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domingo, 19 de febrero de 2012

jueves, 5 de enero de 2012

No comment



Los Ilegales en maitines, no digo más...

lunes, 1 de agosto de 2011

Misión especial en Lisboa


Vaya, parece que al final mi viaje a Lisboa no va a ser tan de placer como preveía. Acaban de encomendarme, joder, la recuperación de los inéditos de Pessoa, nada menos. Ummm, veremos, veremos qué se puede hacer, le he dicho, muy a mi pesar, al Superintendente...

Las instrucciones a seguir las encontrará usted aquí –me ha indicado el enlace ultrasecreto–. No se disperse, no las divulgue, me ha pedido igualmente. Recuerde que es un asunto extremadamente delicado y que tenemos poco tiempo. Confiamos en usted –ha concluido. Ummm, veremos, veremos qué se puede hacer, le he espetado ya con evidentes signos de irritación a este lacayo lameculos que me ha jodido otra vez las vacaciones...

domingo, 31 de julio de 2011

LA BARBARIE NO ES LO CONTRARIO DE LA CULTURA

Desde Salón Kritik me envían este artículo de Luis Francisco Pérez publicado en su boletín "Domingo Festín Caníbal". Como poco da que pensar. Leedlo con atención también vosotros, amigos.

La muy famosa frase inicial con que Adorno abre su monumental Teoría Estética –Ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia- podría ser igual de válida, si bien más perturbadora, si cambiáramos “arte” por “cultura”, siempre y cuando, y aquí radica lo conflictivo del asunto, estemos dispuestos a aceptar (tarea nada fácil) que lo que entendemos por cultura ni siquiera tenga derecho a la existencia. Pero no convengamos en fáciles cataclismo emocionales. Lo que nos está diciendo Adorno con respecto al arte –una boutade, al fin y al cabo, y de esas el gran teórico musical y muy mediocre músico tenía unas cuantas- posee en realidad otro significado, u otra cosa bien distinta pretende decirnos: Adorno no duda tanto (¡Mein Gott!) del derec ho a la existencia del arte (cultura) pero sí con respecto a la obligación de que toda manifestación artística o cultural deba ser representada.

Thomas Mann, en Doktor Faustus, hace decir a su personaje de ficción Adrian Leverkühn (trasunto, según algunos comentaristas, de Arnold Schönberg; y según otros, cotilleo inofensivo propio de una tan apacible como nostálgica merienda entre exiliados alemanes en California) las siguientes palabras. “se habla demasiado de cultura en nuestra época para que sea verdaderamente una época de cultura. La barbarie no es lo contrario de la cultura, sino que se encuentra dentro de la jerarquía de pensamiento que ésta nos propone. Fuera de este sistema de pensamiento, lo contrario puede ser muy diferente y aún no ser ni contrario”.

Los trágicos acontecimientos ocurridos hace muy pocos días en Oslo vienen a refrendar tristemente las lúcidas palabras del Doktor Faustus creado por Mann. Empezando por el primer ministro noruego (“responderemos con más democracia, con más cultura, con más amor…”) y acabando en las editoriales periodísticas de todo el mundo (o casi, no nos engañemos) el asombro y la incredulidad ante lo acaecido han sido unánimes. ¡Noruega, la culta y civilizada patria de Munch y Grieg, de Vigeland e Ibsen, y hasta del muy fascista y filo nazi Hamsum (gran escritor, cierto, lo hemos de reconocer mal que nos pese…), y también de Liv Ullmann, pobre, magnífica actriz, ha sido el escenario de esta barbarie! O son muy ingenuos o son muy ignorantes, pero en ambos presupuestos no han leído el Doktor Faustus: la barbarie no es lo contrario de la cultura. Unánimes han sido también las voces que, muy prestas en la aclaración, han insistido en la singularidad, unicidad, de tan terrible acto: un triste sujeto solitario que no mancha la inmaculada hoja de servicios de una nación (Noruega) y de una zona geográfica (Escandinavia) y un continente (Europa) que con tanta fuerza y pasión defienden los valores de la cultura occidental; un supurante absceso que no contagiará con su dañino veneno los sólidos cimientos de la cultura cristiana. Ha sido “uno”, como el maravilloso tango de Mores y Discépolo, solamente Uno. Un mal grano en un desierto de bondad, se diría. Lástima que no seamos tan generosos en la aclaración cuando un comando yihadista comete la misma horrible matanza. El comentario también es unánime: ellos (todos) son así, incapaces de entender las estructuras de democrática convivencia que nosotros sí poseemos, ellos no han tenido ningún Renacimiento, su resentimiento es infinito y será eterno.

