Mostrando entradas con la etiqueta bernhard. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bernhard. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de enero de 2012

Vila-Mata dixit (regalo de Reyes)


El genio personal que hay en todo niño se esconde por el placer del acto mismo de ocultarse, del mismo modo que el autor de una verdadera obra literaria escribe esa obra por el puro placer de escribirla y todo lo demás –el reconocimiento, las medallas, las aclamaciones del público, etcétera– le parece inmensamente superficial, accesorio y encima contrario a sus propios intereses y a los de la libertad de su duende personal.
El verdadero triunfo, el prestigio propio, que decía Juan Benet, la verdadera y sublime gloria solitaria estribarían pues en no ser descubierto en el escondite, no ser reconocido. "¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada!", que decía Pessoa. Después de todo, ya hace años que surgió la pregunta entre nosotros y muchos nos hicimos sobrio eco de ella. Hablo de cuando nos preguntábamos, casi obsesivamente, qué era exactamente un autor.
Tal vez ser un autor sea hacerse el muerto, situarse en el lugar del difunto, y no perder de vista ciertas perspectivas que abrieron pensadores como Foucault, para quien lo que la escritura pone en cuestión no es tanto la expresión de un sujeto que escribe cuanto la apertura de un espacio en el que el sujeto que escribe no cesa de desaparecer: "La huella del autor está sólo en la singularidad de su ausencia; al escritor le es asignado el papel del muerto en el juego de la escritura."
En el caso de Thomas Bernhard, todo nos lleva a pensar que no hacía más que pepararse para un día ocupar ese lugar mortal del autor. "Me llamo Erik Satie, como todo el mundo", decía Satie. Con esta frase tal vez quería decir que no se trata exactamente de que el autor esté muerto, sino que en tanto autor ocupa el lugar del muerto, marca sus propias huellas en un lugar vacío.

(En Exploradores del abismo)

jueves, 28 de abril de 2011

Camino a casa

Un bernhardiano convicto me acaba de enviar este delicioso vídeo. Vamos nosotros en él camino a casa. Ese sostenido plano subjetivo nos convierte en Bernhard durante 4 minutos y 29 segundos. El camino que veía Bernhard de vuelta casa es ahora el nuestro. Vamos camino a casa en este día atormentado y fantasmagórico. Vamos oyendo lo que no hemos oído nunca, lo que no hemos sentido nunca. Vamos pensando, gloriosamente, lo que no hemos pensado nunca... Hacia nuestra casa vamos, a protegernos...

