viernes, 4 de junio de 2010

Mercado editorial (la literatura que viene)

A David Roas, terrorista cultural,

por los muchos atentados

y otras deudas


Apreciado Profesor Bermúdez:

En respuesta a su petición, nos congratula poder adelantarle los títulos, así como una breve sinopsis, de las novedades que nuestra editorial prevé lanzar próximamente al mercado.

Agradeciendo de antemano tanto su interés como la especial atención que estoy segura que dispensará a las mismas en sus oportunas críticas como ha venido haciendo siempre a lo largo de estos últimos años, aprovecho la ocasión para enviarle un afectuoso saludo.

Atte.: Maria Ribera

I. Caspa para una camisa AZUL, de Julián Martínez Bertomeu. Novela de cariz histórico-político que revive la heroica resistencia de un pequeño consorcio de peluqueros de señoras durante los últimos coletazos del franquismo.

II. El hombre que subía demasiado, de Severo Ruiz Cifuentes. Manual de autoayuda del prestigioso psiquiatra y especialista en neurofisiología, director de la unidad docente-asistencial de la City University of New York.

III. Actualidad del origami, de Yasutaka Koi Hernández. Extraordinario epítome (de una no menos cuidada edición) que recoge las tendencias más actuales en Occidente del milenario arte japonés. Dedicando especial atención a los más recientes y destacados ejercicios de doblado en nuestro país.

IV. MARXISMO Y ELS PASTORETS, de Justino Mailer. El osado análisis de las relaciones entre el diablo y la barretina en el que, a la luz de las tesis marxistas, Mailer propone identificar el diablo con el capitalismo y la barretina como símbolo del proletariado, lo que abre nuevas e impensadas vías hasta el momento para la interpretación de una de las obras cimeras de la literatura catalana. Recientemente, merecedor del Premio «Terrunyo» que otorga la Generalitat a estudios sobre la cultura catalana no escritos en catalán.

V. Metafísica del borceguí, de María Luisa Fdez. Bohigas. Excepcional compilación en la que la profesora Fdez. Bohigas realiza un exhaustivo seguimiento de los aforismos más utilizados a lo largo del siglo XX en el gremio de zapateros remendones.

VI. SAUDADE: DEL FADO Y DEL TAM-TAM, de Anabela Macías Ndongo. Antología que congrega las plumas más jóvenes y prometedoras de la renovada lírica poscolonial portuguesa.


(Texto incluido en Dislexia(s), de Javier B., el último título que hemos publicado en nuestra, así llamada, colección Los días terrestres, como este blog, en efecto)



sábado, 8 de mayo de 2010

Providence-Nivel 1

Si les digo la verdad, no puedo negar que poco antes de emprender la lectura de Providence, la reciente novela de Juan Francisco Ferré, me cohibiera, me amedrentara en cierto modo el aluvión de críticas sesudas que se han vertido sobre ella. Muchas apelaban, y lo seguirán haciendo tal vez las venideras, a unas dimensiones teóricas posiblemente de no fácil alcance para un buen número de lectores entre los que podría incluirme sin sonrojo. La mayoría las ha ido recopilando el propio autor en su blog La vuelta al mundo y puede darle un repaso pinchando aquí quien esté interesado en comprobarlo por su propio click (recomiendo no sólo las entradas, sino también los comentarios, claro está, de propios y extraños, algunos de ellos memorables). Ahí se hace referencia con cierta soltura a Lyotard, Barthes, Jameson, de Man, Zyzek, etc., etc. En cualquier caso, no debería entenderse esto como un juicio sobre la pertinencia o no de este tipo de análisis, sobre si le conviene o no al texto esa clase de elucidación a ciertos niveles de exigencia, ni mucho menos. Sólo me parece interesante señalar que un lector que haya conocido antes estos comentarios (como es mi caso) y que tal vez esté no demasiado avezado en estructuralismos, post-, sobre- y trans-modernidades teóricas podría tener debido a ellos la impresión de que le sobrepasará el texto (como tantas veces ocurre por culpa de los exegetas de turno, dicho sea de paso), de que se evidenciará cruelmente una vez más el ya de por sí profundo pozo de su (mi) ignorancia, lo cual le llevará tal vez a un exceso de prevención que acartone la lectura en el mejor de los casos, que se vea inducido a soslayarla, en el peor. Todo lo cual sería un lamentable error, lo dejo claro ya, que nos impediría, en particular ahora, gozar como merecemos de este texto singular. Primero, porque es necesario tener en cuenta siempre que si el texto convoca en torno suyo a tan eminentes referencias, ello no debería ser considerado desde luego sino como la ocasión que propicie nuestra curiosidad, lectores valerosos como somos, después de todo. Segundo, porque la lectura busca en sí misma ser otra cosa bien distinta a una "caza de citas", a un extenuante rastreo de indicios. Eso podrá venir después, si queremos entretenernos en ello. Por tanto, y al margen ya de estas consideraciones previas que a mí, no lo niego, ya lo he dicho, pudieron incomodarme el primer acceso, debemos abordar sin mayores complejos la lectura de esta espléndida novela, entregarnos a lo que nos depare obviando en lo que sea posible todo este aparataje crítico. He ahí mi recomendación esencial, si hubiéramos accedido antes que a ella a la "masa crítica" que ya acumula Providence.

Yo creo que conocemos todos ya más o menos la trama de esta obra: un director de cine algo descreído, desengañado y con la autoestima por los suelos, un pacto diabólico, el guión por escribir de una película de encargo, sectas diabólicas, sexo, mucho sexo, sexo del bueno, ritos diabólicos, escritores malditos…, el guión por descubrir de un vídeojuego secreto, en el fondo de todo, muy en el fondo... Me ahorraré por tanto la sinopsis. Lo que sí quisiera destacar, y de ahí tal vez provenga la prevención anterior, son los momentos en los que yo me he sentido verdaderamente dichoso leyendo Providence al margen de otras conspicuas consideraciones. Son, a mi modo de ver, cinco momentos estelares de la novela porque en todos ellos la capacidad de persuasión del autor brilla a una altura extraordinaria que me ha recordado la misma gozosa intención (en apariencia, sólo en apariencia) de contar, de narrar sin otra perspectiva que no sea la propia historia y que podemos ver sin dificultad, por ejemplo, en Raymond Russell o en George Perec.

Son, por su orden, la disparatada prueba de adhesión al Régimen a que es sometido Alex Franco a su llegada a la terminal del aeropuerto JFK de Nueva York, con su magnífica conclusión por K.O., según algunas tendencias de la narrativa corta. Más tarde, la entrada del viernes 19 del diario que empieza a escribir Franco a su llegada a Providence, donde se nos cuenta (“se nos cuenta”, sí, no debemos perder de vista a Cervantes) el onírico estreno de la “sensacional” Magnolia, una cinta virgen de tres horas de duración, fíjense ustedes, al que asisten entusiasmados algunos de los más aclamados directores de cine de la historia, Buñuel, Kubrick, Tarantino, Linch, Sirk, Burton, Almodóvar, Pasolini, Resnais…, y en cuyo desarrollo asistimos nosotros a las hilarantes indicaciones de Buñuel a su atribulado director al término de la proyección; también a la conversación sin desperdicio que tiene lugar poco después entre éste y el taimado Spielberg, quien le elogia la cinta diciéndole, nada menos, no se rían, que “es el mejor remake no americano de Tiburón”.

El tercero de estos cinco movimientos, de estas cinco suites que quiero destacar, lo encontramos en la Sitcom que desarrolla Ferré en el Nivel 2, Toma 67 (página 376, línea 26). Otro alucinado duermevela de Franco en el que aburrido, como casi siempre, coge la cámara como casi siempre, la omnipresente cámara digital de última generación, para filmar en su propia casa el fantasmagórico deambular por las habitaciones de algunas de sus conquistas femeninas recientes y pasadas, Eva, Shirley, Tranny, Veronique… (aunque falte, para nuestra desdicha, Sam, la voluptuosa y descarada mujer policia que atrapa en su momento a Franco como a todos los que frecuentamos el porno gratuito de Internet nos gustaría que nos atrapasen...).

