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miércoles, 10 de julio de 2019

¿Cómo estás, negrito?


El 16 de junio de 2016 nos dimos cita en Dublín un grupo de amigos. Hacía mucho que ese grupo de muy aguerridos lectores del que era parte fundamental Hugo Abbati desde hace muchos años, coqueteábamos con la idea de hacer una de nuestras reuniones literarias en Dublín. Queríamos ir a Dublín a celebrar el Bloomsday y a comentar allí la obra de James Joyce. Y lo hicimos por fin en esa fecha con cierto aire diabólico de hace ahora tres años, llevando además la secreta intención, dicho sea de paso, de reventar cualquier actividad de la Orden de Finnnegans Wakes y de ridiculizar a su líder Enrique Vila-Matas, al que alguno de nosotros profesaba cierta animadversión literaria. Aunque no tuvimos éxito en este último objetivo, tal vez por nuestra incapacidad para reconocer a sus miembros entre tanto follaje, tal vez porque nuestra determinación les intimidaba hasta el punto de desaparecer, los demás se cumplieron y esa fecha, con todos sus mágicos momentos, ha sido motivo de particular regocijo desde entonces.

Pero la vida y la muerte son algo burlonas y han querido que Hugo Abbati, el único de nosotros que portaba su gabardina Mackintosh en Dublín, fallezca precisamente un 16 de junio. Este pasado 16 de junio. Es curioso, el destino ha querido que la fecha que hasta ahora nos traía imágenes luminosas (en la farmacia Sweny’s, en Sandycove…), sea en adelante un foco tenebroso que proyectará en nuestra memoria cada año el enorme hueco que ha dejado nuestro amigo tras caer fulminado por un rayo. La vida y la muerte, su afirmación suprema, actúan ambas sin contemplaciones de ninguna clase y pueden ser muy crueles sin apenas proponérselo. Que Hugo Abbati haya muerto tan inesperadamente es su dolorosísima constatación.

En cualquier caso, como creo conocer lo suficiente a Hugo Abbati, sé que su satisfacción será absoluta por haberse ido en el día más literario que se pueda imaginar. Y eso consuela, de forma leve, si se quiere, pero consuela. Porque para Hugo Abbati la Literatura era la razón de su existencia (no hablaremos aquí ni de fútbol ni de política). Que era un ser enfermo de literatura lo hemos ido comprobando desde que nos conocimos hace bastantes años. Para él la lectura primero y la escritura después (o viceversa) estaban, creo no exagerar, por encima de cualquiera de las cosas que este mundo pudiera ofrecerle. Pocas personas he conocido con esa apabullante pasión por la literatura. Ni yo mismo, si se me permite la broma. Por eso creo que el destino, después de todo, se ha portado adecuadamente propiciando que Hugo Abbati haya muerto un 16 de junio, en Bloomsday, nada menos, y no en cualquier otra fecha de tantas anodinas como abundan en nuestro calendario. 

No obstante, sabemos que aunque a James Joyce lo situaba Hugo Abbati muy arriba en sus preferencias literarias (junto con Williams Faulkner, no hay que olvidarlo), no era la principal de ellas. En lo más alto de su predilección estética, estética y algo más, situaba Hugo Abbati a Samuel Beckett, el insigne secretario de Joyce, precisamente. El mundo loco que intentaba aprehender Samuel Beckett en Esperando a Godot, en Fin de partida o en el ciclo de Malone eran para Hugo Abbati una referencia constante. Y su sucio nihilismo y el tremendo desconcierto vital con los que Samuel Beckett impregnaba su obra, le asombraban casi más que ningún otro artefacto literario. Por eso, tanto la singular biografía del enjuto irlandés como su propuesta literaria única eran siempre motivo de comentario y de reflexión en muchos de los innumerables, de los gloriosos e inolvidables encuentros literarios que mantuvimos a lo largo de los años. Pero no era a Samuel Beckett al único autor al que admiraba tanto. Más arriba, aunque tal vez solo un poquito por encima de Samuel Beckett, situaba Hugo Abbati a Franz Kafka, otro escritor excepcional, y, desde luego, de la misma estirpe. Sin duda, era Franz Kafka el escritor al que más admiraba Hugo Abbati desde que, como contaba, empezó a leerlo con catorce años. Una lectura algo turbadora para un chiquillo, le decía yo. Y él, nada, nada que no se pueda soportar. En mi opinión, no solo soportó bien esa lectura pese a la corta edad con que abordó al escritor checo por primera vez, sino que con sus lecturas posteriores, Hugo Abbati incorporó con tanto acierto a su obra y a su propia forma de ver el mundo tan radical propuesta artística e intelectual que es difícil no sonrojarse ante las propuestas de la mayor parte de aquellos autores a los que se etiqueta de “kafkianos”. Como diría Hugo Abbati, la mayor parte apenas ha entendido que además de convertir a seres humanos en bichos, Franz Kafka inoculaba en sus obras un finísimo humor producto de su escepticismo y una tierna y profundísima y tal vez única comprensión de la naturaleza humana. De eso hablaba Hugo Abbati cuando hablaba de Franz Kafka. Y eso mismo es lo que nutre sus novelas, las publicadas y las que todavía permanecen inéditas.

