lunes, 1 de febrero de 2010

El hombre que quería ser Salinger

Estuve el miércoles pasado leyendo el magnífico libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz Quédate donde estás. Hay verdaderas joyas ahí. "Vitruvio", por ejemplo, con todo su humanístico peso davinciano de fondo (proporción, perspectiva, etc.), en el que se nos cuenta la historia de un atribulado ser, aspirante a escritor, que se somete a las más novedosas técnicas de cirugía para la implantación de brazos ajenos promovida por el siniestro Proyecto Octopus. Tres pares intrusos, no uno, como en el boceto de Leonardo de aquí al lado, de incierto origen todos ellos, se adscriben por vía clínica al cuerpo del narrador de esta inquietante y maliciosa historia buscando en fin la ansiada entrega total a la escritura. Un par de brazos "fuertes" se implanta; otro par "femenino" que lee sin descanso (El hombre sin atributos en tres días es su plusmarca); otro par de brazos "raros" que escriben a todas horas y rellenan uno tras otro los innumerables cuadernos Moleskine que le suministra su propietario ocasional, mientras el par de brazos "original" fiscaliza el resultado. Y llega a obtener así el escritorzuelo un éxito inopinado y fulgurante con su primer libro de relatos. En ocasiones, feliz, se mira al espejo con los ocho brazos extendidos y halla en ellos "un indicio de lo que podía ser la belleza", "era brazos y era bello...", afirma con convicción, poco antes de que se cierna la tragedia sobre este equipo inverosímil, poco antes de que la editorial conmine a la ahora rutilante estrella a escribir una novela (Viajeros del mes de abril, propondrán los brazos "raros" al desconcertado gerente de la empresa como título para el nuevo y escurridizo proyecto en el que no paran de pasar los vencejos...), una novela que atrape definitivamente a los innumerables lectores conseguidos, después de todo, con un genero menor. El texto es un prodigio de imaginación, contención, control narrativo y finísima ironía a partes iguales. Hay un delicioso "donoso escrutinio" sin desperdicio igualmente. Y su escena última recuerda a aquélla otra memorable al final también de Cosmópolis, la novela de Don de Lillo, en la que se encuentra de forma inevitable el protagonista con la demoledora verdad de su ilusoria aventura.

"Hacer feliz a Franz" habla así mismo de apasionados escritores que desean fervorosamente entregar su vida a esa espúrea actividad. Miguel Ángel Muñoz recrea aquí quizás la más perdurable y no poco conocida lección de sometimiento a la escritura que Kafka nos sugiere en sus diarios, por la cual todo lo que necesitaba para ser feliz en la vida era una pequeña habitación sin apenas mobiliario, papel y pluma en cantidad suficiente, y algún frugal sustento que alguien cercano le proporcionara a diario, sin intromisión alguna, mejor introduciendo ese sustento por debajo de la puerta bien cerrada. En este relato, el deseo de Kafka toma cuerpo en forma de apuesta con el hermano de Max Brod. Y se encierra Franz en el habitáculo y ve Brod cómo pasan los días y cómo va perdiendo la apuesta mientras aquél escribe sin parar y se solaza de vez en cuando con algún fragmento de Così fan tutte.



Leí el miercoles varios relatos más de este, insisto, magnífico libro. Entre ellos, claro está, el primero, uno cortito de los que alterna Miguel Ángel Muñoz con los de mayor extensión a modo de rellano, de isleta donde tomar el resuello suficiente que nos permita volver a sumergirnos de inmediato en la brumosa densidad de su media distancia, que hasta en esto parece que quiere cuidar al lector (él lo es, de los más voraces, desde luego). Este relato corto que abre el libro lleva por título "Quiero ser Salinger", y nos planta sin aviso un sonoro bofetón en el rostro cuando nos dice el narrador que quiere ser Salinger, "como lo oyen, escritor, pero Salinger". Vivir además retirado en la sierra de María, bajar de vez en cuando, eso sí, a Almería, agredir llegado el caso a algún periodista que quiera captar su imagen y, sobre todo, sobre todo, ser capaz de escribir una obra maestra (Amores impecables, propone como título para ella), "romper al primer intento la diana y luego diluirse en un par de libros añadidos", etc. Jerome David Salinger no es mala advocación, como no lo es tampoco la refencia a Kafka de antes. Es más, yo diría que son casi las dos únicas posibles si lo que se desea por encima de todo es llegar a ser un escritor, un escritor, digo, medianamente aceptable. Hay autores preferidos, mejores o peores, que gustan más o gustan menos, pero con estos dos (algún otro, claro, se podría añadir, dos, tres a lo sumo) sería suficiente para saber en qué diablos consiste la literatura y para poder amarla (y practicarla si se quiere) con toda la intensidad de la que somos capaces de disponer. Y eso es lo que encierra este libro en última instancia, un inusitado y profundísimo ejercicio de admiración por la Literatura, por la Literatura en su dimensión lectora tanto como en su versión práctica. Yo no sé si Miguel Ángel Muñoz romperá la diana con este libro, tal vez lo más probable sea que no, pero sí lo es que su religión ganará bastantes adeptos, muchos más, todos aquellos quizás que se acerquen a él, de eso sí estoy seguro.

En fin, todo esto lo leí, como digo, el miércoles. Al día siguiente se murió Salinger y se me ocurrió pensar que Miguel Ángel muy bien podría tener ahora la oportunidad que esperaba toda vez que la plaza ha quedado vacante. No es mal candidato, desde luego que no, sólo debe para ello esconderse un poquito más, lo otro casi, casi lo tiene ya hecho.

lunes, 25 de enero de 2010

La levedad de José Antonio Padilla (bis)

Hoy han estado el Equipo A de la Poesía en Málaga y varios de sus adláteres acordándose juntos del bueno de José Antonio Padilla. Los ha reunido a todos el C.A.L. en el puerto, en un acto de justicia provocado por el más injusto de los actos que debemos soportar todos, ése de morirse uno con treinta y pocos años sin haber hecho daño a nadie todavía. Porca miseria. Estremecía la fecha del rótulo: 1975-2009, pero el acto ha sido sobrio. Ningún panegírico, ninguna inflamada afirmación, nada de contenidas emociones a punto de explotar, etc., tampoco lúgubre solemnidad o luctuoso envaramiento. Por eso yo creo que a José Antonio no le hubiese importado estar presente, no hubiera sido embarazoso para él acompañarnos, de tan leve como al final ha resultado la reunión. La levedad, como dije ya, e insisto una vez más, era una de las cosas que más pretendió José Antonio en todos los órdenes de su corta existencia. Levedad emocional, levedad literaria como quería Calvino, aunque tal vez sean ambas la misma cosa, no sé. Pero levedad, en cualquier caso, para poder conjurar el plomizo atentado que a veces resulta este no del todo descabellado empeño nuestro de querer seguir viviendo. Por eso digo yo que muy bien podría haber estado él con nosotros. Pero no ha podido ser, se lo ha impedido ese empeño suyo de ahora por conocer a la perfección su admirada "lengua padre".

Yo iba a leer de su libro Noches áticas el poema "Claridad", que dice lo siguiente:

"Ni con la nocturnidad de las olas que llegan muertas a la playa, ni con el temblor de un pájaro enjaulado. Ni con la suficiente forma de un cuerpo que busca otro cuerpo. Ni con el discurso mudo de la rosa ni con la fingida caricia de la luz.
Más allá de cualquier metáfora, fue tu cuerpo desnudo la más hermosa claridad de la noche."

Pero la inapelable ventaja en el orden alfabético de intervención de que disfrutó Jiménez Millán hizo que me pisara el texto. Elegí éste otro del mismo libro titulado "Invierno", tan leopardiano, por cierto:

Este cielo se sale de sus límites.
Este cielo se aísla de sí mismo.
Este cielo que arrasa una tormenta
no quiere ser más cielo.

Miramos tú y yo este cielo
y sabemos que hay algo inesperado,
algo que viene desde la prehistoria
y se presenta a escondidas,
con relámpagos y misterio.

Mirar el cielo y pensar en la muerte,
mientras el viento rompe los cristales
y el amor es un símbolo.