Enseguida el cuarto, la alucinante y escabrosa aventura del pseudohomosexual, mojigato y asesino en serie Howard Philips Lovecraft y su amigo del alma el inspector Legrasse, quien lo induce a limpiar, bien protegido, el país de indeseable escoria negra. Un relato donde el horror se entremezcla magistralmente con las más tiernas emociones en la desquiciada imaginación del afamado escritor americano. Y muy poco después (Nivel 3, Inserto 14) la quinta, la última de esas cinco perlitas que tanto me han subyugado, la de la página 425: otro sueño de Franco que transcribe como posible guión de una película que titularía El nazimiento de una nación (el nacimiento de esos nazis, El huevo de su serpiente, aún palpitante a lo que parece). Una apoteósica escena en la cual Eva, su amadísima Eva Dhalgren, aborda un autobús repleto de negros y se exhibe provocativa portando un chaleco repleto de explosivos que hace estallar mientras Franco, nuestro héroe Franco, lo filma como siempre todo con prurito documental.

Bien, como dice Barthes, el texto que el escritor escribe debe probarle al lector que lo desea, esa prueba existe: es la escritura. La escritura, sigue diciendo Barthes, es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma). Hasta aquí la cita de Barthes. Ferré con su escritura, pues, sólo ya con estas partículas, nos ha demostrado (a mí al menos me lo ha demostrado) que nos desea. De ahí tal vez el placer que me ha procurado, lo cual no es poca cosa según creo.

Hay más, bastantes más momentos reseñables, pero yo me quedo con estos. Como también hay muchos aspectos que comentar de esta infatigable novela, y de los cuales sólo nombro algunos de ellos porque no vería el momento de terminar su desarrollo y tengo, excusadme, muchas cosas que hacer: su corrosivo humor, su sarcasmo, sobre todo; la brutal crítica a gobiernos (o desgobiernos), corporaciones y multinacionales, al poder que se sustenta en el dominio mediático; su crítica a la mediocridad, a la impostura académica, la autocrítica del propio autor… Tendríamos que referirnos, claro está, al universo sexual de esta novela, a su androginia, su misoginia también, su feminismo a la vez, tendríamos que referirnos a la obsesiva y desvergonzada presencia del sexo en ella, lo cual me ha hecho pensar en lo poco frecuentada que sigue estando la estela dejada por nuestra ilustre Lozana andaluza. Tendríamos que referirnos por supuesto a la abrumadora presencia del cine aquí… Pero dejémoslo en esbozo.

Un último apunte me permitiré, no obstante. En eXistenZ, de Cronemberg, que deben apresurarse a ver si no lo han hecho todavía, dice uno de los personajes que “en la vida real no ocurre nada interesante”. Es por lo cual todos se aprestan a participar en el juego de realidad virtual creado por Allegrea Geller, a quien adoran los usuarios como a una diosa. Este juego les proporcionará sin mayor esfuerzo las excitantes aventuras y el ambiente sensual que tanto desean, de ahí su perniciosa adicción y los numerosos enemigos defensores de la realidad “real”con los que cuenta. Juan Francisco Ferré ha creado un artefacto similar en el que el protagonista Alex Franco está viviendo sin saberlo tal vez su realidad virtual de un modo realista. Pero quién sabe además si, como sugiere Cronemberg, Juan Francisco Ferré, su creador, no es también un personaje del juego, si nosotros mismos, incluido este libro que hemos leído, no somos más que códigos informáticos y formamos parte a nuestra vez de un universo virtual que ignoramos como buenos jugadores. Con esta novela tendremos la oportunidad de planteárnoslo al menos, lo cual no es poca cosa tampoco. Debemos saber, eso sí, que no hay objetivo, que sólo cabe jugar y hacer las preguntas adecuadas. Por nuestra parte entonces, sólo si por el momento sabemos disfrutar en el papel de lectores que nos hemos asignado en esta novela de aventuras habremos superado el primer nivel. Ah, y también cabe la posibilidad de pedir pausa si no nos sedujera continuar interrogándonos…

miércoles, 28 de abril de 2010

Dos poemas de Herta Müller

Nuestra editorial dará en breve el libro de Herta Müller inédito en España Los pálidos señores con las tazas de moca, en traducción de José Luis Reina Palazón. Es un libro verdaderamente sorprendente e inusual. Poemas-collages construidos palabra a palabra con recortes de revistas que incorporan además ilustraciones originales de la propia autora. Estos que adelantamos aquí pueden darnos fiel idea de la originalísima concepción que de la poesía tiene la escritora rumano-alemana, recientemente galardonada con el Premio Nobel. Lo visual imbricado absolutamente con lo conceptual. Sólo de ese modo tan juguetón, y a menudo tan sarcástico, viene a decirnos Herta Müller, puede abordarse algo tan extremadamente trágico como la existencia, o su posible sucedáneo, en la siniestra sociedad regida por el sátrapa Nicolae Ceaucescu en la que fueron concebidos. A ese estado de excepción se alude en este libro que, estamos seguros, no provocará indiferencia en ningún caso.

I

La ciudad del puerto tiene la barriga de agua espumosa
el cielo de carne de sandía el camino rural
para el apartadero una garita de señales y ninguna vía paralela
una boca llena de viento una joroba maíz
apretado muy espetado verde
le pregunté por qué precisamente tú
tienes que marcharte con esas gaviotas de tiza y le miré
de lado mientras hacía las maletas




II

Entonces vino un hombre con un diente
de oro me preguntó qué es un
paralelogramo entonces dije yo pues no
lo sé entonces dijo no importa madame
conozco a dos que lo llevan como baratija
consigo pero también como plantilla del calzado en
días especialmente fríos entonces dije yo si
así lo dice conozco también a uno
personalmente
al otro
de oídas
eso me alcanza ya
bien ordenadamente
para este malestar





martes, 27 de abril de 2010

lunes, 19 de abril de 2010

La última de nuestras excelsas publicaciones

Qué es DISLEXIA(S) y para qué se utiliza

Se presenta en forma de libro debidamente encuadernado. Esta obra pertenece al grupo de las relatodiazepinas. DISLEXIA(S) está indicado en:

-Contracturas existenciales.

-Tratamiento coadyuvante de la estupidez aguda o crónica.

-Afecciones y trastornos de la personalidad edípica (propia o de aquellos con quienes se acuesta).

-Calzado genérico de mesas y todo tipo de muebles que cojeen.

Antes de leer DISLEXIA(S)

No lea estos relatos:

-Si Usted es alérgico a la literatura.

-Si Usted presenta un brote agudo de tortícolis.

-Si Usted padece Humoris Gravis (estados carenciales de sentido del humor).

-Si Usted está embarazada y todavía no sabe de quien.

Tenga especial cuidado con DISLEXIA(S):

Las relatodiazepinas pueden producir alteraciones físicas o psíquicas. En combinación con drogas o alcohol favorecen la dependencia de estos últimos. Generalmente, la lectura de DISLEXIA(S) puede acentuar aún más su sensación de extrañamiento y/o naufragio ante la vida.

Si se observa cualquier otra reacción no descrita, consulte con su librero.

