domingo, 26 de octubre de 2014

EL MUNDO DE AYER (Stefan Zweig)


Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra «seguridad» como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz. Nosotros, que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos respecto a la posibilidad de educar moralmente al hombre. Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad. Para salvaguardar nuestra propia existencia, renegamos ya hace tiempo de la religión de nuestros padres, de su fe en un progreso rápido y duradero de la humanidad; a quienes aprendimos con horror nos parece banal aquel optimismo precipitado a la vista de una catástrofe que, de un solo golpe, nos ha hecho retroceder mil años de esfuerzos humanos. Sin embargo, a pesar de que nuestros padres habían servido a una ilusión, se trataba de una ilusión magnífica y noble, mucho más humana y fecunda que las consignas de hoy. Y algo dentro de mí no puede desprenderse completamente de ella, por alguna razón misteriosa, a pesar de todas las experiencias y de todos los desengaños. Lo que un hombre, durante su infancia, ha tomado de la atmósfera de la época y ha incorporado a su sangre, perdura en él y ya no se puede eliminar. Y, a pesar de todo lo que resuena en mis oídos todos los días, a pesar de todas las humillaciones y pruebas que yo y mis innumerables compañeros de destino hemos padecido, no puedo renegar del todo de la fe de mi juventud y dejar de creer que, a pesar de todo, volveremos a levantarnos un día. Desde el abismo de horror en que hoy, medio ciegos, avanzamos a tientas con el alma turbada y rota, sigo mirando aún hacia arriba en busca de las viejas constelaciones que brillaban sobre mi infancia y me consuelo, con la confianza heredada, pensando que un día esta recaída aparecerá como un mero intervalo en el ritmo eterno del progreso incesante.

domingo, 5 de octubre de 2014

ESQUIZORREALISMO en Madridid

Acercaos, por favor, que habrá vino y todo eso...


viernes, 25 de abril de 2014

Crítica y clínica en Vicente Núñez (diagnóstico reservado)

Ayer estuve en unas jornadas sobre Vicente Núñez qe organiza el CEP Priego-Montilla de Córdoba, exponiendo el trabajito que me ha tenido fuera de las canchas de juego las tres últimas semanas. Estuvo bien, buena comida, buenos vinos, oyentes atentos en número suficiente... En él he revisado la obra crítica y en prosa del poeta de Aguilar, y he argumentado mis nuevas opiniones sobre ella en relación al resto de su obra. Un pelín beligerante me ha salido, pero ha sido muy muy estimulante poder repensar lo ya dicho. Lo titulé como esta entrada.
Os dejo aquí el inicio del trabajo. Los otros, uf, quince folios que escribí, se publicarán en un libro que recogerá también las otras dos ponencias que se hicieron (sobre los dibujos de Vicente Núñez, y sobre su música). Ahí va:


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No hace mucho discutíamos unos amigos sobre si la Literatura debía ser “solo” literatura. Es decir, sobre si a esta disciplina que consiste, como sabemos, en la precisa combinación de unos signos lingüísticos para crear espacios estéticos y de sentido, le conviene limitarse a un ejercicio, más o menos afortunado, en el cual los elementos que se ponen en juego remiten decorativamente a ellos mismos y se agotan en sí mismos; o si, por el contrario, debía tratar de superar sus límites formales, y emocionales incluso, para convertirse en un audaz dispositivo cuyo propósito fuera explorar al máximo las posibilidades cognitivas y estimular nuestro pensamiento hasta trastocar tal vez algunas estructuras establecidas, sociales, políticas o ideológicas. Aunque suene a ello, no consistía, desde luego, en discurrir de nuevo por los cauces de ese conocido debate sobre la pureza del arte frente a su “compromiso”, más o menos eficaz, con la realidad que nos circunda (si acaso, ahora que lo pienso, con este otro casi tan antiguo como él, primo hermano suyo, sobre si era un medio de conocimiento o debía serlo de comunicación). No, la resbaladiza alternativa a lo “sublime”, a su posible ensimismamiento, no era el tantas veces farragoso intento de despertar bienintencionadas conciencias o movilizar legiones en el que tal vez piensen. Su planteamiento apuntaba a algo más íntimo, más en la esfera de lo privado que de lo público. Se sostenía que la literatura debía provocar (hoy, por lo menos) al acomodaticio consumidor en el que esta sociedad nos ha convertido, empujarlo a esa crisis intelectual que promueve conmutar las “prescripciones facultativas” (literarias, en principio), por remedios propios, por soluciones individuales. Para este ambicioso proyecto, demasiado extravagante todavía por desgracia, decíamos algunos, tal vez no hicieran falta tantas bellas imágenes. No se trataba de deslegitimar aquella opción formalista, estética (supongo que no es posible, que es difícil que ocurra sin que sus  defensores sean acusados de revolucionarios de sala de estar (o de saleta, según la denominación de Vicente Núñez), pero a casi todos nosotros, una literatura exenta se nos quedaba en poca cosa.
Precisamente al fondo de esta conversación se encontraba la poesía, o mejor, la sombra de la duda que sobre ella, según parece, se ha cernido en estos últimos tiempos en los que su “pitiminí” discursivo, como piensan algunos, es posible que no sea el más propicio para explicarlos. Y al fondo de ese fondo, pensaba yo en Vicente Núñez.