Al final se proyectó un montaje audiovisual con fotografías y textos. Luego ya nos retiramos todos a nuestras cosas. Y a alguno me pareció ver avanzando separado un par de dedos por encima del suelo, como sobrevolándolo. No sé, tal vez sea contagiosa tanta ligereza, sí, tal vez.

lunes, 11 de enero de 2010

viernes, 8 de enero de 2010

Tres poemas de amor

Me interesa la diferencia entre estos tres poemas de amor. Tres aproximaciones bien distintas, y eficacísimas, al, por otro lado, tan manoseado tema. ¿(Una) pasión femenina? ¿(Una) pasión masculina? ¿(Un) amor unisex, tal vez?

Este primero de Anne Sexton es pura energía, arrebatada autoconsciencia corporal, material, palpable, de un casi primario, emocional, enfurecido y, sin embargo, sofisticado deseo carnal que apunta igualmente a la "realidad" de las más oscuras zonas de su intelectualidad. Con una estrofa última demoledora, donde tal vez, en ese "loca de nieve", podamos encontrar (disculpad, pero, aunque suene cursi, hablo de técnica) el secreto de la poesía y un verso último que nos hace aterrizar sin contemplaciones:


EL PECHO

Esta es su llave.
Esta es la llave para todo.
Preciosamente.

Soy peor que los hijos del guardabosques,
picoteando en busca de polvo y pan.
Aquí estoy intentando crear perfume.

Déjame tumbarme en tu alfombra,
en tu colchón de paja -lo que tengas a mano-
porque la niña en mí se está muriendo, muriendo.

No es que sea ganado para ser comida.
No es que sea una especie de calle.
Pero tus manos me encontraron como un arquitecto.

¡Jarra llena de leche! Fue tuya hace unos años
cuando habitaba el valle de mis huesos,
huesos bobos en la ciénaga. Pequeñas bagatelas.

Un xilófono quizá, con piel
recubriéndolo todo, torpemente.
Sólo después se volvió algo real.

Después me comparé a estrellas de cine.
Y no estaba a la altura. Algo entre
mis hombros sí lo estaba. Pero nunca suficiente.

Claro, había una pradera,
pero sin ningún joven que cantara la verdad.
Nada con lo que poder distinguir la verdad.

Sabiendo nada de hombres me tumbé junto a mis hermanas
y resurgiendo de las cenizas grité
¡mi sexo será traspasado!

Ahora soy tu madre, tu hija,
tu novedad -un caracol, un nido-.
Vivo cuando están vivos tus dedos.

Visto seda -cubierta para ser descubierta-
porque es en lo que quiero que tú pienses.
Pero para mi gusto es un tejido demasiado severo.

Así que dime lo que quieras pero recórreme como un escalador
pues aquí está el ojo, aquí la joya,
aquí la excitación que el pezón aprende.

Estoy desequilibrada -pero no estoy loca de nieve-.
Estoy loca en el modo en que las niñas están locas,
con una ofrenda, con una ofrenda...

Ardo del mismo modo que el dinero.

(En Poemas de amor, Editorial Linteo)



Nuno Judice ahora modula y contiene la voz que, en contraste con el poema de Sexton, nos sorprende por su escasa efervescencia, por su muy intelectualizada reflexión sobre el lugar del deseo en el poema mismo. Interpela en él candorosa, casi angelicalmente al ser amado para decirle, tal vez, y absolutamente consciente de lo inservible de los recursos lingüísticos, que de nada sirve escribir(le) un poema de amor, puesto que su "realidad" no podrá alcanzar nunca esa otra realidad que se pretende. Una idea desde luego algo tópica, dicho sea de paso, pero que Júdice sabe recrear de nuevo con bellísimas e inteligentísimas imágenes (esa "flor futura que habita en el centro del invierno", por ejemplo, o ese "final de la línea, donde te espero"):

FIGURA CON REALIDAD

Te escribo ahora, por dentro de este poema.
Podía soñar que vas a nacer dentro de él, o
que estás dentro de él
como la flor futura habita el centro del invierno.
La analogía es el punto adonde el poema va a beber,
como se va a la fuente, o como se oye, en el silencio
de la tierra, un rumor de aguas subterráneas.
Entonces, tu voz se abre, como si fuese
la propia flor. Entra en mí,
y recorre los espacios desiertos de mi alma,
como si un viento empujase las puertas y las ventanas,
atravesase las salas, y avivase el fuego
en las cenizas del corazón. Me limito
a oírte en el intervalo de los versos, mientras
la vida reemprende, despacio, su curso:
oraciones por dividir, una enunciación de figuras
de retórica, el paralelismo
de ciertas comparaciones. Todo esto desembocaría,
como es evidente, en el ritmo
al que el poema obedece si no te encontrase
en cada cesura, como si tu imagen insistiese
en llenar los vacíos de la palabra. Entonces,
dejo que entres dentro del poema; y te veo
avanzar por las frases, hasta el final de la línea,
donde te espero,
como si cada sueño no se deshiciese
con el aire.

(En Tú, a quien llamo amor, Editorial Hiperión)


Y Antonio Damasio, por último, nos sugiere...

UNA HIPÓTESIS EN FORMA DE DEFINICIÓN

Considerando los diversos tipos de emoción, puedo ofrecer ahora una hipótesis de trabajo sobre las emociones propiamente dichas en forma de definición:
1. Una emoción propiamente dicha, como felicidad, tristeza, vergüenza o simpatía, etc., es un conjunto complejo de respuestas químicas y neuronales que forman un patrón distintivo.
2. Las respuestas son producidas por el cerebro normal cuando éste detecta un estímulo emocionalmente competente (un EEC), esto es, el objeto o acontecimiento cuya presencia, real o en rememoración mental, desencadena la emoción. Las respuestas son automáticas.
3. El cerebro está preparado por la evolución para responder a determinados EEC con repertorios específicos de acción. Sin embargo, la lista de EEC no se halla confinada a los repertorios que prescribe la evolución. Incluye muchos otros aprendidos en toda una vida de experiencia.
4. El resultado inmediato de estas respuestas es un cambio temporal en el estado del propio cuerpo, y en el estado de las estructuras cerebrales que cartografían el cuerpo y sostienen el pensamiento.
5. El resultado último de las respuestas, directa o indirectamente, es situar al organismo en circunstancias propicias para la supervivencia y el bienestar.

(en En busca de Spinoza, Editorial Crítica)


A mí, particularmente, los tres poemas me sirven, me conmueven por igual. Y éste último, precisamente, viene a abonar esa duda que albergaba hace muchos, muchos años, y que casi hizo saltar por los aires (que lo hizo, después de todo) la relación con un antiguo amor, sobre si existía él o me lo inventaba yo....

jueves, 31 de diciembre de 2009

En memoria de Iván Zulueta (gran pérdida)