El sujeto en cuestión se llama Anders Behring Breivik y es el perfecto ejemplo de lo, culturalmente, se ha definido como raza aria. Autor, además, de una especie de manifiesto de 1.500 páginas -su publicación, sospecho, se llevará a cabo más pronto que tarde, como más pronto que tarde en las redes sociales se crearán grupos de apoyo a su figura y carácter, por no decir de la fabricación en serie de una especie de madelman que, telescopio en ristre tal como lo hemos visto fotografiado, nos defienda del Mal. En dicho manifiesto realiza una férrea defensa de lo que él entiende como los valores de la cultura occidental; cultura, según algunos párrafos que han dejado publicitar el gobierno y la policía noruegos, que se encuentra “en manos de las mujeres y los marxistas”, las primeras causantes “de la feminización de Europa”, y los segundos “de su ruina y decadencia actuales”. No quiero ni pensar lo que habrá escrito de lo que opina sobre la proliferación d e los días del orgullo gay que se celebran en toda Europa. Ese siniestro manifiesto, lo muy poco que de él ha salido al exterior, se diría una pedestre y vulgar copia del famoso ensayo de Otto Weininger, Sexo y Carácter, escrito en la Viena finisecular por un judío que odiaba su propia condición racial y furibundo misógino que detestaba a la mujer en tanto que propagadora y mal educadora de la especie. Por supuesto, desconozco si Breivik ha leído o posee referencias del ensayo de Weininger, lo que sí me atrevo a confirmar que Breivik, aunque no haya leído el Doktor Faustus de Mann, si sabe, ya lo creo que lo sabe si bien perversamente, que la barbarie no es lo contrario de la cultura.

Por supuesto que estamos de acuerdo con el primer ministro noruego (“responderemos con más democracia, con más cultura, con más amor…”), pero los que nos dedicamos a la producción artística del presente (tanto hacedores como comentaristas de lo que crean los hacedores) debemos responder con más guerra, propio de la situación en la que nos encontramos. La producción estética del presente únicamente puede ser guerra. Situarse fuera de este “sistema de pensamiento”, aún como noble denuncia, implica no ya el ser algo muy diferente, sino, efectivamente, lo contrario de lo que se pretende. De ello también era muy consciente Thomas Bernhard cuando decía que en arte hay que aspirar siempre a ejecutar las Variaciones Goldberg tal y como las tocaba Glenn Gould, pura guerra. De no ser así, ninguna otra ejecución valdría la pena. Seríamos por siempre unos malogrados. O peor aún: unos simples representadores, eso que tanto odiaba Adorno.



sábado, 21 de agosto de 2010

Fin de fiesta

El dosmilésimo septingentésimo trigésimo séptimo día después del cuadragésimo en que George W. Bush anunció la victoria y el final de la guerra, las cifras que tenemos son las siguientes:
100.000 iraquíes civiles muertos (redondeando)
4.737 bajas en el ejército de ocupación
1.000.000 de iraquíes desplazados (redondeando)
El país devastado, el 23% de la población (más o menos) en la pobreza extrema.
611.000 millones de euros enterrados... redondeando también. Un poquito menos, en cualquier caso, que en la Segunda Guerra Mundial, un poquito más que en Vietnan.

No está mal el balance para una entelequia. Ahora van a Afganistán, a continuar la fiesta. 96.000 efectivos (justos) tienen ya sus invitaciones correspondientes. 50.000 (justos) tardarán algo en llegar todavía porque tienen que recoger los platos y fregar el suelo. Pero irán (uy, Irán, vaya por dios), seguro que irán...