Javier B nació en Barcelona en 1976. A partir de ahí ya fue todo más o menos pura inercia...

domingo, 11 de abril de 2010

Semana de la Edición y la Literatura Independientes (SELIN)














Este lunes próximo comienza en Antequera la segunda edición de la SELIN, la Semana de la Edición y la Literatura Independientes. Desde el lunes, pues, hasta el domingo se van a desarrollar en esta localidad multiples actos literarios, presentaciones de libros, lecturas, talleres y mesas redondas, que tendrán como eje central la edición y la creación al margen de los grandes grupos del ramo, hecho éste que, como sabéis, resulta todo un fenómeno admirado y denostado tal vez a partes iguales dentro y fuera de nuestro país. A partir del jueves además, una treinta de editoriales de toda España que practican la así llamada edición independiente, todas ellas entregadas con resolución a la furtiva caza de lectores tan exigentes como usted, estarán ahí para mostrar su inigualable catálogo a todos los interesados que lo deseen. Un saturnal encuentro en el que entonaremos, seguro, alguna cancioncilla triste, pero en el que prevalecerá, seguro también, la fiesta y la celebración. El programa es prometedor, desde luego. Echadle un ojo, echádselo, ya veréis...

miércoles, 31 de marzo de 2010

La virgen del arte

Hace una semana escasa que se ha instaurado un nuevo icono en la imaginería religiosa malagueña, de tan apabullante presencia estos días en cada rincón de la ciudad. Una nueva imagen valedora a la que dirigir fervores y súplicas o promesas para que ilumine cada uno de los atolondrados escarceos artísticos nuestros, y nos propicie la creación, como los antiguos, en contacto directo con Dios. No es poca cosa. Podemos visitar su capilla, un pequeño oratorio erigido en la calle Duquesa de Parcén, hacia donde deberíamos dirigir más pronto que tarde nuestros muchas veces atrabiliarios pasos. Podemos tratar ahí mismo de disolver esos fantasmas que atormentan casi siempre el exceso de razón creadora, o ensimismarnos, trascendernos, abismarnos, deshacernos de nuestra miserable identidad, para reflexionar sobre ella o la del otro, lo que casi nunca viene mal (con este alevoso propósito están dispuestos los humilladeros, muy pocos, y un mínimo reclinatorio recubierto de crespón negro donde apoyar el devocionario de turno, cualquiera de los que manejemos en ese momento -Adorno, Danto, Brea- delante justo de la Santa proyectada en una inmaculada blancura). Pero, sin dejar de reparar, no obstante, en la corona que adorna su divina cabeza y en sus haces, los cuales nos darán solaz en tan ardua inmersión y nos reconstituirán en caso de extravío, tenemos también la oportunidad de contemplar arrobados el rostro transfigurado de esta nueva Santa en la intimidad de nuestra humilde morada, ya cada vez que nos atormente la terrenal angustia de la sequía creadora, si con ese fin nos hacemos con una de las reproducciones en papel y gran formato de esta arrebatadora Virgen del arte, la misma Irene Andessner gloriosamente travestida de nuevo (antes fue Dietrich, también Mozart), que ha propiciado la Galería JM. Ustedes eligen. En cualquier caso, no dejen pasar esta oportunidad de reiniciar la conexión perdida con el misterio, bien vale eso, aquí o allí, una oracioncita aunque sea corta.

martes, 30 de marzo de 2010

Centenaristas









Me encargan unas charlas sobre Miguel Hernández, de quien se cumplirá el próximo 30 de octubre el centenario de su nacimiento. Picoteo en los textos más o menos panegirísticos de Vivanco, Zardoya, Balcells, Cano Ballesta... Llego a Valente, leo su "Miguel Hernández: poesía y realidad". Extraigo algunos apuntes:

"...su nacimiento literario coincide con un momento (efímero como tal) de máximo fervor tradicionalista por parte de la joven literatura de entonces. Son los años del Centenario de Góngora. Los centenaristas, vistos desde la perspectiva actual, tienen un marcado signo conservador (...) Góngora opera sobre las formas más aparenciales de lo real; poeta del enigma verbal, lo es escasamente de la realidad enigmática."

"Se ha hablado mucho y se sigue hablando de la tensión y poder expresivos de El rayo que no cesa; creo por mi parte que esa tensión y poder se dan en contados momentos, y lo que me parece caracterizar el conjunto del libro es un amaneramiento formal que le resta vigor y originalidad profunda. En él, la influencia de Quevedo es, en efecto, visible en sus mejores piezas, allí donde consigue Hernández sobreponerse al retoricismo laberíntico de la palabra que se retuerce en busca de su propia cola sonora."

"Compárese simplemente el falso ímpetu semioratorio de tantos sonetos de El rayo que no cesa con la terrible lucidez expresiva de la "Canción última" de El hombre acecha."

"Se trata simple y llanamente de que el poema converja o no con todos sus medios hacia la realidad; de que esos medios existan sólo en función del contenido de realidad que el poema revela; y de que, por último, ese contenido de realidad y la estructura verbal en que se aloja sean inseparables."

"Es lógico que esa poesía (tradicionalista) venga caracterizada por un profuso crecimiento de categorías retóricas o por un proceso cada vez más acusado de inflación verbal. Al abandonar tales presupuestos, Hernández rompe revolucionariamente no sólo consigo mismo, sino con el momento literario del que se desprende gran parte de su obra."

Me agradan sus provocadoras afirmaciones, su lúcida tensión con este icono, su claridad en cuanto a lo que deba contener un texto poético. No todo es excelencia en el poeta que se reivindica ahora (otra vez). Hay sombras también. A ver qué dicen los centenaristas de ahora (otra vez).

sábado, 13 de marzo de 2010

Primer manifiesto del Plasticismo

Compañeros poetas: desde Cuba me envía el poeta José Jiménez Muñoz su Primer Manifiesto del Plasticismo, en el que promueve una nueva forma, una actitud diferente de la que tal vez predomine hoy ante el hecho poético. El asunto no es baladí, desde luego. Y la concreción práctica de la propuesta nada desdeñable, según me parece a mí. Pero todo es discutible, razón por la cual me inclino a divulgarlo por si pudiera ser que se iniciara esa discusión, tan higiénica, por otra parte... Ah, y no vale argumentar con Gerardo Diego, Breton, Marinetti, et alii. La cuestión palpitante lo sería, lo es, hic et nunc.






Primer Manifiesto del Plasticismo
Fundamentos estéticos
por
José Jiménez Muñoz

El plasticismo es el resultado de una búsqueda formal en poesía; es el modo estético que encontré para acercar la poesía a la categoría de arte, bien lejos de postulados coloquiales, del prosaísmo a ultranza, o de los devaneos posmodernistas que hacen a la poesía divagar en un círculo vicioso. Con el Plasticismo planteo la similitud estética y dimensional que existe entre la poesía y las artes plásticas, sin excluir de estas a la arquitectura. Demuestro en la práctica que un poema puede ser escrito como mismo un pintor concibe un cuadro, un arquitecto un edificio, un escultor una estatua, o un alfarero una pieza de barro. El poema se proyecta entonces en tres dimensiones, y es capaz de expresar de una situación determinada, no solo el color, la textura, sino también el sonido y el movimiento; el poeta lo moldea a voluntad, y se permite así nuevos lances expresivos, las ideas adquieren connotaciones espaciales en la mente del lector, donde el poeta tiene tiempo de fabricar su pieza, y resumir, a través de imágenes, sensaciones que pertenecen a diferentes expresiones artísticas.

Existe, como es lógico, una diferencia de formatos, de materiales y estructuras físicas, y sin embargo, es posible pasar por encima de estos supuestos factores en contra, y construir un poema, esculpirlo, dibujarlo con palabras para que el lector lo vea, y le de la interpretación que mejor entienda. Las ideas, los contenidos, tienen, tanto en pintura, arquitectura, como escultura, otras maneras de ser llevadas a cabo, y las técnicas que se aplican, y la habilidad del artista, juegan un papel esencial en esto; pero el resultado final es lo que hace que la poesía, con todos los recursos tropológicos que posee, sea capaz de recrear, no sólo la imagen que cualquier obra plástica puede ofrecer, sino también dar la sensación de movimiento y evolución de las partes representadas; y así influir en el estado de ánimo del lector, y de dejarlo ir con entera libertad de una interpretación a otra. En este punto, al ser la poesía parte, o una obra literaria en sí misma, y por ende hecha a partir de palabras, el poema supera en algunos aspectos a la obra plástica, pues puede trasmitir sus imágenes de forma más directa, aunque sea utilizando los mecanismos de sugestión que le son inherentes.

Como ejemplo de esto citaré un fragmento del poema “Metamorfosis en la relojería”, en el que, mediante imágenes sutiles induzco a ver cómo un reloj se transforma en un cuerpo de mujer; aunque de su lectura pueden derivarse disímiles interpretaciones, de acuerdo al lector:


La cuerda entra en su caracol

como un corazón dispuesto a derrochar su aroma

y empujarlo a la rosa náutica;

los engranajes toman forma de senos,

y la mujer anuncia con su torso,

que el tiempo no tiene antídoto.


