
para José Antonio Montano
Pocos libros me han entusiasmado tanto como Corrección, de Thomas Bernhard. Intento recordar ahora algún libro, algún autor, que me hubiese causado igual o parecida impresión, y llega, claro está, alguno, pero todos llegan, eso sí, tal vez por el tiempo transcurrido desde su lectura, algo atemperados. Me entusiasmé hace mucho, recuerdo, y aún lo hago, sí, con la poderosísima prosa alada de Gil-Albert, hasta el punto, en su día, de escribirle una inextricable misiva gilalbertiana a un profesor de mi facultad exigiéndole casi que me dejara pasar en la última convocatoria, en la última oportunidad de no dilapidar cinco años de estudio de mi amado y odiado griego antiguo (me dejó pasar, sí, aunque nunca supe, ni sabré, seguro, ya, al parecer, si fue por mis saberes o por su exposición). Guerra y paz me lo bebí de un trago. Con las Inquisiciones y las Infamias de Borges tuve, y tendré, no hay duda, días gloriosos. De La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, el otro Marcelo me acompaña, para siempre ya, el conmovedor aire misterioso de su brevísimo relato inextinguible, el de su Libro de Monnelle también. Cioran, Bataille, Kafka, Bonnefoy, Gamoneda, Yourcenar, etc., etc., etc. Pero quedan todos ahora empequeñecidos, ay, por el tiempo y la "monstruosa idea" de Bernhard y su mcguffin cónico ensayado en Corrección. Por Bernhard, el cínico glorioso que dice, sí, que cuando quiere él echarse unas risas abre por donde sea cualquiera de sus libros y se parte, que sólo intenta distraerse con sus libros y evitar que el mundo le resulte aburrido, ya que, para qué se va a engañar, nunca podrá ser Papa o César. Por Bernhard, el implacable admonitor, el lúcido impecable: "Nada he admirado más -dice Bernhard- durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo." Vale. Se empequeñecen ahora ante esta forma de hacer literatura, sobre la que le dice a Krista Fleischmann (para gozo, ja, de los variados escritorzuelos de hoy, de ayer y de siempre) que él no escribe para zoquetes a los que haya que servir todo en bandeja; que describir la naturaleza es de todas formas absurdo, porque todo el mundo la conoce; que hay que omitir por completo las cosas que todo el mundo sabe, que sólo estorban, carecen de interés, que todo lo exterior se conoce, que lo que nadie ve es lo que tiene sentido escribir. Y asiento. Por su Corrección también se quedan pequeños ahora. En Corrección, digo yo para mí, ese principio poético, ese pilar creativo que expone algo airado, lo lleva a la práctica con una fidelidad apabullante. Es como si entráramos, en Corrección, en la cabeza del narrador, como si entráramos de verdad, como si estuviera ese flujo mental, ese aluvión de ideas, sucediendo en nuestro propio cerebro (ni Joyce, y que me perdonen, ay, los joycianos). Véase, léase, si no, la deriva (ejercicio clave) del narrador observando a Höller desde la buhardilla al final de la primera parte; véase, léase, la deriva de Roithamer, próximo el final del libro. No describe nada Bernhard, actúa. No hay estribos ni descanso en esa forma de narrar, de crear, única, inimitable, estoy seguro, al parecer. Es forma en grado superlativo, qué más da que nos esté contando, entreverando, una desgraciada historia familiar o su quimérico proyecto cónico. Corrección es forma en grado superlativo. La idea es la obra, la idea monstruosa y aniquiladora es el libro que estamos leyendo. Sismográficamente. Y eso es lo que la hace grande, muy grande, exageradamente grande, según creo. Vale.
Leí hace mucho a Bernhard. Leí su Sobrino de Wittgenstein, hace mucho. Y me esfuerzo y rebusco alguna sensación, alguna idea que me confirme las que se suceden ahora. Nada. No sé. Leí también sus poemas, de los que renegó, ay, él, airado. Me lo perdí entonces, al parecer. Pasé entonces de largo por la metrópoli, sí. Pero qué más da. Ya estoy en ella.