domingo, 11 de enero de 2009

Reflexiones de un editor voluntarioso


Cuando leamos u oigamos sobre la actividad de una editorial modesta, independiente o así, los términos más frecuentes que encontraremos en esos párrafos o en esas exposiciones serán del tipo “aventura”, “proceloso”, “persistencia”, “arrojada”, “esfuerzo”, “suicidio”, “creencias”, “perversa inflación”, etc., etc., no falla. A través de ellos será muy posible que podamos formarnos una buena idea, tal vez la que prevalezca de forma corriente, de lo que supone editar libros para una editorial como la nuestra, para una editorial independiente, como desde hace tiempo y algo eufemísticamente se denominan para distinguirlas de las editoriales, grandes o pequeñas, pertenecientes a macrogrupos (Planeta en España, Berstelmann, Random House-Mondadori, etc., que no sabemos ya a quién pertenecen y a qué se dedican de manera exacta), tras el proceso de concentración sufrido por el sector, y que a su vez pertenecen a multinacionales, a los grandísimos conglomerados empresariales de la industria mediática (con intereses en la prensa, la radio, la televisión, etc.). Es curioso notar que la apelación a la independencia de estas editoriales, pequeñas o grandes, se formulaba en su inicio, al menos en España, con respecto a si se alineaban o no con un determinado signo político (el único que existía hace bastantes años ya, vamos). Ahora ese adjetivo hace referencia de forma eminente a la adscripción o no a un supergrupo empresarial. La perspectiva política, vacía casi de contenido en estos tiempos, ha dejado su sitio a otra de carácter mansamente económico, aunque no deje de ser otra forma de sumisión, después de todo, y resulte bastante menos divertida, dicho sea de paso. Pero hay además de éstas, desde luego, otras perspectivas que dan también brillo a este negocio. La cultural podría ser una de ellas (y aquí estamos obligados a entender la Cultura, lo siento, amigos, en su sentido más riguroso), una perspectiva que tal vez sea la que tienen adoptada sobre todo estas pequeñas editoriales independientes como más claro rasgo identificativo.
De todas formas, tampoco debemos ponernos estupendos con esto, esbozar como casi siempre también una especie de martirologio argumentando que somos superhéroes de la Marvel o la DC o la Bruguera, paladines áureos luchando contra la injusticia literaria en particular y cultural en general, enfrentados a la gran máquina empresarial de los grupos mediáticos que podría arrollarnos cuando quisiera, etc.; que detestamos las horripilantes modas y los bestseller, que somos los genuinos, los únicos depositarios de la verdadera fe o algo así, los únicos que damos salida a autores sin salida; tampoco recurrir a esa frase tan manida e irritante que afirma que publicamos lo que queremos leer, etc., etc. No debemos, porque entre otras cosas no es del todo cierto, y porque no estamos en principio enfrentados a nadie si no es con nosotros mismos, con nuestro propio reto. Es cierto que la supervivencia de una editorial como la nuestra está siempre amenazada, que su actividad se sostiene sobre unos cimientos muy, muy precarios, que la financiación de cada proyecto es siempre una cuesta bastante empinada cuya pendiente se suaviza con mayor frecuencia de lo deseado sólo con ayudas oficiales. Que si no hay respaldo económico o mediático, contactos estratégicos y esas cosas, los títulos que vas sacando se ignoran sistemáticamente. Pero no debemos preocuparnos en exceso. Esos temas pertenecen al terreno empresarial o al de la política literaria, no al de la creación, y todavía, y digo todavía con cierto horror, no los practicamos, o los practicamos muy poco, nada casi. Nuestras energías, pues, deben estar concentradas desde el primer momento en los dos planos iniciales de este gran conglomerado que es la edición de libros: la obra literaria y el libro en sí, en “la edición en sí”, como dice algún editor ilustre; por supuesto que tratamos de alcanzar al lector a través de los canales de distribución, a partir de la cual, tal vez, comienza verdaderamente la operación mercantil, y que consideramos algo de suma importancia, claro está, absolutamente fundamental, pues qué aberración es sacar libros que no llegarán nunca a las librerías, y a través de ellas, a los lectores… Pero el mercado, el gran mercado como mero consumidor de “nuestros productos”, con todas sus implicaciones, no es nuestro objetivo primordial, no debe serlo, al menos eso creo. Otra cosa, ya digo, son los lectores. Y los autores, sobre todo los narradores, que se embizcan, lo sé bien, cuando su libro no entra en las listas de ventas aunque sea a nivel local, pero eso sería tema para una exposición distinta (y divertida) en la que tuviese cabida extensa la angustia que les provoca ese hecho y no es el caso.
Dicho esto, no me gustaría, no obstante, que quedara una impresión inconsciente o despreocupada en torno a nuestra actividad, lo que sería más propio, desgraciadamente, como sabemos, de Administraciones Públicas que de otra cosa, no de todas, claro. Todo lo contrario. Somos muy conscientes de que la industria editorial es quizás uno de los aspectos que más influyen a la hora de construir una sociedad culta, civilizada y en paz, aunque por desgracia no siempre sea feliz, como sabemos, esta combinación de industria y sociedad, etc., visto lo visto. Y amamos además los buenos libros. Por ello asumimos plenamente nuestra responsabilidad y plenamente, deben creerme, nos afanamos en contribuir a que así sea. Pero pienso de todas formas que sobre todo tenemos que tener presente, al menos por ahora, que hacemos lo que hacemos por gusto, por verdadero gusto, y que es éste desde luego nuestro mejor activo, lo que nos dota a la postre de una envidiable autonomía y da sentido a nuestro esfuerzo (¿ven ustedes?, otra vez la coletilla). Debo por ello ser optimista y doy por supuesto que editar libros, buenos libros, es, si lo es, una carrera larguísima cuya meta debiera estar, si hubiera que determinar alguna, permítanme que lo diga, lo más cerca posible de la excelencia cultural.

Este articulito salió hace unos meses en un especial de El mundo sobre editoriales independientes. Me quedé un poco con las ganas de saber qué opinaban las otras editoriales incluidas en él, pues se dedicaron más a informar de su trayectoria que a reflexionar sobre su actividad o posición. No sé, lo digo por si alguna hubiera ahora que deseara matizar lo expuesto aquí. Aunque sea bastante improbable, eso sí lo sé.

1 comentario:

Chu dijo...

Pues me parece muy bien, me alegra saber que existen, (las editoriales independientes, digo), y que podamos elegir.
Espero que no se te pierda nunca ese "por gusto" y que la meta esté aún muy lejos. Como nos decían Kavafis y Machado, lo importante es el camino.
Espero seguir leyendo más de e.d.a
Un beso independiente :-)