domingo 11 de marzo de 2012

La invención de Hugo


Adoro a Scorsese desde hace mucho, desde que vi una película suya por primera vez, After Hours, en el cineclub universitario hace veinticinco años o más, una película fresquísima, disparatada, diferente a cuanto había podido yo ver hasta ese momento, y en la que me regocijó enormemente encontrarme, aunque fuera solo de pasada, con mis viejos amigos Cheech y Chong. Luego vinieron, en mi orden cronológico, Taxi driver, Toro salvaje, y un largo etcétera de todos conocido, con paradas especiales en Uno de los nuestros o Casino, sin olvidar El color del dinero, su magnífica continuación de la inmensa El buscavidas, de Robert Rossen. Scorsese es un maestro siempre estimulante, siempre soberbio, arriesgado y único en sus planteamientos cinematográficos. Ahora he visto La invención de Hugo y he disfrutado de nuevo con su cine, he disfrutado tal vez como nunca.

Confieso que alguna reticencia tenía con esta película. Por lo común, las tengo siempre con las películas que apabullan en los Óscar, y con las que nos publicitan en la tele más todavía. En este caso además, como me dijo un amigo, 3D+niño no puede ser igual a Scorsese. Pero he ido a verla de todos modos. He ido a verla entonces por ser de quien es, más que por lo que me pudiera seducir su propuesta de antemano. He llevado a mi hija conmigo, eso sí, como para justificar un posible resbalón, como para protegerme diciéndome que después de todo no era más que una peli para niños. No imaginaba, no podía imaginar que desde la primera secuencia todas y cada una de mis reticencias se disiparían. Así ha sido. Y a la vez que se diluían, una enorme sensación de gozo, de entusiasmo por lo que veía se iba apoderando de este descreído espectador.

Puede ser que el acordeoncito parisién de su banda sonora moleste a ratos, o que algunas de las subtramas nos recuerden el edulcoramiento de ese producto que se ha dado en llamar cine familiar, lo cual sin embargo Scorsese, sabio como es, resuelve sin detenerse en ellas ni un segundo más de lo necesario. En cualquier caso, nada de eso importa en absoluto cuando se nos adentra en el maravilloso mundo alternativo, y nuestro gracias a la tercera dimensión, de los relojes mecánicos de la Estación de París, donde malvive Hugo manteniéndolos en funcionamiento sin que nadie lo sepa y obsesionado a la vez por reparar un antiguo autómata que, está convencido, le transmitirá un importante mensaje de su padre muerto. Poco importa eso a medida que vamos descubriendo quién es ese viejo que pasa su tiempo en un casi ignorado quiosco de juguetes; cada vez que el “inquietante” administrador de la librería de la estación (Christopher Lee, nada menos) le indica a Isabelle el lugar exacto en el que se encuentra cualquier libro que le interese. Poco importa, insisto, cuando nos vamos percatando de lo enfermo de cine que está Scorsese, del profundísimo y emocionante homenaje a George Meliès, el padre de todo esto, que encierra la película y que es su esencia. Yo creo además que el homenaje explícito se continúa de un modo tal vez menos obvio en el hecho de haber rodado Scorsese esta película con las técnicas estereoscópicas más actuales, que este método no obedece a razones de espectáculo ni de oportunidad comercial. De hecho, no es la tercera dimensión en sí misma lo que da razón a la película, como es habitual. Muy al contrario. Lo que de verdad creo que pretende llevar a cabo Scorsese con esa técnica es precisamente lo que Meliès quiso hacer en las suyas, lo que consiguió en muchas de ellas de un modo tan rudimentario, como si fuese ésta de Scorsese su continuación lógica, como si fuese el propio Meliès quien la hubiera hecho. Ahí creo que reside gran parte de la grandeza de esta película. Y si se añade a esta propuesta técnica la enorme capacidad de sugestión narrativa que contiene, toda la “magia” de que hace alarde, tendremos resuelta la ecuación, que no es otra según creo que la de plantear el cine como totalidad, como artefacto de relojería al fin y al cabo por medio del cual nuestros sueños, cualquiera de ellos, pueden hacerse realidad.