Por una cultura al alcance de todos en este inminente 2010

INMANUEL

-Qué es esto?- exclamó el productor tras echar una ojeada a la primera página del guión-. ¿Está de pie y piensa? ¿Y por qué es de noche?
-Piensa, porque así empieza todo. Y tiene que ser de noche, porque él debe ver las estrellas. En el libro lo pone claramente: "El cielo estrellado sobre mi cabeza y la ley moral en el fondo de mi corazón."
Se trataba de una adaptación cinematográfica de la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant.
-¡Está de pie! Pero si en una película tiene que haber movimiento, ¿es usted un principiante o qué? Que camine, al menos, o mejor que corra, sin aliento, porque tal vez alguien le persigue. Eso da dinamismo y despierta el interés del espectador. Puede ser de noche, si quiere.
-Pero si corre no piensa, porque no tiene tiempo.
El productor se sumió en sus pensamientos, como Kant hiciera en otro tiempo.
-Ya lo sé. Cambiaremos la situación. Kant está de pie en la barra de un bar, sin afeitar, porque tiene problemas. A ver, a ver. ¿Por qué lleva esa peluca? ¿Era calvo o qué?
-Es una película de época, histórica.
-¿Se ha vuelto loco? ¿Quiere hacer Los tres mosqueteros o qué? Lo trasladaremos a los tiempos modernos. Noche, un bar, varios tipos alrededor, ¿comprende? La vida misma.
-Pero, ¿y qué pasa con las estrellas?
-Muy sencillo. En el bar hay un televisor, precisamente dan La guerra de las galaxias. Kant lo está mirando, o sea que ve las estrellas.
-¿Y la ley?
-¿Qué ley?
-"La ley moral en el fondo de mi corazón". Lo escribió claramente.
-No hay problema. el Sheriff entra en el bar y Kant tiene miedo porque no tiene la conciencia limpia. Lo mejor será la droga.
Hojeó unas cuantas páginas del guión
-¿"Imperativo categórico"? ¿Qué es eso? ¿Algo relacionado con el imperialismo? No estaría mal.
-No lo sé, pero me parece que se refiere a que se está obligado a hacer algo.
-Claro que se está obligado a hacer algo. A cambiar este guión. Aquí Kant dice: "Éste es mi imperativo categórico", inmediatamente después de haberle dicho que no se casará con ella. Esto no puede ser, es muy flojo.
-¿Por qué muy flojo? Pero si ella le dispara.
-Pero el sexo normal ya no interesa a nadie. Kant tiene que ser al menos bisexual. Le añadiremos un sobrino.
-¿Por qué un sobrino?
-Porque será menor de edad. Kant es su tío y de paso tendremos también incesto. Ahora todo cuadra: el sobrino es drogadicto, Kant le proporciona la droga y por eso tiene miedo del Sheriff.

Terminamos la película en dos semanas. Se llamaba Mi nombre es la existencia, porque desde el principio se trataba de una película intelectual, por eso nos basamos en Kant. Pero a pesar de ello tuvimos un gran éxito de público. La popularización de la cultura empieza a salir a cuenta.

(En El Árbol, de Slawomir Mrozek, Ed. Acantilado)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Muy pronto

Estas Poéticas capitales de Francisco Javier Torres constituyen una contundente y muy personal aproximación a las más importantes poéticas del pasado siglo en Málaga sobre todo. Un lugar fundamental en el libro lo ocupa el trabajo dedicado a las poéticas de los años 60 y 70, en el cual se desarrolla un estimulante estudio de los autores más destacados de esos años (Alfonso Canales, Rafael Pérez Estrada, Rafael Ballesteros o José Infante), para finalizar atendiendo a las más novedosas formas de escritura poética que se iniciaron por entonces. Un estudio de las poéticas fundacionales de estos autores, pues, que no provocará indiferencia en cualquier caso, pero también un muy interesante repaso al ambiente cultural de esos años que resultaron claves sin duda para definir nuestra sensibilidad actual. Se incluyen previamente varios trabajos sobre José Antonio Muñoz Rojas que son producto de la lectura atenta que de sus libros ha venido realizando a lo largo de los años. Tres estudios más sobre autores procedentes del espacio exterior y no atendidos tal vez como se debiera (Rafael Juárez, Carlos Alcorta e Ives Bonnefoy) sirven de contrapunto a lo anteriormente tratado.

sábado, 19 de diciembre de 2009

El pensamiento cautivo

Uno de los libros más estremecedores que he leído en toda mi vida es precisamente el de Czeslaw Milosz titulado del mismo modo que esta entrada, publicado por la editorial Tusquet en 1981 y del que ignoro si existe reedición. A lo largo de sus casi trescientas páginas de apretada letra, publicadas originalmente ¡en 1953!, el escritor polaco, poeta sobre todo y narrador tambien, premio Nobel en 1980, lleva a cabo en El pensamiento cautivo una intensísima prospección en el horror que supuso la aniquilación metódica de toda conciencia humana, de toda crítica al sistema por minúscula que fuera, más allá de cualquier límite imaginable en los años en que vivió bajo la dictadura proletaria en su país, hasta que en 1951, siendo agregado cultural en Whashington, tuvo el suficiente valor para desvincularse del monstruoso engendro al que él mismo estuvo a punto de sucumbir y que algo más tardó en descubrir en toda su crudeza el resto de nuestro asteroide. No son sólo las condiciones de vida más o menos rigurosas de los alienados de una sociedad en la que "el acto de acusar al prójimo era la única manera de defenderse uno", lo que nos da escalofríos, sino el inusitado poder de persuasión, convicción y neutralización mental de la clase intelectual sobre todo que exhibía el sistema con su diabólico engranaje ideológico, prefigurado, como ya sabemos, en la obra kafkiana muchísimo mejor que en cualquier otra parte; el poder observar también cómo se comporta el espíritu humano en situaciones extraordinarias y comprenderlo, con todas sus implicaciones históricas, lo que podría constituir muy bien el humanísimo objetivo de este libro.
Al respecto de las implicaciones históricas no me resisto a copiar un párrafo extraído del libro Decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon, citado aquí por el propio Milosz:

La devoción del poeta o el filósofo puede estar secretamente alimentada por la plegaria, la meditación y el estudio; pero el ejercicio del culto público parece ser el único fundamento sólido de los sentimientos religiosos del pueblo, cuya fuerza procede del hábito y la imitación. La interrupción de ese ejercicio público puede consumar, en un lapso de pocos años, la considerable obra de una revolución nacional. El recuerdo de opiniones teológicas no puede conservarse mucho tiempo sin la ayuda de artificial sacerdotes, templos y libros. El vulgo ignorante, cuya mente se encuentra agitada por ciegas esperanzas y por terrores supersticiosos, pronto se dejará persuadir por sus superiores para que oriente sus plegarias hacia las divinidades reinantes en la época; e imperceptiblemente se impregnará de ardiente celo en apoyo y para la propagación de la nueva doctrina, que el hambre espiritual le obligó a aceptar al principio.

Pero junto a esta cuestión, digamos, de propaganda, se quiera o no, lógicamente a la inversa, que no es desde luego baladí, se nos dispone en paralelo el minucioso análisis introspectivo de la propia conciencia del autor tratando de explicar, no de justificar, desde luego que no, cómo puede llegarse (y se puede, he ahí el horror) a semejante enajenación de toda realidad para hacerla congeniar con el espíritu de libertad que se cree estar ejercitando. Un portentoso ejercicio de lucidez extrema sin lugar a dudas, que unido al profundo dolor que nos transmite cuando deja entrever, sin sentimentalismos, lo que supone verse uno extirpados a lo vivo la propia lengua y los lugares que habita, hace que, como digo, el libro resulte hipnóticamente sobrecogedor sin tregua casi alguna a lo largo de cada una de sus páginas. Y un aviso para navegantes también desde luego de primera magnitud que conserva además ahora mismo, para el que quiera verlo, toda su vigencia

Y recuerdo, ahora que me he puesto, otro libro también absolutamente sobrecogedor, quizás bastante más brutal, mucho más enfurecido que este de Milosz, sobre la conservación de la lucidez, lo único que tal vez puede salvarnos, en situaciones extremas: Más allá de la culpa y la expiación, de Jean Emerich, donde se nos habla de lo que supuso la existencia intelectual, si la hubo, en un campo de exterminio nazi. Y otro, El cero y el infinito, de Arthur Koestler... El horror, el horror, como diría el Kurtz conradiano, el horror existe y puede que nos alcance. Exorcizémoslo con la mejor literatura .

martes, 15 de diciembre de 2009

Liverpool, de Lisandro Alonso (y chapter III) (aunque menos Alonso ya)

Hugo y yo cruzamos todavía algún correo más aunque ya menos centrado en el cineasta argentino (nada que ver, pues, con nuestro archiconocido bicampeón mundial de Fórmula 1). Algo de cine japonés apareció, fíjate tú, bien apreciado por ambos, y unas gotitas además de buena literatura aparecieron también. Después de ellas me sumí en la lectura del Gaddis referido. Y aún lo estoy, y lo estaré un rato. Y lo comentaré con Hugo, claro está, cuando lo culmine (sí, culmine, es una escalada seria, una cumbre de proporciones gigantescas en todos los sentidos este libro que estoy leyendo, a lo largo, a lo ancho y a lo hondo). Discúlpenme, pues, si no aparezco por aquí mientras tanto todo lo que deseara.

