viernes, 25 de abril de 2014

Crítica y clínica en Vicente Núñez (diagnóstico reservado)

Ayer estuve en unas jornadas sobre Vicente Núñez qe organiza el CEP Priego-Montilla de Córdoba, exponiendo el trabajito que me ha tenido fuera de las canchas de juego las tres últimas semanas. Estuvo bien, buena comida, buenos vinos, oyentes atentos en número suficiente... En él he revisado la obra crítica y en prosa del poeta de Aguilar, y he argumentado mis nuevas opiniones sobre ella en relación al resto de su obra. Un pelín beligerante me ha salido, pero ha sido muy muy estimulante poder repensar lo ya dicho. Lo titulé como esta entrada.
Os dejo aquí el inicio del trabajo. Los otros, uf, quince folios que escribí, se publicarán en un libro que recogerá también las otras dos ponencias que se hicieron (sobre los dibujos de Vicente Núñez, y sobre su música). Ahí va:


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No hace mucho discutíamos unos amigos sobre si la Literatura debía ser “solo” literatura. Es decir, sobre si a esta disciplina que consiste, como sabemos, en la precisa combinación de unos signos lingüísticos para crear espacios estéticos y de sentido, le conviene limitarse a un ejercicio, más o menos afortunado, en el cual los elementos que se ponen en juego remiten decorativamente a ellos mismos y se agotan en sí mismos; o si, por el contrario, debía tratar de superar sus límites formales, y emocionales incluso, para convertirse en un audaz dispositivo cuyo propósito fuera explorar al máximo las posibilidades cognitivas y estimular nuestro pensamiento hasta trastocar tal vez algunas estructuras establecidas, sociales, políticas o ideológicas. Aunque suene a ello, no consistía, desde luego, en discurrir de nuevo por los cauces de ese conocido debate sobre la pureza del arte frente a su “compromiso”, más o menos eficaz, con la realidad que nos circunda (si acaso, ahora que lo pienso, con este otro casi tan antiguo como él, primo hermano suyo, sobre si era un medio de conocimiento o debía serlo de comunicación). No, la resbaladiza alternativa a lo “sublime”, a su posible ensimismamiento, no era el tantas veces farragoso intento de despertar bienintencionadas conciencias o movilizar legiones en el que tal vez piensen. Su planteamiento apuntaba a algo más íntimo, más en la esfera de lo privado que de lo público. Se sostenía que la literatura debía provocar (hoy, por lo menos) al acomodaticio consumidor en el que esta sociedad nos ha convertido, empujarlo a esa crisis intelectual que promueve conmutar las “prescripciones facultativas” (literarias, en principio), por remedios propios, por soluciones individuales. Para este ambicioso proyecto, demasiado extravagante todavía por desgracia, decíamos algunos, tal vez no hicieran falta tantas bellas imágenes. No se trataba de deslegitimar aquella opción formalista, estética (supongo que no es posible, que es difícil que ocurra sin que sus  defensores sean acusados de revolucionarios de sala de estar (o de saleta, según la denominación de Vicente Núñez), pero a casi todos nosotros, una literatura exenta se nos quedaba en poca cosa.
Precisamente al fondo de esta conversación se encontraba la poesía, o mejor, la sombra de la duda que sobre ella, según parece, se ha cernido en estos últimos tiempos en los que su “pitiminí” discursivo, como piensan algunos, es posible que no sea el más propicio para explicarlos. Y al fondo de ese fondo, pensaba yo en Vicente Núñez.