Volantes y artificios mutan,

y hay una palabra de amor en cada tictac,

la mujer oprime el cáliz entre sus manos,

que alguna vez fue una rueda dentada,

y echa a andar la maquinaria

que anida entre vellos y pétalos.


Es sólo a modo de ejemplo, pero es suficiente para expresar en la práctica lo que se afirma en los párrafos precedentes. Ahora un fragmento de otro poema con diferente sujeto lírico, pero la misma expectativa de comunicarse a través de imágenes. En este poema titulado “Navíos solares” los girasoles viajan a través del cosmos en busca de la luz de soles desconocidos.


Girasoles que migran hacia otro universo,

flores que apagan su corazón en las noches,

ventanas con los postigos del pecho cerrados

mientras no haya un sol que desboque sus libélulas.


Las semillas se esparcen en los cielos

los escudos de los mundos se rompen,

crecen espigas nuevas en cada cráneo

donde la luz dispersa sus añicos.


No quiere decir con esto que un poema plasticista consista solamente en una descripción esquemática de una situación determinada, con fines estrictamente calculados. No es así, pues esto le otorgaría al poema una rigidez poco beneficiosa, y le restaría el aire de espontaneidad que proviene de la inspiración. Las imágenes tienen que fluir de la mente del poeta sin obstáculos, y recrearse a través de tropos novedosos. Muchas veces veo en mi mente la imagen o la situación antes de hablar de ella; otras, la imaginación me hace verlas. Se trata de este modo de hechos representados, que no siempre toman como referente una realidad material, sino que pueden referirse a aspectos espirituales del ser humano. Ejemplo de esto es el siguiente fragmento del poema “Arenas”, donde se compara algo inmaterial, al alma, con las arenas, como si ambas pudieran representar paisajes, unidas por el elemento tiempo, omnipresente a lo largo del texto.


Arenas desconocidas,

en movimientos de sierpes medrosas,

relampagueando hacia la sombra de la lluvia,

unidas en el abrazo de llamas milenarias,

se confunden con mi risa,

camuflada en un sorbo de luz.


Hechas en la falta de cordura,

mi alma y las arenas tienen vidas infinitas;

los tiempos no pueden juntarlas en un beso.


El poema plasticista puede representar sus imágenes tanto en las tres dimensiones físicas como en infinitas dimensiones abstractas. Esta poesía, por tanto, siempre deja una impresión en la mente del lector, su poder de sugerencia es eficiente.

La misma maestría técnica que debe exhibir un pintor en sus trazos, o un escultor en su golpear sobre la madera o la piedra, debe poseerla con amplitud el poeta en sus técnicas y manejos de los niveles de lenguaje, la tropología, el ritmo, (el cual hace que el poema se acerque a la música a través de efectos sonoros), y las innovaciones al verso. El dominio de la técnica poética tiene la misma significación para el poeta que el manejo de las técnicas pictóricas o escultóricas para el artista plástico. Lo que iguala a todos los artistas es el poder de llevar su arte al entendimiento del que la recibe o aprecia, y el talento para decir las cosas artísticamente, aunque para esto utilicen diferentes recursos y formatos.

La métrica y la rima tradicionales, dentro o fuera de las normas, son posibles de ser utilizadas como recursos no desdeñables. Prueba de esto es esta décima, “El animal resguardado del frío”, donde cada verso está compuesto por una imagen visual o abstracta.


Pétalos en lugar de la pelambre,

las flores a la búsqueda de filos,

el animal destejiendo los hilos,

luces atrapadas en el estambre

que acurruca la faz de los helechos

donde nunca se ha adormilado el hambre

y los cirios subastan sus deshechos

a la orilla de un océano sordo;

los cordeles se liberan a bordo

y la fruta palpitando en los pechos.


Y los dos cuartetos del soneto “El árbol de los peces”, también indican que dentro de las formas clásicas se pueden crear imágenes que actualizan su uso, lo renuevan, sin perder en nada su fidelidad:


Los peces en el árbol dormitan

a la espera del día preciso

en que irán a beber un hechizo

en la espina sagrada que habitan


inmortales siluetas que agitan

espinazos enteros, un rizo

de sus pieles rugosas, que hizo

la raíz, como frutos que gritan.


El plasticismo es un nuevo paso que da la poesía en su devenir evolutivo hacia nuevas formas y maneras de expresión. Es el resultado de profundas meditaciones en cuanto al futuro de la poesía se refiere; cuya teoría fui elaborando con el paso del tiempo. No pretendo con esto negar la poesía anterior, pero sí superar los caducos niveles poéticos del postmodernismo, de tanta poesía hecha por poetas que imitan formas decadentes, agotadas en sus formas y contenidos, y que parecen unas imitaciones de las otras. Cierto es que muchos de los postulados en los que me he visto precisado a profundizar corresponden a estéticas de las corrientes y movimientos llamados de vanguardia; y es algo irremediable, porque no reniego de las virtudes de los poetas que renovaron la poesía y me precedieron; pues en todos los movimientos y corrientes existen elementos positivos, a los que he aunado mi visión propia, con lo que me alejo un poco de los temas que en alguna medida se habían vuelto tradicionales en la poesía de finales del siglo XX.

El Plasticismo, además de mostrar una forma estética novedosa, expresa ideas, directamente relacionadas con el referente de la realidad, la vida del ser humano, el mundo interior, que solo en apariencia es diferente en la mayoría de las personas; el poema plasticista debe poseer un contenido ideológico que lleve emociones al alma del lector; no es un vacío intelectual en aras de una imagen, ni es “arte por el arte”, sino arte poético donde la forma y el contenido componen un todo en función del desarrollo de la imaginación, las ideas, y la belleza; para que la poesía ocupe dentro de la literatura el lugar que le corresponde, y recupere en el gusto de la gente la preferencia y la importancia que tuvo desde los orígenes de la humanidad donde ser poeta era ser venerado como personas tocadas con un don mágico y profético. Son los poetas los encargados de esto, y los máximos responsables de que así sea.

Ciudad de La Habana, 1 de febrero de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

La conquista de la ubicuidad














Paul Valéry, hace ochenta y dos años, ya lo sabía, el tío:

La conquista de la ubicuidad
(1928)
Se instituyeron nuestras Bellas Artes y se fijaron sus tipos y usos en tiempos bien distintos de los nuestros, por obra de hombres cuyo poder de actuar sobre las cosas era insignificante frente al que hoy tenemos. Pero el pasmoso crecimiento de nuestros medios, la flexibilidad y precisión que estos alcanzan, y las ideas y costumbres que introducen, nos garantizan cambios próximos y muy hondos en la antigua industria de lo Bello. En todo arte hay una parte física que no puede contemplarse ni tratarse como antaño, que no puede sustraerse a las empresas del conocimiento y el poder modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son desde hace veinte años lo que eran desde siempre. Hay que esperar que tan grandes novedades transformen toda la técnica de las artes y de ese modo actúen sobre el propio proceso de la invención, llegando quizás a modificar prodigiosamente la idea misma de arte.

De entrada, indudablemente, sólo se verán afectadas la reproducción y la transmisión de las obras. Se sabrá cómo transportar y reconstituir en cualquier lugar el sistema de sensaciones —o más exactamente de estimulaciones— que proporciona en un lugar cualquiera un objeto o suceso cualquiera. Las obras adquirirán una especie de ubicuidad. Su presencia inmediata o su restitución en cualquier momento obedecerán a una llamada nuestra. Ya no estarán sólo en sí mismas, sino todas en donde haya alguien y un aparato. Ya no serán sino diversos tipos de fuente u origen, y se encontrarán o reencontrarán íntegros sus beneficios en donde se desee. Tal como el agua, el gas o la corriente eléctrica vienen de lejos a nuestras casas para atender nuestras necesidades con un esfuerzo casi nulo, así nos alimentaremos de imágenes visuales o auditivas que nazcan y se desvanezcan al menor gesto, casi un signo. Así como estamos acostumbrados, si ya no sometidos, a recibir energía en casa bajo diversas especies, encontraremos muy simple obtener o recibir también esas variaciones u oscilaciones rapidísimas de las que nuestros órganos sensoriales que las recogen e integran hacen todo lo que sabemos. No sé si filósofo alguno ha soñado jamás una sociedad para la distribución de Realidad Sensible a domicilio.

