lunes, 18 de junio de 2012

Chotis & Cocido

La verdad es que ni una cosa ni otra hemos tenido, pero aun así no os quepa duda de que le hemos tomado bien, muy bien, diría yo, el pulso a Madrid estos días. Porque como creo que ya sabéis, hemos estado en la Feria del Libro de Madrid. Hemos ocupado la caseta 261 junto a las editoriales hermanas ya El Olivo Azul, de Córdoba, y Traspiés, de Granada. Y hemos disfrutado a más no poder, esto no lo sabéis pero os lo digo ya. 
El fin de semana en que empezaba me fui yo solo primero a Valencia, donde hicimos la presentación en La Casa del Libro de Gente que nunca existió, de Miguel Sanfeliu. Allí nos juntamos unos cuantos. Miguel, mi queridísimo Pepe Cervera y su cuadrilla (Gregorio, José Antonio, Paco), Marian Torrejón (autora de un libro de relatos que a Miguel le gusta mucho y a mí un poco menos), Juan Luis Bedins, el introductor del libro en el acto de presentación... Y al día siguiente para Madrid en coche, donde nos esperaban Pablo Martín Sánchez, firmando ejemplares ya a todo meter de su libro FRICCIONES, y Paco Martín Arán, que lo haría al día siguiente con no menor intensidad en la segunda hoja de su espléndida novela NOCTURNO EN EL MERY'S BAR. David Roas y Juan Jacinto Muñoz Rengel, que está vendiendo una cantidad indecente de ejemplares de su novela El asesino Hipocondríaco, nos esperaban igualmente. Todos juntos nos fuimos a beber una cantidad indecente de jarras de cerveza y a tomar unas tapitas. Miguel Ángel Zapata también vino, y otro escritor más del que no recuerdo el nombre, y Pablo, el editor de Salto de página. Todo tíos, en cualquier caso, me cachis (la novia de Juan Jacinto no cuenta :-), pero lo pasamos..., puaf... Y por la noche más. Ahora con Juan Casamayor, el ínclito editor de Páginas de espuma, Encarni, su mujer, una simpatiquísima granadina, y otra chica más a la que yo le cambiaba el nombre cada vez que la nombraba (¿Azucena, Cecilia, Violeta?). Fin de fiesta de fin de semana en Del Diego, no sé si la mejor coctelería del universo, como diría Martín Arán, pero dignísima heredera de aquella mítica de Chicote. Dos dry martinis allí mientras Manuel Vilas y Agustín Fernández Mallo buscaban acople en vano porque no cabía ni dios. ¡Nos vemos, Manolo!, les grité yo desde la mesa mientras esbozaba una sonrisita maliciosa... Al día siguiente me pasé por la caseta de Visor en la que estaba firmando su libro Gran Vilas. Me lo dedicó y lo pagué. Ojalá me haya perdonado. Y Paco Martín firmó ejemplares de su novela y vendió bastantes, el tío... También firmaron ese día muchas otras estrellas del firmamento literario, pero entre todas ellas brillaba rutilante la de Mario Vaquerizo. Rodeado el prócer de un número infinito de asteroides y desechos cósmicos, no paraba de hacer mohínes y carantoñas a todo el que se acercara con la intención de obtener su rúbrica en la mierda con forma de libro que al parecer ha perpetrado. ¡¿Pero qué coño habrá escrito ese tío?! le preguntaba asombrado un tipo a otro hablando por el móvil mientras yo pasaba... Así es, así es, qué coño habrá escrito, apostillé yo partiéndome de risa...    
Volví a Madrid el último fin de semana de la Feria. Esta vez me acompañaba Fernando. Una incursión más cortita hicimos, pero mucho, muchísimo más intensa. Nada más llegar nos fuimos a La Casa del Libro de la calle Fuencarral, donde nos esperaban Miguel Sanfeliu y Pepe Cervera. Teníamos previsto presentar ahí de nuevo el libro de Sanfeliu. Óscar Esquivias, magnífico escritor y un tipo de veras entrañable, hizo la introducción. Y nos acompañó un grupo de escritores de verdadero lujo, Medardo Fraile, Marta Sanz, Julio Jurado, Miguel Ángel Zapata, y algunos más. Cervecitas y picoteo después todos juntos, algún trallazo de anís seco unos pocos ya, para acercarnos los que quedábamos finalmente al fiestorro que organizan cada año las editoriales del grupo Contexto en el Café Galdós y que se ha convertido en cita obligada para todos los participantes en la Feria. Allí estaba todo dios, tanta gente había que perdí varias veces la cuenta de las personas que me presentaron, escritores, editores, prensa, advenedizos de todo pelaje... Y Herralde, el mismísimo Herralde allí ejerciendo de Sumo Pontífice del sarao. Una gozada. Yo pegué la hebra a base de bien con Alberto, de Sajalín Editores, con Raúl Usón, de Xórdica, y con el responsable (no te digo yo que perdí la cuenta de tanto nombre...) de Libros del Silencio. Y venga whiskys y más whiskys y más cacareo y al final del todo hasta la policía apareció para echarnos de la calle. Lo consiguió ipso facto, desde luego, pero como algunos localillos infames seguían abiertos aún por Madrid, pues, Fernando y yo, en fin, ya sabéis, etc., etc. Tanto etcétera siguió que Miguel Sanfeliu, que firmaba al día siguiente en nuestra caseta tuvo que ponerse él mismo, la criatura, (ojalá me haya perdonado) su cartelito de reclamo y aguantar el duro trance sin un mal refresco que le proporcionaran los igualmente infames editores, no hace falta decir más... 