A Samuel Beckett lo convirtió Hugo Abbati en artista invitado de su novela Dos conversan, la última que vio publicada. En este inteligentísimo homenaje al escritor irlandés se desarrollan en paralelo varias historias bastante alocadas: la del editor mendigo Frijus Lijus, la del melancólico violinista rumano llamado Raco que toca en una vaquería para que las vacas den mejor leche, la del infeliz broker Reginald obsesionado por sus inversiones en Galletas Bolivianas Inc., la de Frank, el oscuro traficante con problemas de conciencia que tiene una hija de diez años borracha y que trabaja para una organización liderada por una tía nonagenaria, deportista excepcional… Pero su principal línea narrativa es la que presenta a Samuel Beckett huido del hospital de París en el que esperaba a la muerte y deambulando moribundo por las calles acompañado de un uruguayo experto en lenguas ágrafas, dos borrachos y un perro. Todas estas historias desarrolladas con desbordante imaginación, confluyen en algún punto y evolucionan siempre a través de los diálogos que se establecen entre los distintos personajes, sin intervención exterior de ninguna clase. Todo aquí es, en efecto, diálogo. Parece como si Hugo Abbati quisiera proponernos, ya desde el mismo título de la novela, que el diálogo, la conversación, es la forma de exorcizar lo absurdo que encierra la existencia. Y si recordamos además que a ese mismo recurso dialógico es al que acude en sus dos obras anteriores, Correspondencias y En el campo, podríamos pensar con razón que lo que nos venía diciendo Hugo Abbati desde tiempo atrás es que el diálogo, la conversación (la correspondencia epistolar, sobre todo, en estas dos últimas, si queremos ser más precisos) es la forma de salvarnos del peso de la vida, del peso de la Muerte, también. Dos conversan incluye además un bonus track beckettiano al que hace referencia su subtítulo: Donde Beckett perdió el poncho, que resulta ser un sesudo estudio del mismo título que podemos leer nosotros cada vez que Gilda, el personaje del que está enamorado Reginald, lo hace dentro de la novela y que es la adaptación de Esperando a Godot a las exigencias raciales, climáticas, espaciales, de la Pampa argentina. Un memorable disparate resulta ser esta personalísima obra que rinde tributo a Samuel Beckett, un festín literario de primerísimo nivel en el que Hugo Abbati aborda del modo al que nos tiene acostumbrados, con envidiable soltura, con una levedad admirable (de acuerdo con Italo Calvino), cuestiones nada baladíes: la comunicación humana, el peso del lenguaje mismo, la muerte...

En cuanto a Franz Kafka, es verdad que no cuenta con su novela-tributo (aunque existe, existe esa obra, eso sí, y se publicará), pero como ya se ha dicho, es una presencia constante en la obra de Hugo Abbati. En Correspondencias, la primera novela que publicó en España, una cita de Franz Kafka tomada de sus Diarios abre la obra. Creo que esa cita resulta muy apropiada para ilustrar lo que sosteníamos antes a propósito del aprovechamiento que de Franz Kafka hace Hugo Abbati. Dice así: “M. estuvo aquí; no vendrá más… y sin embargo, todavía existe una probabilidad, cuya puerta cerrada vigilamos ambos, para que no se abra, o más bien, para que ninguno de los dos la abra, ya que sola no quiere abrirse”. En mi opinión, es ese “sola no quiere abrirse” lo que nos da la dimensión de lo que Hugo Abbati admira de la obra de Franz Kafka y de lo que propone constantemente en su propia obra, esa enternecedora perversión conceptual, casi un chiste, que nos insta a desafiar cualquier estructura lógica de cualquiera de los conceptos que manejamos. Ejemplos de esta forma de abordar la escritura y, por extensión, la existencia, son abundantes a lo largo de toda la obra de Hugo Abbati, pero no es necesario hacer aquí un catálogo. Sí es interesante señalar que Dos conversan se abre de nuevo con una cita de Franz Kafka. O eso parece, porque no es nada más (y nada menos) que una divertidísima pirueta apócrifa a través de la cual consigue unir en una frase a Samuel Beckett y Franz Kafka con James Joyce, erigiéndole ingeniosamente el altarcito que le corresponde a su particular santísima  trinidad. 

Entre estos parámetros de exigencia máxima desarrollaba su obra Hugo Abbati. Y lo hacía, a  mi modo de ver, con máxima eficacia, como demuestran cualquiera de las tres novelas que he citado, las únicas publicadas hasta ahora, es verdad, pero que no van a ser las últimas. Para felicidad nuestra, hay algunas más que aguardan su publicación. A mí mismo me mandó varias que tenía terminadas cuando entre bromas y veras quiso que fuera yo su albacea literario en un momento en el que, desde luego, nada indicaba que tendría que ejercer esa desdichada función. Ellas van a consolarnos algo de la gran orfandad en la que nos ha dejado sumidos la muerte de Hugo Abbati, con estas novelas vamos a poder corroborar de nuevo su altura artística, su talla intelectual. No es poca cosa para los que tanto lo vamos a echar de menos.

Hugo Abbati nos deja, pues, su obra, como suele decirse. Pero los amigos lo vamos a echar a él mucho de menos. En este mundo algo ingrato y bastante descreído no es fácil encontrar a alguien que como Hugo Abbati sea un constante estímulo intelectual y un ejemplo de humildad y de desprendimiento. Muy pocas personas consiguen interpelarnos del modo en que Hugo Abbati lo hacía, con su enorme curiosidad, su interés por lo ajeno y su capacidad de comprensión de cualquiera de las debilidades humanas. Vamos a echar de menos a alguien que además, gracias a su espíritu aventurero siempre al acecho de la excelencia poco transitada, supo prescribirnos lecturas insólitas, regocijantes. Sé que sin su recomendación, al menos yo no hubiera llegado nunca a escritores de la talla de Patrick White, de Robert Murnane, de Fleur Jaeggy o del polaco Witkiewicz (su último entusiástico descubrimiento, del que nos regaló a Paco Martín y a mí su obra Insaciabilidad). A Iris Murdoch o Katherine Mansfiel, sí, tal vez sí hubiera llegado. Reconozco que Hugo Abbati no tenía apenas dificultad para convencerme de la calidad de los escritores tan nutritivos que indicaba. En cambio yo, qué curioso, tenía serias dificultades para convencerlo, pongo por caso, de la excelencia de Michel Houllebecq o Enrique Vila-Matas (aunque de las dos dudo algo yo ahora mismo, dicho sea de paso).

Para este pasado mes de junio de 2019, el grupo de aguerridos lectores teníamos programado un nuevo viaje literario a Portugal al que Hugo Abbati no pudo incorporarse. Decidimos mantenerlo pese a nuestra aflicción. Y decidimos también rendirle un pequeño homenaje a nuestro amigo ausente que consistió en elegir cada uno de nosotros un párrafo de su novela inédita Paisajes desde el asilo, justificarlo y leerlo a los demás. Estuvimos presentes Almudena, José Manuel, Raquel, Ángel, Paco Martín, Pepe, Carmen, María, Nicolás, yo mismo. El lugar elegido para el recordatorio fue el Literary Man Hotel de Óbidos, el lugar más literario que podamos imaginar, el más hermoso, el más apropiado para nuestro propósito, con libros en cada rincón y altas estanterías llenas de libros cubriendo cada pared hasta el techo. Estoy seguro de que Hugo Abbati estaba allí con nosotros. Estoy seguro de que hubiera querido empujar un libro desde la estantería más alta para que quedara abierto por esa página que nos dijera a su modo que, en efecto, estaba allí con nosotros. Pero esto son paparruchas. La verdad, la única verdad verdadera es que ya no será posible volver a escuchar a Hugo Abbati  saludando al teléfono y preguntando: ¿cómo estás, negrito? Y eso, quieras que no, es una pena muy grande.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Delillo a cero grados Kelvin