domingo, 8 de agosto de 2010

Grafeno

Traía El País el otro día un artículo que hablaba sobre este nuevo material, la membrana más fina posible, de ¡un átomo! de grosor, descubierto hace apenas cinco años. Explicaban ahí que es un compuesto de carbono, que procede del grafito (muy abundante y poco contaminante) y que al parecer revolucionará (de nuevo, uf) el mundo tecnológico conocido. Apuntaban además como nota curiosa que tal vez en pocos años el egregio y ya venerable Silicom Valley tal vez cambie su denominación por el mucho más cool de Grafeno Valley. Hemos pasado en muy poco tiempo del cobre al germanio, del germanio al silicio y de aquí al grafeno, un superconductor igualmente que permitirá, imagínenselo, que podamos enrollar y colocarnos en la oreja como un lapicero nuestras pantallas táctiles, todas, cada vez más pequeñas y potentes. O montar pantallas esféricas, cónicas, cilíndricas... Dicen por ahí que los investigadores han conseguido ya controlar la naturaleza del grafeno... Aunque tampoco es que lo tenga del todo fácil este material, pues tendrá que competir con esa especie de luciernaguitas que son los polímeros, otro de esos hallazgos recientes.
Yo me asombro desde luego con todos estos avances. Me asombré cuando anunciaron la existencia de la oveja Dolly, cuando nos comunicaron el descubrimiento al fin del genoma humano, con la divulgación de las investigaciones nanotecnológicas también. Y ahora esto que nos llega así, como por casualidad, a través de otro pedrusco (
¿lo intuyó Ives Bonnefoy en su libro Piedra escrita?, ¿y José Hierro, cuando escribía aquello de "...con las piedras, con el viento..."?). Siempre me estremezco de gozo con estas cosas y se me dispara la imaginación. ¿Qué otras quedan por descubrir? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¡Qué ilusos aquéllos que decían que el tiempo de las grandes aventuras había concluido con la conquista del Polo Norte! (¿o era el Polo Sur?)

Bueno, hoy también trae un artículo el periódico dando noticia del fallecimiento por quemaduras de uno de los finalistas en el Campeonato Mundial de Resistencia en Sauna. Y ayer mismo estuvo mi padre refiriéndose al pan de antes, que se mantenía comestible cuatro o cinco días, no como ahora, decía. No sé, conviviremos tal vez con todo esto. Pero flipa el futuro, ¿eh?, flipa.

sábado, 31 de octubre de 2009

La estupidez

“Habla la Necedad: Aunque los mortales digan de mí cuanto quieran, es lo cierto que no soy tan insensata como con frecuencia oigo decir a algunos que son tontos de capirote, pues nadie tiene virtud como la mía para regocijar a los dioses y a los hombres. Si de ello necesitáis una prueba incontrovertible, observad que, con sólo verme dispuesta a dirigir mi palabra a esta numerosa asamblea, todos vuestros semblantes reflejaron insólita alegría, desarrugasteis el entrecejo y me acogisteis con francas y jocundas carcajadas; y ved también que en torno mío hay muchos que antes se hallaban tristes y acongojados, cual si acabasen de salir del antro de Trofonio, que ahora parecen tambalearse como los dioses de Homero, ebrios de néctar y de nepente.”
En Elogio de la locura (o necedad, o estulticia, según qué traductor), de Erasmo de Rotterdam

“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza. La estupidez, que reviste formas tan variadas como el orgullo, la vanidad, la credulidad, el temor y el prejuicio, es blanco fundamental del escritor satírico.”
En el Prólogo a Historia de la estupidez humana, de Paul Tábori

“¿De qué se ríe uno si no es de la estupidez? Ésta habita tanto en quien se ríe como en lo risible; la tensión de una captación cómica excluye las explicaciones mediante la superioridad de aquel que se burla: toda risa es, de alguna manera, risa loca. Sin embargo, nada tiene de loca, sino que dice que mi espera era en vano. La risa es un juicio sobre la falta de juicio, -que es lo que uno llama estupidez (Kant)-. La risa consigue lo que el amontonamiento de reglas, juzgándolo bien, persigue en vano; la risa juzga y, lo que es más, señala una manía, pone de manifiesto un chifladura, revela lo risible, dando a entender con su explosión de júbilo: ¡qué tontería! La risa, más inteligente que Bergson, demuestra que la estupidez existe (con qué nos divertiríamos, si no fuera así?), y más astuta que Hegel demuestra que existe como tal, sin aprisionarnos morbosamente en ella. El que la anuncia, la denuncia y desnuda a la absurdidad: no era nada, sólo una nada que había que aniquilar.”
En La estupidez, de André Glucksmann