El chapter III (y último, sí, y breve, qué pasa, no esperarán que estemos destripando esta película toda la vida ¿verdad?):

¡¡Claro!!! Erice, cómo se me pudo olvidar Erice. Y José Luis Guerín, qué olvido imperdonable también. Ves, ya sabía yo que algo de eso me ocurría con las prisas. Bueno, reparada queda la infamia (je, je), te agradezco el apunte. Y ya en el exterior, desde luego Kitano, todo, espléndido, me fascinó desde que vi hace bastantes años su Hana-bi Luego ya casi todo lo que he podido, Sonatine, Brothers, Zatoichi, El verano de Kikujiro. A mí me encandiló Kitano, vaya que sí. Y hay otro japonés por ahí, que si no conoces, te recomiendo fervientemente, Kiyoshi Kurosawa (nada que ver con el maestro, pero otro maestro, sin duda), Yo he visto Cure y Retribution. Y tengo por ahí todavía pendiente Kairo. Verdaderamente espléndido, único, tanto estética como narrativamente (aquí sí hay, sí, una buena historia, tremenda, sorprendente, onírica, fantasmal).
Y qué curioso, también yo estuve mirando cositas de Lowry hace unos días, de su espléndida Bajo el volcán. Oye, pues que me está gustando esta conversacioncita. Tiene su aquél. Me gustaría ponerla en mi blog. ¿Te importa?
Abrazos y que disfrutes. Nos vemos a la vuelta, claro que sí.
Paco


Parece que Takeshi, después de su "takeshis" ha estrenado "glory to the filmmaker", la segunda película sobre la condición del creador "confundido"; hay una tercera parte todavía no estrenada. es lo de Fellini ocho y medio pero a tres bandas. tengo la primera, que todavía no vi, y espero ver pronto la segunda (posiblemente lo haré en Bs. As.). el japonés está lanzado. a ver si después vuelve a sus maravillosas pelis sobre yakuzas (hay una primera trilogía de este tipo, magnífica).
en fin, que antes de partir a la primera patria debo concluir un trabajo sobre "límites y condiciones de la experiencia" (¡toma ya!) pare leer en unas próximas jornadas el día 20 de este mes (justo el día que luego parto).
respecto a Lowry, te recomiendo que te consigas (será vía Iberlibro, si puedes) una biografía señera sobre el muchacho, es de un tal Douglas Day y está editada en México (creo). Buena de verdad. En estos tiempos de escritores chorras, superficiales y charlatanes, vale la pena descubrir a un creador verdadero.
si le echas mano a Gaddis, coméntamelo (otro grande).
en fin, que parto.
con nuestro mails puedes hacer lo que te parezca, que me parecerá bien.
un abrazo.
sp.s.: si me escribes, intentaré contestarte desde el otro lado del charco.
Hugo


Por cierto, después de mi diatriba contra el cine español pude ver La leyenda del tiempo, de Isaki Lacuesta y me ha hecho suavizar mis posiciones. Si tienen la oportunidad no dejen de verla, es una joya de verdad, sin duda alguna.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Vetusta Morla

Hacía tiempo que no me entusiasmaba tanto con un grupo, con esta canción en particular, pero con todo su disco al completo, único hasta ahora que ha publicado Vetusta Morla. Desde que me encandiló La dama se esconde, y ya hace de eso, no me había pasado nada igual. Llevo no sé cuantos días escuchándolo y no me canso. Pop-rock del bueno, muy bueno, sin lugar a dudas. Escúchenla, escuchen sus guitarras, su letra sobre todo, intimista, poética, arrebatadora, definitiva...




Bueno, y con la guitarrita de Vini Reylli también me he entusiasmado hace poco, aunque esto ya no sé lo que es, flamenco-tecno-pop tal vez, pero qué importa, delicioso en cualquier caso. Ah, bendito Spotify...

domingo, 29 de noviembre de 2009

Liverpool, de Lisandro Alonso (chapter II)

A lo que alegaba Hugo sobre el cine de Alonso (nada que ver con nuestro egregio Meteoro) aduje yo esta reflexión sobre el cine español que sigue. No sé si algo radical, como digo ahí, realista, creo, en cualquier caso, me temo, insisto, y a pesar incluso de los "Cineastas contra la orden". Hugo replica, no obstante, con algunos olvidos imperdonables por mi parte (del cine reciente, del reciente, no del histórico, del que tal vez podamos tener todos buenos ejemplos en la cabeza). Ahí va, pues, el segundo asalto:

A pesar del pequeño reproche (tengo, en efecto, que admitirlo, Hugo), y que no le resta ningún valor o muy poco, por cierto, a pesar de él, digo, una de las cosas que me pregunto también después de haber visto el películo de Alonso, y que me reprocho yo, bueno, no personalmente, claro, sino a los talentos de este país, es qué clase de cine se hace aquí que pueda estar mínimamente a la altura de esta propuesta misma. Sí sé que que es absolutamente necesario mantener la industria, la poca que quede, pero al margen, o al lado de ella, debería haber talentos vigorosos que fagocitaran (¿por qué no?) desvergonzadamente, sin rubor alguno, a, digo yo, maestros de la envergadura de los que he sugerido (aquí, me temo, ni verga, ni dura , por más que lo pienso, je, je), y que fueran capaces de crear una obra guiados sólo, o sobre todo, por criterios artísticos más que mercantiles, como es el caso de Alonso, desde luego. Me temo que andamos demasiado obnubilados con el cine comercial made in usa y algo también almodovarianamente (y mira que me gusta su cine) enredados, ay, con lo chic, más que con lo artístico, ya digo (y no hablo de Amenábar, prefiero olvidarlo ya definitivamente, por supuesto). Hecho de menos talentos vigorosos y arriesgados que puedan equipararse a las honrosas excepciones, tal vez, de Pere Portabella, que ya no es un crío, por cierto, o a Julio Medem, también, y, a lo que parece (que todavía no la he visto pero ya está acercándomelo la mula), Eugenio Mira y su The Birhday, o, incluso, los muy recientes Paco Plaza et alius con Rec (que me encantó, aunque deplore la secuela y me niegue a verla, al menos por el momento) (a Coixet, no la nombro que, no sé por qué, me cae francamente mal, me repele). Poca cosecha, en cualquier caso, según creo. Hecho de menos, insisto, propuestas del calado intelectual y artístico de tu paisano. No sé si me excedo pensando esto, tal vez sí, y alguien habrá incluso que me replique que no es de recibo salvar poco o muy poco de lo que se hace por este reino, y alegue nombres que desconozca o se me olviden (lo que deseo fervientemente), pero esa es la impresión que tengo, para qué voy a engañarme.

Dicho lo cual, al respecto de lo que indicas sobre el soporte y los modos que utiliza nuestro amigo, tengo que decirte que, personalmente, y a nivel artístico, ni me pone ni me quita que esté rodada en celuloide o en digital. Lo veo más bien como lo que es, una postura ética más que estética y a mí la que me interesa más que nada es ésta última, desde luego. Si funciona la cosa, lo mismo me da que esté grabada en papel higiénico, si me permites la broma, pero es que me la he puesto a güevos, je, je. De acuerdo en que ese modo de operar puede dar resultados técnicos distintos, pero no por ello, por ello sólo, tendrán más valor, en mi opinión, que si se hiciera de otro modo. Yo creo que lo interesante está, como tú indicas, en la cámara, en la mirada del que está detrás de la cámara, vamos, en si es capaz de transmitir adecuadamente (sí lo sé, qué es eso de adecuadamente, pero tú ya me entiendes) con lo que enfoca, con la imagen que acotan los márgenes del encuadre.