domingo, 16 de enero de 2011

Contrapunto, de Don DeLillo

Dice Ramón Buenaventura en la introducción a este librito de Don DeLillo que él mismo ha traducido, que Contrapunto es un poema de arte moderno donde no hay ni una sola frase improcedente, que el texto al completo se nos junta en una meditación ajena a la lógica, atenida sólo a la lógica natural de las sensaciones, la única auténtica, la única –apostilla– que funciona en la vida real. Inmediatamente después de terminar de leer este opúsculo del maestro americano uno constata lo atinado que estuvo el maestro español en sus observaciones. En Contrapunto plantea y reflexiona sutilmente DeLillo sobre el exacerbado "autismo" de tres de los "monstruos" artísticos más destacados del siglo pasado, sobre esa irrenunciable y terrible a veces y tal vez inevitable tendencia suya al aislamiento y a la introspección que propició sin duda varias de las cimas más altas del arte de nuestro tiempo (de todos los tiempo, vamos). Nos habla de tres personajes reales, de Thomas Bernhard, Glenn Gould y Thelonius Monk; y nos habla también de Atanarjuat, el contrapunto en la ficción de todos ellos. Juro que me mareé al ver yo reunido aquí semejante elenco: los genios a los que atiende DeLillo, el autor de este libro (él mismo un genio) y el protagonista de una de las películas más emocionantes que he visto en los últimos años, y sobre la cual ya hablé yo aquí. Y llama poderosamente la atención que se refiera a ellos no directamente, sino interponiendo sus propias ficciones. Utiliza El malogrado para rastrear al propio Bernhard en la voz del narrador, o en Wertheimer, el amigo aniquilado por el genio de Gould (cuando tuvo –dice Bernhard en una de sus gracietas– la mala fortuna de pasar hace veintiocho años por el aula 33 del segundo piso del Mozarteum, como recuerdo, exactamente a las cuatro de la tarde y escuchar el Aria de las Variaciones Goldberg), o en el personaje Gould. Cuando se refiera a los otros dos, lo hará DeLillo a través de la ficción que sobre ellos construyen los documentales (o casi) Treinta y dos cortometrajes sobre Glenn Gould y Straight No Chaser, donde vemos a un enajenado Thelonius Monk dando vueltas sobre sí mismo en "una variante bop de la danza derviche", oyendo tal vez lo que otros no oían (Monk sabe, Monk sabe, dicen que murmuraba tras estos éxtasis). ¿Es para DeLillo éste, paradójicamente, el único modo de alcanzar su objetivo, de atrapar la inaprehensible verdad y toda la fuerza creativa que encierran en sí mismos unos genios de ese calibre? Todos ellos se dirigen de un modo u otro hacia el Ártico (pudiera ser que hacia el arte y la belleza inalcanzables, aniquiladores..., viene a decirnos DeLillo), hacia esa tierra de hielo que es la nada tal vez. Nos abandonan tratando de restablecer su extremado sentido del aislamiento, se van. Bernhard, o el narrador anónimo de su novela, o Wertheimer, su protagonista han subido alguna vez a la cumbre nevada de la Montaña de Monk a precipitarse al vacío desde su altura. Glenn Gould dejó de dar conciertos públicos y se recluyó en Cánada muy cerca del Ártico, aunque nunca cruzó la línea que lo delimitaba por miedo a volar. Experimentando allí con las posibilidades de la música grabada, realizó un documental titulado The idea of North, en el que "cinco personas hablan en contrapunto sobre la potencia y el aislamiento del Canadá profundo". Thelonius Monk gustaba de lucir gorros polares en sus conciertos y un buen día, seis años antes de su muerte, dejó de tocar... Grandes genios todos ellos que se atrincheran frente al mundo, como dice Vila-Matas en su artículo sobre este deslumbrante ensayito. A Atanarjuat en cambio lo vemos "realmente" correr desesperadamente por el Ártico helado huyendo hacia sí mismo y perseguido por la muerte, por la aniquilación... Y hay un momento muy significativo en esta parte que habla de la película esquimal, ella sí una ficción propiamente dicha, a diferencia de las anteriores ficciones sobre una ficción. En uno de sus comentarios DeLillo deplora que en la secuencia final aparezca todo el equipo de grabación haciendo su trabajo, como si le hubieran arrebatado todo el misterio “real” que ha estado experimentando con el espectáculo y lo hubieran desprovisto así de su función esencial, como si esa vuelta a la “realidad” le hubiera ocasionado una desagradable caída en la cuenta de la ficción en la que hasta ahí se había mantenido gustosamente inmerso…

En cualquier caso, sobre todo esto que comento, DeLillo formula en Contrapunto varias cuestiones esenciales diseminadas a lo largo de sus páginas y que le prestan ese halo poemático al que se refería Ramón Buenaventura:

-¿Que ocurre cuando la introspección desarrolla una densidad que borra el mundo a su alrededor?
- ¿Cuánto podemos acercarnos al yo sin perderlo todo?
- ¿Qué podemos dejar atrás que se agarre a la memoria terrenal?

Y otro maravilloso contrapunto se añade al final, cuando evoca el autor a las naves Voyager I y II surcando el espacio profundo y portando, entre otros objetos, una grabación de Glenn Gould interpretando un breve preludio de Bach. Un mensaje también:

Somos seres inteligentes, versados en matemáticas y capaces de organizar una secuencia coherente de sonidos en el tiempo, para crear una composición unificada, llamada música, una forma de arte cuya verdad, oficio, originalidad, y otras indecibles propiedades, proporcionan una cualidad de placer trascendente, llamada belleza, a la mente y los sentidos de quien escucha.

