lunes, 12 de octubre de 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

La era de las máquinas lectoras

Interesantísimo e ilustrativo artículo de José Antonio Millán sobre las inimaginables posibilidades de lectura y procesamiento de caracteres de nuestras máquinas, sobre la capacidad para desarrollar los horizontes de esa misma lectura hasta ¿intentar comprendernos?, y sin enterarnos siquiera... Estoy seguro de que hará al menos las delicias de mi amigo Antonio con sus tesis conspiranoicas (no tan descabelladas, despues de todo, no).

viernes, 9 de octubre de 2009

Regalo de cumpleaños

José Antonio Muñoz Rojas, que hoy habría cumplido 100 años, me dio este poema hace muchos años en su casa de la calle Comedias de Antequera, una mañana en la que me acerqué yo a visitarlo y a pedirle alguna cosa para un nuevo número de nuestra revista de poesía de por entonces. Acababa de terminarlo, me decía. Una paráfrasis de un poema del poeta polaco Czeslaw Milosz. Galeote, la revista de entonces, se extinguió y el texto quedó entre mis papeles sin que ni él ni yo nos acordáramos más del asunto. Ahora cobra un especial significado para mí porque hoy celebraría su cumpleaños y porque, curiosamente, como he comprobado, el texto ha permanecido inédito. Un pequeño tesoro he conservado, pues, sin saberlo, todos estos muchos años, ay, transcurridos desde que me lo entregó.
El poema desde luego no tiene desperdicio y pertenece, calculo por aproximación y confirmo por el tono inconfundible, al tiempo en que escribía su magnífico poemario Objetos perdidos, a comienzos de la década de los noventa. Una delicia de poema escrito por un genial ochentón, pues, que hilvana sus versos con el pie dado por otro ochentón genial, una genuina muestra de la capacidad del poeta para frivolizar, como vemos con frecuencia en su obra, de manera trascendente. Y el final es de traca, un aviso para navegantes, claramente en la línea de sus principios creativos al respecto de la futilidad de la literatura y más allá, de la idea de su inutilidad en el fondo, vamos, que le acompañó siempre y que demostró en la práctica con su absoluto desprecio de los oropeles y reconocimientos que, aunque tardíamente, le procuró su obra. Él no los buscó nunca, desde luego, y eso lo hace más grande aún de lo que habría podido llegar a ser, de lo que ya era.

Leí el poema en público el pasado miércoles en el homenaje a su memoria que organizó un grupo de amigos en Antequera. Lo dejo aquí ahora como el mejor regalo de cumpleaños que pudiera hacernos a nosotros su autor.

También dejo aquí el poema de Milosz del que creo que procede el de Muñoz Rojas. No confirmé en su día su procedencia, pero tal vez sea el texto del polaco que más se aproxime al del antequerano, como se podrá comprobar.

Confesión

Paráfrasis de un poema de Czeslaw Milosz

Señor, me gustan mucho los dulces,
y la cintura y la curva de las caderas de la mujer,
Y los jazmines en setiembre, y el olor, ¿dónde están esos nardos?
y el pan con aceite y naranja y un poquito de canela,
y el jugo de limón. ¿Por qué a mí esta llamada
si nadie en mí confía?
Cómo se me van los ojos
tras la chica que me sirve y los sentidos todos.
Lleno de ambición confesada, admirándola donde habite
no del todo, sólo en parte.
Sé la suerte de los para poco, como yo,
un festín de mínimas esperanzas,
un torneo de jorobados, literatura.


Y el texto ahora de Milosz en la traducción de Gerardo Bertrán, al lado del cual el de Muñoz Rojas resulta angelical, no sé, compartiendo pensamientos, sí, pero descarnado éste y pudoroso aquél. Otro delicia añadida por contraste.

Honesta descripción de mí mismo

Tomándome un whisky en un aeropuerto,
digamos que en Mineápolis

Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones,
mis ojos se debilitan, pero siguen siendo insaciables.

Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas
en telas ligeras.

A cada una la observo por separado, sus traseros y
sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.

Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba
en lugar de entretenerte con juegos y diversiones de jóvenes.

No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho,
ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado
de la imaginación erótica.

No deseo a esas criaturas en particular, lo deseo todo,
y ellas son como el signo de una relación extática.

No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad
de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.

Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser
como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos,
de estos pesados huesos.