domingo, 18 de octubre de 2009

Guerra y paz

Soy un poco desastre para mis cosas. Conservo muchas, sobre todo papeles. Infinidad de carpetas llenas de papeles que se han ido acumulando a lo largo de muchos años, montones de recortes de prensa, fotocopias de libros raros e inencontrables, apuntes de materias universitarias (¡y de instituto!) que un día me empeñé en cursar... Poemas desechados (y que no me atreví a destruir, sí, lo confieso ahora), notitas, folletos, diarios, correspondencias varias, etc., etc. Todo ello sin orden o, mejor, con el orden impuesto por el tiempo, ese fabuloso archivador. Muchas veces he pensado que ahí, en ese revoltijo de papel, estoy yo de verdad en gran medida, algo difuminado, eso sí, pero que cualquiera que a él se acercase podría tal vez trazar un nítido perfil de mi existencia, de lo que amé, de lo que amé sobre todo. Y aunque es difícil imaginar a alguien, la verdad, desbrozando el zarzal, una muy ligera esperanza, algo ilusa, lo sé, conservo sobre este asunto, provocada sin duda por la voluntad de negar la muerte ya definitiva que supone extinguirse en la memoria de todos, todos los que habitan este mundo. Yo, que no tengo historia, buscándola a pesar de la evidencia, en fin, vanitas vanitatis, ya lo dijo el clásico...
Hoy he estado revolviendo un poco más esta ensalada de papel mía, y he pensado, claro, en estas cosas. También he pensado en que alguien cercano, muy cercano en cualquier caso, dará con todos esos papeles algún día. Inevitablemente. De ahí esa ligera esperanza algo ilusa que tengo, lo sé. Y en que se dé el caso de que abra, por ejemplo, una carpeta con facturas de gastos de Bazar, la revista de literatura que hacíamos hace muchos años Emilio Chavarría y yo, y encuentre un papelito suelto con una lista de nombres que reproduzco íntegra: Pierre Bezujov, Andrei Bolkonski, Nicolai Rostov, Borís Drubetskoi, Príncipe Vasili, Dolojov, Príncipe Anatol, Conde Rostov, Viejo Príncipe Bolkonski, Kutuzov, Natasha, Sonia, Helene, Princesa María. ¿Qué diría, me pregunto, que el dueño de esa carpeta amó una vez a cierto autor ruso, que adoró su novela hasta el punto de que todos sus personajes de ficción se inmiscuyeron en sus mundanos y enojosos asuntos económicos aquí en la tierra? Si, como es probable, tal vez no sepa quién es Tolstoi, ¿pensará entonces, debido a su ignorancia, que mantuvo su dueño relaciones inconfesables con la mafia rusa? Tiene gracia, y me gustaría poder saberlo, otra vanitas...
En fin, esta entrada tan melancólica, lo sé, la hubiera encontrado deplorable Thomas Bernhard, él, tan inclinado, con razón, a la aniquilación, a la extinción total de toda la basura que somos y hacemos y defecamos. Pero qué le vamos a hacer, no siempre uno puede estar en forma, uno puede tener de vez en cuando sin duda uno de esos, de estos, días malos...