Éste es el mensaje a quienes estén ahí fuera, a una distancia que sólo la muerte puede medir, dice DeLillo, en su carrera hacia el Ártico, en su dilema entre permanecer o extinguirse...

miércoles, 1 de diciembre de 2010

viernes, 12 de noviembre de 2010

Correspondencias, de Hugo Abbati





















José Luis Amores ha escrito para Revista de Letras una estupenda, entusiástica, crítica a la novela de Hugo Abbati CORRESPONDENCIAS. Sin desperdicio, no os la perdáis (la crítica, por supuesto, mucho menos la novela).

sábado, 19 de junio de 2010

El asco

He dicidido hacerme enemigo personal de Ernesto Calabuig, el crítico de literatura hispanoamericana de El Cultural. Así, cuando él ensalce un libro, yo lo denostaré, cuando fustige otro libro, correré yo a comprarlo y a leerlo y seguro, seguro vaya, seguro que será un libro espléndido. No por nada, simplemente porque he comprobado que no da una (o da muy pocas, demasiado pocas, las cantadas, que no cuentan...). De modo que su crítica entusiasta al libro de Claudia Piñeiro que ya comenté aquí, me hizo caer en la trampa pensando que estaba a punto de descubrir un tesoro ignorado cuando el libro no podía ser, (según yo creo, claro está) más malo y más tramposo. Tras este fiasco leí algunos meses después otra crítica del ínclito comentarista. Esta vez se trataba de un libro de relatos del escritor hondureño Horacio Castellanos Moya. Era elogiosa de nuevo, así que desestimé rápidamente su lectura. No obstante, en ese comentario hacía alusión a una novelita corta del mismo autor que tachaba de experimento fallido, de texto vanal con un desmesurado y contraproducente resabio bernhardiano. Umm, Bernhard, me dije, veremos si está en lo cierto el oráculo... Y no, no lo estaba.
Resulta que El asco, la novelita en cuestión del hondureño, es en efecto un ejercicio bernhardiano, y así lo manifiesta el propio autor desde el principio, claramente, en la misma portada del libro, por si pudiera alguien albergar alguna duda. Imitar a Bernhard es una empresa bastante arriesgada, no hace falta a estas alturas, me parece, explicar por qué. Bernhard, con sus personalísimos recursos literarios y su feroz y omnipresente crítica a la sociedad y a la naturaleza del ser humano en general, y a su Austria natal en particular, ha creado un mundo propio de difícil homologación. Por eso mismo cualquier intento de seguir esa senda suya remarcada con absoluta nitidez se torna resbaladizo casi por necesidad. Javier Marías, por ejemplo, lo sabe bien. Castellanos Moya, en cambio, lo digo ya, sale airoso, muy airoso del desafío impuesto. Pone con honestidad todas sus armas a la vista y se lanza a despotricar sin freno sobre El Salvador en este caso, su país de residencia durante muchos años. Y no deja tampoco, como el infatigable austriaco, títere con cabeza. La familia, la religión, la política, la educación, la prensa, la música, la comida, la cerveza, los prostíbulos, los restaurantes, los transportes, la arquitectura, el fútbol (¡el fútbol, albricias, esperemos que sea igual de malo en toda la zona!) el clima incluso (pobrecitos los salvadoreños, qué culpa tendrán) son despedazados sin piedad por boca de Edgardo Vega, un profesor universitario emigrado a Canadá hace mucho tiempo y que vuelve al país, contra su voluntad, claro, para asistir al funeral de su madre. El profesor Vega se cita con el único amigo que mantiene en el país y desarrolla ante él, ante el así llamado Moya, mudo a todo lo largo del texto
(tal vez atónito), su obsesivo, inquietante y a veces delirante monólogo. Y al igual que cualquier personaje de Bernhard con su infalible método especular, el profesor Vega nos provoca con su hiperbólico resentimiento la misma risa higiénica que tanto necesitamos.
Eso en lo que se refiere a la melodía de la novela. Pero podemos comprobar también que este laúd bernhardiano de Castellanos Moya está bien afinado pulsando las notas sueltas del asco (del asco, sobre todo, ninguna sensación más hiriente y despectiva, bernhardiana), de la mugre, la degradación, la calamidad, los energúmenos, los criminales, los esperpentos que transitan por sus páginas; o de la espeluznante, aterradora, horrenda, estúpida, imbécil, apestosa, repugnante, terrorífica, atroz, codiciosa realidad del país y sus habitantes que se nos describe en ellas. Puro Bernhard, no me lo negarán.
Yo creo que como con todos los textos del austriaco, podemos leer esta novela como una gran broma cósmica, siniestra, sí, pero broma después de todo. Sólo de ese modo deberíamos verlo tal vez. Pero se da la inquietante ciscunstancia de que Horacio Castellanos Moya provocó un gran escándalo en El Salvador cuando la publicó y que fue por ella realmente amenazado de muerte si volvía. En ese país quizás no se trate eso de una broma, me temo, según dicen. Por eso, por si acaso, todavía no ha vuelto.
En cualquier caso, ciñéndonos a cuestiones estrictamente literarias, y al contrario de lo que opina mi ya declarado antagonista Calabuig, a mí la novela me parece plenamente lograda a pesar de su servidumbre impuesta, un ejercicio de estilo (ah, mi querido Queneau) que ya quisiéramos muchos imitadores de voces superar con tan buena calificación. Calabuig, pues, no lleva razón en este caso, como tampoco la llevaba en el de Piñeiro. Así que, según he covenido, me saltaré olímpicamente su lectura recomendada de El cojo y el loco, de Jaime Bayly, e iré en busca de El don de la vida, de Fernando Vallejo, otro bernhardiano de pro a su modo y de quien echa pestes el tío.