Transformado en mirar puro, seguiré devorando las
proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios,
esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la
extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas visibles.

lunes, 5 de octubre de 2009

José Antonio Muñoz Rojas. Recordatorio

Este texto lo escribí y publiqué en El correo de Sevilla en 1994, cuando pocos, muy pocos aún, éramos los que conocíamos al maestro antequerano. He disfrutado muchos años de su amistad y ahora se ha muerto. Aunque esperado el trance (habría cumplido 100 años este próximo viernes 9 de octubre), no ha sido menos doloroso. Lo dejo aquí como pequeño homenaje y recordario.


José Antonio Muñoz Rojas. Recordatorio

Quizás sea Torrente Ballester, en su Panorama de la Literatura Contemporánea, quien mejor haya acertado a definir la responsabilidad de todos los que tras la guerra permanecieron en España. “Corresponde a los que aquí permanecieron –dice– el honor y el dolor de mantener contra viento y marea la continuidad cultural española, de servir de puente entre las generaciones anteriores y las siguientes a la guerra. […] Son los que tras la guerra de 1936, restauraron la vida intelectual de España, la mantuvieron en conexión con Europa y cuidaron de mantener su vida y su altura.” Mucho antes, ya había manifestado Dionisio Ridruejo el empeño que movía a estos hombres: “deberá ser el de fraguar verdaderamente la síntesis de lo heredado para darlo a su vez en herencia”. Lo heredado era una palabra poética en proceso de rehumanización tras los juegos estéticos a los que había sido sometida a lo largo de la década de los años veinte; una incipiente búsqueda de lo más radicalmente humano, el deseo de restablecer el contacto entre la poesía y la vida. Se rescata a Bécquer, a Garcilaso, se defiende la impureza de la poesía desde las páginas de Caballo verde para la poesía… Así estaban las cosas antes del conflicto. Y éstas dan lugar después a una vuelta a los maestros del 98, con Unamuno y Machado a la cabeza. De Unamuno tomarán la visión trascendente y angustiada del hombre en el mundo; de Machado, el gusto por una poesía sencilla y familiar. Se adopta también, como divisa no expresa, a partir de Abril, de Luis Rosales, el verso de Vallejo “hacedores de imágenes, devolved la palabra a los hombres”. La poesía ahora va a caracterizarse por la utilización de la palabra poética con significado pleno frente al lugar predominante que ocupaban los tropos unos años atrás. Salvo este rasgo tan característico, en esencia, el grupo de poetas que constituye la llamada Generación de Posguerra no es formalmente innovador. El clasicismo estrófico de sus composiciones era algo que estaba en los poetas inmediatamente anteriores, lo mismo que el verso libre. Es en el aspecto temático donde puede hablarse de innovación con la vuelta a un intimismo neorromántico que había quedado proscrito; con la adopción también y sobre todo, de un tono trascendente en línea directa con Dios.
Es muy delicado hablar de modas poéticas referidas a esta última temática, pero, sea por las tristes circunstancias por las que atraviesa la sociedad en esos momentos, por la presencia constante de la Iglesia que va a ocupar posiciones postridentinas, o por el talante bastante más conservador de estos autores (sin olvidar la decisiva influencia que sobre algunos de ellos va a ejercer el pensamiento de Xavier Zubiri acerca de la poesía como contemplación y del hombre como verdadera luz de las cosas), lo cierto es que hay ahora un verdadero desbordamiento metafísico y religioso fácilmente observable en todos ellos al margen de su evolución posterior, desde Luis Rosales a Blas de Otero, pasando por Celaya, Vivanco o Crémer.
Muñoz Rojas, por edad y por sensibilidad participa de los rasgos y temas apuntados y debe su fama a libros que mantienen el registro amoroso, si bien trascendente. Un sello personal e inconfundible, una “dulce ironía” y un “ingenuo cinismo” hacen sin embargo de su Ardiente jinete y de sus Cantos a Rosa, sobre todo, dos de los libros de poesía amorosa más atípicos y refrescantes del panorama lírico entonces dominante.
Pero al lado de esta veta cultivada con asiduidad y maestría, se encuentra la claramente metafísica y religiosa. Quizás el pudor por lo que tiene de descubrimiento total del alma, tal vez el lúcido deseo de que no se tomara como algo circunstancial o anecdótico, lo cierto es que Muñoz Rojas no la ha hecho pública de forma ordenada y en conjunto hasta la reunión de casi toda su poesía en un solo volumen editado hace pocos años en Málaga por Cristóbal Cuevas: hasta que ha sido de noche no ha querido mostrar sus heridas, como más o menos decía en un premonitorio poema de Versos de retorno, su primer libro. Ahí, en los romances y coplas de corte machadiano, se apuntaba ya el profundo latido del hombre en contacto con la divinidad. En Al dulce son de Dios, escrito entre 1936 y 1945, hay una exaltación de la naturaleza, de este mundo como reflejo de Dios. El influjo de Zubiri se concentra en el verso “…todo lo que se nombra tiene belleza en nombrarlo…”. La muerte se acepta aquí porque supone el encuentro anhelado y definitivo con Dios, idea que no puede dejar de recordarnos la vinculación del poeta con los místicos de nuestro siglo XVI o con sus estudiados metafísicos ingleses, John Donne o Richard Crashaw. En actitud jansenista, todo en este mundo es inspiración divina y este mundo tránsito hacia la verdadera vida, etc.
El optimismo y la confianza en Dios de estos versos van a desembocar en la voz escéptica y un tanto pesimista de Oscuridad adentro, libro que recoge poemas escritos entre 1950 y 1980, un largo periodo en el que Muñoz Rojas entra en su plena madurez. En un tono mucho más interiorizado, estos poemas van a ser la expresión serena de un hombre que sigue amando a Dios y a su creación, y que acepta su destino mortal con resignación, es cierto, pero se pone ahora aquí de relieve la complejidad de la vida y se patentizan el dolor y el desengaño que acompañan siempre a la existencia humana, por eso este libro está más cercano a nosotros, desde luego, según creo, y sus “reproches” a Dios le hacen cobrar credibilidad a la vez que universalidad.
Estas levísimas pinceladas quizás sirvan para llamar la atención sobre unos poemas que son ejemplo egregio del debate que desde el racionalismo sufrimos los mortales entre lo real y lo espiritual. Racionalismo trascendente llama Enrique Baena a lo que en ellos se practica.
El caudal poético de Muñoz Rojas, no obstante, no se agota con sus versos, junto a ellos, confundidos a veces con ellos, nos encontramos libros en prosa que muestran de igual modo a un escritor de excepción. Muy recientemente ha unido dos títulos más a la nómina de su obra en prosa: Amigos y maestros y La gran musaraña. Narra éste último la peripecia vital e impresionista de los años que van desde la infancia hasta el estallido de la guerra civil española. Rafael Conte decía en la recensión que hizo de él que ojalá su autor se decidiera pronto a continuar la historia, esa historia que, como poco a poco vamos comprobando, procuró en todo momento mantener y mantuvo, dentro de sus posibilidades, dicho sea de paso, el tono y la altura de la vida intelectual de nuestro país en unos años de infausto recuerdo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuéntanosla otra vez, Quent