Y estoy de acuerdo contigo en que uno de los grandes valores de la película es precisamente su poder de evocación, de sugerencia, más que de explicación. Eso creo yo que es una premisa inexcusable cuando hablamos de gran arte, y aquí se cumple con creces. Al espectador (lo mismo que al lector) no debe dársele todo, y eso que falta, que debemos poner nosotros, es lo que hace que funcione el asunto como obra de arte, como lo que entiendo yo por obra de arte.
Dices también que no hay historia, que no hay guión, pero yo creo que sí la hay, y que aunque la cámara, por ejemplo, siga grabando, en tus palabras, "la vida desolada de la comunidad" después de la marcha de Farrell, este personaje central está presente y provoca que esa misma "desolación" se haga más profunda y se vuelva a abrir la herida de un posible desgarramiento anterior. Es cierto que Alonso no toma partido, no ensaya una postura ética al respecto de lo poco o lo mucho, más bien poco, ya te lo he dicho, que cuenta, eso está bien advertido, pero cuenta, desde luego una historia que toma cuerpo al final y da sentido al resto. Yo no creo que estemos ante unas imágenes exentas. Una historia de una simplicidad desconcertante, si quieres, pero una historia después de todo. Y al respecto de esta ausencia de planteamientos éticos en lo narrado, que me parece absolutamente encomiable, dicho sea de paso, se me ocurre, por enredar más que nada (je, je), que pudiera haber cierta contradicción, ya a nivel extrafílmico, entre no haberlos aquí y encontrarlos en cambio cuando hablamos del soporte técnicos que emplea. No sé, ¿se lo has preguntado al interfecto? (je, je).

Ah, por cierto, te dejo un enlace interesante tal vez sobre la cuestión del uso de recursos técnicos obsoletos o ya en retroceso para obtener resultados artísticos hoy, ahora mismo. Ya me dirás qué te parece (si te parece algo, claro). Yo me acuerdo mucho de Frank Zappa cuando pienso en este asunto. Qué bueno era el tío ¿no?
Abrazos
Paco


me voy de vacaciones en unos días y no quería hacerlo sin responder a tu mail. creo que alonso cuenta, ya que no se puede no contar, el asunto es cómo cuenta y el modo en que lo hace; pero que cuenta, sin duda, cuenta. del cine español sigo enamorado de erice y guerín, ya maduros, por cierto, y hay por allí una chica llamada mercedes álvarez, o algo así, que hizo "el cielo gira", una propuesta arriesgada y aburrida que a mí no me gustó pero que me pareció bien (la actitud, quiero decir). también hay un pedante apellidado serra (¿o sierra?) que hizo una recreación del quijote a lo jean renoir que no está mal. al menos intentan mostrar que se toman el cine en serio, lejos de subvenciones malignas y presupuestos gigantescos. a mira no lo conozco, y no he visto nada de portabella (a mi regreso lo haré). a paco plaza lo conozco personalmente (es muy amigo del hijo de almudena) pero no vi nada de él. como ves, veo poco cine español, y argentino sólo el de la gente que te mencioné. coixet es un desastre previsible mimada por los medios y nuestro dinero (subvenciones). en cuanto a amenábar, al que prefiero ignorar, parece que su gran mérito con ágora es haber hecho una película "como las grandes producciones de hollywood". por ahora sigo reviendo a fellini, del que acabo de leer una extensa biografía en la que late el genio que fue: radical e intransigente. en bs as intentaré encontrar "las voces de la luna", su última peli difícil de conseguir (parece). me estoy bajando algo de Ceylan (a ver qué pasa) y lo último de Takeshi Kitano, que a pesar de sus irregularidades, me gusta, sobre todo la libertad con la que filma, incluso el modo en que se arriesga a hacer el ridículo. en fin, mucha gente detrás de la cámara, y una vez más, lo del trigo, la paja y otras masturbaciones. a mi regreso concretamos nueva cita, esta vez con la amiga minervina y josé manuel presentes. un abrazo y saludos a la niña y a tu mujer.

p.s.: estoy releyendo a Lowry una y otra vez. creo que es grande de verdad. ya lo hablamos.
Hugo

viernes, 27 de noviembre de 2009

Apocalípticos e integrados

Podríamos calificar al Palahniuk de Rant de apocalíptico si nos quedamos con su trama únicamente, a través de la cual se nos muestra un mundo infectado a conciencia, desde hace mucho, eugenéticamente, por todos los virus imaginables; un mundo dividido, segregado ya no espacialmente, sino temporalmente, donde los diurnos (apolíneos) se oponen a los nocturnos (dionisíacos, que viven de verdad y plenamente su existencia, a pesar de todo). Una distopía (Ballard, pero morigerado) cercana, contemporánea, nuestra casi, en la cual esa segregación "se hizo inevitable", donde "nosotros mentimos, ellos mienten, todos somos unos mentirosos", donde estamos obligados, porque si no no eres nadie, a "re-programarnos" a través de los puertos usb incrustados en nuestros cogotes. Visto así, desde luego que podemos hablar de Palahniuk como de un autor apocalíptico, admonitorio. Pero no creo que sea esa su intención ni mucho menos. No existe intención moral alguna en nuestro autor, quizás todo lo contrario. No teoriza, como pudieran hacerlo los apocalípticos, sobre la decadencia del mundo, de nuestro mundo, sino que, más bien integrado en él, "actúa, produce, emite su mensaje a todos los niveles", como nos advierte Umberto Eco, para constatarlo sin ensayar juicio alguno. Precisamente una de las propuestas ("la propuesta", quizás) más interesantes de la obra está planteada a modo de cuestión irresoluble, y a través de las ondas hertzianas (a todos los niveles), no lo olvidemos: "¿y si la realidad no es más que otra enfermedad?", dice el parco Rant, inmediatamente después de declarar su amor por la contrahecha Echo. Una alucinación provocada por la fiebre provocada por la rabia. Todos estamos rabiosos, pero no lo estamos; todos queremos estar rabiosos porque no lo estamos, bueno, ¿y qué? De todas formas, yo recomiendo tener mucho cuidado desde ahora con los murciélagos. Por si acaso...

domingo, 22 de noviembre de 2009

Liverpool, de Lisandro Alonso (chapter I)

A propósito de la película Liverpool, de Lisandro Alonso (nada que ver con nuestro homónimo velocista), mantuve hace unos días una interesantísima conversación electrónica con el escritor y escrutador de mentes alienadas (o no tanto) Hugo Abbati (de quien, por cierto publicaremos dentro de poco su estupenda y ¡¡¡bernhardiana!!! novela Correspondencias, estén atentos). Hablando de cine un día en su casa, él me sugirió que viera esta película del director argentino y que la comentaramos después. Aquí está el resultado. Como han sido, después de todo, algo extensas nuestras disquisiciones, he decidido hacer varias entregas para acomodarme así en lo posible a esa ligereza que se le reclama a los textos en esta web 2.0 (que se queda un poco huérfana, dicho sea de paso, con la conclusión del blog de Miguel Ángel Muñoz El síndrome Chejov). Ahí va la primera. Envido yo, Hugo responde:

Acabo de ver, mi querido Hugo, Liverpool, la película de Lisandro Alonso que me recomendaste. Me gustaría que la comentáramos, recuerdo que me dijiste. Bien. Para mí tiene una mezcla de Raoul Ruiz, Arturo Ripstein y Alexander Sokurov (incluso con algunas gotitas lynchianas, fíjate). Padre e hija en este caso, claro, si no me equivoco, para la referencia a Sokurov, cuya película se titula a la inversa (deliciosa, si no la has visto, te la recomiendo fervientemente, todo lo de Sokurov, vamos). Algo he visto del misterioso halo fílmico de Ruiz y de la sordidez ambiental de Ripstein. Bueno, un trío de ases en cualquier caso cuyo recuerdo hace que la película ya por eso sólo tenga un valor añadido poco frecuente.
De todas formas, me ha dejado sensaciones contradictorias. Por un lado aprecio el despojamiento y la sequedad narrativas de tu paisano, sin florituras de ningún tipo. Y creo que contiene imágenes del entorno natural (y no sólo natural) realmente bellas (he ahí a Sokurov de nuevo). La película sugiere más que explica, y eso está a su favor, desde luego. Pero, no sé, me parece que lo que cuenta es tan simple que, incluso siendo corta como es la cinta (bueno la cinta en mi soporte ya no, unos y ceros, ja, qué curioso), me parece algo extensa. Quizás sea éste mi mayor reproche. No sé tú qué opinas...
Abrazos
Paco


