domingo, 2 de agosto de 2009

Los manos de mi amigo


Este articulito sirvió de presentación para la lectura poética que Carlos Alcorta, que vive casi en esta casucha de Santander que podemos observar en la imagen, dio en el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga el 5 de marzo de 2007. Lo he releído con gusto ahora y lo pongo aquí como solaz tal vez de algún improbable lector.

LAS MANOS DE C.A.

Tiene Carlos Alcorta, siempre las ha tenido aunque no lo supiera desde el principio, una mano trocaica y otra dactílica. Cuando la mano izquierda dactílica, más o menos airada, algo cínica, pero con cierto tono melancólico ya, dijo una vez: “es verdad, nos separan demasiadas cosas”, constatando ella por otro lado lo que todo el mundo sospechaba sobre esta relación, a la trocaica no le importó, pero el daño estaba hecho. Ahí empezó entonces Carlos Alcorta a notar en serio que algo se traían ellas entre manos.
Antes de darse su dueño cuenta de todo, la mano izquierda dactílica, bastante ensimismada desde que tuvo conciencia de sí, hablaba, por ejemplo, de lugares como si de un estado de ánimo se tratara y se preguntaba insistentemente por el sentido de lo que decía y por cómo podría decirlo mejor de lo que lo hacía si su dueño no le facilitaba los medios. Estaba un poco quejosa entonces, y lo sigue estando, pero ha cambiado, qué duda cabe. Lo ha hecho de tal manera que la trocaica, a pesar de sus lógicas desavenencias, no oculta ahora la admiración que siempre ha sentido por la mano izquierda dactílica, a la que llamaba en secreto hermana mayor, pues aunque era, siempre lo fue, más alocada, no lo era tanto como para no saber lo que hacía la otra, contraviniendo así el dicho de que no sepa tu mano, etc. La mano izquierda dactílica decía casi siempre cosas graves y formulaba con frecuencia también preguntas inquietantes que todavía la trocaica no sabe responder (o ya no quiere, eso no lo sabemos con certeza). Se preguntaba, por ejemplo, “Cómo resistir la desolación” o afirmaba tajante y algo triste “estoy aquí completamente sola”. Bueno, ella decía “solo”, pero por identificarse con su dueño más que nada. Y parecía que hablaba con alguien cuando decía con cierto aire fúnebre: “es en tu ausencia donde oigo las aguas de la muerte”.

Luego se aficionó esta mano izquierda dactílica a las cosas sencillas y rutinarias, aunque sin abandonar ese tono como de preocupación y disgusto del que a pesar de todo no se ha desprendido hasta hoy, y que, muy lista y muy consciente de sí, ya decimos, conocía bien, pues le hemos escuchado alguna vez: “sobre la tristeza y sus significados has escrito hasta el hastío”, como hablando con otro, cuando hablaba consigo misma, de acuerdo con la situación en que ella misma había afirmado encontrarse. Aparecieron de pronto, pues, lámparas, mesas, libros, tabaco, alcohol, tardes, veranos y cosas de ese tipo que ya se entendían mejor, la verdad. Pero el desencanto, a pesar de todo, no menguaba. Nosotros creemos que tal vez verse esta mano izquierda dactílica sometida muy pronto a la influencia del anapéstico, el pie individualista de la izquierda de Carlos Alcorta, muy bien pudo haber provocado en ella esta tendencia. Se introdujo así poco a poco la realidad en su discurso, lo que permitió quizás también que afloraran algunas insinuaciones picantes, aunque bastante estilizadas, no hay que temer: “sentir el tacto oscuro de la piel” o, más adelante: “rozar la piel vencida de un cuerpo”, decía con cierta frecuencia. Pero esta realidad, nos parece al menos, era subjetiva, instrumental, una realidad a la que la mano izquierda dactílica llegaba a través de sí misma, ella misma era el punto de partida. Y no es que esto sea malo o problemático, ni mucho menos, sólo lo señalamos para advertir mejor el cambio que experimentaría más adelante.

Entretanto, Carlos Alcorta, atento ya a lo que ocurría en sus extremidades, envió a sus mejores oídos para que le acercaran más voces de las que le llegaban sólo de vez en cuando desde la mano trocaica. Ésta había introducido muy al principio, entre el habitual monólogo dialógico de su hermana mayor, y ayudada en ocasiones por el pie yámbico que tenía en paralelo, algunas frases interesantes: “oigo la plenitud del mundo” o “sólo nombramos restos”. “Ya no soy la misma”, llegó a oírsele en una ocasión (bueno, “el mismo”, decía en realidad, pero suponemos también que cierto prurito de parecerse a su dueño le acompañaba igual). “No pido excusas” o “siempre fui un desastre soltando amarras” o “el mercurio recobra su nivel habitual de indiferencia”, fueron algunas de las frases que proferiría después y que más inquietaron a Carlos Alcorta de cuantas le proporcionaron sus emisarios, pues sabiéndose él también algo canalla pudiera ocurrir que se tomaran luego como suyas.