La verdad es que da un poco igual no haber visto la película, mala, por cierto, de Castellari Aquel maldito tren blindado que ya sabemos que vampiriza Malditos bastardos, interesadamente, previo pago de una módica cantidad por sus derechos, irrisoria según los expertos, eso sí, dicho sea de paso, si se compara con la astrónomica cifra que le pedía la Metro por cederle los derechos de adaptación de Doce del patíbulo, la película de Robert Aldrich que era la que de verdad quería hacer. No le quedó otra, más o menos. Después de ver mencionada aquélla, pues, y algunas otras spaguettis, uno siente mucha curiosidad, en efecto, por esas películas bélicas, de serie B, serie P o serie Z europea que se revuelven en esta batidora, las de Klaus Kinski, Jack Palance o Franco Nero como estrellas rutilantes de una industria cinematográfica ya del todo finiquitada. Pero sabe uno también ya que lo más recomendable para estos casos es saborear sin afectadas interferencias de ningún tipo esta última gamberrada de Tarantino, sentarse en el ahora mullido y amplio sillón de la sala del multicines con un refresco de cola (Coca-cola siempre, aunque no quiero hacer publicidad) y un cajón de palomitas y disfrutar con los malos y los buenos (que ya no son, por cierto, ni tan malos unos ni tan buenos otros, no vaya a ser que hayamos progresado en vano). Algo bastante parecido a lo que hacíamos muy jovencitos en la sesión infantil de las 3,15 (qué hora malvada), viendo las inolvidables Tarzan de los monos, Las cuatro plumas, del olvidado Zoltan Korda, El regreso de Fumanchú o Siete contra todos, sólo que los asientos no eran tan confortables y las palomitas eran pipas hasta que las prohibieron por pruritos higiénicos (o auditivos, no sé, una lástima, en cualquier caso). Eso es lo que debemos hacer de nuevo. ¿Que no es perfecta?, claro que no lo es, el todo y lo perfecto resultan insoportables, ya lo decía Bernhard: faltan bastardos que retratar, y alguno de los que sí se retrata se desaprovecha luego; hay dos historias que ni se rozan, y algún ángulo de cámara algo afectado también. ¿Que Tarantino está encantado de conocerse y se repite?, pues también. Pero lo que de verdad importa aquí, al menos para mí, (y en esta ocasión, ya vendrán luego mis fantasmas Cashiers a devolverme a la muchas veces umbría alta realidad artística), lo que me sirve ahora, con lo que yo me quedo, desde luego, es con que Tarantino me hace disfrutar en las dos horas y media que dura la cosa de una brisilla fresca que en muy pocas ocasiones se nos presenta ya.