lunes, 21 de abril de 2014

Vicente Núñez redux

Por aquí estaré el próximo jueves, diciendo unas palabritas sobre Vicente Núñez, de quien no me olvido, no me olvido...

 

domingo, 19 de enero de 2014

David García Casado Dixit

Yo también quisiera decir algo sobre esa maravilla que es La gran belleza, pero estoy algo dejado caer últimamente. Leed, leed, mientras me decido yo a hacer algo bonito, esta nota de David García Casado que publica hoy SalónKritik. Festín caníbal... y reflexionad sobre cuánto tiempo más podréis resistir sin ir a verla:


Universo Gambardella

Qué dulce es quedarse largamente ante el objeto de ese deseo, manteniéndonos en vida en el deseo, en lugar de morir yendo hasta el extremo, cediendo al exceso de violencia del deseo! Georges Bataille

Suena The Beatitudes de The Kronos Quartet. Melancólica pero esperanzadora, nos lo hace ver todo desde ese punto maravilloso donde la madurez encuentra a la adolescencia y nos da una apariencia de continuidad. Un trampolín para volver a empezar otra vez pero esta vez conociendo cuales serán nuestros errores, para no cometerlos. Si somos sabios sabremos aguantar la violencia del deseo, no perder el tiempo en lo que no queremos hacer. Por eso lo viejo es mejor que lo nuevo, por eso Jep Gambardella es el puto amo.

Jep Gambardella escribe su libro, su segundo libro, se llama La Grande Belleza, lo escribe a traves de la mente de Paolo Sorrentino, que es el creador del Universo Gambardella, con la ayuda de las grúas y los travellings de Luca Bigazzi.

El coliseo de Roma es origen de ese Universo, el círculo que prueba la coninuidad de la existencia. Jep representa los últimos días de lo mundano, del cual él es el Rey. Roma aparece semivacía, despojada del bullicio de las películas de Pasolini. Las calles son de Jep, esta Roma es su ciudad, tan imaginaria como su viaje al fin de la vida, ahí radica su fuerza.

Italo Disco & Techno Mambo. Quien haya sido un verdadero animal nocturno sabe que hay alianzas intensas hechas bajo un orden deseante otro, ese que quiere prolongar la fiesta, no ponerle fin sino alargarla todo lo posible, hasta que el cuerpo aguante. Para darle fin ya esta Jep, el rey de los mundanos, capaz de aguantar más que nadie y con su traje de Catellani impecable.

Jep conoce a las mujeres mucho mejor que Accatonne. Las conoce porque respeta sus formas de contener y canalizar el deseo. El deseo y la intimidad que establecen la continuidad del espíritu y el erotismo de los corazones.

Jep siente curiosidad pero no necesita cirugía ni confesionario. Ni para el físico ni para el alma existe curación efectiva ni redención alguna. La única redención es viajar hasta el final de la vida.

Lo que sí son importantes son las raíces, éstas nos ayudan a no volatilizarnos como este tiempo prestado en el que vivimos.

Una puesta en escena maestra. Viva la función y muera la funcionalidad, vulgar como el vodka, que solo sirve para emborracharse.

