver de nuevo la película porque te has enamorado de Jep, como lo hiciste en su momento de Marcello, que es el hombre que quieres ser en la novela que no has escrito aún. Todavía podrías hacerlo, ¡es solo un truco!


Jep Gambardella: “Menos mal, aun nos queda algo bonito por hacer”



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domingo, 5 de enero de 2014

¿Cuál es el negocio de la Literatura?

A través de Teresa López Pellisa me llega el enlace a un texto de Richard Nash cuya lectura os recomiendo enfervorecidamente. Os dejo el enlace aquí a mi vez. Leedlo, leedlo, ya veréis cuántas veces asentís, cuántas os reconoceréis...

sábado, 7 de diciembre de 2013

miércoles, 21 de agosto de 2013

Henry



De Henry Miller he sabido desde que puedo recordar. He sabido desde jovencito de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, y después supe de su célebre trilogía formada por Sexus, Plexus y Nexus, y más tarde del aura de malditismo que arrastraba y que, como consecuencia de todas esas obras, lo convirtió en estandarte contracultural y de la liberación sexual de los años 60 y 70.
Tal vez porque mi padre tenía un ejemplar de Trópico de Cáncer en su escueta biblioteca (¿o pertenecería inconfesablemente a mi hermana mayor?), supe de Henry Miller bastante pronto. De mi padre no puede decirse que tuviera militancia activa ni en la contracultura ni en alguna otra clase de cultura digna de mención, militancia políticamente disuasoria sí, eso sí puede ser, en cualquier caso. No es que no se interesara, pero de lo que se interesaba mejor no hablar. Y como a mi marisabidilla hermana mayor le profesaba yo un odio no exento de ternura, todo lo que pudiera venir de su mano lo rechazaba igualmente de forma natural. Por eso, fuera de quien fuese ese ejemplar en tapa dura que un día tal vez trajera a casa un extrañamente simpático y elegante distribuidor de Círculo de Lectores, nunca mostré por él excesivo interés. Las circunstancias iniciales de ese conocimiento no fueron, me temo, propicias para generarlo. Y, después de todo, tampoco las posteriores lo serían, pues recuerdo que hubo un tiempo en mi juventud en que todos los progres de la época hablaban sin parar de Henry Miller y de sus escandalosas novelas. Siempre me ha irritado tener que estar á la page. Leer a Henry Miller entonces debía serlo, y eso tampoco pude soportarlo. En consecuencia, no me interesé por las novelas de Miller. Por ninguna ya. He sabido desde siempre, pues, de Henry Miller y de sus obras, pero ha tenido mala suerte siempre conmigo este escritor. Mala suerte, Henry, muchacho, qué le vamos a hacer.
Pero parece que a veces se impone la razón en esta vida, por lo que tal vez haya sido ella la que haya provocado que ahora, apremiado por mi buen amigo Martín Aran, eso sí, esté leyendo Trópico de Capricornio. Ayer mismo empecé, y solo las escasas cincuenta páginas que llevo leídas han sido suficientes para apreciar la tremenda cumbre literaria a la que nada más que mi indigestión familiar y mis malsanos prejuicios sociales me evitaron acceder temprano. Lo hago ahora maravillado. He leído esas cincuenta páginas absolutamente absorbido por la fiereza de la prosa de Miller, por la inmisericorde y (auto)destructiva crítica de un sistema que en los años en que fue escrita la obra alcanzaba ya cotas diabólicamente aberrantes de miseria moral y de aniquilación del individuo, ¡quién iba a creer que luego superadas! A lo mejor es que, en efecto, estamos ya demasiado preparados para la catástrofe, pero yo no he visto escándalo por ninguna parte, sino altísima constatación. Henry Miller es un verdadero demonio perverso, agitador y subversivo (y a veces hasta metafísico, a lo peor es que no comía) que entiende que la literatura es vísceras y humores, algo así como irracional, un ejercicio de libertad extrema o nada. Un Manolo Vilas, para hacernos una idea doméstica, de hace ya la friolera de 85 años. Bukowski, Carver, Kerouac… bah, corderitos a su lado. Ahí va su fórmula secreta (no la divulgéis): 
“Lo único que me obsesionaba era el objeto, la cosa separada, desprendida, insignificante. Podía ser una parte de un cuerpo humano o una escalera de un teatro de variedades; podía ser una chimenea o un botón que hubiera encontrado en el arroyo. Fuera lo que fuese, me permitía abrirme, entregarme, poner mi firma. Estaba tan claramente fuera de su mundo como un caníbal de los límites de la sociedad civilizada. Estaba henchido de un amor perverso hacia la cosa en sí: no un apego filosófico, sino un hambre apasionada, desesperadamente apasionada, como si la cosa desechada, sin valor, que todo el mundo pasaba por alto, encerrase el secreto de mi regeneración.” (p. 29)

viernes, 5 de julio de 2013

Domene todavía


Es un placer comprobar que alguno de nuestros títulos aún colea, pese a cierto tiempo ya transcurrido desde su publicación. Es el caso de Pedro M. Domene y su DISIDENCIAS (EN LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA), sobre el cual publica un comentario en elalmería.es José Antonio Santano. Os dejo el enlace aquí.