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Don DeLillo (dilailo, si lo pronunciamos a la inglesa) pertenece a la misma generación de escritores norteamericanos que Raymond Carver, John Barth, Philips Roth, Thomas Pinchon, Donald Barthelme, Robert Coover, Cormac McCarthy…  Todos estos colosos de la literatura han nacidos en los años 30 del pasado siglo. Y como algún otro de sus compañeros, año tras año desde hace ya unos cuantos, Don DeLillo es candidato al Premio Nobel (aunque no lamentemos tanto que no se lo den, eso sí, como cuando Murakami, año tras año igualmente, queda relegado por estrecho margen, el pobrecito…).  Afortunadamente aún le quedan a DeLillo algunas oportunidades más para que su candidatura prospere. En cualquier caso, creedme, poco importa que se lo den o que no se lo den. Con el galardón o sin él, estaremos igual ante un gigante de las letras norteamericanas, de las letras del mundo, no nos engañemos; estaremos ante un autor que ha sabido diseccionar como nadie la sociedad norteamericana (la nuestra en cierto modo, aunque nos pese), y poner al descubierto sus miserias, sus miedos, todas sus mentiras… 

No voy a negar que Don DeLillo es un autor seriote, bastante alejado de esas fiestas literarias con las que disfrutamos tanto, dicho sea de paso. Pero esta circunspección, a mi modo de ver, la compensa con la enorme capacidad de penetración en las obsesiones y los traumas de la sociedad contemporánea, de la sociedad posmoderna, de la sociedad del capitalismo salvaje en la que nos ha tocado vivir. La compensa también con la maestría con la que expone el extravío de esa misma sociedad y nuestro íntimo desvalimiento, nuestro desolado discurrir dentro de ella. Con la lucidez y la inteligencia de sus análisis, igualmente la compensa; con su ironía tan desencantada y su valentía al abordar las grandes incógnitas de la especie humana: la religión, el mal, las catástrofes, qué es la vida y qué es la muerte…, la muerte, sobre todo, qué es la muerte y cómo condiciona nuestra existencia, se pregunta una y otra vez en sus obras Don DeLillo. Un poco inquietante todo, no lo voy a negar, insisto, pero puede que su lectura resulte un higiénico ejercicio de reflexión sobre nuestros propios fantasmas.

En Cosmópolis (2003), la primera de sus novelas que yo leí, un vacuo jovencito, megamillonario gracias a sus exitosas especulaciones en los mercados internacionales y al borde de la ruina por una alocada apuesta de toda su fortuna contra el yen, atraviesa Nueva York entera en su limusina para cortarse el pelo y encontrarse finalmente con su propia nada, con la muerte. Me deslumbró la novela. Y si no la habéis leído, alguno de vosotros habrá visto al menos la espléndida película que Cronenberg hizo con ella, en adaptación absolutamente literal y con el cara de palo de Crepúsculo, Robert Pattison, como actor principal. Después vino Ruido de fondo (1985). Caí rendido (¡Ruido de fondo, Ruido de fondo, leed, por favor, Ruido de Fondo!). Aquí hay un medicamento experimental, el Dylar, que inhibe químicamente el miedo a la muerte. Y hay centros comerciales que son templos de salvación en la liturgia de la nueva religión consumista, y una catástrofe ambiental también hay, y un profesor de universidad que dirige el departamento de estudios sobre Hitler… Y un “ruido de fondo” que lo envuelve todo, esto es, una radiación de fondo que tiene abocado  al universo al big crunch, según dicen los científicos…
  
Más tarde vino Libra (1988), quizás, para mí, la más lograda estructuralmente, donde hace confluir de modo fascinante dos historias paralelas, la de la conspiración de la CIA en el asesinato de Kennedy y la de la vida del don nadie Lee Harvey Oswald. Y luego Mao II y Punto Omega y Fascinación, una novelita temprana esta última (1978) sobre la búsqueda de una hipotética película porno en la que actuaba Hitler. Y leí también Contrapunto, un deslumbrante ensayito en el que “contrapone” las figuras de tres gigantes, Glenn Gould, Thomas Bernhard y Thelonius Monk, en su búsqueda de la verdad artística y de la belleza y que concluye transcribiendo el mensaje que junto con una grabación de las Variaciones Golberg interpretadas por Glenn Gould, la NASA lanzó al espacio profundo a bordo de la nave Voyager en 1977, por si alguien de ahí afuera pudiera escuchar. Dice así ese mensaje:  

Somos seres inteligentes, versados en matemáticas y capaces de organizar una secuencia coherente de sonidos en el tiempo, para crear una composición unificada llamada música, una forma de arte cuya verdad, oficio, originalidad, y otras indecibles propiedades, proporcionan una cualidad de placer trascendente, llamada belleza, a la mente y los sentidos de quien escucha.

Tengo pendiente desde hace tiempo Submundo (1997), a decir de todos los lectores de DeLillo, y para escarnio mío, su obra maestra, precisamente. La tengo en mi escritorio desde hace mucho. Es un tomazo. Caerá, ya caerá. Seguro.

En Zero K de nuevo DeLillo aborda su tema más recurrente: el miedo, el miedo cósmico a la muerte. Y añade para la ocasión la posibilidad de vencerlo a través de las nuevas tecnologías. Pero también reflexiona sobre nuestra verdadera naturaleza preguntándose casi de forma obsesiva si somos cuerpo o somos mente. Y preguntándose además si no somos solo lenguaje, después de todo. Recordad a Jeffrey nombrándolo todo, definiéndolo todo, poniendo nombre a todo y a todos, inventándose nombres, pidiendo a Ross que nombre a Madeline para poder darle así existencia. O recordad el, a mi modo de ver, perfectamente impostado monólogo de Artis en la cápsula, un arriesgado ejercicio a través del cual experimentamos tal vez en la práctica lo hasta ese momento expuesto en las teorías de los gurús de la Convergencia sobre el tiempo, el espacio, el lenguaje de nuevo...