Es un film nostálgico sin lugar a dudas, una evocación tal vez algo melancólica de los grandes, grandísimos pioneros de este arte inigualabe, muchos de ellos aún hoy no superados. Y cierta evocación nostálgica también hay de la mejor Literatura de aventuras de todos los tiempos (la peli narra a su vez una aventura maravillosa), e igualmente nos recuerda con algo de tristeza el maravilloso mundo de los libro tal y como los hemos conocido siempre, suguiriéndonos buscarles un hogar donde puedan continuar su existencia. Pero tampoco es lo importante. “Vengan y sueñen conmigo”, dice un Meliès pletórico ya recuperado de sus largos años de anonimato voluntario. Tal vez sea esa irresistible llamada lo que para mí más importe de la película. Vayan y sueñen entonces, amigos, háganme caso, y déjense llevar por esta nueva maravilla que ha creado Scorsese para regocijarnos con un esperanzador chute de imaginación que ilumine (aunque sea un simulacro) nuestra tantas veces mustia parcelita vital.

Les dejo con una peliculita de Meliès. En la de Scorsese se proyectan varias. Son una gozada, de verdad que sí.



miércoles 29 de febrero de 2012

Elogio del Carrefour


Dije que El mapa y el territorio de Houellebecq no era una novela de escritura en la que la principal virtud es su lenguaje. Nunca ha escrito Houellebecq novelas de esa clase. Que su valor había que buscarlo por tanto, más bien, en el estímulo intelectual de sus planteamientos sociológicos y emocionales, en su enorme capacidad para representar, con acierto, según mi opinión, y mediante métodos artísticos el desencanto de esta sociedad nuestra posindustrial en que habitamos, donde las relaciones familiares y laborales, el amor, el sexo, el arte, la cultura, la industria incluso (si existiera), son de una banalidad exasperante, están cargadas ya irremisiblemente de una superficialidad desalentadora, extremadamente difícil de comunicar, por otra parte. Que se podía estar de acuerdo o no con Houellebecq en su desolador diagnóstico sobre el futuro y las miserias del ser humano occidental, pero que su formulación obedecía a una extraordinaria lucidez y a un arrojo y a una enorme sensibilidad para captar a través de la creación las inquietudes de esta sociedad hiperdesarrollada, de lo cual muy muy pocos autores contemporáneos, apostillé, pueden presumir, aparte de Foster Wallace, claro está.
Dijeron que este tipo de literatura que practica Houellebecq no interesaba, que todo lo más la obra podía pasar por un exhibicionismo entretenido, que al contrario de lo que yo pensaba, era una novela de escritura, pero de escritura mala; que era el colmo que un autor de la categoría que se le supone al francés se hubiera dedicado a saquear la Wikipedia; que no tenía imaginación ni alcance intelectual, que para ensayo sociológico ya estaba ahí Richard Sennet abordando con mejor suerte en su obra La corrosión del carácter lo que Houellebecq plantea a propósito del valor de las manufacturas y el artesanado. Que la novela nos llega y se vende solo por la dimensión pública que ha adquirido el epatante personaje que se ha creado su autor y que, por tanto, no es más que otro producto comercial dispuesto para el consumo rápido de lectores incautos.
Creo que alguien dijo también que El mapa y el territorio no le había gustado nada porque los personajes no desprendían la calidez que les demanda en sus lecturas, que apenas había trama, que no era ni entretenida la novela, vaya, más bien todo lo contrario. Y alguna escena se le reprochó a Houellebecq por resultar, así se dijo, "poco creíble", refiriéndose sobre todo a la de la confesión que Jean Pierre Martin le hace a su hijo Jed en la última cena navideña en que se reúnen.
Dije que tal vez no fuera acertado valorar como un defecto el que la prosa de Houellebecq no se pareciera a la florida de Michon, por ejemplo, a la de Álvaro Pombo o Antonio Soler, sencillamente porque su objetivo no era impresionar(se) con alardes fraseológicos, sino poner esa prosa al servicio de lo que se quería contar, hacerla eficaz como vehículo de comunicación más que como fin en sí misma. Y sé que con esta cuestión hay mucha tela que cortar, pero estoy convencido de la pertinencia de este modo de proceder cuando la estructura superior de lo que se cuenta prevalece sobre los microorganismos lingüísticos del modo en que se cuenta (lo cual no quiere decir de ninguna manera que se transija, eso nunca, con el descuido, el desaliño, etc., aunque no sea el caso, desde luego). Sobre lo de Wikipedia no dije nada, me limité a sonreír. Sobre lo del exhibicionismo entretenido sí, y no solo yo ya. Advertimos algunos de que eso que llamaban exhibicionismo entretenido, ese ejercicio de autoficción que desarrolla Houellebecq aquí introduciéndose en la narración e inmolándose en ella de un modo brutal, no era, no es, de ninguna manera una concesión autocomplaciente a cierta moda, antigua por lo demás, instaurada con mayor alcance por Philip Roth o J.M. Coetzee y seguida por tantos otros. El personaje que el Houellebecq autor crea con su propia identidad no puede contener más sarcasmo, más autoparodia, no puede ser más grotesco, más hilarante en ocasiones, más lastimoso casi siempre. Tal vez no se dieron cuenta en ese momento de que mofarse de ese modo tan despiadado de uno mismo entraña cierta dificultad, requiere cierto valor. Es, en cualquier caso, signo inequívoco de lucidez e inteligencia.