viernes, 3 de julio de 2009

Acontecimiento


Leo un "Acontecimiento" de Bernhard:

El director del colegio hace venir al maestro y lo acusa de haber abusado de uno de sus alumnos. Dice que no sabe qué decir, pero que el traslado del maestro a otro pueblo resulta inevitable. Que probablemente, sin embargo, el maestro tendrá que renunciar incluso a su profesión. Que, en cualquier caso, él tendrá que informar al director de la zona y todo el asunto tendrá consecuencias aún más graves que las que acaba de mencionar. El maestro no trata de justificarse y dice sólo que no ha abusado del alumno, y que ni se le hubiera ocurrido la idea de realizar actos como los que el director describe sin cesar con todo detalle. Sin embargo, aunque el maestro se defienda, no le sirve de nada. Queda suspendido inmediatamente en sus funciones, le dice el director, que deja que se vaya sin darle la mano como solía hacer siempre. Como el maestro no se siente culpable de nada, piensa que, con el tiempo, se demostrará su inocencia, que, sencillamente, aprovechará la suspensión para tomarse unas vacaciones. Que el rumor ni siquiera saldrá del colegio. Pero se equivoca. El rumor se extiende con la velocidad del viento, y hasta el periódico local de la ciudad lo recoge. Dice que un hombre como el maestro tendría que ser puesto a buen recaudo. Que ninguna pena sería demasiado severa para él. Que hay que proteger de él a la junventud, y especialmente a los niños, por todos los medios. Como el maestro está recién casado, el asunto le resulta doblemente desagradable. Su mujer no le cree y lo abandona al enterarse de la acusación. Sólo cuatro días después de ser suspendido, el maestro recibe ya una citación para comparecer ante la audiencia territorial. Nadie sabe qué hace antes del juicio, pero en cualquier caso, deja de mostrarse en público. Entretanto, nadie ignora ya la historia. La dueña de su casa le exige que se vaya y le devuelve el alquiler pagado por anticipado. Un día antes del juicio encuentran su cadáver en un río que va crecido, a diecisiete kilómetros del lugar de su residencia. Según se averigua, no se ha suicidado en absoluto, sino que se ha caído accidentalmente al río y se ha ahogado. Entonces el colegial se presenta y dice que toda la historia es falsa y que se la ha inventado para vengarse del joven maestro.


Esta sinopsis de Desgracia, de Coetzee, la escribió Bernhard en 1954. Es verdad que en Desgracia, de 1999, aparece además un malo remalo agazapado en las brumas tribales de Sudáfrica y que el profesor David Lurie no se "suicida", acaba quemando perros tullidos, incluso hasta el último, el que parecía que no iba a ser sacrificado, el que más logra enternecerlo, pero para el caso es lo mismo. Este "Acontecimiento" es la sinopsis de esa novela. Un "acontecimiento" a su vez extraordinario, para mí al menos, sin precio, como en la ilustración. Una cúspide alimentando a otra cúspide. Sin rubor, sin máscara alguna.
Bernhard renegó, al parecer, de estos textos primerizos, y sólo permitió su publicación bastante después de ser escritos. Es verdad que no son el Bernhard que conoceremos más tarde y que nos encandila con su fruición textual y sus obsesiones argumentales. Pero hay ahí pildoritas reconstituyentes ya, muy pronto, pues.