Entre todas las artes es la música la que está más cerca de ser traspuesta al modo moderno. Su naturaleza y el lugar que ocupa en el mundo la señalan para ser la primera que modifique sus fórmulas de distribución, de reproducción, y aun de producción. De todas las artes, es la música la que tiene mayor demanda, la que más se mezcla con la existencia social, la más cercana a esa vida a la que anima, acompaña, o imita en su funcionamiento orgánico. Se trate de progresión armónica o letra, de espera o acción, del régimen o de los imprevistos de nuestro durar, la música le sabe arrebatar, combinar y transfigurar su paso y sus valores sensibles. Nos trama un tiempo de falsa vida insinuando apenas los trazos de la verdadera. Nos acostumbramos, nos entregamos a ella con igual delicia que a las substancias justas, potentes y sutiles que celebraba Thomas de Quincey. Como toca directamente a la mecánica afectiva, que maneja y pulsa a su antojo, es universal por esencia; encanta y hace danzar por toda la tierra. Al igual que la ciencia, se vuelve una necesidad y un producto internacional. Esa circunstancia, junto a los recientes progresos habidos en medios de transmisión, sugería dos problemas técnicos:

I. Hacer oír en cualquier punto del globo, al instante, una obra musical ejecutada en cualquier parte.

II. Recuperar a voluntad una obra musical en cualquier parte del globo y en cualquier momento.

Esos problemas están resueltos. Las soluciones se vuelven cada día más perfectas.

Aún estamos bastante lejos de dominar hasta ese mismo punto los fenómenos visibles. Color y relieve aún se resisten bastante. Un sol que se pone en el Pacífico o un Tiziano que está en Madrid no vienen aún a pintarse en el muro de nuestro cuarto con la misma fuerza y verosimilitud con que recibimos una sinfonía.

Todo se andará. Quizás se vaya aun más lejos y se sepa cómo hacemos ver algo de lo que se encuentra en el fondo del mar. Pero en cuanto al universo del oído, sonidos, ruidos, voces y timbres nos pertenecen desde ahora en adelante. Los evocamos cuando y donde nos place. Antaño no podíamos gozar de la música en el momento elegido, según nuestro humor. Nuestro gozo se debía acomodar a la ocasión, al lugar, la fecha y el programa ¡Qué de coincidencias hacían falta! Ahora se acabó esa servidumbre tan contraria al placer, y por tanto a una inteligencia más exquisita de las obras. Poder escoger el momento de un goce, poderlo disfrutar cuando no sólo es deseable para el espíritu sino que viene exigido y como esbozado ya en el alma y en el ser, significa darle todas las oportunidades a las intenciones del compositor, puesto que es permitir a sus criaturas que resuciten en un medio viviente no muy distinto de aquel en que fueron creadas. El trabajo del artista musical, sea autor o virtuoso, encuentra en la música grabada la condición esencial del más alto rendimiento estético.

Recuerdo ahora una fantasía que vi de niño en un teatro extranjero. O creo haberla visto. En el castillo del Encantador, los muebles hablaban, cantaban, tomaban parte poética y burlona en la acción. Una puerta tocaba al abrirse una fanfarria pomposa o chirriante. No había cojín que al sentársele alguien no gimiera alguna frase cortés. Cada cosa desprendía melodías al rozarla.

Espero que no lleguemos a tales excesos de magia sonora. En la actualidad ya es imposible comer o beber en un café sin verse perturbado por algún concierto. Pero será maravillosamente agradable poder cambiar a nuestro antojo una hora vacía, una tarde eterna o un domingo infinito en magia, ternura o movimientos de espíritu. Hay días malos; hay personas muy solas, y no faltan aquéllas a quienes la edad o el desvalimiento encierran consigo mismas, que ya se conocen de sobra. Héte aquí que esos ratos vacíos y tristes y esos seres destinados al bostezo y los pensamientos taciturnos son ahora dueños de adornar su ocio o de infundirle pasión. Tales son los primeros frutos que nos ofrece la nueva intimidad de la Música y la Física, cuya alianza inmemorial ya nos había dado tanto. Y se verán muchos otros.

Caravan. Otra lamparita

Mi querida Atherida me ha propiciado ahora mismito otro disfrutón musical antediluviano, indirectamente, a través del Caravan de Duke, pero que me ha llevado inmediatamente a mi Caravan, al mío, al glorioso grupo de los setenta. He ido corriendo al Youtube y aquí lo tengo ya también. De veras que este mundo parece maravilloso cuando a uno le ocurren estas cosas... Y el ciberespacio ni te cuento. Oh, "Duke" mío, qué gloriosísimo souvenir del pasado que se revuelve de nuevo y se resiste a desaparecer del todo...

viernes, 5 de marzo de 2010

El hombre veloz

A veces el cine te depara sorpresas verdaderamente maravillosas. Justo cuando faltan sólo unas horas para que a alguno de los artefactos tecnológicos más osados que podamos imaginar lo encumbren definitivamente con el Óscar de este año, para que le concedan tal vez el preciado galardón a Avatar, la película de Cameron que ha encandilado con su tercera dimensión (pero con muy poquito más, según yo creo) a hole the word, justo ahora que a lo mejor se lo dan a Distrito 9 o a Bigelow por su desde luego magnífica En tierra hostil, (íntimos contendientes ésta y aquél también, tiene gracia, tras romper su relación sentimental), justo en este momento, digo, de anual paroxismo cinematográfico, va y se estrena en España, en salas recónditas, cómo no, y con un retraso de siete años, eso sí, Atanarjuat, la leyenda del hombre veloz, del canadiense-inuit (esquimal, vamos) Zacharias Kunut.
Esta película de Kunut nada tiene que ver con los oscarizables artefactos citados. Aunque no sé, tal vez quisieran para sí ser como la de Kunut una de esas pocas películas que provocan nuestra reflexión sobre la naturaleza del cine, sobre la naturaleza del arte en general también, sobre si la aberración temática, pongo por caso, o el alarde técnico o las piruetas ideológicas son necesarias hoy, casi ineludibles, para poder considerar artística en su rango más elevado una obra que pertenezca, como ésta pertenece, a nuestra más absoluta contemporaneidad. Desde luego Atanarjuat es un ejemplo, un eminentísimo ejemplo de que no tiene por qué ser así, de que puede ser suficiente para alcanzar una excelencia artística de considerables dimensiones la lúcida honestidad de una historia sin recodos, la meridiana conciencia de lo que se puede y se debe hacer con los medios con los que se cuenta y la valentía de eludir cualquier truco que atente contra la inteligencia del espectador (o lector, o contemplador, u oyente...), después de todo, ningún recurso que no poseamos ya desde que podemos acordarnos los habitantes de este planeta. Y es por eso mismo que se me antoja una de esas contadas películas que ponen en evidencia la concepción más moderna del arte, del séptimo, en este caso, en las cuales su desarmante simplicidad es inversamente proporcional a la emoción que transmiten y al estado hipnótico que provocan. Es por eso que pienso en Atanarjuat como un artefacto a su vez corrosivo por el destierro absoluto al que se ve sometido cualquier artificio fílmico, y la sitúo desde ahora mismo al lado de esas otras contadas excepciones que hacen que la ficción se asemeje a nuestra incómoda realidad y no al revés, como viene siendo habitual, como se hace en Los muertos, de Lisandro Alonso, o en Bab'aziz, el sabio sufí, de Nacer Khemir, en la que pude admirar en primerísimo plano uno de los rostros más bellos que haya visto en mi vida; o en Dersu-Uzala, de Kurosawa, o en Madre e hijo, de Sokurov, o en la española, eso creo, desde luego, La leyenda del tiempo, de Isaki Lacuesta, junto con un etc. muy cortito tal vez. Ninguna de ellas, curiosamente, del otro lado del Atlántico.