Por lo demás, discutimos también, claro está, sobre si El mapa y el territorio era un producto artístico o un subproducto comercial. No hubo acuerdo. Aunque parece que sí en lo que respecta al derecho a unas ventas aceptables que permitieran al autor sobrevivir al menos con el resultado de su esfuerzo. Me pareció a mí además que sobrevolaba la idea romántica de que pocas ventas equivalían a excelsitud artística y muchas o bastantes a basura comercial. Deberíamos revisar esto, sugerí. Sobre la vocación "histórica" de Houellebecq también discutimos, sobre si alguien que leyera sus novelas dentro de cien años podría o no hacerse una idea más o menos precisa del carácter de nuestra sociedad actual. No se leerá dentro de cien años, dijo alguien. Ya lo veremos, dijo otro con una sonrisa pícara en los labios. No se ocupa Houellebecq de las verdades universales y sin tiempo que pudieran garantizarle un lugar entre los clásicos del futuro, como hacen o han hecho nuestros clásicos de ahora, dije yo por último. O sí, según como se mire. Pero su valor más evidente no está en escribir de ese modo, con ese fin. Lo que de veras estimula del francés es que escriba en riguroso presente y trate de explicárnoslo. Muy pocos autores hay que se expongan a tan arriesgado propósito. Muy muy pocos que lo consigan de un modo artístico tan satisfactorio.
Uf, y me dejo tantas cosas. De todas maneras, no sé después de todo si alguno de nosotros ha entendido la novela poco o la ha entendido mucho. Lo que sí creo que quedó más o menos claro fue que es posible ser hoy razonablemente feliz si se tiene un Carrefour bien surtido cerca...

domingo 19 de febrero de 2012

sábado 4 de febrero de 2012

CUENTISMOS Y ESPEJOS en Sevilla


Vaya, últimamente, no hago más que poner aquí cositas de la editorial, joder, con lo que me a mí me gusta desbarrar con los libros que voy leyendo... Pero el día a día se impone. Ahí lleváis un recordatorio del próximo acto que celebraremos en Sevilla. Nos acompañará Ana Rosetti nada menos, y estamos encantados, qué duda cabe...

lunes 30 de enero de 2012

FrICCIONES en EL PAíS-BABELiA


ESTE FIN DE SEMANA HEMOS TENIDO LA GRATA SORPRESA DE PODER VER FRICCIONES DE PABLO MARTÍN SÁNCHEZ RESEÑADO EN BABELIA. YO CREO QUE AÚN PODÉIS ENCONTRAR EL LIBRO EN VUESTRA LIBRERÍA. Y SI NO, ENCARGADLO, LECHE. NO OS LO PERDÁIS EN CUALQUIER CASO, JODER, QUE MERECE LA PENA, YA NO SÉ CÓMO DECÍROSLO PARA QUE ME CREÁIS... :-)

sábado 14 de enero de 2012

FrICCIONES en El Cultural de El Mundo

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/30336/Ficciones

Mímesis en Quimera

El pasado mes de diciembre la revista Quimera publicó una extensa entrevista con Juan Francisco Ferré a propósito de su libro Mímesis y simulacro, publicado en nuestra editorial a principios del año pasado. No tiene desperdicio, como era de esperar. Aquí la pongo completa para que la disfrutéis.
























viernes 6 de enero de 2012

Vila-Mata dixit (regalo de Reyes)