No es sólo que Tarantino cuente, cada una por su lado, la disparatada historia (algo incompleta, sí, ya lo sabemos, ya hemos dicho que no es ferpecta la película) de un comando de sanguinarios y descerebrados casanazis americanos y la conmovedora historia de la venganza de Shoshanna, la judía (¡amancebada con un negro!) que, ocultando su identidad, regenta un cine en el París ocupado, donde se proyectan las últimas películas de Leny Riefenstahl o de G.W. Pabst para solaz de las fuerzas ocupantes y donde se proyectará la última película de Goebbels (su obra más acabada, dirá Hitler durante la proyección haciendo llorar de emoción a su Ministro). No sólo que nos presente a un memorable cínico y refinadísimo y políglota y desalmado comandante nazi, cazajudíos de talento proverbial (¡porque piensa como los judíos!). No sólo son esas historias que nos cuenta y esos personajes (y sus interpretaciones memorables, la del comandante cazajudíos Hans Landa, sobre todas, desde luego) lo que nos atrapa desde el principio hasta el fin de la cinta. Es que Tarantino adora contárnoslas, adora contarnos esas historias y adora su lenguaje y el medio cinematográfico en que lo desarrolla. No hay otra manera de explicar la exultante reacción que nos provocan, por ejemplo, la escena inicial en la granja lechera o la escena del encuentro en el bar del comando aliado con la actriz alemana que espía para ellos; o, poco antes, el encuentro del integrante inglés con su general (Mike Meyers) y la deliciosa conversación cinéfila de ambos en presencia de ese Churchill mudo a cargo de Rod Taylor, la vieja estrella de Los pájaros de Hitchcock. En todas ellas se percibe un contador de historias que inventa y desarrolla sus ideas sin prisa, con una robusta solidez argumental, (donde incluso el disparate, lo irrisorio, puede hacerse sólido, lo que no está al alcance de todo el mundo, claro está) y una consistencia técnica envidiable, todas esas ideas que alarga innecesariamente, según dicen algunos, gozosamente afirmamos nosotros, haciendo y mostrando todo lo que tiene que hacer y mostrar.

Y después de ese gozo narrativo, me quedo también con la desaforada y canalla y descarada atmósfera de homenaje al cine mismo, al bueno y al malo, que se respira incansablemente en cada centímetro del metraje. Con el homenaje también a algunos de sus iconos más entrañables: a Pola Negri, a King Kong, a Bud Spencer, a Marlon Brando, a Marlene Dietrich, a Fumanchú, (por cierto, con esa "aterradora" silueta hologramática de Shoshanna formada por el humo del pavoroso incendio que provocan las viejas cintas de nitrato utilizadas aquí como arma de destrucción masiva).

Y salgo de la sala y me voy a casa contento silbando algo de Morricone... Y recuerdo de pronto el delirante e hilarante recurso en la apoteósica escena final del bocadillo de los dibujos animados de mi infancia (de los cartoons, se dice ahora). Y llego a casa y me pongo esto de aquí abajo, para seguir distrayéndome...

jueves, 24 de septiembre de 2009

El milagro que buscamos (incesantemente)

"...Pues, efectivamente, cuando se da una conjunción propicia podemos decir que el lector se adhiere a la obra; que llena segundo tras segundo la capacidad exacta del molde de aire que crea su velocidad voraz; constituye con ella, en la corriente de aire regular que forman las páginas al pasar, ese bloque de velocidad bien aceitada y sin fallos cuyo recuerdo, cuando llega la última página y se interrumpe brutalmente "el suministro", nos deja aturdidos, algo tambaleantes en pleno impulso, como si se adueñase de nosotros un comienzo de náusea y con esa sensación tan peculiar de tener "las piernas de trapo". Todo aquel que haya leído así un libro sigue apegado a él mediante un vínculo recio, como una adherencia, algo parecido al inconcreto sentimiento de haber vivido un milagro: durante una conversación, cada cual sabrá reconocer en el interlocutor aunque no sea más que por una inflexión de voz particular, ese sentimiento, cuando se expresa, y lo hace a veces, con los mismos rodeos y el mismo pudor que el amor; se coincide en determinada resonancia, es como si dos cables electrizados se rozasen. Esa sensación y sólo ella es la que convierte al lector en un prosélito fanático que no hallará descanso hasta que cuantos le rodean no hayan compartido su singular emoción."