Pero en Zero K  la gran odisea tecnológica que se desarrolla ante nuestros ojos con enorme precisión ambiental y emocional, se pone en relación con la pequeña odisea de una vida anodina, la de un escéptico ser humano preocupado más por la espita del gas, sus llaves o el cerrojo de la puerta que por su destino. ¿Cuál de ellas es la mayor, la más trascendente?, parece preguntarse DeLillo.

En Zero K  veo dos momentos que hay que leer con muchísima atención. Me refiero a la charla de los gemelos Stennmark y a la conversación de Jeffrey con Ben-Ezra en el jardín del complejo. ¿Qué hay ahí de verdad? ¿Es la parodia de una tesis “postracionalista”, o la confirmación de la nueva, de la ultimísima fe en una religión sin Dios que otra vez nos promete la vida eterna?

En Zero K, además, hay que estar pendientes de los detalles. De los maniquíes, por ejemplo, de esa dantesca fosa común de maniquíes, de la figura inmóvil y asexuada en la “sala de arte”, de la figura inmóvil y asexuada que ve Jeffrey en el metro y en las calles (¿otra o la misma?). De las catacumbas. De las proyecciones de las catástrofes en los pasillos de la Convergencia. De la temperatura de las ciudades. Del interés de Stak por el pastún. Altamente simbólico todo. Y eso me gusta, lo reconozco, porque está constantemente DeLillo poniendo a prueba nuestra capacidad de imaginación.

¿Qué es Zero K, una novela de ciencia-ficción, una novela con ciencia-ficción, como dice Rodrigo Fresán al referirse a su novela El fondo del cielo (espléndida, por otra parte)?, ¿Es Zero K una novela testimonial, de iniciación tal vez? ¿Podría ser Zero K una novela de amor? ¿Y realista? ¿Es realista Zero K? ¿Y de tesis? ¿Qué tesis? ¿De qué lado, en qué tesis nos situaríamos entonces?

En Zero K  todo está narrado como en susurro, de modo doméstico, casi privado, he leído por ahí. Muy bien puede ser ese recurso lo que provoque la sensación de cotidianeidad, de normalidad en sus frases, de cercanía en sus personajes (recordad al Monje). En su prosa, áspera a veces, todo parece conducir al objetivo previsto, sin adherencias, sin alardes estilísticos que enturbien la narración. Un lenguaje sobrio al servicio de la historia, no de cualquier historia. ¿No es ese, no debería ser ese, pregunto, el objetivo de todos los novelistas? No es esta una cuestión menor  para empezar a hablar sobre la novela de Don DeLillo, desde luego.

Y ahora ya, excusadme. Y crucificadme seguidamente si queréis por mi osadía al haberos soltado esta monserga. Pero daos prisa, en cualquier caso, no vaya a ser que el meteorito de Cheliábinsk nos consuma a todos antes…

jueves, 30 de diciembre de 2010

Correspondencias return


Pedro M. Domene ha escrito en la revista MERCURIO una estupenda crítica a la novela CORRESPONDENCIAS, de Hugo Abbati. Un delicado presente para iniciar el nuevo año con energía. Aquí os la dejo. ¡Felicidades a todos!

viernes, 12 de noviembre de 2010

Correspondencias, de Hugo Abbati





















José Luis Amores ha escrito para Revista de Letras una estupenda, entusiástica, crítica a la novela de Hugo Abbati CORRESPONDENCIAS. Sin desperdicio, no os la perdáis (la crítica, por supuesto, mucho menos la novela).

martes, 9 de noviembre de 2010

Acto y seguido

Presentamos ayer en la sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés El lado humano, la novela de Pilar Rivas que hemos sacado no hace mucho y que todavía podemos encontrar en las librerías, aunque habrá que darse prisa, ya se sabe lo que ocurre ahí con las novedades. Bien los asistentes, bien Cristóbal, Pilar, que demostró un inusual aplomo en lo que se suponía su primera comparencia en público. Yo, no del todo, según parece. En mi intervención, expliqué que la línea de la editorial, de la colección en la que la hemos incluido, se veía con esta novela algo alterada, puesto que hasta ahora, así lo entiendo yo, lo que hemos publicado, lo que hemos querido publicar siempre, mejor, es tal vez literatura para lectores algo más avezados que los que pudiera obtener la obra de Pilar Rivas. Eso dije, "lectores avezados", y se lió. No, no en el acto mismo, no. Después, cuando quedábamos ya los justos. Que si así no se vende un "producto", me decían, que si había dicho algo "políticamente incorrecto", que si se pudo entender como "desprecio a los lectores" (y lectoras, disculpen) allí presentes. Bueno, lo que yo intenté no fue más que constatar un hecho. Hay Literatura, Gran Literatura, y literatura popular (y algunos grises entre medias), no creo que haya dificultad en entender eso. Lo que no podía yo era engañarme respecto a la naturaleza de esta novela de Pilar Rivas, que es literatura popular, y que está por ello destinada a un público menos, mucho menos exigente del que cortejamos nosotros habitualmente. Más amplio, por tanto, tampoco nos vamos a engañar. Yo lamenté, desde luego, que alguien se hubiera podido sentir menoscabado en sus aficiones literarias por mi comentario. No era ésa su intención, desde luego. No obstante, con aquellos reproches (de perfil bajo, no crean) pude constatar también (con cierto regocijo, dicho sea de paso) que los lectores menos avezados tienen también su corazoncito y que son algunos bastante susceptibles, quizás algo escasos de deportividad a la hora de aceptar su posición. No sé. Es su problema, me dije. Ahora insisto en que no intenté otra cosa que localizar esta obra en sus precisas coordenadas. Pero no deja de tener gracia (y cierto alcance igualmente) la polemiquilla. Me faltó tal vez hablar ahí de El Corsario de Hierro, o del Capitán Trueno, o de los Hollister, todos ellos con sus héroes y sus impagables villanos que tanto gozo me proporcionaban en mis inicios lectores. No lo hice y lo pagué.