El genio personal que hay en todo niño se esconde por el placer del acto mismo de ocultarse, del mismo modo que el autor de una verdadera obra literaria escribe esa obra por el puro placer de escribirla y todo lo demás –el reconocimiento, las medallas, las aclamaciones del público, etcétera– le parece inmensamente superficial, accesorio y encima contrario a sus propios intereses y a los de la libertad de su duende personal.
El verdadero triunfo, el prestigio propio, que decía Juan Benet, la verdadera y sublime gloria solitaria estribarían pues en no ser descubierto en el escondite, no ser reconocido. "¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada!", que decía Pessoa. Después de todo, ya hace años que surgió la pregunta entre nosotros y muchos nos hicimos sobrio eco de ella. Hablo de cuando nos preguntábamos, casi obsesivamente, qué era exactamente un autor.
Tal vez ser un autor sea hacerse el muerto, situarse en el lugar del difunto, y no perder de vista ciertas perspectivas que abrieron pensadores como Foucault, para quien lo que la escritura pone en cuestión no es tanto la expresión de un sujeto que escribe cuanto la apertura de un espacio en el que el sujeto que escribe no cesa de desaparecer: "La huella del autor está sólo en la singularidad de su ausencia; al escritor le es asignado el papel del muerto en el juego de la escritura."
En el caso de Thomas Bernhard, todo nos lleva a pensar que no hacía más que pepararse para un día ocupar ese lugar mortal del autor. "Me llamo Erik Satie, como todo el mundo", decía Satie. Con esta frase tal vez quería decir que no se trata exactamente de que el autor esté muerto, sino que en tanto autor ocupa el lugar del muerto, marca sus propias huellas en un lugar vacío.

(En Exploradores del abismo)

jueves 5 de enero de 2012

No comment



Los Ilegales en maitines, no digo más...

domingo 18 de diciembre de 2011

Rafael León


El gran problema que tengo es que ahora que se ha muerto Rafael León no voy a poder ya definitivamente preguntarle qué es lo que dice la dedicatoria de su libro de poemas Voz propia, pues no la entiendo muy bien. Es lo que pasa con algunas dedicatorias. Yo creo que dice tal vez algo así como "esta voz de una momia resucitada", y reconozco su inmensa ironía y su puntito de falsa modestia en la autorreferencia. Pero no estoy seguro, de verdad, porque la "a" del posible artículo "una" parece más bien una tachadura, "momia" está cortada y el guión de corte está debajo de la "o", con lo cual despista, y luego hay una coma después de "Torres" que cae justo encima de esa posible "mo" solitaria que hace que la sílaba pueda interpretarse en realidad como "mío". Pero entonces no tiene sentido la dedicatoria. Bueno, tampoco tiene sentido que Rafael se haya muerto y sin embargo es así.
Tampoco podré ya consultarle cualquier duda tipográfica que me asaltara mientras preparaba algún libro, no sé, si las páginas de final de capítulo se numeran o no, o si los epígrafes van en redonda y las dedicatorias en cursiva o al revés. O si el guión de cierre es necesario antes de un punto y seguido o de un punto y aparte. O si las llamadas de las notas van antes o después del signo de puntuación. Él mantenía que antes, pero nunca le hice caso ahí. A mí me parecía mucho más razonable la postura de Martínez de Sousa que dice que la llamada no forma parte del texto y que por lo tanto no debe englobarse en él. Discutíamos por eso. Como discutíamos, bueno, más bien, disertaba, una tarde entera, sobre si Pablo de Tarso se cayó en realidad del caballo o no cuando tuvo aquella revelación, que parece que no, que es una imagen apócrifa que en las escrituras canónicas no se recoje. Él lo sabía, como sabía otras muchas, muchísimas cosas absolutamente inútiles y extravagantes y que te levantan el ánimo precisamente por eso, por su inutilidad y su extravagancia. Pensad si no es extravagante dedicarle casi mil páginas en sus dos tomos publicados y muchas más inéditas a una cosa tan insignificante como el papel. Sí, Rafael era un extravagante, y un soberbio y un engreído que en su soberbia y engreimiento decidió apartarse del mundo por no soportar sus memeces, tenías que ir a verlo a su casa y allí tal vez te invitara a una cachimba y te explicara detalladamente de dónde viene ese raro artilugio y la forma correcta de utilizarlo según tal o según cual, mientras María Victoria servía unos cubatas de ron o unos vasos de vino peleón con taquitos de queso y almendras, tanto daba. Y si quedabas con antelación tal vez podría preparar unos barreños llenos de trapos viejos desechos y unos moldes caseros y hacerte allí mismo unos pliegos de papel que luego guardarías como un pequeño tesoro.
Yo lo traté mucho, y lo adoraba, era una gozada oírlo hablar de las locuras de Dámaso Alonso o de Octavia (perdón, Octavio) Paz, Juan Ramón o Jorge Guillén, que se vino a Málaga para estar cerquita de sus amigos, de Rafael y de María Victoria, ahí es nada. O sobre los orígenes de la imprenta y su difusión. A mí, porque por razones obvias me interesaba el tema, llego a regalarme un día una regia edición en dos tomos de La imprenta, origen y evolución, de Augusto Jurado, una rareza publicada por la editorial Capta a todo color y en papel estucado de 220 gramos. La tengo ahora aquí al lado y no dejo de asombrarme de la generosidad de un obsequio tan opulento. Así era también Rafael, no sólo extravagante, sino generoso a veces hasta hacerte sonrojar. Ahora que se ha muerto no sé a quién voy a poder preguntarle tantas dudas como tengo todavía. Algunos quedan aún, pero muy pocos, demasiado pocos, no mucha más gente a la que admirar y seguir y cuidar como a un verdadero maestro. Él para mí lo era en grado superlativo. Rafael, si me escuchas, que sepas que eres un cabrón, mira que morirte y dejarnos con este desamparo...