hay algo en alonso que no existe en ruiz, ni en sokurov ni en ripstein, y es el ascetismo antinarrativo del argentino. hay, sin embargo, un montón de cosas en el cine de los otros, que no están en alonso. partiendo de la base de que sokurov es muy superior a ripstein y a ruiz, y que ripstein es muy superior a ruiz (superior aquí quiere decir que me gustan más). precisamente lo que no hay en estos tres y sí hay en alonso, es lo que lo distingue como un cineasta distinto. y dejaré de lado, en esta opinión, las dificultades presupuestarias de alonso para filmar y la escasez de materiales con que lo hace, esto en sí no es meritorio, pero el resultado sí lo es. para empezar, A. sólo filma en 35 mm y abomina del digital, esto tiene que ver con la claridad y la imagen profunda que el 35 da, y que impide la distorsión del digital cuando se lo manipula, y esto significa: el plano es fundamental, el plano en sí, sin idea agregada, sin querer transmitir nada que no sea lo que el plano dice. efectivamente, en A. no hay guión, no hay historias propiamente dicha; las débiles tramas son el soporte para fundar la mirada de la cámara, si hay historia, es en la imagen, en cada imagen, así, en liverpool, el sujeto come, folla, viaja, se desmaya, dice cuatro tonterías y desaparece. el sujeto entra al plano, la cámara nunca lo sigue (no está al servicio de la historia posible de esa persona), y de hecho, al final, el sujeto se marcha y la cámara se queda y sigue filmando la vida desolada de esa comunidad, por lo tanto, la historia no importa nada, a no ser que uno se la monte en su cabeza, y si lo hace, lo hará a través de lo que la cámara nos muestra, nada más. no hay en A. la tentación de usufructuar la grandiosidad del paisaje, este opera como una materialidad que constituye a los personajes en ese ámbito (como diría heidegger, los muestra como no teniendo mundo, sólo hábitat). esta reducción última, donde lo emocional se intuye pero no surge, refuerza la condición casi de mamíferos de los protagonistas, de los que no sabemos nada, de modo que filmarlos es simplemente filmarlos, pero no al modo documental, sino jugando con los espacios que la misma filmación crea, con la ambigüedad de la "historia", la cámara crea y devora la situación, y así y todo, hay un vacío, y A. diría que ese vacío no lo cubrirá el cine, que nos puede emocionar, aburrir, alegrar, etc., pero que nunca llenará el vacío que impulsa la creación: el cine de A. da cuenta de ese vacío y, así, de los límites del cine mismo cuando lo único que quiere contar es que su contar tiene un límite, y que ese límite es infranqueable.
bueno, además de eso, te sugiero la trilogía de A. previa a Liverpool: La libertad, Los muertos y Fantasma (en ese orden).
como oposición feroz y magnífica al cine de alonso, te sugiero historias extraordinarias, de llinás, lo mismo pero al revés.
un abrazo.
p.s.: me gusta mucho sokurov.
Hugo

jueves, 19 de noviembre de 2009

El hombre que sabía demasiado

Mi viaje a Valencia para presentar Conozco un atajo que te llevará al infierno, el libro de Pepe Cervera que hemos publicado hace muy poco, ha resultado iniciático después de todo. Y bien que le conviene a la obra que haya sido así, ahora que lo pienso, aunque mirásemos después del acto, eso sí, para el lado contrario, para el celeste, nada de infiernos. Ha habido ya, como es lógico, muchos viajes con el mismo propósito, pero ninguno ha estado envuelto en la mistérica naturaleza de éste de ahora. De modo que he podido saber allí por la boca misma del propio difunto que Vicente Gallego ha muerto. Un notición me llevo a Málaga y cosas así dije medio en broma, pero como creo que no podía oírme porque ya no existía, no sé si se percató del jubiloso asombro que también contenían mis comentarios. Asombro y júbilo, así es. Y no sólo por esa afirmación, que podría parecer algo tenebrosa pero que no lo era o que podría, por otro lado, inducir con facilidad a pensar que hablaba en metáforas, que se refería, por ejemplo, a su obra o a su existir convencional, nada de eso. No sólo por ella así a secas, sino por lo que añadiría después el finado respecto a que su ser había abandonado el lugar donde se encuentra la ensimismada consciencia del individuo Vicente Gallego para convertirse en pura energía colectiva homologable con esa otra energía superior que conforma el universo entero, de tal manera que Vicente Gallego, insistió, ya no existía, había muerto, por tanto, y en su lugar podíamos ver, si quisiéramos, la pura materialidad inmaterial de la que participan todos y cada uno de los elementos (aire, piedra, etc., incluido por supuesto el ser humano) de lo que conocemos, tal vez erróneamente, apostilló, como creación (eso dijo, o vino a decir, no sé). Concluyó afirmando, y de ahí sobre todo mi júbilo, que por esto mismo no le teme, no puede temer a la muerte, puesto que ya le ha acaecido. Yo quise saber por qué vía había llegado a semejante conclusión. Aludí a los gnósticos, a los místicos, a Madame Blavastki, qué sé yo, pero sólo repetía como un mantra tibetano, negando cualquier implicación de la fe, que no era de metafísica ni de teología de lo que hablaba, sólo de consciencia, de certezas adquirida a través de la razón. El asunto desde luego no es baladí, y lo del miedo a la muerte a mí, lo confieso, me sobrecogió. Quizás más porque estaba, estoy, muy sensibilizado con este tema después de haber terminado apenas de leer Ruido de fondo, el fabuloso tratado de Don de Lillo sobre tan peliaguda cuestión. Hubo un momento en que vi a Vicente Gallego, o a lo que a mí me parecía Vicente Gallego, coger un comprimido de una cajita y no pude evitar acordarme del Dylar, ese medicamento experimental que pretende actuar sobre la zona del cerebro donde se cobija nuestro ancestral miedo a la muerte para reprimirlo hasta su extinción. Es glorioso, pensé, este hombre que tengo frente a mí tiene a su vez el secreto para conseguir aniquilar esa idea que a nosotros nos atormenta de un modo tan monstruoso, sismográficamente. Si ha logrado sortearla mediante ese procedimiento racional que defiende, pensé también, si no le afecta en lo más mínimo ya, si no miente, y Vicente Gallego, o lo que yo conocía como Vicente Gallego, no es desde luego un charlatán, no hay más que introducir su nombre en un buscador para saber de quién estamos hablando, si no miente, digo, es que ha llegado, por un camino, eso sí, por el cual a mí al menos se me hace difícil transitar, a saber tal vez demasiado. No pude por ello evitar tampoco entonces sentir algo de envidia de aquel cadáver.
La presentación que hizo del libro de Pepe, previa, claro, al viático que se nos administró, fue estupenda. Puede echarle un ojo aquí el lector interesado. Yo tenía verdadero interés en leerla después del notición que estoy contando, lo de la muerte de Vicente Gallego, etc., por si pudiera sugerir algo de lo que escuché después, pero para mi sorpresa nada hay en ella que haga intuir siquiera esa iniciática sabiduría. Ni leyéndola hacia atrás. De lo más mundana resulta, de aquí, de esta tierra, certera, aprehensible y brillante, incluso algo canalla, como a mí me gusta, dicho sea de paso y como prevención para posibles confusiones...