sábado, 6 de junio de 2009

Addison de Witt


Suelo visitar el blog de crítica y contracrítica de poesía, cuyas textos se atribuye el señor del título de esta entrada y cuya apariencia es la del señor de la imagen que ilustra esta entrada (George Sanders, sí, el inolvidable rufián de Los contrabandistas de Moonfleet). Aunque lo del anonimato tras el que se parapetan no me resulte cómodo, leo con gusto sus reseñas y noticias porque tienen siempre, a mi modo de ver, un oxigenante tono polémico y agitador que considero desde luego saludable. Reparten leña a los críticos más visibles de los suplementos culturales (Prieto de Paula, García Jambrina, Blesa, etc.), azotan a alguna vaca sagrada (Gimferrer, Colinas, Marzal...), y señalan sin desmayo los apaños de los premios poéticos de nuestro país (Loewe, etc.). Lo del anonimato, insisto, le resta autoridad a este colectivo, que, según indican, es lo que es el señor Addison, pero bueno, así están las cosas en la web 2.0 y no se puede negar, al menos yo no puedo negar, que no les falta olfato poético, no. Moderan los comentarios, eso sí, y prohíben cualquier clase de insulto gratuito o alusión personal injuriosa, que no me parece mal, pues ya sabemos cómo se las gastan algunos anonimillos resentidos en esta bloggosfalia cuando "más turbados están" (como diría Tip). Sin embargo, el otro día, en una de sus más recientes entradas con motivo de la muerte de José Miguel Ullán, se montó una pequeña gran trifulca entre comentaristas, aceptada por de Witt, debo suponer, entre los que se encontraban el ínclito Carlos Pardo y el emergente Juan Andrés García Román. Disfruté como no se puede hacer nadie una idea. Me partía de risa reparando en los inflamados egos de agraviados y agraviosos. En 47 comentarios lo dejé. Al día siguiente quise ver, claro, claro, cómo seguía la cuestión y mi sorpresa fue encontrar sólo 28 comentarios. El administrador de Witt había cercenado la consentida pasional discusión (un documento único, ay, ilustrativo del estado de ánimo de muchos de los poetas de este país, tan alicaídos generalmente). Sin valoración alguna, por lo sano. Ya. Una lástima. Lo que hubiera ilustrado la historia de nuestra poesía, seguro, con mayor criterio que aquella controversia, recordarán, entre los poetas de la experiencia y los de la diferencia, se ha quedado en humo, en nada, en una inocua referencia a la polemiquilla entre Almodóvar y Boyero, fíjate. Qué oportunidad ha perdido el señor Addison, sí, qué inocencia, qué candor.
Yo mandé un mensaje de queja, claro está, contenido, como es mi natural, aunque algo más de lo que correspondía, tengo que admitirlo, tal vez porque me intimidó el gesto censor. Pedía al final que volviese Ullán, la gran pérdida de la poesía española reciente. Y antes, para despistar, dije también que el hipermoderno Almodóvar lo tenía fácil con el crítico Boyero, quien afirma sin rubor que las únicas películas de Lars von Triers que le gustan son Bailando en la oscuridad y Rompiendo las olas, consecuencia, digo yo, de que sean las narradas más en línea recta, lo que facilita su comprensión, mucho. Pero nada, no me lo han puesto. Una lástima.

domingo, 3 de mayo de 2009

Palestina


En Fuengirola, un jovencito de quince años, palestino, ejecutó junto con cinco chicas y tres chicos, todos palestinos, todos de su misma edad, una danza folclórica de su país. Primorosa y entregadamente lo hizo, lo hicieron todos, para mi corto entendimiento. La música la ponían un pequeño teclado electrónico con su caja de ritmo y un violín. Era envolvente, machacona, simple en su estructura, hipnótica, embriagadora, identificable absolutamente con la zona de la que procedía. El teclista también cantaba. Me preguntaba yo sobre qué hablaría la letra de esta canción mientras la oía, qué estaría contándonos, algún amor desdichado, rivalidad vecinal, alguna hazaña, un pequeño suceso memorable...
La pieza fue larga, muy larga, quince minutos duró tal vez, si no más. Y a pesar de su extensión, los bailarines no dejaban de moverse ni un instante, de correr, de saltar y brincar con inusitada energía, de abrazarse, de hacer corros, haciendo del baile un ejercicio más físico que artístico, un ejercicio de desbordante jovialidad, de contagiosa alegría.
El jovencito de quince años llevaba atada al cuello una bandera de su país y era el que más serio parecía. Alguna circunspección le notaba yo en sus movimientos, cierta solemnidad. Pensé también por ello en la carga simbólica que aquella tela al cuello sugería, en cómo se identificaría el joven con ese símbolo, en la intensísima relación que se establecía allí en la danza entre ambos. Pensé en si con su corta edad sería capaz de entender todo o alguna parte siquiera del dramático significado de ese trapo, en si sería capaz de fijarse con él al cuerpo un cinturón de explosivos y hacerlo estallar en cualquier sitio por la rabia o la impotencia de ver cómo los bulldozers y las excavadoras Komatsu o Volvo o Carterpillar arrasan una y otra vez su vivienda y las vecinas; en si la música y la danza y ese símbolo que portaba serían capaces de embriagarlo hasta ese punto.
A mí me embriagó la música. Me emocionó y me acongojó la danza, a pesar de la jubilosa y atlética sencillez de los movimientos y el endiablado ritmo festivo que jaleaban sin desmayo las jovencitas. Y pensé en Palestina todo el rato. Pensé en Chechenia, pensé en el Tibet, en Sudán, Ruanda, Timor Oriental y hasta en Papúa-Nueva Guinea o en los indios Cherokees, en todos los débiles masacrados. Pensé en todos ellos por culpa de unos chiquillos procedentes de una áspera tierra de promisión, un violín cascado y una caja de ritmo. Y me identifiqué un instante, nada, en Fuengirola, muy lejos, demasiado lejos de todo, con cierta humanidad.
También pensé en el País Vasco, pero de otra manera. Y en Martha Graham y en Merce Cunnigham, aunque de otro modo, para darle un aire inteligente, algo racional, a mi emoción, sólo por eso…