Atanarjuat pone en imágenes, en fin, y en tres horas de metraje que parecen cortas, una leyenda del pueblo Inuit en la cual un espíritu maligno siembra en una familia esquimal a través de sus mujeres (lo siento, chicas, pero está documentado) la discordia hasta llegar al crimen. Atanarjuat se queda con Atuat, la prometida de Oki, lo que provoca la rivalidad inicial. Poco después toma como segunda esposa a Puja, la hermana de Oki, que resulta ser una intrigante de cierto calibre. Cuando la descubre fornicando con su hermano Amaqjuaq en la misma tienda de campaña donde cohabitan, Atanarjuat la golpea y Puja vuelve al campamento de su padre y de su hermano y les cuenta que ha huido porque querían matarla. Oki y los suyos van entonces a buscar a Atanarjuat. Matan a su hermano, pero Atanarjuat logra escapar corriendo complemamente desnudo a través del desierto de hielo. Lo persiguen sin éxito y abandonan dándolo por muerto. Mientras, Atanarjuat ha sido encontrado al borde de la muerte por una pareja de ancianos que lo cuidan hasta que se restablece. Vuelve entonces al campamento de Oki, donde vive de nuevo su amada esposa Anuat totalmente marginada ahora tras ser violada por su antiguo novio, quien se ha erigido en jefe ya por la muerte de su padre al que él mismo asesinó. Atanarjuat desafía a Oki, lo vence y conjura después al espíritu maligno ayudado por los ancianos. Finalmente Oki y su hermana Puja como causantes del mal reinante son expulsados del clan. Así podrán vivir en paz y concordia ya para siempre las generaciones posteriores. El bien vence al mal, concluye la historia. Una historia que, como vemos, no puede ser más simple. Épica, homérica en su desarrollo, desde luego, pero sin un atisbo de grandilocuencia, de impostura, de arrebatadas pasiones pese a la tragedia que se narra, el hueso limpio nada más, lo cual hace que, según creo, resulte de una enorme eficacia pese a sus esteretipos.

Y mientras la acción transcurre lenta, muy lentamente, mientras se dosifica de manera que sin darnos cuenta casi nos atrapa manteniendo viva siempre nuestra curiosidad, vamos contemplando igualmente cómo la cámara, con evidente afán documental, se demora en la cotidianeidad de unos seres que nos parecen de otra galaxia, en sus rostros, en sus manos, en sus quehaceres diarios, en sus tradiciones, en sus alegrías y en sus duelos; contemplamos también los hermosísimos, inhóspitos, difícilmente accesibles paisajes de un lugar imposible al norte de nuestro planeta... Cinéma vérité, llamaron los franceses en su día a esta manera de entender el cine. Pero puede que ya estén antiguos, no sé. En cualquier caso, esta maravillosa sorpresa fílmica que me he encontrado ahora es una lección magistral de cómo se puede hacer Cine de verdad sin tener que estar inmerso en el diabólico engranaje de la industria occidental, de cómo puede hacerse una obra inmensa, no ambiciosa, sólo artísticamente inmensa, de espaldas a los presupuestos, universales ya casi, del uso y el desecho inmediato. A su modo, Atanarjuat rinde tributo también a Robert Flaherty, y cierra el círculo iniciado hace noventa años por su Nanuk el esquimal, la película que planteó por primera vez la concepción de lo que debería ser el cine documental, alejado del turismo de sobremesa que todavía nos mantiene con frecuencia adosados a la pantalla.

Dije antes que Bab'aziz me deparó en su día el gozo de poder disfrutar en primerísimo plano del rostro más bello que tal vez haya visto en mi vida en una pantalla. Pongo aquí el trailer de la película como solaz para aquellos que se hayan atrevido a llegar a este punto de mi comentario. No es lo mismo que verlo en una pantalla de quince metros de largo, claro está, pero capturad la imagen cuando aparezca el rostro y decidme, decidme...

lunes, 1 de marzo de 2010

Explorador celeste

Llevo tiempo con una canción en la cabeza. Un tema que escuchaba exaltado hace muchos, muchísimos años, un tema de esos que te hacían (que me hacía, vamos) agitar con fuerza la cabeza y dar alguna vueltecita que otra cuando era un jovenzuelo algo alocado (ya no, ¿eh?, ya no). Uno de esos temas que mágicamente se te aparecen sin saber cómo procedente de lo más apartado de tu existencia, absolutamente sepultado como estaba ya por el tiempo y renacido ahora. Es fascinante ese proceso de recordar de pronto algo que conservas latente (lo constatas después) y que tal vez una señal desconocida ¿predeterminada? haga que el mecanismo se ponga en marcha, como en la estupenda película de Frankenheimer El mensajero del miedo, aunque algo menos apocalíptico, eso sí. Pues me acordé de ese tema hace tiempo, pero mi obstusa memoria no quiso proporcionarme todos los datos. Me empeñé en pensar que era de Moris. Y por ese autor lo he buscado, claro, infructuosamente. Ahora otra puta casualidad ha hecho que me asome a fisgonear en la lista de amigos del facebook de mi buen amigo Eduardo Tornay y que me encuentre a uno que dice que es su amigo (pero yo no me lo creo, pues esos amigos del facebook son la mayoría bastante falsos, para que nos vamos a engañar...). Mi amigo Tornay dice que es amigo de Sergio Makaroff, è voila, se encendió otra lamparita en mi trasto mental. ¡Claro, era Sergio Makaroff!, no Moris, el autor de mi canción misteriosa "Explorador celeste". ¡Albricias, la he encontrado!, me he dicho. Y me he apresurado a ponerla aquí para que no vuelva a escurrírseme. Yo la he escuchado ya varias veces, y alguna vueltecita que otra he dado, sí...

domingo, 14 de febrero de 2010



Antonio Carvajal me manda este enlace a un romance suyo publicado en La nave de los locos, el blog de Fernando Valls, en el que da su parecer sobre las recientes excavaciones llevadas a cabo en Víznar para buscar los restos de Lorca. Sin desperdicio, ingenioso, certero y socarrón, como comprobarán...

sábado, 13 de febrero de 2010

Pintar sin pintura












No son salvas, no, lo que dispara el amigo Verdú aquí en este artículo sobre el onanismo del arte más cool, los galeristas modelnos, curators, críticos y demás fauna que puebla el mundillo plástico. No es impertinente tenerlo en cuenta ahora ante la inminencia del paroxismo arquístico. Como tampoco está de más echarle un ojo a éste otro, publicado en ¡2007!, (antiquísimo ya, hay que joderse) pese a tratar un orden creativo distinto, pues no resulta menos pertinente ahora que estamos en plena vorágine de que si tú, que si yo, que si él en la convulsa narrativa hispánica contemporánea.

sábado, 6 de febrero de 2010

Razones para leer

Estaba yo hace algunos años leyendo Biblioclasmo, la estupenda "historia perversa de la literatura" de Fernando R. de la Flor, cuando recibí un correo electrónico de, me parece, no estoy seguro, la oficina de Carmen Balcells, tal vez de la editorial Tusquet, no sé, pero por ahí. Me pedían en él un texto de elogio y defensa de la lectura, para incluirlo, decían, en una publicación colectiva que estaban preparando con textos al respecto escritos por "reconocidas personalidades del sector" (ja, dije, yo para mí). Lo escribí, claro, pero debido a mi lectura de ese instante, me salió un tanto intempestiva la sugerencia. Un exabrupto más o menos, vaya, que me hace gracia encontrar ahora:

RAZONES PARA LEER: Más bien razones para no hacerlo, que está esta existencia nuestra llena de ellas. Pero para leer… Es abrumadora la tiranía tipográfica en que vivimos inmersos los lecto-escritores (esto es, la gran mayoría de los lectores de verdad, los que leen hasta las hojas del calendario, o los papeles rotos por las calles, que decía nuestro recién decapitado Cervantes). Ni en once vidas llegaríamos a leer una onceava parte de lo que hay escrito, de lo que se imprime o se ha impreso. Y sin embargo nos aplicamos a ello desafiando la angustia que produce esta situación descabellada. ¿Por qué? No lo sabemos. Tal vez nos haya tocado esto como a otros les tocó hacer casas. Es como para volvernos locos de remate, si no lo estamos ya. Leed con todo, leamos, que algo queda, poco, pero queda, ya lo decía Unamuno.