Por lo demás, Pilar Rivas estaba exultante firmando ejemplares de su primera novela, como se observa en la foto que incluyo en esta entrada. Eso sí que no tiene precio. Eso también lo dije: lo que mayor satisfacción nos proporciona, lo que creemos que verdaderamente merece la pena de esta actividad editorial nuestra, es posibilitar que escritores de valía (según nuestros avezados criterios, claro está) lleguen a los lectores, a todos, a los más y a los menos avezados, sea lo que sea lo que escriban ya, Gran Literatura o Literatura Popular o de aventuras o de entretenimiento, llámenla como quieran... Pilar Rivas es uno/a de ellos/as.

En fin, para terminar, aquí dejo algunos sinónimos de "avezado" que podrán aclarar seguro su significado (ése que, dije maliciosamente, a lo mejor a alguno de los presentes se le habría escapado): experimentado, veterano, ducho, diestro, curtido, endurecido, encallecido, ajetreado, aperreado, baqueteado, traqueteado, trajinado, zarandeado, acostumbrado, habituado, aguerrido, ejercitado, experto. Elijan el suyo, yo ya lo he hecho.

sábado, 30 de octubre de 2010

Correspondencias, de Hugo Abbati





















Acaba de salir la novela de Hugo Abbatti Correspondencias. Esta novela narra con acento bernhardiano el derrumbamiento progresivo de dos conciencias. Los dos polos de la correspondencia que se reinicia de improviso y tras mucho tiempo de silencio entre dos amigos (y entre terceros conocidos), se establecen entre un mundo cerrado y metodológico (ciencia) y otro sometido a las presiones sociales, políticas o económicas (la vida misma); desde un aislamiento elegido con una finalidad prefijada (relaciones virus-proteínas), hasta un destino más convencional que incluye mujer e hijos y la lucha por la existencia en condiciones precarias. El igualmente progresivo deterioro gramatical y sintáctico de los personajes, ejercitado con habilísima intención, pretende dar cuenta de ese derrumbe que (nos) advierte poco a poco de la ausencia de tierra firme. Hacerse cargo de esta incertidumbre es lo que ellos no podrán evitar.
Hugo Abbati nos propone aquí un interesantísimo juego estructural, a través del cual vemos cómo la vida (la de estos personajes, al menos), vista muy de cerca, pierde su forma y se diluye en esa incertidumbre radical. Ensaya, en fin, con verdadera eficacia tanto artística como emocional, una suerte de parábola sobre la incidencia del progreso tecnológico y científico en nuestro discurrir cotidiano. Todo comienza con la anécdota del gato…

Os la recomiendo vivamente, con toda mi energía, estoy seguro de que la disfrutaréis como lo he hecho yo.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Muy pronto

Estas Poéticas capitales de Francisco Javier Torres constituyen una contundente y muy personal aproximación a las más importantes poéticas del pasado siglo en Málaga sobre todo. Un lugar fundamental en el libro lo ocupa el trabajo dedicado a las poéticas de los años 60 y 70, en el cual se desarrolla un estimulante estudio de los autores más destacados de esos años (Alfonso Canales, Rafael Pérez Estrada, Rafael Ballesteros o José Infante), para finalizar atendiendo a las más novedosas formas de escritura poética que se iniciaron por entonces. Un estudio de las poéticas fundacionales de estos autores, pues, que no provocará indiferencia en cualquier caso, pero también un muy interesante repaso al ambiente cultural de esos años que resultaron claves sin duda para definir nuestra sensibilidad actual. Se incluyen previamente varios trabajos sobre José Antonio Muñoz Rojas que son producto de la lectura atenta que de sus libros ha venido realizando a lo largo de los años. Tres estudios más sobre autores procedentes del espacio exterior y no atendidos tal vez como se debiera (Rafael Juárez, Carlos Alcorta e Ives Bonnefoy) sirven de contrapunto a lo anteriormente tratado.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El hombre que sabía demasiado

Mi viaje a Valencia para presentar Conozco un atajo que te llevará al infierno, el libro de Pepe Cervera que hemos publicado hace muy poco, ha resultado iniciático después de todo. Y bien que le conviene a la obra que haya sido así, ahora que lo pienso, aunque mirásemos después del acto, eso sí, para el lado contrario, para el celeste, nada de infiernos. Ha habido ya, como es lógico, muchos viajes con el mismo propósito, pero ninguno ha estado envuelto en la mistérica naturaleza de éste de ahora. De modo que he podido saber allí por la boca misma del propio difunto que Vicente Gallego ha muerto. Un notición me llevo a Málaga y cosas así dije medio en broma, pero como creo que no podía oírme porque ya no existía, no sé si se percató del jubiloso asombro que también contenían mis comentarios. Asombro y júbilo, así es. Y no sólo por esa afirmación, que podría parecer algo tenebrosa pero que no lo era o que podría, por otro lado, inducir con facilidad a pensar que hablaba en metáforas, que se refería, por ejemplo, a su obra o a su existir convencional, nada de eso. No sólo por ella así a secas, sino por lo que añadiría después el finado respecto a que su ser había abandonado el lugar donde se encuentra la ensimismada consciencia del individuo Vicente Gallego para convertirse en pura energía colectiva homologable con esa otra energía superior que conforma el universo entero, de tal manera que Vicente Gallego, insistió, ya no existía, había muerto, por tanto, y en su lugar podíamos ver, si quisiéramos, la pura materialidad inmaterial de la que participan todos y cada uno de los elementos (aire, piedra, etc., incluido por supuesto el ser humano) de lo que conocemos, tal vez erróneamente, apostilló, como creación (eso dijo, o vino a decir, no sé). Concluyó afirmando, y de ahí sobre todo mi júbilo, que por esto mismo no le teme, no puede temer a la muerte, puesto que ya le ha acaecido. Yo quise saber por qué vía había llegado a semejante conclusión. Aludí a los gnósticos, a los místicos, a Madame Blavastki, qué sé yo, pero sólo repetía como un mantra tibetano, negando cualquier implicación de la fe, que no era de metafísica ni de teología de lo que hablaba, sólo de consciencia, de certezas adquirida a través de la razón. El asunto desde luego no es baladí, y lo del miedo a la muerte a mí, lo confieso, me sobrecogió. Quizás más porque estaba, estoy, muy sensibilizado con este tema después de haber terminado apenas de leer Ruido de fondo, el fabuloso tratado de Don de Lillo sobre tan peliaguda cuestión. Hubo un momento en que vi a Vicente Gallego, o a lo que a mí me parecía Vicente Gallego, coger un comprimido de una cajita y no pude evitar acordarme del Dylar, ese medicamento experimental que pretende actuar sobre la zona del cerebro donde se cobija nuestro ancestral miedo a la muerte para reprimirlo hasta su extinción. Es glorioso, pensé, este hombre que tengo frente a mí tiene a su vez el secreto para conseguir aniquilar esa idea que a nosotros nos atormenta de un modo tan monstruoso, sismográficamente. Si ha logrado sortearla mediante ese procedimiento racional que defiende, pensé también, si no le afecta en lo más mínimo ya, si no miente, y Vicente Gallego, o lo que yo conocía como Vicente Gallego, no es desde luego un charlatán, no hay más que introducir su nombre en un buscador para saber de quién estamos hablando, si no miente, digo, es que ha llegado, por un camino, eso sí, por el cual a mí al menos se me hace difícil transitar, a saber tal vez demasiado. No pude por ello evitar tampoco entonces sentir algo de envidia de aquel cadáver.
La presentación que hizo del libro de Pepe, previa, claro, al viático que se nos administró, fue estupenda. Puede echarle un ojo aquí el lector interesado. Yo tenía verdadero interés en leerla después del notición que estoy contando, lo de la muerte de Vicente Gallego, etc., por si pudiera sugerir algo de lo que escuché después, pero para mi sorpresa nada hay en ella que haga intuir siquiera esa iniciática sabiduría. Ni leyéndola hacia atrás. De lo más mundana resulta, de aquí, de esta tierra, certera, aprehensible y brillante, incluso algo canalla, como a mí me gusta, dicho sea de paso y como prevención para posibles confusiones...