No es seguro, pero tal vez fue la propia intervención de su dueño la que provocó que el exabrupto aquél proferido por la mano izquierda dactílica quedara en casi nada. Y hasta que iniciara ésta algunos proyectos junto a la trocaica que con el tiempo se han consolidado. Se pusieron de acuerdo por ejemplo en admitir los simulacros de la existencia y sus contradicciones. Decían al unísono “ese yo que me suplanta” o “no me quitan el sueño tantas contradicciones”, o “la sólida apariencia de verdad de los falsos sentimientos”. La realidad seguía estando muy presente, claro, no se piensa en alguien tanto tiempo en vano, pero era, nos parece y es curioso, el punto de partida ahora, algo exterior, objetivo, como si de verdad existiera. Un hecho que denotaba cierta confianza, cierta complacencia, que nunca vienen mal, desde luego, y que si bien incipientes, luego acrecentarían. No obstante, muy bien pudo ser éste el asunto más relevante y más peliagudo y que más le costó aceptar a la mano dactílica. No olvidar, por otro lado, el valor de la memoria y del tiempo eran unas huellas irrefutablemente dactilares que a la trocaica no le costó reconocer; pero el toque cínico y despegado y algo hedonista estamos seguros de que lo dio ésta.
Ahora se las oye mucho más relajadas, incluso se podría hablar de cierta armonía. De hecho, las últimas noticias que tenemos sobre este asunto y que a Carlos no le ha dado tiempo de copiar aún, hablan de que van diciendo juntas: “Está serena el alma” o “la carne dolorida es sinsentido” o, sobre todo, “el cuerpo que goza no reclama favor alguno, sino ser, sin más, gustoso destino”

En fin, Carlos Alcorta puso, como decimos, por escrito todas estas cosas, y le ha dado para varios libros: Lusitania (1988), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), etc. Por ellos sobre todo hemos sabido de las manos trocaica e izquierda dactílica que ya tiene adoptadas plenamente. Ignoramos, no obstante, cuánto de verdad y cuánto de gesto ha experimentado el amanuense por sus extremidades dada la ascendencia, el dominio evidente, que ha conseguido sobre ellas. Pero esto no importa, y aquí debemos detenernos, porque, como dice Giorgio Agamben, “donde la lectura del copista se encuentra de algún modo con el lugar vacío de lo vivido, debe detenerse. Porque tan ilegítimo como el intento de construir la personalidad del autor a través de la obra es el de la voluntad de hacer de su gesto la cifra secreta de la lectura.” (2005: 92) –bueno, “la lectura del poeta”, no del copista, dice realmente Agamben al comienzo de la cita, pero ya conocemos la inclinación de algunos filósofos hacia las grandes palabras–. Aquí nos detenemos, en fin, porque, después de todo, lo que a nosotros de este asunto nos importa más es que se han hecho bien las cosas y menos las cosas hechas, como quería Aristóteles, aunque sea esto en cierto modo algo reprochable a estas alturas...




6 comentarios:

Raquel G. dijo...

Aquí tienes a una improbable lectora solazada con el artículo. Improbable, digo, porque no encuentro pruebas definitivas de mi existencia. Pero comento, luego existo, creo...

Me ha encantado el articulito. No se me ocurre forma mejor de presentar el trabajo de alguien, especialmente si ese trabajo consiste en entenderse con el mundo a partir de las manos. Tarea difícil desde que nos plantificaron tres cerebros, dos hemisferios y, a mitad de camino, un contingente de órganos para gestionar el follón entre las manos.
Precioso texto.

Un abrazo.

J. A. Montano dijo...

"No se me ocurre forma mejor de presentar el trabajo de alguien, especialmente si ese trabajo consiste en entenderse con el mundo a partir de las manos."

Esa verdad general es especialmente verdadera en mi caso particular, puesto que yo, básicamente, me entiendo con el mundo a partir de la masturbación.

J. A. Montano dijo...

...y sí, de eso se trata en mi caso: de "gestionar el follón entre las manos".

(Ala, venga: que el Sur también existe...)

Francisco Javier Torres dijo...

Pues yo también suelo hacer corro en mi follón con las manitas. Pero lo que consigo, más que gestionarlo, es que aumente y se dispare y, no sé por qué, me incite a penetrar en profundas cavidades, digo, cavilaciones, más que otra cosa, y me desasosiegue y ponga más turbado. O sea, que más se lía, vamos, quiero decir. No sé como consigue usted explicarse el mundo así, con esa extrema extremidad entre manos. Explíqueme, explíqueme a su vez, ahora, sí, ahora, oh, ah, sí, vamos, vamos. Pobre amigo mío, para lo que ha quedado. Alcorta digo. No te preocupes Carlos, amor mío, si llegas a leer esto. Te prometo que lo enderezo, sí, no te quepa duda.

Francisco Javier Torres dijo...

El follón, digo.

Raquel G. dijo...

No me cabe la menor duda, o, como diría mi amigo, no me cabe la menor pol.. en el culo. Así de líricos les encuentro, caballeros, (pre)ocupados como están por el extremo follón.

Me dice también mi amigo que se le ponen los pezones como timbres de castillo (la erotomanía viaja al Norte, por lo que veo, pero Málaga sigue en el Sur). En fin, en fin, en fin...

En fin.