De la publicación colectiva donde dijeron que lo incluirían no volví a tener noticias. Ni siquiera me contestaron dándome las gracias, por la diligencia al menos, ya que mi respuesta fue fulminante. No debió encajarles demasiado bien mi texto, pienso yo, en su proyecto, creo que no.

Por lo demás, en este libro de R. de la Flor, entre otras magníficas provocaciones, hay una cita extraída de un entremés de Cervantes que me hace también mucha gracia:

Bachiller: ¿Sabéis leer, Humillos?
Humillos: No, por cierto
Ni tal se probará que en mi linaje
haya persona de tan poco asiento,
que se ponga a aprender quimeras
que llevan a los hombres al brasero
y a las mujeres a la casa llana.

Sí, es verdad, después de todo, que hay innumerables razones para leer, tantas como cualquiera de los muchos excelsos libros que hemos leído (incluida, fíjate tú, alguna bazofia), pero se pregunta uno a menudo...

lunes, 1 de febrero de 2010

El hombre que quería ser Salinger

Estuve el miércoles pasado leyendo el magnífico libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz Quédate donde estás. Hay verdaderas joyas ahí. "Vitruvio", por ejemplo, con todo su humanístico peso davinciano de fondo (proporción, perspectiva, etc.), en el que se nos cuenta la historia de un atribulado ser, aspirante a escritor, que se somete a las más novedosas técnicas de cirugía para la implantación de brazos ajenos promovida por el siniestro Proyecto Octopus. Tres pares intrusos, no uno, como en el boceto de Leonardo de aquí al lado, de incierto origen todos ellos, se adscriben por vía clínica al cuerpo del narrador de esta inquietante y maliciosa historia buscando en fin la ansiada entrega total a la escritura. Un par de brazos "fuertes" se implanta; otro par "femenino" que lee sin descanso (El hombre sin atributos en tres días es su plusmarca); otro par de brazos "raros" que escriben a todas horas y rellenan uno tras otro los innumerables cuadernos Moleskine que le suministra su propietario ocasional, mientras el par de brazos "original" fiscaliza el resultado. Y llega a obtener así el escritorzuelo un éxito inopinado y fulgurante con su primer libro de relatos. En ocasiones, feliz, se mira al espejo con los ocho brazos extendidos y halla en ellos "un indicio de lo que podía ser la belleza", "era brazos y era bello...", afirma con convicción, poco antes de que se cierna la tragedia sobre este equipo inverosímil, poco antes de que la editorial conmine a la ahora rutilante estrella a escribir una novela (Viajeros del mes de abril, propondrán los brazos "raros" al desconcertado gerente de la empresa como título para el nuevo y escurridizo proyecto en el que no paran de pasar los vencejos...), una novela que atrape definitivamente a los innumerables lectores conseguidos, después de todo, con un genero menor. El texto es un prodigio de imaginación, contención, control narrativo y finísima ironía a partes iguales. Hay un delicioso "donoso escrutinio" sin desperdicio igualmente. Y su escena última recuerda a aquélla otra memorable al final también de Cosmópolis, la novela de Don de Lillo, en la que se encuentra de forma inevitable el protagonista con la demoledora verdad de su ilusoria aventura.

"Hacer feliz a Franz" habla así mismo de apasionados escritores que desean fervorosamente entregar su vida a esa espúrea actividad. Miguel Ángel Muñoz recrea aquí quizás la más perdurable y no poco conocida lección de sometimiento a la escritura que Kafka nos sugiere en sus diarios, por la cual todo lo que necesitaba para ser feliz en la vida era una pequeña habitación sin apenas mobiliario, papel y pluma en cantidad suficiente, y algún frugal sustento que alguien cercano le proporcionara a diario, sin intromisión alguna, mejor introduciendo ese sustento por debajo de la puerta bien cerrada. En este relato, el deseo de Kafka toma cuerpo en forma de apuesta con el hermano de Max Brod. Y se encierra Franz en el habitáculo y ve Brod cómo pasan los días y cómo va perdiendo la apuesta mientras aquél escribe sin parar y se solaza de vez en cuando con algún fragmento de Così fan tutte.



Leí el miercoles varios relatos más de este, insisto, magnífico libro. Entre ellos, claro está, el primero, uno cortito de los que alterna Miguel Ángel Muñoz con los de mayor extensión a modo de rellano, de isleta donde tomar el resuello suficiente que nos permita volver a sumergirnos de inmediato en la brumosa densidad de su media distancia, que hasta en esto parece que quiere cuidar al lector (él lo es, de los más voraces, desde luego). Este relato corto que abre el libro lleva por título "Quiero ser Salinger", y nos planta sin aviso un sonoro bofetón en el rostro cuando nos dice el narrador que quiere ser Salinger, "como lo oyen, escritor, pero Salinger". Vivir además retirado en la sierra de María, bajar de vez en cuando, eso sí, a Almería, agredir llegado el caso a algún periodista que quiera captar su imagen y, sobre todo, sobre todo, ser capaz de escribir una obra maestra (Amores impecables, propone como título para ella), "romper al primer intento la diana y luego diluirse en un par de libros añadidos", etc. Jerome David Salinger no es mala advocación, como no lo es tampoco la refencia a Kafka de antes. Es más, yo diría que son casi las dos únicas posibles si lo que se desea por encima de todo es llegar a ser un escritor, un escritor, digo, medianamente aceptable. Hay autores preferidos, mejores o peores, que gustan más o gustan menos, pero con estos dos (algún otro, claro, se podría añadir, dos, tres a lo sumo) sería suficiente para saber en qué diablos consiste la literatura y para poder amarla (y practicarla si se quiere) con toda la intensidad de la que somos capaces de disponer. Y eso es lo que encierra este libro en última instancia, un inusitado y profundísimo ejercicio de admiración por la Literatura, por la Literatura en su dimensión lectora tanto como en su versión práctica. Yo no sé si Miguel Ángel Muñoz romperá la diana con este libro, tal vez lo más probable sea que no, pero sí lo es que su religión ganará bastantes adeptos, muchos más, todos aquellos quizás que se acerquen a él, de eso sí estoy seguro.

En fin, todo esto lo leí, como digo, el miércoles. Al día siguiente se murió Salinger y se me ocurrió pensar que Miguel Ángel muy bien podría tener ahora la oportunidad que esperaba toda vez que la plaza ha quedado vacante. No es mal candidato, desde luego que no, sólo debe para ello esconderse un poquito más, lo otro casi, casi lo tiene ya hecho.

lunes, 25 de enero de 2010

La levedad de José Antonio Padilla (bis)

Hoy han estado el Equipo A de la Poesía en Málaga y varios de sus adláteres acordándose juntos del bueno de José Antonio Padilla. Los ha reunido a todos el C.A.L. en el puerto, en un acto de justicia provocado por el más injusto de los actos que debemos soportar todos, ése de morirse uno con treinta y pocos años sin haber hecho daño a nadie todavía. Porca miseria. Estremecía la fecha del rótulo: 1975-2009, pero el acto ha sido sobrio. Ningún panegírico, ninguna inflamada afirmación, nada de contenidas emociones a punto de explotar, etc., tampoco lúgubre solemnidad o luctuoso envaramiento. Por eso yo creo que a José Antonio no le hubiese importado estar presente, no hubiera sido embarazoso para él acompañarnos, de tan leve como al final ha resultado la reunión. La levedad, como dije ya, e insisto una vez más, era una de las cosas que más pretendió José Antonio en todos los órdenes de su corta existencia. Levedad emocional, levedad literaria como quería Calvino, aunque tal vez sean ambas la misma cosa, no sé. Pero levedad, en cualquier caso, para poder conjurar el plomizo atentado que a veces resulta este no del todo descabellado empeño nuestro de querer seguir viviendo. Por eso digo yo que muy bien podría haber estado él con nosotros. Pero no ha podido ser, se lo ha impedido ese empeño suyo de ahora por conocer a la perfección su admirada "lengua padre".