viernes, 9 de octubre de 2009

Regalo de cumpleaños

José Antonio Muñoz Rojas, que hoy habría cumplido 100 años, me dio este poema hace muchos años en su casa de la calle Comedias de Antequera, una mañana en la que me acerqué yo a visitarlo y a pedirle alguna cosa para un nuevo número de nuestra revista de poesía de por entonces. Acababa de terminarlo, me decía. Una paráfrasis de un poema del poeta polaco Czeslaw Milosz. Galeote, la revista de entonces, se extinguió y el texto quedó entre mis papeles sin que ni él ni yo nos acordáramos más del asunto. Ahora cobra un especial significado para mí porque hoy celebraría su cumpleaños y porque, curiosamente, como he comprobado, el texto ha permanecido inédito. Un pequeño tesoro he conservado, pues, sin saberlo, todos estos muchos años, ay, transcurridos desde que me lo entregó.
El poema desde luego no tiene desperdicio y pertenece, calculo por aproximación y confirmo por el tono inconfundible, al tiempo en que escribía su magnífico poemario Objetos perdidos, a comienzos de la década de los noventa. Una delicia de poema escrito por un genial ochentón, pues, que hilvana sus versos con el pie dado por otro ochentón genial, una genuina muestra de la capacidad del poeta para frivolizar, como vemos con frecuencia en su obra, de manera trascendente. Y el final es de traca, un aviso para navegantes, claramente en la línea de sus principios creativos al respecto de la futilidad de la literatura y más allá, de la idea de su inutilidad en el fondo, vamos, que le acompañó siempre y que demostró en la práctica con su absoluto desprecio de los oropeles y reconocimientos que, aunque tardíamente, le procuró su obra. Él no los buscó nunca, desde luego, y eso lo hace más grande aún de lo que habría podido llegar a ser, de lo que ya era.

Leí el poema en público el pasado miércoles en el homenaje a su memoria que organizó un grupo de amigos en Antequera. Lo dejo aquí ahora como el mejor regalo de cumpleaños que pudiera hacernos a nosotros su autor.

También dejo aquí el poema de Milosz del que creo que procede el de Muñoz Rojas. No confirmé en su día su procedencia, pero tal vez sea el texto del polaco que más se aproxime al del antequerano, como se podrá comprobar.

Confesión

Paráfrasis de un poema de Czeslaw Milosz

Señor, me gustan mucho los dulces,
y la cintura y la curva de las caderas de la mujer,
Y los jazmines en setiembre, y el olor, ¿dónde están esos nardos?
y el pan con aceite y naranja y un poquito de canela,
y el jugo de limón. ¿Por qué a mí esta llamada
si nadie en mí confía?
Cómo se me van los ojos
tras la chica que me sirve y los sentidos todos.
Lleno de ambición confesada, admirándola donde habite
no del todo, sólo en parte.
Sé la suerte de los para poco, como yo,
un festín de mínimas esperanzas,
un torneo de jorobados, literatura.


Y el texto ahora de Milosz en la traducción de Gerardo Bertrán, al lado del cual el de Muñoz Rojas resulta angelical, no sé, compartiendo pensamientos, sí, pero descarnado éste y pudoroso aquél. Otro delicia añadida por contraste.

Honesta descripción de mí mismo

Tomándome un whisky en un aeropuerto,
digamos que en Mineápolis

Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones,
mis ojos se debilitan, pero siguen siendo insaciables.

Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas
en telas ligeras.

A cada una la observo por separado, sus traseros y
sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.

Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba
en lugar de entretenerte con juegos y diversiones de jóvenes.

No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho,
ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado
de la imaginación erótica.

No deseo a esas criaturas en particular, lo deseo todo,
y ellas son como el signo de una relación extática.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad
de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser
como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos,
de estos pesados huesos.

Transformado en mirar puro, seguiré devorando las
proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios,
esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la
extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas visibles.

lunes, 5 de octubre de 2009

José Antonio Muñoz Rojas. Recordatorio

Este texto lo escribí y publiqué en El correo de Sevilla en 1994, cuando pocos, muy pocos aún, éramos los que conocíamos al maestro antequerano. He disfrutado muchos años de su amistad y ahora se ha muerto. Aunque esperado el trance (habría cumplido 100 años este próximo viernes 9 de octubre), no ha sido menos doloroso. Lo dejo aquí como pequeño homenaje y recordario.


