sábado, 19 de junio de 2010

El asco

He dicidido hacerme enemigo personal de Ernesto Calabuig, el crítico de literatura hispanoamericana de El Cultural. Así, cuando él ensalce un libro, yo lo denostaré, cuando fustige otro libro, correré yo a comprarlo y a leerlo y seguro, seguro vaya, seguro que será un libro espléndido. No por nada, simplemente porque he comprobado que no da una (o da muy pocas, demasiado pocas, las cantadas, que no cuentan...). De modo que su crítica entusiasta al libro de Claudia Piñeiro que ya comenté aquí, me hizo caer en la trampa pensando que estaba a punto de descubrir un tesoro ignorado cuando el libro no podía ser, (según yo creo, claro está) más malo y más tramposo. Tras este fiasco leí algunos meses después otra crítica del ínclito comentarista. Esta vez se trataba de un libro de relatos del escritor hondureño Horacio Castellanos Moya. Era elogiosa de nuevo, así que desestimé rápidamente su lectura. No obstante, en ese comentario hacía alusión a una novelita corta del mismo autor que tachaba de experimento fallido, de texto vanal con un desmesurado y contraproducente resabio bernhardiano. Umm, Bernhard, me dije, veremos si está en lo cierto el oráculo... Y no, no lo estaba.
Resulta que El asco, la novelita en cuestión del hondureño, es en efecto un ejercicio bernhardiano, y así lo manifiesta el propio autor desde el principio, claramente, en la misma portada del libro, por si pudiera alguien albergar alguna duda. Imitar a Bernhard es una empresa bastante arriesgada, no hace falta a estas alturas, me parece, explicar por qué. Bernhard, con sus personalísimos recursos literarios y su feroz y omnipresente crítica a la sociedad y a la naturaleza del ser humano en general, y a su Austria natal en particular, ha creado un mundo propio de difícil homologación. Por eso mismo cualquier intento de seguir esa senda suya remarcada con absoluta nitidez se torna resbaladizo casi por necesidad. Javier Marías, por ejemplo, lo sabe bien. Castellanos Moya, en cambio, lo digo ya, sale airoso, muy airoso del desafío impuesto. Pone con honestidad todas sus armas a la vista y se lanza a despotricar sin freno sobre El Salvador en este caso, su país de residencia durante muchos años. Y no deja tampoco, como el infatigable austriaco, títere con cabeza. La familia, la religión, la política, la educación, la prensa, la música, la comida, la cerveza, los prostíbulos, los restaurantes, los transportes, la arquitectura, el fútbol (¡el fútbol, albricias, esperemos que sea igual de malo en toda la zona!) el clima incluso (pobrecitos los salvadoreños, qué culpa tendrán) son despedazados sin piedad por boca de Edgardo Vega, un profesor universitario emigrado a Canadá hace mucho tiempo y que vuelve al país, contra su voluntad, claro, para asistir al funeral de su madre. El profesor Vega se cita con el único amigo que mantiene en el país y desarrolla ante él, ante el así llamado Moya, mudo a todo lo largo del texto
(tal vez atónito), su obsesivo, inquietante y a veces delirante monólogo. Y al igual que cualquier personaje de Bernhard con su infalible método especular, el profesor Vega nos provoca con su hiperbólico resentimiento la misma risa higiénica que tanto necesitamos.
Eso en lo que se refiere a la melodía de la novela. Pero podemos comprobar también que este laúd bernhardiano de Castellanos Moya está bien afinado pulsando las notas sueltas del asco (del asco, sobre todo, ninguna sensación más hiriente y despectiva, bernhardiana), de la mugre, la degradación, la calamidad, los energúmenos, los criminales, los esperpentos que transitan por sus páginas; o de la espeluznante, aterradora, horrenda, estúpida, imbécil, apestosa, repugnante, terrorífica, atroz, codiciosa realidad del país y sus habitantes que se nos describe en ellas. Puro Bernhard, no me lo negarán.
Yo creo que como con todos los textos del austriaco, podemos leer esta novela como una gran broma cósmica, siniestra, sí, pero broma después de todo. Sólo de ese modo deberíamos verlo tal vez. Pero se da la inquietante ciscunstancia de que Horacio Castellanos Moya provocó un gran escándalo en El Salvador cuando la publicó y que fue por ella realmente amenazado de muerte si volvía. En ese país quizás no se trate eso de una broma, me temo, según dicen. Por eso, por si acaso, todavía no ha vuelto.
En cualquier caso, ciñéndonos a cuestiones estrictamente literarias, y al contrario de lo que opina mi ya declarado antagonista Calabuig, a mí la novela me parece plenamente lograda a pesar de su servidumbre impuesta, un ejercicio de estilo (ah, mi querido Queneau) que ya quisiéramos muchos imitadores de voces superar con tan buena calificación. Calabuig, pues, no lleva razón en este caso, como tampoco la llevaba en el de Piñeiro. Así que, según he covenido, me saltaré olímpicamente su lectura recomendada de El cojo y el loco, de Jaime Bayly, e iré en busca de El don de la vida, de Fernando Vallejo, otro bernhardiano de pro a su modo y de quien echa pestes el tío.


6 comentarios:

Miguel Giner dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miguel Giner dijo...

Maravillosa idea me revelas: después de haber heróicamente acabado los "relatos autobiográficos del austríaco", me propongo de postre varias partituras de "El origen", "El sótano", "El aliento", "El frío y "Un niño" a lo Raymond Quenau, con dulcísimas garrapateas de violín y chocolate caliente para hacer liviana la digestión. ¿O sería más meritorio continuar el concierto con Castellanos? Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me... Abrazos, hermano

Francisco Javier Torres dijo...

Ah, Miguel, la novela de Castellanos no deja de ser un sucedáneo, cacao al 70% o así. Mejor siempre, claro, el chocolate al 100% de cacao, aunque hay quien no soporta esta plenitud. Un buen bocado, en cualquier caso que a mí me ha divertido muchísimo. Dignísimo ejercicio bernhardiano, como digo, con algún que otro valor propio, su exotismo, por ejemplo. Por otro lado, ignem veni mittere in terram et quid volo si accedantur... Modicae fidei, quare dubitasti... (je, je)

Miguel Giner dijo...

No sé, frater, no sé...Un sucedáneo de cafeína después de tanto café de calidad(sabroso por amargo). Nemo potest duobus dominis servire aut enim odio habebit et alterum diliget aut unum sustinebit et alterum contemnet...

Francisco Javier Torres dijo...

Sí, sed quanquam miror, illa superbia e importunitate, si quemquam habere potuit, ya sabes...

Miguel Giner dijo...

Bueno, por mi parte me rindo con la Vulgata, que ya están aquí los ardores veraniegos. Eso sí, un día me acerco a "expropiarte" el librito del émulo tropical. Por cierto, triste derrota la de hoy de Honduras...