martes, 7 de abril de 2009

El imitador de voces


Escribe Bernhard, en El imitador de voces:

"En la biblioteca de la Universidad de Salzburgo, el bibliotecario se ha ahorcado de la gran araña de la gran sala de lectura porque, como escribe en una nota que ha dejado, de pronto, después de veintidós años de servicios, no podía soportar ya ordenar libros y prestar libros que sólo habían sido escritos para causar desgracias, con lo que se refería a todos los libros jamás escritos. Eso me ha recordado al hermano de mi abuelo, que era guarda de monte en Altentann, junto a Henndorf, y se dio un tiro en la cumbre del Zifanken porque no podía soportar más la desgracia humana. También él dejó esa conclusión suya en una nota."

De este extensísimo microrrelato de Bernhard habrá que llamar la atención, para que se entienda su igualmente extensísima ironía, sobre "la gran araña de la gran sala de lectura de la Universidad de Salzburgo", sobre la acotación temporal "de pronto", sobre "el hermano de mi abuelo", cómo no, ese personaje trágico guarda de monte que se pegó un tiro. Pero sobre todo, sobre todo, habrá que reparar en la conclusión final del texto con su adverbio afirmativo al frente, sugiriéndonos, brutalmente, así siempre Bernhard, que no hay que ser muy listo, no, para llegar a ciertos puntos coincidentes.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Bernhard dixit



En Corrección :
"Aunque a veces lo odiamos todo, nos resulta posible, o precisamente porque, a veces, lo odiamos todo, nos es posible a veces adelantar, ir adelante nada más que por odio, hacia delante. Porque somos débiles, debiluchos, no tolerar ninguna clase de debilidad. Y si no es la vida y no es la Naturaleza, es la lectura, es la vida y la naturaleza de la lectura, durante largos trechos enteros, una y otra vez, solo la naturaleza de la lectura, la vida de los libros, los periódicos, de todos los escritos posibles, tender un puente sobre la Naturaleza ininterrumpida, omitida, por medio de la lectura, que es como la Naturaleza, que es como la vida [...] Interrumpimos en puntos determinados de nuestra existencia la naturaleza de nuestra existencia, y seguimos existiendo nada más que en los libros, en lo escrito, hasta que otra vez tenemos la posibilidad, muy a menudo como otro, siempre como otro, siempre como otro subrayado, de existir en la Naturaleza, y seguimos existiendo en la Naturaleza. No aguantaríamos ininterrumpidamente una vida en la Naturaleza, que es siempre una Naturaleza libre, y por eso, una y otra vez salimos de la Naturaleza, únicamente por una razón de supervivencia, entramos en la lectura y vivimos así en la lectura durante largo tiempo y sin ser molestados. La mitad de mi vida no he vivido, existido, en la Naturaleza, sino en la lectura como Naturaleza, y sólo por esa mitad me ha sido posible la otra. "

(pag.198 y 199 de la edición de Alianza)

miércoles, 29 de octubre de 2008

Bernhard dixit





En las Conversaciones con Krista Fleischmann:
"Al parecer todos morimos con música en la cabeza, me lo dijeron una vez, ¿no? Cuando todo ha desaparecido ya -inteligencia, personas, recuerdos- siempre sigue habiendo música en ella. Sobre todo vienen los gusanos y siguen tocando esa música ¿no? Primero aparecen en las comisuras de los ojos. Por las voces que tiene la orquesta puede verse cuánto tiempo lleva muerto, porque el primer gusano salta ya al rabillo del ojo en el primer segundo de la muerte ¿no? Pero no se puede determinar exactamente si en el izquierdo o en el derecho, y eso es lo difícil para los médicos forenses, que todavía discuten hoy si el primer gusano salta realmente en el rabillo del ojo izquierdo o en el del derecho. Hay simposios, están muy de moda ahora esos Simposios sobre el rabillo del ojo."