Quieres ver de nuevo la película porque te has enamorado de Jep, como lo hiciste en su momento de Marcello, que es el hombre que quieres ser en la novela que no has escrito aún. Todavía podrías hacerlo, ¡es solo un truco!


Jep Gambardella: “Menos mal, aun nos queda algo bonito por hacer”



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domingo, 5 de enero de 2014

¿Cuál es el negocio de la Literatura?

A través de Teresa López Pellisa me llega el enlace a un texto de Richard Nash cuya lectura os recomiendo enfervorecidamente. Os dejo el enlace aquí a mi vez. Leedlo, leedlo, ya veréis cuántas veces asentís, cuántas os reconoceréis...

sábado, 7 de diciembre de 2013

miércoles, 21 de agosto de 2013

Henry



De Henry Miller he sabido desde que puedo recordar. He sabido desde jovencito de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, y después supe de su célebre trilogía formada por Sexus, Plexus y Nexus, y más tarde del aura de malditismo que arrastraba y que, como consecuencia de todas esas obras, lo convirtió en estandarte contracultural y de la liberación sexual de los años 60 y 70.
Tal vez porque mi padre tenía un ejemplar de Trópico de Cáncer en su escueta biblioteca (¿o pertenecería inconfesablemente a mi hermana mayor?), supe de Henry Miller bastante pronto. De mi padre no puede decirse que tuviera militancia activa ni en la contracultura ni en alguna otra clase de cultura digna de mención, militancia políticamente disuasoria sí, eso sí puede ser, en cualquier caso. No es que no se interesara, pero de lo que se interesaba mejor no hablar. Y como a mi marisabidilla hermana mayor le profesaba yo un odio no exento de ternura, todo lo que pudiera venir de su mano lo rechazaba igualmente de forma natural. Por eso, fuera de quien fuese ese ejemplar en tapa dura que un día tal vez trajera a casa un extrañamente simpático y elegante distribuidor de Círculo de Lectores, nunca mostré por él excesivo interés. Las circunstancias iniciales de ese conocimiento no fueron, me temo, propicias para generarlo. Y, después de todo, tampoco las posteriores lo serían, pues recuerdo que hubo un tiempo en mi juventud en que todos los progres de la época hablaban sin parar de Henry Miller y de sus escandalosas novelas. Siempre me ha irritado tener que estar á la page. Leer a Henry Miller entonces debía serlo, y eso tampoco pude soportarlo. En consecuencia, no me interesé por las novelas de Miller. Por ninguna ya. He sabido desde siempre, pues, de Henry Miller y de sus obras, pero ha tenido mala suerte siempre conmigo este escritor. Mala suerte, Henry, muchacho, qué le vamos a hacer.
Pero parece que a veces se impone la razón en esta vida, por lo que tal vez haya sido ella la que haya provocado que ahora, apremiado por mi buen amigo Martín Aran, eso sí, esté leyendo Trópico de Capricornio. Ayer mismo empecé, y solo las escasas cincuenta páginas que llevo leídas han sido suficientes para apreciar la tremenda cumbre literaria a la que nada más que mi indigestión familiar y mis malsanos prejuicios sociales me evitaron acceder temprano. Lo hago ahora maravillado. He leído esas cincuenta páginas absolutamente absorbido por la fiereza de la prosa de Miller, por la inmisericorde y (auto)destructiva crítica de un sistema que en los años en que fue escrita la obra alcanzaba ya cotas diabólicamente aberrantes de miseria moral y de aniquilación del individuo, ¡quién iba a creer que luego superadas! A lo mejor es que, en efecto, estamos ya demasiado preparados para la catástrofe, pero yo no he visto escándalo por ninguna parte, sino altísima constatación. Henry Miller es un verdadero demonio perverso, agitador y subversivo (y a veces hasta metafísico, a lo peor es que no comía) que entiende que la literatura es vísceras y humores, algo así como irracional, un ejercicio de libertad extrema o nada. Un Manolo Vilas, para hacernos una idea doméstica, de hace ya la friolera de 85 años. Bukowski, Carver, Kerouac… bah, corderitos a su lado. Ahí va su fórmula secreta (no la divulgéis): 
“Lo único que me obsesionaba era el objeto, la cosa separada, desprendida, insignificante. Podía ser una parte de un cuerpo humano o una escalera de un teatro de variedades; podía ser una chimenea o un botón que hubiera encontrado en el arroyo. Fuera lo que fuese, me permitía abrirme, entregarme, poner mi firma. Estaba tan claramente fuera de su mundo como un caníbal de los límites de la sociedad civilizada. Estaba henchido de un amor perverso hacia la cosa en sí: no un apego filosófico, sino un hambre apasionada, desesperadamente apasionada, como si la cosa desechada, sin valor, que todo el mundo pasaba por alto, encerrase el secreto de mi regeneración.” (p. 29)