sábado, 14 de noviembre de 2009

Alemania, año cero

Es curioso cómo a veces el comentario elogioso de una obra por parte de alguien acreditado puede causar un efecto contrario al que se pretende. Quizás la calificación de “obra maestra” para un libro, dicho así como de paso (y, pensamos después, con cierto interés comercial) pueda provocar unas expectativas que desgraciadamente en muchos casos son luego difíciles de homologar en la lectura. Eso es tal vez lo que me ha pasado a mí con Borchert, de quien no tenía ni la más remota idea hasta que Dorotea propuso su lectura, tengo que decir. Desde luego, el compromiso moral de este autor con el padecimiento y el dolor provocados por la guerra resulta irreprochable, pero no puedo dejar de pensar que su literatura, digo su literatura, no su intención, adolece de cierta inocencia constructiva, de cierta gazmoñería, si me lo permitís, tal vez producto de su corta edad. Porque desgraciadamente, aunque muerto muy joven como Rimbaud, no podemos afirmar que estamos ante un genio semejante, vamos, no sé si alguien lo duda. Y pensamos así cuando da existencia carnal, por ejemplo, en “Billbrook”, a la farola o a la cabina telefónica; o cuando dice cosas como “convertir la noche en noche”; o cuando trae a dios a escena en una especie de auto-sacramental calderoniano algo precipitado que no ha intuido siquiera a Artaud ni a Brecht; o cuando observamos esa insistencia suya en calificar tres y cuatro veces la cosa como queriendo aprehenderla por completo, sin conseguirlo, según creo, o repitiendo cláusulas con intención obsesiva, (prefigurando a Bernhard, según dicen algunos, aunque yo, claro, no lo crea del todo, y sin querer afirmar con esto que Bernhard surgió de la nada), que no logra el efecto buscado y provocando, en mi caso, que considere que quiere decir mucho, quiere decirlo todo, vamos, y no puede. Lo que quiere decir, según creo, y con todos mis respetos, lo que dice y lo que no consigue decir, ya lo “decía” mucho mejor Beckett sin decirlo. Bueno, y todo ello a pesar, repito, de su incuestionable propuesta ética. Pero debemos saber ya a estas alturas que la literatura no se hace con buenas intenciones.
De todas formas, esto no quiere decir que no merezca la pena esta lectura, ni mucho menos. Hay aquí relatos de alto interés, como por ejemplo el citado “Billbrook”, o “El pan”, una minimalista descripción de la piedad amorosa que vale, precisamente, por lo que no dice, o “Pues claro que las ratas duermen de noche”, o el gracioso y enternecedor “Shishifo”. Los lisiados, los enajenados, los cornudos y los mutilados, los vivos, las vivas y los muertos, harán también las delicias de los que se inclinen de algún modo hacia lo gore, aunque atemperado, no vayan a creer… Una grotesca parada de monstruos producto después de todo de nuestra monstruosa humanidad.

Borchert es un claro ejemplo de la literatura alemana de posguerra, a la que se etiquetó como “literatura de los escombros”. A este tipo de literatura pertenecen también Heinrich Böll, su máximo exponente tal vez, y del que todos seguro habréis leído su inolvidable Opiniones de un payaso, Hans Magnus Enzensberger o Gunter Grass. Tal vez demasiado grandes, no sé, todos estos, si los ponemos al lado de Borchert, que fue lectura obligada, según parece, en las escuelas alemanas durante mucho tiempo, aunque hoy ya no disfruta de esa preeminencia, a mi modo de ver, literariamente injustificable. Otras razones había, y es una cuestión de envergadura considerar la imagen que de sí misma quería tener Alemania.
Para que nos hagamos una idea de lo que se cuece en esta actitud literaria, no sé si grupo o generación, tal vez nuestra teutona pueda aclararlo, debemos tener presentes las imágenes de Alemania, año cero, de Roberto Rosellini, o las de Europa, de mi muy admiradísimo Lars von Triers, o las de El tercer hombre, también, de Carol Reed (con Joseph Cotten de malo y Orson Welles de bueno, o al revés), aunque un poco (un mucho) más lúdicamente que en las anteriores.

Y después de esto, pienso que tampoco estaría mal echarle un ojo a Ernst Jünger, aunque anterior, tal vez el cínico y autocomplaciente antagonista de nuestro amigo Wolfgang.

En fin, me lo pedía el cuerpo. Y ahora ya, excusadme.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Bajo este sol tremendo

Si, como parece, la narrativa actual, aunque menos ya, tiene una de sus señas de identidad en hacer que el personaje, los personajes actúen y se descubran y evolucionen en su papel al margen de más o menos omniscientes descripciones más o menos detalladas, más o menos sicológicas, físicas, situacionales, etc., etc., yo creo que Bajo este sol tremendo, el libro del argentino Carlos Busqued, podría muy bien usarse entonces como su ejemplo paradigmático. Sugerir, entonces, más que acotar, sustraer paradójicamente en un género que tal vez se haya caracterizado a menudo por lo contrario, solapar, difuminar si se quiere, los caracteres y acontecimientos, en cierto modo, serían algunas de las claves de su propuesta, las mismas, por cierto, no está de más recordarlo, con que la poesía lleva trabajando desde hace tanto (y sin intentar con esto que digo establecer prelación, ascendencia o descendencia alguna, sólo señalar el planteamiento que pudiera desarrollarse ahora por esta razón en ambos lados, hacerse común). Desde luego, este procedimiento, este propósito de aposentar sin más a esos personajes en el asfixiante escenario escogido para la novela (no de demostrarnos, no de convencernos de nada que a ellos, o al propio autor, dicho sea de paso, concierna) está usado aquí con una voluntad, una fruición y, sobre todo, con una eficacia poco o nada comunes. Así, no sólo puede que no nos enteremos de por qué actúa Cetarti del modo absolutamente indolente en que lo hace, de si aprecia, por ejemplo, a su progenitora, o admira tal vez a su hermano, ambos familiares muertos no se sabe muy bien cómo o por qué; de que tampoco nos hagamos una idea cierta al respecto de si Duarte es de veras un desalmado peligroso o un matoncillo del tres al cuarto; de si Danielito distingue o no la realidad en la que se encuentra de los recurrentes sueños que le atormentan (o no), de si el histerismo de su madre lo provoca él mismo o la hostilidad de la existencia, así, en general. Nada de eso se nos resuelve. Incluso respecto al personaje de Danielito, de segunda fila en la narración, se permite el autor jugar gozosamente con nuestras expectativas cuando después de haber ensayado nosotros, inocentes lectores, una posible apariencia física suya, en una frase, al final, como de paso, nos lo muestra de reojo en su apariencia real y lo atrapamos y nos la aplasta el autor. Sin contemplaciones. Y sin opciones, desde luego, para pensar que hemos caído en la trampita preparada por un profesional del ramo, tipo Claudel o similar, puesto que no nos resuelve nada tampoco.
Aquí, pues, sólo hay una jungla poblada por una fauna monstruosa a la que todos los personajes pertenecen sin ser ni una cosa ni otra, ni mejores ni peores. Respirando sólo tal vez, y no muy bien. Una jungla por la que se pasean delante de nosotros, o, mejor, junto a nosotros, cucarachas gigantes, escarabajos venenosos, escorpiones gigantes (del telúrico), peces prehistóricos haciendo compañía a los humanos, elefantes asesinos, cebús enloquecidos, dogos enloquecidos también, serpientes gigantescas, insectos de todo pelaje muertos, resecos y amontonados. Y vemos obsesivamente pasar una y otra vez por esta ciénaga la sombra de la estrella indiscutible de la creación, al Architeutis dux, al calamar gigante que habita amenazadoramente en los abismos oceánicos, mientras alguno de los personajes, en la superficie, monta maquetas de aviones, fuma marihuana hasta la extenuación o alimenta o seda, según el caso, al secuestrado de la habitación contigua. Mientras se comenta con detalle alguna peli de porno duro o resuenan de fondo, en el televisor siempre encendido, las narraciones de Animals Planet, Discovery Channel o, en algún canal católico, se cuenta la historia de un cura italiano que tenía estigmas y hacía predicciones apocalípticas… Comprenderán que no se respire en este ambiente con facilidad…
Y entonces, se preguntará algún discapacitado que todavía no se ha dado cuenta, qué es lo que quiere contarnos el autor (con la aridez lingüística del mejor McCarthy o el más asombroso desapego carvertiano o con la ironía y desvergüenza de unos hermanos Cohen en estado de gracia), pues que este mundo es una mierda, dicho de una vez y claramente. Absténganse pues de esta lectura todos aquellos delicados espíritus que aún queden por ahí pensado quizás lo contrario.

Por cierto, este libro fue finalista del Premio Herralde de narrativa del año pasado. Buen tino dicen que tiene este certamen. Y tengo que corroborarlo, tras la lectura de este espléndido libro de Busqued. Y a la vista también de que ese mismo galardón lo ha obtenido este año mi amigo Juan Francisco Ferré con su novela Providence, que no me anticipó en lo más mínimo, dicho sea de paso, el muy canalla, y que tendré que comprar, qué remedio…

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Muy pronto con Naranjito

La lucidez de Ayala

Uf, casi se está convirtiendo este no-lugar en panteón, en necrópolis, en una, insignificante, en cualquier caso, enciclopedia de los muertos (qué más quisiera yo que rozar siquiera a nuestro admirado Danilo Kis). Pero aun a riesgo de ello, no me resisto a dejar mi pequeño homenaje a Francisco Ayala, el hasta hoy mismo decano de los escritores del reino y más allá. Y no está mal, no, reflexionar al respecto de lo que dice aquí haciendo eco a la propuesta de una posible relación entre Galdós y Kafka. Un Kafka garbanzero, un Galdós kafkiano. Ummm, sugerente...