José Antonio Muñoz Rojas. Recordatorio

Quizás sea Torrente Ballester, en su Panorama de la Literatura Contemporánea, quien mejor haya acertado a definir la responsabilidad de todos los que tras la guerra permanecieron en España. “Corresponde a los que aquí permanecieron –dice– el honor y el dolor de mantener contra viento y marea la continuidad cultural española, de servir de puente entre las generaciones anteriores y las siguientes a la guerra. […] Son los que tras la guerra de 1936, restauraron la vida intelectual de España, la mantuvieron en conexión con Europa y cuidaron de mantener su vida y su altura.” Mucho antes, ya había manifestado Dionisio Ridruejo el empeño que movía a estos hombres: “deberá ser el de fraguar verdaderamente la síntesis de lo heredado para darlo a su vez en herencia”. Lo heredado era una palabra poética en proceso de rehumanización tras los juegos estéticos a los que había sido sometida a lo largo de la década de los años veinte; una incipiente búsqueda de lo más radicalmente humano, el deseo de restablecer el contacto entre la poesía y la vida. Se rescata a Bécquer, a Garcilaso, se defiende la impureza de la poesía desde las páginas de Caballo verde para la poesía… Así estaban las cosas antes del conflicto. Y éstas dan lugar después a una vuelta a los maestros del 98, con Unamuno y Machado a la cabeza. De Unamuno tomarán la visión trascendente y angustiada del hombre en el mundo; de Machado, el gusto por una poesía sencilla y familiar. Se adopta también, como divisa no expresa, a partir de Abril, de Luis Rosales, el verso de Vallejo “hacedores de imágenes, devolved la palabra a los hombres”. La poesía ahora va a caracterizarse por la utilización de la palabra poética con significado pleno frente al lugar predominante que ocupaban los tropos unos años atrás. Salvo este rasgo tan característico, en esencia, el grupo de poetas que constituye la llamada Generación de Posguerra no es formalmente innovador. El clasicismo estrófico de sus composiciones era algo que estaba en los poetas inmediatamente anteriores, lo mismo que el verso libre. Es en el aspecto temático donde puede hablarse de innovación con la vuelta a un intimismo neorromántico que había quedado proscrito; con la adopción también y sobre todo, de un tono trascendente en línea directa con Dios.
Es muy delicado hablar de modas poéticas referidas a esta última temática, pero, sea por las tristes circunstancias por las que atraviesa la sociedad en esos momentos, por la presencia constante de la Iglesia que va a ocupar posiciones postridentinas, o por el talante bastante más conservador de estos autores (sin olvidar la decisiva influencia que sobre algunos de ellos va a ejercer el pensamiento de Xavier Zubiri acerca de la poesía como contemplación y del hombre como verdadera luz de las cosas), lo cierto es que hay ahora un verdadero desbordamiento metafísico y religioso fácilmente observable en todos ellos al margen de su evolución posterior, desde Luis Rosales a Blas de Otero, pasando por Celaya, Vivanco o Crémer.
Muñoz Rojas, por edad y por sensibilidad participa de los rasgos y temas apuntados y debe su fama a libros que mantienen el registro amoroso, si bien trascendente. Un sello personal e inconfundible, una “dulce ironía” y un “ingenuo cinismo” hacen sin embargo de su Ardiente jinete y de sus Cantos a Rosa, sobre todo, dos de los libros de poesía amorosa más atípicos y refrescantes del panorama lírico entonces dominante.
Pero al lado de esta veta cultivada con asiduidad y maestría, se encuentra la claramente metafísica y religiosa. Quizás el pudor por lo que tiene de descubrimiento total del alma, tal vez el lúcido deseo de que no se tomara como algo circunstancial o anecdótico, lo cierto es que Muñoz Rojas no la ha hecho pública de forma ordenada y en conjunto hasta la reunión de casi toda su poesía en un solo volumen editado hace pocos años en Málaga por Cristóbal Cuevas: hasta que ha sido de noche no ha querido mostrar sus heridas, como más o menos decía en un premonitorio poema de Versos de retorno, su primer libro. Ahí, en los romances y coplas de corte machadiano, se apuntaba ya el profundo latido del hombre en contacto con la divinidad. En Al dulce son de Dios, escrito entre 1936 y 1945, hay una exaltación de la naturaleza, de este mundo como reflejo de Dios. El influjo de Zubiri se concentra en el verso “…todo lo que se nombra tiene belleza en nombrarlo…”. La muerte se acepta aquí porque supone el encuentro anhelado y definitivo con Dios, idea que no puede dejar de recordarnos la vinculación del poeta con los místicos de nuestro siglo XVI o con sus estudiados metafísicos ingleses, John Donne o Richard Crashaw. En actitud jansenista, todo en este mundo es inspiración divina y este mundo tránsito hacia la verdadera vida, etc.
El optimismo y la confianza en Dios de estos versos van a desembocar en la voz escéptica y un tanto pesimista de Oscuridad adentro, libro que recoge poemas escritos entre 1950 y 1980, un largo periodo en el que Muñoz Rojas entra en su plena madurez. En un tono mucho más interiorizado, estos poemas van a ser la expresión serena de un hombre que sigue amando a Dios y a su creación, y que acepta su destino mortal con resignación, es cierto, pero se pone ahora aquí de relieve la complejidad de la vida y se patentizan el dolor y el desengaño que acompañan siempre a la existencia humana, por eso este libro está más cercano a nosotros, desde luego, según creo, y sus “reproches” a Dios le hacen cobrar credibilidad a la vez que universalidad.
Estas levísimas pinceladas quizás sirvan para llamar la atención sobre unos poemas que son ejemplo egregio del debate que desde el racionalismo sufrimos los mortales entre lo real y lo espiritual. Racionalismo trascendente llama Enrique Baena a lo que en ellos se practica.
El caudal poético de Muñoz Rojas, no obstante, no se agota con sus versos, junto a ellos, confundidos a veces con ellos, nos encontramos libros en prosa que muestran de igual modo a un escritor de excepción. Muy recientemente ha unido dos títulos más a la nómina de su obra en prosa: Amigos y maestros y La gran musaraña. Narra éste último la peripecia vital e impresionista de los años que van desde la infancia hasta el estallido de la guerra civil española. Rafael Conte decía en la recensión que hizo de él que ojalá su autor se decidiera pronto a continuar la historia, esa historia que, como poco a poco vamos comprobando, procuró en todo momento mantener y mantuvo, dentro de sus posibilidades, dicho sea de paso, el tono y la altura de la vida intelectual de nuestro país en unos años de infausto recuerdo.