viernes, 5 de julio de 2013

Domene todavía


Es un placer comprobar que alguno de nuestros títulos aún colea, pese a cierto tiempo ya transcurrido desde su publicación. Es el caso de Pedro M. Domene y su DISIDENCIAS (EN LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA), sobre el cual publica un comentario en elalmería.es José Antonio Santano. Os dejo el enlace aquí.


domingo, 2 de junio de 2013

El clan de las palabras


A Miguel Cerveró hace muchísimo tiempo que lo conozco. Muchísimo. Y conocía también desde esos mismos tiempos remotos su inclinacion poética. El poema gongorino que publicó en Galeote, la ancestral revista de poesía que publicábamos en Antequera con ilusión inquebrantable en nuestra (ay) juventud, es la prueba. Poco después le perdí la pista. No del todo, es verdad, pero la distancia entre un encuentro y otro se ha computado siempre por años. Casi nunca hablábamos ya de literatura cuando nos veíamos. Y hablamos bastante, él sobre todo de su devoción por las tradiciones orientales, yo tal vez de la mía por San Juan de la Cruz. La japonesa era su debilidad. Y no dejaba yo de notarle nunca por eso cierto rigor marcial en sus códigos de conducta, algo incómodo para mí, la verdad sea dicha, inclinado como he estado siempre a la disipación. En una de nuestras conversaciones me recomendó una novela que no he olvidado aún. Shogun, de James Clavell. Una especie de best-seller de la época que, tengo que confesar, me resultó fascinante (recuerdo todavía la inigualable belleza y la dulzura de Mariko san, la imposible amada de John Blackthorne en la novela, no digo más). Pensaba yo que, como a tantos, el prurito creativo se le había extinguido después de las obligadas tentativas juveniles.
A Miguel yo lo dejé por tanto envuelto en sus "veleidades" orientalistas y enchufadísimo a un supongo que entonces primario simulador de vuelo que ha ido renovando con los años. Me lo encontré el otro día. Me dijo que el furor del simulacro aéreo había menguado, que ahora solo "volaba" de tarde en tarde, que su amor a pilotar el Hurricane desde casa había llegado a ser obsesivo y peligroso, pero que afortunadamente estaba otra vez bajo control. Me dijo también que había publicado un libro de poemas no hacía mucho. Podía conseguirlo por internet, si me interesaba. "Me interesa, claro", le dije, como se hace en estos casos donde la amistad prevalece sobre el juicio literario. Pero lo cierto es que El clan de las palabras, el libro de Miguel Cerveró, me llegó a casa muy poco después. Lo leí enseguida con curiosidad morbosa y deben creerme cuando les digo que me dejó atónito. El libro da cuenta de las experiencias de varios pilotos de las fuerzas aéreas contendientes antes de caer derribados en aquella famosa Batalla de Inglaterra que tuvo lugar en la Segunda Guerra Mundial. O quizás están muertos ya cuando nos hablan. Los ingleses aman a sus Hurricanes, los alemanes a sus Messerschmitt BF109. Todos son combatienes de honor. Y todos están fascinados por las leyendas épicas de la antigüedad heroica. Hay un estimulantísimo contraste entre la barbarie del combate y las emociones de explícita carga erótica que les provoca a estos hombres su incierto destino. Y sorprende además cómo Cerveró es capaz de imbricar en su obra sagas como las de Gilgamesh, el Mahabharata, los Edda o la leyenda de los Nibelungos con reflexiones para hoy sobre el amor, la muerte o el significado de la existencia. Lo hace sin teatralidad alguna, sin grandilocuencia, con la naturalidad y el dominio perfectos de quien conoce el medio y tiene claro su objetivo. Sin irritantes moralismos, con una paradójica mundanidad mística, si podemos decirlo así, que nos acerca tremendamente la trágica aventura de estos caballeros aéreos. 
Nunca me habló Miguel de este libro, pero me ha dicho ahora que ha tardado casi veinte años en escribirlo. No me extraña, es un libro ambicioso, muy ambicioso, uno de los más ambiciosos que haya leído en mucho tiempo. No sé si será por lo absolutamente insólito de su propuesta (la de Julio Martínez Mesanza es ya una curiosidad, no más que un pálido reflejo en el estanque dorado de nuestra poesía contemporánea), pero El clan de las palabras deslumbra. Tampoco sé si la Épica es superior a la Lírica, como dice Luis Alberto de Cuenca en la introducción, pero el libro de Miguel Cerveró logra conmover como pocos, muy pocos libros de "poesía" lo logran. Aquí podéis leer un fragmento para comprobarlo.
Después de todo, me dije, Miguel no ha dejado de volar. No surca el cielo virtual con su impostado Hurricane, ya no. Lo ha dejado ahora por los estratosféricos y solitarios circuitos de la mejor literatura, donde nadie tenga interés en derribarlo.  
  