sábado 10 de diciembre de 2011

miércoles 7 de diciembre de 2011

Nunca es tarde para nada

A sus 97 años Nicanor Parra ha sido galardonado con el Premio Cervantes 2011. Resulta paradójico que al inventor de la antiliteratura (bueno, antipoesía, pero qué más da, el dardo es el mismo) le hayan concedido la más alta distinción de la Literatura hispana. Yo hubiera entendido mejor que hubiera sido el Premio Ignobel, sí, en efecto, ése que llama la atención sobre las investigaciones científicas más disparatadas (y estimulantes, desde luego) que se le pueden ocurrir a un ser vivo inteligente. Por esas cosas, por estas cosas de Nicanor, es que seguimos creyendo en este género nuestro tan disparatado él en sí mismo.
En este vídeo le hace la televisión chilena un pequeño homenaje, que hago mío también a propósito del premio, por su ochenta cumpleaños. Es regocijante sin duda.





Y pongo un poemita igualmente regocijante:

EPITAFIO
De estatura mediana
con una voz ni delgada ni gruesa,
hijo mayor de profesor primario
y de una modista de trastienda;
flaco de nacimiento
aunque devoto de la buena mesa;
de mejillas escuálidas
y de más bien abundantes orejas;
con un rostro cuadrado
en que los ojos se abren apenas
y una nariz de boxeador mulato
baja a la boca de ídolo azteca
–todo esto bañado
por una luz entre irónica y pérfida–
ni muy listo ni tonto de remate
fui lo que fui: na mezcla
de vinagre y de aceite de comer
¡un embutido de ángel y bestia!