lunes, 17 de noviembre de 2008

Criaturas maravillosas


Hoy he leído en el periódico una noticia escalofriante, algo (otra cosa más) que me ha erizado el pelo. De manera que Uribe (el que sea, vamos, poco importa quién, alguien con bastante imaginación, en cualquier caso) entre sus estrategias políticas y de seguridad para luchar contra las FARC puso en marcha hace tiempo un sistema de recompensas a civiles delatores, cuyas consecuencias para el "discurrir cotidiano" no nos gustaría experimentar a muchos de nosotros, desde luego. Pero además de eso, instauró un sistema de incentivos económicos a los militares según el número de bajas de guerrilleros que acreditaran. Es decir, unos pesos por cada uno de los insurrectos eliminados. En fin, cualquier empleo tiene sus objetivos de productividad marcados, los balances, las estadísticas y esas cosas, como ya sabemos. La empresa, el Estado aquí, paga según tu rendimiento. Y el militar, el empleado aquí, debe trabajar de acuerdo con esas metas. Muy bien, no mucho que objetar. Lo que ocurre es que el empleado, el militar aquí, para que no merme su poder adquisitivo al final del ejercicio(o para mantener a su líder en el sillón presidencial, quién sabe) se ha dedicado a secuestrar, asesinar y hacer pasar después por guerrilleros a indigentes, vagabundos, tarados, y otras basuras que tal vez sólo sabían de la revuelta por la televisión. En el fondo hacían un bien a la sociedad, qué duda cabe, y, de paso, se embolsaban unos pesos, y, de paso, la empresa daba beneficios. Todo en orden. Qué más daban algunos miles de indeseables menos si se mantenía, sobre todo, la cuenta saneada, se dirían. Yo imagino a quien llevó cabo el primer servicio de esta naturaleza. Quiero pensar, debo pensar, que tal vez entonces se le erizase el pelo y temblase también, que una corriente de aire frío le pasaría por la columna vertebral. Luego, en su segunda vez, veterano, atisbaría ya un nuevo orden, se atusaría el cabello ya y se dispondría a cruzar la barrera de las especies. Es aterrador.
Pero ¿y la empresa, el estado aquí?, para que su balance arroje beneficios (electorales) ha permitido esas prácticas eugenésicas como quien obvia que a uno le carguen en su cuenta corriente una póliza de seguro de vida (en diciembre, eso sí) que nunca firmó. Para el caso es lo mismo. Y esto, ¿es más aterrador o menos?

En Sicilia, han destapado también ahora una red de médicos de la sanidad pública que seguía atendiendo a sus enfermos muertos, muchos de ellos, ¡hace veinte años! No paraban de prescribirles pruebas a cargo del presupuesto comunal, claro, y a efectuar en sus clínicas privadas, a ver sí así mejoraba un poco el cadáver. Se han dado cuenta los ingenieros porque, según las estadísticas y los balances sanitarios, más del cincuenta por ciento de la población de la isla presentaba algún tipo de patología grave, lo que ha llevado casi a las autoridades a decretar la emergencia sanitaria.

Tambien supe hace tiempo de unos esclavos chinos, pero esclavos, esclavos, de los de verdad, no de los de las películas. No menos sobrecogedora resultó la imagen que se difundió. La empresa. sí, era una de las más prósperas de la zona, al parecer.

En fin, y nosotros mientras seguiremos, claro está, hablando del sexo de los ángeles, a ver si nos proporciona la conversación algunos dividendos. ¡Qué diversidad! Dan ganas de vomitar.