lunes, 27 de mayo de 2013

lunes, 11 de febrero de 2013

Amor


Tabú me la he perdido, Lincoln todavía no la he visto, pero Amor sí. Amor sí la he visto. Amor ha resultado ser la película más perturbadora que he visto en años. Admonitoria, pedagógica, enternecedora, cruel, escalofriante, bellísima, inteligente, técnicamente perfecta... Pero perturbadora, sobre todo perturbadora. Ni Funny Games alcanza su nivel. No pasaréis un buen rato, pero debéis ir a verla ipso-facto, os lo aseguro.

viernes, 18 de enero de 2013

Festín cinematográfico (o dónde coloco la cámara)

¡Vaya festín cinematográfico que llevo en poco tiempo! Extraordinarias todas estas películas de más abajo. Id a verlas, bajáoslas, compradlas, robadlas, alquiladlas, pedidlas prestadas, pedidlas para vuestro cumpleaños, para los Reyes. Haced lo que sea, lo que sea, pero no os las perdáis, por el amor de dios (advierto).
Os las anoto:
-Holy Motors, de Leos Carax
-The Master, de Paul Thomas Anderson
-El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo
-La noche más oscura, Kathryn Bigelow 

Y lo mejor es que aún queda la mitad de la fiesta, aún me queda, aún me queda, sí, ummm. Fijaos si no es apetitoso el menú:
-Amor, Michael Haneke
-Django desencadenado, de Quentin Tarantino (yujuuu)
-Lincoln, de Steven Spielberg (aunque ésta, no sé, no sé...:-)
-Tabú, de Miguel Gomes

domingo, 30 de diciembre de 2012

Otros mundos


Ayer viajé al extranjero en Málaga. Estuve un ratito en un país desconocido a diez minutos del centro. Hacía frío, es verdad. Pero lo hacían imperceptible unos músicos estupendos con sus ritmos caribeños. Había variedad de lenguas a mi alrededor. Había jovencitas rubias y adorables y camareros inusualmente uniformados, inusualmente amables. El grupo que actuaba era de música reggae. El reggae es una música muy emocional. Sonaban muy bien los temas propios, y casi mejor los que no lo eran. Todos coreamos Could you be loved o One love, por supuesto. De veras que tuve la sensación de estar en otro país. Todo tan ajeno y tan deseable a la vez. Tan fuera de lugar, tan anacrónica esa música reggae de Bob Marley que tanto nos hizo movernos, agitarnos cadenciosamente con los brazos abiertos en aquellos días. Recordé un documental sobre el músico jamaicano que vi no hace mucho en Canal+. Por él supe que los últimos meses de su vida antes de que el cáncer lo arrasara, los pasó en una clínica en las gélidas montañas alemanas. No salieron fotos de Marley en ese trance. Contaba el narrador que llevó francamente mal la pérdida de sus rastas por la terapia contra el cáncer y no se dejó fotografiar. Yo no dejaba de imaginarme lo estrafalario de aquel personaje tocado con su gorro multicolor y con sus exhuberantes atuendos en medio del sobrecogedor blanco alpino inmaculado. Otra incongruencia más de la vida, pensaba, mientras sonreía. 
Recordé también la novela de mi amigo Rafael Soler que acaba de ser reeditada después de treinta años de su publicacion. El corazón del lobo, se titula. Es una novela extranjera igualmente, otra incongruencia de nuestro sistema literario. La historia que cuenta la novela no es nada del otro mundo. Pero su fiereza narrativa es sobrecogedora. Le escribí un correo electrónico agradeciéndole su envío. Le dije:

Mil gracias por el envío de tu libro. Recibirlo fue una sorpresa agradabilísima, te lo puedo asegurar. Y perdona que no te haya acusado recibo antes, pero es que pensé que era mejor leerlo primero para que no sonará demasiado hueco el agradecimiento. Lo he hecho, por supuesto, y te puedo decir que me ha sorprendido grata, muy gratamente su arriesgada expresividad y su fortaleza narrativa. No sé, pienso que tal vez responda tu obra a un determinado momento en el que era necesaria la exploración de nuevos caminos literarios, tan adormecidos entonces, ¿no? Pues fíjate tú, ahora estamos igual o peor, con lo cual no puede ser más pertinente su reedición, a ver si con libros como estos se logra sacudir tanto polvo acumulado y tanto autor melifluo. Lo más que se me ocurre decirte es que la novela tiene una personalidad apabullante, Rafael. Y eso a pesar de que la historia no sea un hallazgo. Después de todo, los fracasos personales y las decepciones están a la orden del día. Pero tú confirmas gloriosamente (no es coña, ¿eh? :-) una vez más que no hay historias menores, sino modos de contarlas. Me considero afortunado de haber podido leer tu novela. Probablemente vendas dos ejemplares, cuatro como máximo, jejeje, pero la Literatura es esto que tú prácticas, no debemos hacer más consideraciones. 

La verdad es que gratifican enormemente estas excursiones a espacios exteriores. Vuelve uno a su rutina (ay, siempre), pero mucho más ligero sin duda... En cualquier caso, también gratifica saber que hay otros mundos, pero... en fin, ya sabéis...     

domingo, 16 de diciembre de 2012

Nuestros libros en los medios


En el campo, la novela de Hugo Abbati que acabamos de publicar, tiene reseña en El Imparcial. La firma José María Herrera, y tiene toda la razón, desde luego "para degustarla en todo lo que vale, que es mucho, el único requisito es no ser un lector de garrafón". Estoy seguro, pero seguro, de que todos vosotros, mis refinadísimos lectores, la vais a degustar igualmente.



Desde Europa, de César Vallejo, también ha merecido la atención de El Cultural, lo cual nos llega de satisfacción, para qué negarlo. El libro, no obstante, se merece eso y más, no nos engañemos. No hay un artículo flojo en esta recopilación, ni uno. Difundidlo igualmente, mis refinadísimos lectores, difundidlo, os lo ruego. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Tal para cual


El pasado jueves colaboré con un articulito en un monográfico que le dedicó a María Victoria Atencia el suplemento cultural Papeles del Paraíso, dirigido por Cristóbal G. Montilla y publicado en El Mundo. Como sé que ninguno de vosotros lee prensa nacional, que más bien os inclináis por ojear rápidamente El noticiero (edición Huelin) o 20 minutos (edición Portada Alta), pues lo pongo aquí para que lo disfrutéis sin esfuerzo (bueno, siendo honestos, más bien para que lo lea alguien, pues me temo lo peor, lo peor... :-).



