miércoles, 21 de agosto de 2013

Henry



De Henry Miller he sabido desde que puedo recordar. He sabido desde jovencito de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, y después supe de su célebre trilogía formada por Sexus, Plexus y Nexus, y más tarde del aura de malditismo que arrastraba y que, como consecuencia de todas esas obras, lo convirtió en estandarte contracultural y de la liberación sexual de los años 60 y 70.
Tal vez porque mi padre tenía un ejemplar de Trópico de Cáncer en su escueta biblioteca (¿o pertenecería inconfesablemente a mi hermana mayor?), supe de Henry Miller bastante pronto. De mi padre no puede decirse que tuviera militancia activa ni en la contracultura ni en alguna otra clase de cultura digna de mención, militancia políticamente disuasoria sí, eso sí puede ser, en cualquier caso. No es que no se interesara, pero de lo que se interesaba mejor no hablar. Y como a mi marisabidilla hermana mayor le profesaba yo un odio no exento de ternura, todo lo que pudiera venir de su mano lo rechazaba igualmente de forma natural. Por eso, fuera de quien fuese ese ejemplar en tapa dura que un día tal vez trajera a casa un extrañamente simpático y elegante distribuidor de Círculo de Lectores, nunca mostré por él excesivo interés. Las circunstancias iniciales de ese conocimiento no fueron, me temo, propicias para generarlo. Y, después de todo, tampoco las posteriores lo serían, pues recuerdo que hubo un tiempo en mi juventud en que todos los progres de la época hablaban sin parar de Henry Miller y de sus escandalosas novelas. Siempre me ha irritado tener que estar á la page. Leer a Henry Miller entonces debía serlo, y eso tampoco pude soportarlo. En consecuencia, no me interesé por las novelas de Miller. Por ninguna ya. He sabido desde siempre, pues, de Henry Miller y de sus obras, pero ha tenido mala suerte siempre conmigo este escritor. Mala suerte, Henry, muchacho, qué le vamos a hacer.
Pero parece que a veces se impone la razón en esta vida, por lo que tal vez haya sido ella la que haya provocado que ahora, apremiado por mi buen amigo Martín Aran, eso sí, esté leyendo Trópico de Capricornio. Ayer mismo empecé, y solo las escasas cincuenta páginas que llevo leídas han sido suficientes para apreciar la tremenda cumbre literaria a la que nada más que mi indigestión familiar y mis malsanos prejuicios sociales me evitaron acceder temprano. Lo hago ahora maravillado. He leído esas cincuenta páginas absolutamente absorbido por la fiereza de la prosa de Miller, por la inmisericorde y (auto)destructiva crítica de un sistema que en los años en que fue escrita la obra alcanzaba ya cotas diabólicamente aberrantes de miseria moral y de aniquilación del individuo, ¡quién iba a creer que luego superadas! A lo mejor es que, en efecto, estamos ya demasiado preparados para la catástrofe, pero yo no he visto escándalo por ninguna parte, sino altísima constatación. Henry Miller es un verdadero demonio perverso, agitador y subversivo (y a veces hasta metafísico, a lo peor es que no comía) que entiende que la literatura es vísceras y humores, algo así como irracional, un ejercicio de libertad extrema o nada. Un Manolo Vilas, para hacernos una idea doméstica, de hace ya la friolera de 85 años. Bukowski, Carver, Kerouac… bah, corderitos a su lado. Ahí va su fórmula secreta (no la divulgéis): 
“Lo único que me obsesionaba era el objeto, la cosa separada, desprendida, insignificante. Podía ser una parte de un cuerpo humano o una escalera de un teatro de variedades; podía ser una chimenea o un botón que hubiera encontrado en el arroyo. Fuera lo que fuese, me permitía abrirme, entregarme, poner mi firma. Estaba tan claramente fuera de su mundo como un caníbal de los límites de la sociedad civilizada. Estaba henchido de un amor perverso hacia la cosa en sí: no un apego filosófico, sino un hambre apasionada, desesperadamente apasionada, como si la cosa desechada, sin valor, que todo el mundo pasaba por alto, encerrase el secreto de mi regeneración.” (p. 29)

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