Tal vez compongan esos "¿no?", tres aquí, (y similares fórmulas) la clave bernhard, lo más estimulante suyo, desde luego, (aparte, claro está, de los Simposios sobre el rabillo del ojo).

sábado, 25 de octubre de 2008

Correctivo Bernhardiano



para José Antonio Montano

Pocos libros me han entusiasmado tanto como Corrección, de Thomas Bernhard. Intento recordar ahora algún libro, algún autor, que me hubiese causado igual o parecida impresión, y llega, claro está, alguno, pero todos llegan, eso sí, tal vez por el tiempo transcurrido desde su lectura, algo atemperados. Me entusiasmé hace mucho, recuerdo, y aún lo hago, sí, con la poderosísima prosa alada de Gil-Albert, hasta el punto, en su día, de escribirle una inextricable misiva gilalbertiana a un profesor de mi facultad exigiéndole casi que me dejara pasar en la última convocatoria, en la última oportunidad de no dilapidar cinco años de estudio de mi amado y odiado griego antiguo (me dejó pasar, sí, aunque nunca supe, ni sabré, seguro, ya, al parecer, si fue por mis saberes o por su exposición). Guerra y paz me lo bebí de un trago. Con las Inquisiciones y las Infamias de Borges tuve, y tendré, no hay duda, días gloriosos. De La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, el otro Marcelo me acompaña, para siempre ya, el conmovedor aire misterioso de su brevísimo relato inextinguible, el de su Libro de Monnelle también. Cioran, Bataille, Kafka, Bonnefoy, Gamoneda, Yourcenar, etc., etc., etc. Pero quedan todos ahora empequeñecidos, ay, por el tiempo y la "monstruosa idea" de Bernhard y su mcguffin cónico ensayado en Corrección. Por Bernhard, el cínico glorioso que dice, sí, que cuando quiere él echarse unas risas abre por donde sea cualquiera de sus libros y se parte, que sólo intenta distraerse con sus libros y evitar que el mundo le resulte aburrido, ya que, para qué se va a engañar, nunca podrá ser Papa o César. Por Bernhard, el implacable admonitor, el lúcido impecable: "Nada he admirado más -dice Bernhard- durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo." Vale. Se empequeñecen ahora ante esta forma de hacer literatura, sobre la que le dice a Krista Fleischmann (para gozo, ja, de los variados escritorzuelos de hoy, de ayer y de siempre) que él no escribe para zoquetes a los que haya que servir todo en bandeja; que describir la naturaleza es de todas formas absurdo, porque todo el mundo la conoce; que hay que omitir por completo las cosas que todo el mundo sabe, que sólo estorban, carecen de interés, que todo lo exterior se conoce, que lo que nadie ve es lo que tiene sentido escribir. Y asiento. Por su Corrección también se quedan pequeños ahora. En Corrección, digo yo para mí, ese principio poético, ese pilar creativo que expone algo airado, lo lleva a la práctica con una fidelidad apabullante. Es como si entráramos, en Corrección, en la cabeza del narrador, como si entráramos de verdad, como si estuviera ese flujo mental, ese aluvión de ideas, sucediendo en nuestro propio cerebro (ni Joyce, y que me perdonen, ay, los joycianos). Véase, léase, si no, la deriva (ejercicio clave) del narrador observando a Höller desde la buhardilla al final de la primera parte; véase, léase, la deriva de Roithamer, próximo el final del libro. No describe nada Bernhard, actúa. No hay estribos ni descanso en esa forma de narrar, de crear, única, inimitable, estoy seguro, al parecer. Es forma en grado superlativo, qué más da que nos esté contando, entreverando, una desgraciada historia familiar o su quimérico proyecto cónico. Corrección es forma en grado superlativo. La idea es la obra, la idea monstruosa y aniquiladora es el libro que estamos leyendo. Sismográficamente. Y eso es lo que la hace grande, muy grande, exageradamente grande, según creo. Vale.
Leí hace mucho a Bernhard. Leí su Sobrino de Wittgenstein, hace mucho. Y me esfuerzo y rebusco alguna sensación, alguna idea que me confirme las que se suceden ahora. Nada. No sé. Leí también sus poemas, de los que renegó, ay, él, airado. Me lo perdí entonces, al parecer. Pasé entonces de largo por la metrópoli, sí. Pero qué más da. Ya estoy en ella.