La tarde del sábado nos vimos en la caseta con Sharon Smith y un montón de sus amigos, con Pepe Hernández, su marido, excelso, pero excelso transmisor de otras realidades y otros mundos apenas posibles, echad un ojo aquí los que queráis comprobarlo. Sharon firmó ejemplares de su libro Luna Walker y estuvo acompañada también nada menos que por Ian Gibson, el autor del prólogo. Joder, tío, Ian Gibson en nuestra caseta, esto es increíble, pensaba yo. Se hincharon de firmar libros los dos juntos, tantos que casi nos salvaron la feria, casi, poco faltó. Ian estaba ufanísimo con su flamante Premio Fernando Lara de novela, es un tipo simpatiquísimo, chispeante, socarrón... Varios periodistas que lo localizaron se acercaron a entrevistarlo. Y de entre otras muchas personas que se acercaron, el más curioso fue un joven andrógino total que después de preguntarle por cuánto tiempo más permanecería en la caseta, corrió hasta su casa en Atocha y volvió en veinte minutos solo para coger la biografía de Lorca y que se la firmara. Yo me quedé estupefacto cuando lo vi de vuelta con el tomazo, descompuesto y sudando a más no poder. Le hice una foto junto a su ídolo y me ofrecí a mandársela si me escribía. Aún no lo ha hecho. A lo largo de la tarde invitamos a Ian a unas cuantas cervezas y cuando íbamos hacia casa de Sharon estuve un buen trecho hablando con él. Nada de literatura, hablamos de whisky. Yo de mi Lagavulin, claro, ¡que no conocía!, él de uno muy raro que yo tampoco, pero seguro que mucho peor, seguro que sí. En cualquier caso, Ian se declaró devoto del Johnny Walker. Y unos cuantos vasos de ese licor cayeron en casa de Sharon, un increíble piso, por cierto, de 400 metros cuadrados en plena calle Atocha con el que Fernando y yo flipamos como lo hizo Sancho en su ínsula Barataria. Y flipamos también con una especie de ritual espiritista que iniciaron Ian y Pepe dando cuerpo tangible en la reunión a los espíritus, nada menos, de Jack Keruac, Paul y Jane Bowles y Williams Borroughs, con los que Pepe había andado bastante al parecer en Tánger y en Nueva York; y a los de Lorca, Buñuel, Pepín Bello o Juan Ramírez Lucas, el último novio de Federico, a los que tanto ha tratado Ian. Embelesados estábamos todos. Y embelesados, risueños, felices y oxigenados y blindados contra las medianías para todo un año nos retiramos Fernando y yo. Para digerir tanto gozo nada mejor, dijimos, que un dry martini en el Del Diego. De nuevo allí. Un dry martini con ginebra Citadelle me tome yo que me supo, tal vez por la euforia, no sé, mejor, mejor, mucho mejor que cualquier combinado que haya tomado en toda mi vida. No digo más. 
Al día siguiente estuvimos toda la mañana en la Feria. Yo hice mi batida por las casetas y me agencié un maletón de libros. Después nos fuimos a comer con mi amigo Jesús Egido, de la editorial Rey Lear, con Eduardo, de Ediciones del viento, con José Ramón, de no sé qué editorial, con María Lara, la directora editorial de Random House, con Angélica, la directora de cultura del diario El Norte de Castilla, y con Javier Cambronero, gerente de nuestra distribuidora UDL, dueño a su vez de los designios que rigen en gran parte de las editoriales independientes de este país. Fabada, varios trallazos de orujo y para casa definitivamente...
Y, tío, de verdad, ahora que lo pienso, ¿yo para qué coño estoy contando todo esto...?     
          

4 comentarios:

Pepe Cervera dijo...

Tu ves, Paco, como sí te sale a cuenta acercarte por Madrid...

Pablo Martín Sánchez dijo...

Menudo ataque de verborrea, Herr Editor… ¿Pero a que concha fina no había? ;-)

J. A. Montano dijo...

Me he bebido tu croniquilla como si fuera pepsicola. Brrravo!

eda libros dijo...

Na, Polvín, ni conchas finas ni nada que comparársele pueda. Aunque hemos descubierto un sitio en el que ponen unos dry martinis que te cagas... jejeje. Nada de pepsicola, pues, Montano, alcohol premium, que eso sí que trae cuenta, pepito, no te quepa duda.
Abrazos a tos...