Tal para cual

Pensar en María Victoria Atencia supone para mí pensar también en Rafael León. Me es enormemente difícil separar estos dos nombres. Sé que es algo recurrente asociarlos, pelín manido incluso, pues se acepta por todos la formidable pareja creativa que componían. Pero, por encima de ese lugar común, qué quieren, si cuando siendo aún bastante jovencito y nada más empezar a frecuentar su casa cada uno a su manera arreglaba mi continente y mi contenido. ¿Se puede hacer algo, decir algo, pensar algo, ser alguien, una persona normal, me refiero, con el contenido o con el continente descompuestos?  Creo que no. Y eso es lo que hacían, lo que han hecho, todos estos años ellos dos juntos conmigo, recomponerme a mí y a algunas cosillas que yo hacía.
Rafael podía decirme “pon esta letra así”, “sangra esta línea”, “quita ese paréntesis”, “esas comillas son impertinentes”… Y hablarme después de San Pablo y de su caída del caballo, que ni era caballo ni el santo iba montado en la bestia cuando tuvo aquella revelación tan famosa. Versiones apócrifas de traducción perpetuadas, sostenía. Y con esto y lo de más allá yo ya empezaba a intuir, por un lado, que la disposición de las cosas de dentro era fundamental, esencial, para obtener sobre todo esas prodigiosas páginas impresas con las que nos regalaba y a las que pretendía que se parecieran las mías imperiosamente. Pero también, que esa misma adecuada disposición de las cosas no permite transigir con la pusilanimidad a la que tantas veces nos vemos abocados en nuestros empeños.  
En la poesía de María Victoria ahora, iba viendo yo después algunas cosas inquietantes. Hablaba María Victoria en sus poemas, por ejemplo, de Duchamp, de Haendel, de Holan, de Canova, de Venecia, de Praga… (razón por la cual supe más tarde que atrajo sobre sí la atención de los poetas culturalistas…). Comprobaba poco a poco cada vez que acudía a ellos lo que pudiera ser una écfrasis afortunada. También, por contraste, que la sindéresis no es una cualidad demasiado común, desde luego que no, pero que aquí se daba con una frecuencia y una naturalidad pasmosas, fruto tal vez de su delicada inteligencia y de su sensibilidad superior. Pero al lado de estos recursos tan rimbombantes, iba notando que se introducían, como sin querer, qué sé yo, su gata Tulia, un crisantemo, un ascensor, un perro acosado, alguna taza de té, un canastillo de frambuesas… Cosas así, alcanzables, asumibles, insignificantes, las cuales con su imperturbable voz y su perspectiva única conseguía María Victoria elevar a un rango de trascendencia no fácil de imaginar… Entonces es posible que al “gran arte”, pensaba yo, le convenga no hacer explícita nunca la abstracción de la que procede, que no hubiera que hacer explícita la tristeza o la alegría, la fidelidad o el amor; que no haya que ser abstruso, tampoco iniciático…  Que el “gran arte”, en fin, proviene de una actitud, no de una explicación, se produce mejor desde una posición oblicua a través de la cual todas las cosas adquieren su simbolismo, su sentido, esa abstracción que nos conmueve después de todo, etc. Comprenderán que me inquietara, que un jovencito como yo entonces que no sabía lo que era la sindéresis y en el que predominaban demasiadas buenas intenciones más que nada se dislocase con estos argumentos, que incluso llegara a pensar felizmente que era ridícula la melancolía, ese puntito de circunspección que a menudo me acompañaba de acuerdo con mi posición de poeta más o menos en ciernes. Todo se volvía claro, diáfano, sencillo, gozoso en estos poemas. Por qué no, me decía, las pequeñas cosas, por qué no aquellas grandes cosas en recipientes cotidianos. Ya saben, algo de Santa Teresa, sus pucheros… Sí, fue eso tal vez lo que me recompuso. Fueron estas cosas de Rafael y de María Victoria las que adecuaron mi continente y mi contenido, ambas cosas que no pueden ser sino una sola, por eso me acuerdo de los dos, ya digo, cuando pienso en uno.   
Desde entonces yo he imaginado siempre la poesía de María Victoria Atencia como si de una milenaria y maravillosa estalactita poética se tratara. Constante, imperturbable… Es admirable cómo casi con esa misma gota del ritmo incesante que contienen sus poemas puede producirse tan extraña belleza. Del mismo modo también me resulta extrañísimo comprobar que dando vueltas en torno de algo tan simple como el papel pueda levantarse un edificio, qué digo un edificio, una ciudad entera, como el que fue capaz de construir Rafael. La misma constancia, el mismo extraordinario tum-tum irrenunciable…. Tal para cual, eso creo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Ferré