"Una ojeada panorámica a la producción galdosiana nos persuadirá de que, en efecto, la realidad es a sus ojos algo más de lo que los ojos mismos pueden ver, y aun de que en ese plus está para él lo esencial. Quienes a partir del 98 menospreciaron a nuestro escritor acusándolo de vulgaridad y mofándose de su espíritu a ras de tierra, o quienes hoy todavía aceptan sin revisarlo semejante juicio, encontrarán ocasión de sorpresa, quizás de escándalo, en el hecho de que un crítico como Ricardo Gullón, haya comparado cierta novela de Galdós, Miau, con una obra tan nada realista como El castillo, de Kafka. El estudio de Gullón -quien por lo demás no ha sido el primero en juntar y parear a ambos escritores, antípodas, al parecer, de la invención lieraria-, resulta, sin embargo, no arbitrario, no arriesgado, sino muy serio, fundado y convincente. La significación metafísica, que en la obra de Kafka es por demás obvia, inequívoca, se encontraba incorporada en la novela de Galdós con trazo y desarrollo igualmente seguro en el fondo; pero, en cambio, bajo las formas ambiguas a que sólo el gran poeta alcanza, y por cuya virtud su palabra se dirige a los espíritus refinados, como Kafka lo hace, sin dejar por eso de hablar a los simples, quienes también tienen su alma en su almario y su manera de entender la vida.
Si en el concepto de un realista tan caracterizado como Galdós la realidad no se reduce a aquella objetividad que nos garantizan los datos controlados de la experiencia sensible, o sea, la "realidad de la naturaleza" (o, con tautología, la realidad de las cosas), sino que acepta también la realidad del alma, la invención, la fantasía, la máscara grotesca, etc.; en suma, la totalidad de la experiencia humana sin excluir, ni mucho menos, la de los sueños, sobre la cual vendría luego el surrealisme a apoyarse, tendremos que llegar a la conclusión de que nos falta base firme para distinguir entre la realidad y lo que no lo sea, y, por tanto, para marcar los contornos de un supuesto arte realista."

Lo de Kafka y Galdós quizás no parezca, en efecto, he ahí la gracia y el motivo para nuestra reflexión, tan obvio como nos pueda parecer la duda en torno a la realidad real, etc. Pero hoy nos lo parece, cuando está ya más que asumida esa cuestión de lo resbaladizo del concepto. Tal vez no lo fuera tanto en 1958 cuando lo escribió el maestro, tal vez no, sí, tal vez no...

sábado, 31 de octubre de 2009

La estupidez

“Habla la Necedad: Aunque los mortales digan de mí cuanto quieran, es lo cierto que no soy tan insensata como con frecuencia oigo decir a algunos que son tontos de capirote, pues nadie tiene virtud como la mía para regocijar a los dioses y a los hombres. Si de ello necesitáis una prueba incontrovertible, observad que, con sólo verme dispuesta a dirigir mi palabra a esta numerosa asamblea, todos vuestros semblantes reflejaron insólita alegría, desarrugasteis el entrecejo y me acogisteis con francas y jocundas carcajadas; y ved también que en torno mío hay muchos que antes se hallaban tristes y acongojados, cual si acabasen de salir del antro de Trofonio, que ahora parecen tambalearse como los dioses de Homero, ebrios de néctar y de nepente.”
En Elogio de la locura (o necedad, o estulticia, según qué traductor), de Erasmo de Rotterdam

“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza. La estupidez, que reviste formas tan variadas como el orgullo, la vanidad, la credulidad, el temor y el prejuicio, es blanco fundamental del escritor satírico.”
En el Prólogo a Historia de la estupidez humana, de Paul Tábori

“¿De qué se ríe uno si no es de la estupidez? Ésta habita tanto en quien se ríe como en lo risible; la tensión de una captación cómica excluye las explicaciones mediante la superioridad de aquel que se burla: toda risa es, de alguna manera, risa loca. Sin embargo, nada tiene de loca, sino que dice que mi espera era en vano. La risa es un juicio sobre la falta de juicio, -que es lo que uno llama estupidez (Kant)-. La risa consigue lo que el amontonamiento de reglas, juzgándolo bien, persigue en vano; la risa juzga y, lo que es más, señala una manía, pone de manifiesto un chifladura, revela lo risible, dando a entender con su explosión de júbilo: ¡qué tontería! La risa, más inteligente que Bergson, demuestra que la estupidez existe (con qué nos divertiríamos, si no fuera así?), y más astuta que Hegel demuestra que existe como tal, sin aprisionarnos morbosamente en ella. El que la anuncia, la denuncia y desnuda a la absurdidad: no era nada, sólo una nada que había que aniquilar.”
En La estupidez, de André Glucksmann

domingo, 18 de octubre de 2009

Guerra y paz

Soy un poco desastre para mis cosas. Conservo muchas, sobre todo papeles. Infinidad de carpetas llenas de papeles que se han ido acumulando a lo largo de muchos años, montones de recortes de prensa, fotocopias de libros raros e inencontrables, apuntes de materias universitarias (¡y de instituto!) que un día me empeñé en cursar... Poemas desechados (y que no me atreví a destruir, sí, lo confieso ahora), notitas, folletos, diarios, correspondencias varias, etc., etc. Todo ello sin orden o, mejor, con el orden impuesto por el tiempo, ese fabuloso archivador. Muchas veces he pensado que ahí, en ese revoltijo de papel, estoy yo de verdad en gran medida, algo difuminado, eso sí, pero que cualquiera que a él se acercase podría tal vez trazar un nítido perfil de mi existencia, de lo que amé, de lo que amé sobre todo. Y aunque es difícil imaginar a alguien, la verdad, desbrozando el zarzal, una muy ligera esperanza, algo ilusa, lo sé, conservo sobre este asunto, provocada sin duda por la voluntad de negar la muerte ya definitiva que supone extinguirse en la memoria de todos, todos los que habitan este mundo. Yo, que no tengo historia, buscándola a pesar de la evidencia, en fin, vanitas vanitatis, ya lo dijo el clásico...
Hoy he estado revolviendo un poco más esta ensalada de papel mía, y he pensado, claro, en estas cosas. También he pensado en que alguien cercano, muy cercano en cualquier caso, dará con todos esos papeles algún día. Inevitablemente. De ahí esa ligera esperanza algo ilusa que tengo, lo sé. Y en que se dé el caso de que abra, por ejemplo, una carpeta con facturas de gastos de Bazar, la revista de literatura que hacíamos hace muchos años Emilio Chavarría y yo, y encuentre un papelito suelto con una lista de nombres que reproduzco íntegra: Pierre Bezujov, Andrei Bolkonski, Nicolai Rostov, Borís Drubetskoi, Príncipe Vasili, Dolojov, Príncipe Anatol, Conde Rostov, Viejo Príncipe Bolkonski, Kutuzov, Natasha, Sonia, Helene, Princesa María. ¿Qué diría, me pregunto, que el dueño de esa carpeta amó una vez a cierto autor ruso, que adoró su novela hasta el punto de que todos sus personajes de ficción se inmiscuyeron en sus mundanos y enojosos asuntos económicos aquí en la tierra? Si, como es probable, tal vez no sepa quién es Tolstoi, ¿pensará entonces, debido a su ignorancia, que mantuvo su dueño relaciones inconfesables con la mafia rusa? Tiene gracia, y me gustaría poder saberlo, otra vanitas...
En fin, esta entrada tan melancólica, lo sé, la hubiera encontrado deplorable Thomas Bernhard, él, tan inclinado, con razón, a la aniquilación, a la extinción total de toda la basura que somos y hacemos y defecamos. Pero qué le vamos a hacer, no siempre uno puede estar en forma, uno puede tener de vez en cuando sin duda uno de esos, de estos, días malos...