domingo, 2 de junio de 2013

El clan de las palabras


A Miguel Cerveró hace muchísimo tiempo que lo conozco. Muchísimo. Y conocía también desde esos mismos tiempos remotos su inclinacion poética. El poema gongorino que publicó en Galeote, la ancestral revista de poesía que publicábamos en Antequera con ilusión inquebrantable en nuestra (ay) juventud, es la prueba. Poco después le perdí la pista. No del todo, es verdad, pero la distancia entre un encuentro y otro se ha computado siempre por años. Casi nunca hablábamos ya de literatura cuando nos veíamos. Y hablamos bastante, él sobre todo de su devoción por las tradiciones orientales, yo tal vez de la mía por San Juan de la Cruz. La japonesa era su debilidad. Y no dejaba yo de notarle nunca por eso cierto rigor marcial en sus códigos de conducta, algo incómodo para mí, la verdad sea dicha, inclinado como he estado siempre a la disipación. En una de nuestras conversaciones me recomendó una novela que no he olvidado aún. Shogun, de James Clavell. Una especie de best-seller de la época que, tengo que confesar, me resultó fascinante (recuerdo todavía la inigualable belleza y la dulzura de Mariko san, la imposible amada de John Blackthorne en la novela, no digo más). Pensaba yo que, como a tantos, el prurito creativo se le había extinguido después de las obligadas tentativas juveniles.
A Miguel yo lo dejé por tanto envuelto en sus "veleidades" orientalistas y enchufadísimo a un supongo que entonces primario simulador de vuelo que ha ido renovando con los años. Me lo encontré el otro día. Me dijo que el furor del simulacro aéreo había menguado, que ahora solo "volaba" de tarde en tarde, que su amor a pilotar el Hurricane desde casa había llegado a ser obsesivo y peligroso, pero que afortunadamente estaba otra vez bajo control. Me dijo también que había publicado un libro de poemas no hacía mucho. Podía conseguirlo por internet, si me interesaba. "Me interesa, claro", le dije, como se hace en estos casos donde la amistad prevalece sobre el juicio literario. Pero lo cierto es que El clan de las palabras, el libro de Miguel Cerveró, me llegó a casa muy poco después. Lo leí enseguida con curiosidad morbosa y deben creerme cuando les digo que me dejó atónito. El libro da cuenta de las experiencias de varios pilotos de las fuerzas aéreas contendientes antes de caer derribados en aquella famosa Batalla de Inglaterra que tuvo lugar en la Segunda Guerra Mundial. O quizás están muertos ya cuando nos hablan. Los ingleses aman a sus Hurricanes, los alemanes a sus Messerschmitt BF109. Todos son combatienes de honor. Y todos están fascinados por las leyendas épicas de la antigüedad heroica. Hay un estimulantísimo contraste entre la barbarie del combate y las emociones de explícita carga erótica que les provoca a estos hombres su incierto destino. Y sorprende además cómo Cerveró es capaz de imbricar en su obra sagas como las de Gilgamesh, el Mahabharata, los Edda o la leyenda de los Nibelungos con reflexiones para hoy sobre el amor, la muerte o el significado de la existencia. Lo hace sin teatralidad alguna, sin grandilocuencia, con la naturalidad y el dominio perfectos de quien conoce el medio y tiene claro su objetivo. Sin irritantes moralismos, con una paradójica mundanidad mística, si podemos decirlo así, que nos acerca tremendamente la trágica aventura de estos caballeros aéreos. 
Nunca me habló Miguel de este libro, pero me ha dicho ahora que ha tardado casi veinte años en escribirlo. No me extraña, es un libro ambicioso, muy ambicioso, uno de los más ambiciosos que haya leído en mucho tiempo. No sé si será por lo absolutamente insólito de su propuesta (la de Julio Martínez Mesanza es ya una curiosidad, no más que un pálido reflejo en el estanque dorado de nuestra poesía contemporánea), pero El clan de las palabras deslumbra. Tampoco sé si la Épica es superior a la Lírica, como dice Luis Alberto de Cuenca en la introducción, pero el libro de Miguel Cerveró logra conmover como pocos, muy pocos libros de "poesía" lo logran. Aquí podéis leer un fragmento para comprobarlo.
Después de todo, me dije, Miguel no ha dejado de volar. No surca el cielo virtual con su impostado Hurricane, ya no. Lo ha dejado ahora por los estratosféricos y solitarios circuitos de la mejor literatura, donde nadie tenga interés en derribarlo.  
  

lunes, 27 de mayo de 2013