Lo he dicho en público aquí, ya sabéis, un poquito en plan comercial (que no nos viene mal cualquier empujón, desde luego). Pero quería decirlo también en privado:  Juan Francisco Ferré, nuestro querido amigo Juan Francisco Ferré, ha obtenido el XXX Premio Herralde de novela. Ahí es nada. ¡Todos estamos de enhorabuena! Qué más se puede decir. Bueno, sí, que debemos sentirnos verdaderamente orgullosos de él, que gracias a su talento somos hoy algo más felices todos nosotros, pobres mortales, que un galardón así no solo es bueno para el que lo obtiene (dicho sea esto por si algún despistado no hubiera caído en la cuenta)... También que estoy deseando leer el nuevo artefacto que ha construido este escritor admirable (sí, qué pasa, no creáis que lo afirmo por oportunidad, ya lo dejé bastante claro aquí , ¿no os parece?). Esperaré, no obstante, pacientemente esos diez días que tardará en llegar todavía el libraco a las librerías. Luego me lo zamparé, que la pinta que tiene es de rechupete. Ése será mi mejor homenaje, qué duda cabe. Mientras tanto, nos tomaremos una copa, o dos o tres copas, a su salud, nos sobran los motivos... por una vez, hermanos. 
Una aclaración, por último. Sé que le imagen que ilustra esta entrada poco tiene que ver con el asunto, pero, qué queréis, me ha hecho una gracia tremenda buscar algo apropiado poniendo "Premio Herralde" y que entre un aluvión de fotos de Ferré nos salga esta incomparable musa de los ochenta. En cualquier caso, no es por nada, pero fijaos, fijaos bien, un poquito más de pelo, unos rasgos más marcados... Ferré, cariño, te amo ;-)         

jueves, 18 de octubre de 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

Mis labores


Dentro de las labores propias del hombre orquesta que parezco en nuestra insigne, muy noble y muy leal casa editorial cuyo escudito tenéis aquí al lado, se encuentra la de leer los originales que nos van llegando. A algún que otro atroz martirio me he visto sometido por esta función, os lo puedo asegurar. Pero a veces, no muchas veces, sí algunas veces, pasa que debo escribir un correo electrónico como el que sigue: 

 
De: Francisco Javier Torres
Asunto: Orlando Furioso
Fecha: 11 de octubre de 2012 00:32:34 GMT+02:00
Para: Paco R 


Muy buenas, Paco.

Acabo de terminar de leer en este mismo momento Leonorilda y, tío, de verdad, estoy absolutamente impresionado. Te aseguro que no recuerdo haber leído antes una obra como ésta, de tan extraordinaria, casi cósmica, energía expresiva. Tremendo Felipe Orlando. Mucho, muchísimo mejor de lo que me esperaba. Me esfuerzo en encontrarle parangón, ubicarlo, reducirlo en fin, pero no se puede. Realismo mágico, había oído. Pero ¡qué va!, es muchísimo más que eso. Un verdadero gozo, un festín literario de primerísimo orden. Para lectores esforzados, eso sí, pero chico, merece la pena la experiencia. Como coronar un 8.000. Cuando lo culminas podrás ver todo el planeta. No se puede pedir más. Y he corroborado lo que decías: imposible aprehender esta obra  con una sola lectura, tal es su anonadante riqueza. Pero no me ha importado, la verdad. He pensado en William Gaddis, el autor americano que no sé si conoces. Pasa igual con él. Tienes que leer, seguir leyendo, no pararte, casi no pensar, no importa que no te enteres a la primera. Como la música, escúchala sin más y disfrútala. Eso es todo. Seguro que al final encuentras tu recompensa. Bueno, no sigo. Ya ves, rendido estoy, como puedes comprobar.

Cuando tú quieras seguimos hablando. De momento, me propongo leer también El perro petrificado. Ya te diré. Son cortitas las dos, en efecto. No estaría de más hacer un solo volumen con ambas, confirmo. Aunque, no sé, no sé, una sobredosis de este destilado puede resultar peligrosísima :-)

Abrazos
Paco Torres

Todo el esfuerzo se justifica en estas ocasiones, todo, todo, todo...

Tomad nota del nombre, Felipe Orlando, ya de paso. Estad atentos...