sábado, 15 de agosto de 2009

Monsieur Goffette

José Luis Reina y yo estuvimos la otra tarde en Nerja haciéndole una visita de cortesía al señor Herrerito, que es como se llamaría en español, según Reina, monsieur Goffette. El señor Herrerito, pues, es un afamado poeta belga que próximamente publicaremos en nuestra Colección de Literatura Internacional NorteySur. El señor Herrerito ha sido merecedor de muchos y renombrados premios en Bélgica y Francia, adornados con nombres tan sonoros como los de Mallarmé o Senghor, aunque el más importante de todos es sin duda el que le otorgó en 2001 la Academia Francesa por toda su obra, el equivalente aquí al Nacional de las Letras. El señor Herrerito, además de uno de los poetas más admirados en lengua francesa, es un respetado crítico literario y un narrador de prestigio. Ahora vive en París y trabaja en Gallimard, la editorial equivalente allí a nuestra e.d.a. Pero ha sido también profesor, impulsor de empresas literarias y, sobre todo, vagabundo, afición ésta, que no otra cosa se necesita para serlo, que le llevó a recorrer medio mundo con lo puesto. El señor Herrerito es un hombre afable y parlanchín que adora a España porque dice que se respira una libertad imposible de encontrar en el carácter francés (ja, dije yo para mí), y, sobre todo, porque se puede fumar sin restricciones (bueno, eso sí, dije también para mí, ya que no sabía cómo hacerlo en su idioma, aunque soltara yo, no obstante, un oui a secas, sin matiz alguno, contundente, en todo caso). Yo creo que nos ve todavía como algo pintoresco, algo así como un estado virginal no alcanzado todavía por el exceso de razón. Allá él, yo no se lo voy a explicar y menos en francés. Así que nos visita junto a su deliciosa esposa cada año desde hace veinticinco. Ella fue, al parecer, quien le transmitió el virus que contrajo la primera vez que vino a España cuando Franco aún vivía, aunque juró no volver hasta que se hubiera muerto -como Frank Sinatra, pero con menos repercusión, le dije yo a ella, que sí hablaba algo de español-. Así lo hizo. Ahora la pareja es ya fija en Nerja todos los veranos y planean comprar una casa en Torrox. Otro lujo aquí, dije yo otra vez para mí.
Hablamos, hablaron, vamos, José Luis y el señor Herrerito, que yo, por la alienación idiomática en que me encontraba, tenía que solazarme a ratos prolongados unas veces con mi espacio interior, otras con la vista de algunas bañistas que se distinguían en la playa cercana. Hablaron, pues, de grandes poetas franceses, de Cocteau (a quien, por cierto, no aprecian demasiado en Francia y es curioso), de Jaccottet, de Sollers, de Bonnefoy. Yo al oír esos nombres y entender inmediatamente de qué estaban hablando, abandoné mi arrobo y les dije que el mejor poeta francés era Marcel Duchamp. Una broma que le hubiera gustado oír a mi amigo Montano y que no entendieron. Para suavizarla, les dije también que el mejor poeta español era Nuno Judice. Creo que tampoco lo entendieron. También hablamos, claro, con intermediación, del libro que le vamos a publicar y que saldrá en noviembre o así, de la portada que le gustaría que llevase La vida prometida, que así se titula el libro. Él la ve azul, la vida y la portada. Veremos. En fin, aunque limitada por las fronteras lingüísticas mutuas (el señor Herrerito tampoco habla una puta palabra de español, ¿eh?, que conste, y eso que lleva viniendo aquí veinticinco años seguidos), pasamos de verdad una muy placentera tarde literaria. Muy parecida, por cierto, a la que pasamos José Antonio Montano y yo muy pocas semanas antes. Él ha dado cuenta aquí ya de ese ratito y yo le prometí replicar. Tenía el título de la entrada, sería "Montano miente", para enredar, más que nada. Pero no, no miente, tengo que admitir que es cierto todo lo que cuenta, y que brindamos y todo por Bernhard, aunque no diga, eso sí, que aplaudimos también. Se lo merecía, nos lo merecíamos.

sábado, 7 de marzo de 2009

La levedad de José Antonio Padilla

Lo que de verdad irrita es que una necrológica tan sentida y hermosa y merecida acabe con el reclamo publicitario para comprar, a buen precio, un BMW. Descúbrelo, nos dicen, cuando lo que de verdad deberíamos descubrir todos nos ha sido otra vez abruptamente mostrado, arrojado al rostro, poco antes: que somos una puta mierda, y que seguimos sin enterarnos. De qué demonios me sirve a mí un BMW después de esto. En fin, el tacto periodístico en la era del capitalismo de ficción.

Lo que quería decir es que ha muerto José Antonio Padilla. Ayer lo enterramos. Tenía 33 años. Una lástima. De José Antonio publicamos en nuestra editorial su libro Noches áticas, que ahora, de repente, por la más trágica vía luctuosa, ha cobrado para mí un inusitado simbolismo. Ahora que practica ya definitivamente su "lengua padre", el silencio, como él decía, pienso en la levedad de sus versos, en ese ejercicio de despojamiento, de sustracción de la gravedad del mundo que habitamos, de reacción al peso del vivir, como si fuera la única vía posible de entendimiento con nuestra identidad. Lo delicado, lo amable, lo conciso y claro, la lucidez que acompañan (que acompañaban, ay) siempre a sus versos en este libro enjuto, podrían entonces actuar tal vez muy bien como el correlato de nuestra propia existencia. Ésa pudiera ser su lección.

Un poema suyo escrito en esas noches áticas, desde un ático, quiere decir, pero pleno de esa sabiduría helénica a la que alude también el título, como muchos de los suyos, dice conmovedoramente, premonitoriamente:

INSOMNIO

Qué hago aquí,
en esta intimidad de brújula,
al este
de un barrio sin futuro.

Qué hago aquí,
imaginándote
sílaba a sílaba,
deletreándote
hueco a hueco

Debajo de mi insomnio
parece que hace guardia un coche fúnebre.


José Antonio Padilla publicó también un libro de aforismos, Colección de olas, en la colección Puerta del Mar de la Diputación de Málaga. Ése es su breve legado bibliográfico, aparte de estar presente en algunas antologías y haber conseguido algunos premios. En este libro de alados aforismos dejó perlitas como esta reflexión sobre su militante levedad:

La imprecisión de lo leve es una precisión más suave.

o como ésta, deliciosa y traviesa:

Se quitó el sujetador: abrió la puerta de su confitería.

Descanse en paz mi querido amigo.