Yo iba a leer de su libro Noches áticas el poema "Claridad", que dice lo siguiente:

"Ni con la nocturnidad de las olas que llegan muertas a la playa, ni con el temblor de un pájaro enjaulado. Ni con la suficiente forma de un cuerpo que busca otro cuerpo. Ni con el discurso mudo de la rosa ni con la fingida caricia de la luz.
Más allá de cualquier metáfora, fue tu cuerpo desnudo la más hermosa claridad de la noche."

Pero la inapelable ventaja en el orden alfabético de intervención de que disfrutó Jiménez Millán hizo que me pisara el texto. Elegí éste otro del mismo libro titulado "Invierno", tan leopardiano, por cierto:

Este cielo se sale de sus límites.
Este cielo se aísla de sí mismo.
Este cielo que arrasa una tormenta
no quiere ser más cielo.

Miramos tú y yo este cielo
y sabemos que hay algo inesperado,
algo que viene desde la prehistoria
y se presenta a escondidas,
con relámpagos y misterio.

Mirar el cielo y pensar en la muerte,
mientras el viento rompe los cristales
y el amor es un símbolo.

Al final se proyectó un montaje audiovisual con fotografías y textos. Luego ya nos retiramos todos a nuestras cosas. Y a alguno me pareció ver avanzando separado un par de dedos por encima del suelo, como sobrevolándolo. No sé, tal vez sea contagiosa tanta ligereza, sí, tal vez.

lunes, 11 de enero de 2010

viernes, 8 de enero de 2010

Tres poemas de amor

Me interesa la diferencia entre estos tres poemas de amor. Tres aproximaciones bien distintas, y eficacísimas, al, por otro lado, tan manoseado tema. ¿(Una) pasión femenina? ¿(Una) pasión masculina? ¿(Un) amor unisex, tal vez?

Este primero de Anne Sexton es pura energía, arrebatada autoconsciencia corporal, material, palpable, de un casi primario, emocional, enfurecido y, sin embargo, sofisticado deseo carnal que apunta igualmente a la "realidad" de las más oscuras zonas de su intelectualidad. Con una estrofa última demoledora, donde tal vez, en ese "loca de nieve", podamos encontrar (disculpad, pero, aunque suene cursi, hablo de técnica) el secreto de la poesía y un verso último que nos hace aterrizar sin contemplaciones:


EL PECHO

Esta es su llave.
Esta es la llave para todo.
Preciosamente.

Soy peor que los hijos del guardabosques,
picoteando en busca de polvo y pan.
Aquí estoy intentando crear perfume.

Déjame tumbarme en tu alfombra,
en tu colchón de paja -lo que tengas a mano-
porque la niña en mí se está muriendo, muriendo.

No es que sea ganado para ser comida.
No es que sea una especie de calle.
Pero tus manos me encontraron como un arquitecto.

¡Jarra llena de leche! Fue tuya hace unos años
cuando habitaba el valle de mis huesos,
huesos bobos en la ciénaga. Pequeñas bagatelas.

Un xilófono quizá, con piel
recubriéndolo todo, torpemente.
Sólo después se volvió algo real.

Después me comparé a estrellas de cine.
Y no estaba a la altura. Algo entre
mis hombros sí lo estaba. Pero nunca suficiente.

Claro, había una pradera,
pero sin ningún joven que cantara la verdad.
Nada con lo que poder distinguir la verdad.

Sabiendo nada de hombres me tumbé junto a mis hermanas
y resurgiendo de las cenizas grité
¡mi sexo será traspasado!

Ahora soy tu madre, tu hija,
tu novedad -un caracol, un nido-.
Vivo cuando están vivos tus dedos.

Visto seda -cubierta para ser descubierta-
porque es en lo que quiero que tú pienses.
Pero para mi gusto es un tejido demasiado severo.

Así que dime lo que quieras pero recórreme como un escalador
pues aquí está el ojo, aquí la joya,
aquí la excitación que el pezón aprende.

Estoy desequilibrada -pero no estoy loca de nieve-.
Estoy loca en el modo en que las niñas están locas,
con una ofrenda, con una ofrenda...

Ardo del mismo modo que el dinero.

(En Poemas de amor, Editorial Linteo)



Nuno Judice ahora modula y contiene la voz que, en contraste con el poema de Sexton, nos sorprende por su escasa efervescencia, por su muy intelectualizada reflexión sobre el lugar del deseo en el poema mismo. Interpela en él candorosa, casi angelicalmente al ser amado para decirle, tal vez, y absolutamente consciente de lo inservible de los recursos lingüísticos, que de nada sirve escribir(le) un poema de amor, puesto que su "realidad" no podrá alcanzar nunca esa otra realidad que se pretende. Una idea desde luego algo tópica, dicho sea de paso, pero que Júdice sabe recrear de nuevo con bellísimas e inteligentísimas imágenes (esa "flor futura que habita en el centro del invierno", por ejemplo, o ese "final de la línea, donde te espero"):

FIGURA CON REALIDAD

Te escribo ahora, por dentro de este poema.
Podía soñar que vas a nacer dentro de él, o
que estás dentro de él
como la flor futura habita el centro del invierno.
La analogía es el punto adonde el poema va a beber,
como se va a la fuente, o como se oye, en el silencio
de la tierra, un rumor de aguas subterráneas.
Entonces, tu voz se abre, como si fuese
la propia flor. Entra en mí,
y recorre los espacios desiertos de mi alma,
como si un viento empujase las puertas y las ventanas,
atravesase las salas, y avivase el fuego
en las cenizas del corazón. Me limito
a oírte en el intervalo de los versos, mientras
la vida reemprende, despacio, su curso:
oraciones por dividir, una enunciación de figuras
de retórica, el paralelismo
de ciertas comparaciones. Todo esto desembocaría,
como es evidente, en el ritmo
al que el poema obedece si no te encontrase
en cada cesura, como si tu imagen insistiese
en llenar los vacíos de la palabra. Entonces,
dejo que entres dentro del poema; y te veo
avanzar por las frases, hasta el final de la línea,
donde te espero,
como si cada sueño no se deshiciese
con el aire.

(En Tú, a quien llamo amor, Editorial Hiperión)


Y Antonio Damasio, por último, nos sugiere...

UNA HIPÓTESIS EN FORMA DE DEFINICIÓN

Considerando los diversos tipos de emoción, puedo ofrecer ahora una hipótesis de trabajo sobre las emociones propiamente dichas en forma de definición:
1. Una emoción propiamente dicha, como felicidad, tristeza, vergüenza o simpatía, etc., es un conjunto complejo de respuestas químicas y neuronales que forman un patrón distintivo.
2. Las respuestas son producidas por el cerebro normal cuando éste detecta un estímulo emocionalmente competente (un EEC), esto es, el objeto o acontecimiento cuya presencia, real o en rememoración mental, desencadena la emoción. Las respuestas son automáticas.
3. El cerebro está preparado por la evolución para responder a determinados EEC con repertorios específicos de acción. Sin embargo, la lista de EEC no se halla confinada a los repertorios que prescribe la evolución. Incluye muchos otros aprendidos en toda una vida de experiencia.
4. El resultado inmediato de estas respuestas es un cambio temporal en el estado del propio cuerpo, y en el estado de las estructuras cerebrales que cartografían el cuerpo y sostienen el pensamiento.
5. El resultado último de las respuestas, directa o indirectamente, es situar al organismo en circunstancias propicias para la supervivencia y el bienestar.

(en En busca de Spinoza, Editorial Crítica)


A mí, particularmente, los tres poemas me sirven, me conmueven por igual. Y éste último, precisamente, viene a abonar esa duda que albergaba hace muchos, muchos años, y que casi hizo saltar por los aires (que lo hizo, después de todo) la relación con un antiguo amor, sobre si existía él o me lo inventaba yo....