lunes 5 de diciembre de 2011

Lem again


Sigo con Lem. Solaris ahora. Y no he podido evitar que me asalte una inesperada sensación de extrañeza. A diferencia de Vacío perfecto, está claro que esto sí es una obra de género, una novela de ciencia-ficción. Encontramos aquí estaciones espaciales, viajes a distancias inimaginables, seres incomprensibles, artefactos irrealizables, mundos imposibles, civilizaciones desconocidas... Todo aquello, en fin, que nos sitúa en unas coordenadas literarias muy precisas, en un tiempo narrativo que identificamos enseguida con el futuro y sus avanzadillas tecnológicas. Por eso mi extrañeza ha sido enorme cuando reparo en que Kris Kelvin, el psicólogo enviado a la Estación Espacial de Solaris para intentar desentrañar el misterio que envuelve a su dotación, se sumerge una y otra vez en una biblioteca repleta de volúmenes dedicados al estudio del extraño planeta. ¿Pero es posible que existan los libros todavía en ese incierto futuro imaginado por Lem, que no sea capaz Lem, me pregunto, de prever que el papel no sería tal vez ya para entonces el soporte de esos conocimientos antiguos a los que apela y recrea sin afectación alguna en tantos lugares de la novela? Enciclopedias, opúsculos, folletos, legajos, incluso libros de lectura (la visitante Harey se entretiene en numerosas ocasiones leyéndolos, no se dice de qué clase de libros se trata, pero intuimos y aceptamos sin dificultad que son Literatura). De veras que en este punto de la cuestión sobre los soportes venideros del saber y la cultura y la cada vez mayor sensación de obsolescencia de bibliotecas bien surtidas de volúmenes encuadernados en cuarto, en piel, descuadernados, ajados por el manoseo, etc., etc., se hace difícil imaginar que pudieran conservarse aún, en el tiempo en que nos sitúa el texto, los libros tal y como los hemos conocido desde que podemos recordar. Jugamos con ventaja, desde luego, pero sorprende, insisto, no me lo nieguen, que ni se plantee aquí una alternativa al papel impreso. Y consuela también, qué duda cabe. No es un reproche a Lem, claro está, cuyo valor debemos buscar en otra parte, sólo trato de anotar una curiosidad. Como ésta otra además: cuando a Kris Kelvin le duela la cabeza y vacíe el botiquín buscando algo que le alivie, se lamentará de no encontrar en él ¡ni una sola aspirina! Sí, una aspirina vulgar y corriente. No deja de resultar enternecedor.
Por lo demás, Solaris nos plantea numerosas cuestiones altamente estimulantes. Tal vez destaque sobre todo la idea de Lem de la absoluta imposibilidad que tiene el ser humano de entender otras naturalezas en sí mismas si no son referidas a parámetros afines. El ansiado contacto con la intuida nueva civilización no podrá producirse nunca, viene a decirnos Lem, sin conculcar las estructuras físicas y psíquicas que nos sustentan, a lo cual podría ser (podría, sólo podría ser, claro) que no siempre se estuviera dispuesto. Pero ya no sólo entender otras naturalezas entraña para Lem serias dificultades, es que tampoco estamos en condiciones de interpretar la nuestra, lo que nos nutre desde lo más íntimo, lo que significan en realidad nuestros miedos, nuestra carga de emociones, recuerdos, fobias, filias... ¿Para qué entonces la conquista del espacio?, ¿para justificarnos como seres vivos inteligentes?, ¿para demostrarnos a nosotros mismos una supuesta heroicidad que nos llevaría tal vez sólo a constatar que no somos más que "la hierba del universo"? Quizás sean estas dos las cuestiones más relevantes que plantea la novela, pero no se queda atrás la lúcida crítica al afán entomológico y antropocentrista de nuestro conocimiento y de toda nuestra cultura en general. Y la naturaleza del amor y el origen del sufrimiento también están convocados aquí. Cuestiones todas de cierta gravedad desde luego que, no obstante, el autor logra filtrar con pericia en la novela de tal modo que evita siempre que se nos estrague la narración a base de soflamas, es importante tenerlo en cuenta.
Por otra parte, ya desde el punto de vista formal, Solaris recuerda bastante a Vacío perfecto. Los pasajes en los que hace recuento Kelvin de los estudios solarísticos y de las teorías de tantos sabios como se han ocupado del tema desde el descubrimiento del extraño planeta no deja de recordarnos a esa otra obra memorable con toda su finísima ironía incluida. Y encontramos igualmente muestras de la imaginación desbordante de este autor en la recreación de los fenómenos que tienen lugar en el planeta y las criaturas o lo que quiera que sean esas imágenes que se nos describen. Los mimoides (nótese el atinado toque de ternura en la elección del término), los agilus, las simetríadas y sus complementarias las asimetríadas, todos los sucesos de que se dan cuenta en "el volumen noveno de la monografía de Giese" y que nos detalla Kelvin en sus reflexiones, nos hacen gozar de nuevo de la gigantesca capacidad de invención de este escritor polaco en el que voy constatando que su enorme talento no reside, como creía, en la creación de mundos imposibles e inalcanzables sino en tratar de hacernos más habitable el nuestro...

sábado 26 de noviembre de 2011

Crónicas de Pequod

José Luis Espina ha hecho un delicioso montaje con las fotos que sacó en la presentación de FrICCIONES ayer en Barcelona en la librería Pequod Llibres. Yo estuve allí y lo disfruté horrores. Ah, rabia que os lo habéis perdido...




Pero no merece la pena que os acongojéis, pues pronto estaremos en Málaga. El 14 de diciembre (fun, fun, fun casi ya :-). Nos vemos entonces. Si lo hacemos, obtendréis vuestro alfajor correspondiente, por supuesto que sí (no me digáis que no es sugerente la oferta...).

jueves 24 de noviembre de 2011