Como cuando quedamos a merced del amor, viene a decir pudorosamente Julien Gracq (Louis Poirier, vamos, en La Literatura como bluff), como cuando nos encoñamos, diríamos sin pudor, en efecto, que nos sucede este milagro anonadante de gozar leyendo de este modo. Totalmente venéreo, así es.

martes, 15 de septiembre de 2009

Queda su amor al arte, tras la muerte, incluso

Ha muerto, inesperadamente, Juan Antonio Ramírez, quien supo mirar como pocos a Duchamp, en el librito (monumental) de aquí al lado y nos lo dio a entender bastante, mucho, mejor de lo que lo hacíamos (si lo hacíamos). Una personalidad en el mundo del arte, historiador modélico e iluminador de campos estéticos tan alejados, en su momento, de la siempre casposa oficialidad como eran, cuando él los acometió, el cómic, la cultura icónica de masas o cosas así. Gran pérdida. Dejo aquí este pequeño homenaje y un enlace donde narra él mismo su apasionante trayectoria intelectual.

domingo, 13 de septiembre de 2009

El gran escritor Eduardo Mendoza enmienda la plana al pobrecito Kafka

Y pide, de paso, refundar la narrativa contemporánea...



Lástima que no tengamos esa imagen del auditorio que tan reveladora resultaría sin duda...

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Leer basura

A pesar de que he sostenido en más de una ocasión que no me desagrada leer basura, la verdad es que después de terminar el bocado no puedo evitar tener la sensación de haber perdido el tiempo. Es una perogrullada, lo sé. Qué esperabas, dirá alguno. Aún así, insisto a veces, ya digo, pensando en que no deja de ser un buen ejercicio, muy divertido en ocasiones (no olvidaré ya nunca, por ejemplo, mis pataleos en la cama durante toda una noche, sí, entera, viéndole las costuras y apreciando los despropósitos del Código da Vinci). Leí hace tiempo Ácido sulfúrico, de Amelie (ay, Amelie, hasta el nombre lo tiene cursi) Nothomb y mi placer fue indescriptible cuando con un grupo de amigos repasamos uno por uno los fatuos disparates y las desangeladas y seudocorrosivas sentencias que nos lanzaba la chiquilla en una acumulación de escenas absolutamente previsibles. Una acerada crítica, decían algunos, al momento actual de nuestra sociedad televisiva. Qué más hubiera querido la chiquilla. Y lo mismo ocurrió con otro éxito de público de no hace mucho, con La nieta del señor Linh, una novela tramposa donde las haya, igualmente fatua y sensiblera que pretendía ser un canto a la amistad y a los desplazados del mundo. Ja. Una ñoñería infumable que me recuerda también a la tan igualmente cacareada Seda, de Alejandro Baricco (aunque de Los bárbaros, su ensayito sobre la mutación, hay que decirlo, pueda hacerse, sí, cierta lectura aprovechable). Bueno, estas obrotas, y otras muchas, seguro, que ahora mismo no recuerdo, las leí por mi propio pie. Si perdí el tiempo o no (que lo perdí, claro) yo soy el único culpable. Lo que me irrita, no obstante, de estas lecturas infames que a veces se nos cuelan en nuestra lista, y algo al respecto decía por aquí, es que la inducción a perder el tiempo, a perderlo, ay, sí, tan escaso, venga de la mano de alguien acreditado en recomendaciones, que alguien a quien das cierto crédito por escribir en un suplemento cultural de amplio espectro diga que la cosa es buena y vas y te lo crees y lees el engendro y se te queda después la carita descompuesta. Eso me resulta insoportable, detesto que me ocurra. Y me ha ocurrido ahora mismo, sí, luego de haber leído Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, publicada en Alfaguara (otra trampa mayor, por lo de la marca, claro). De modo que decía que La nieta del señor Linh era tramposa, aunque inofensiva tal vez después de todo, un matoncillo del tres al cuarto parecía su autor, después de todo. Pero ésta de Piñeiro es que ya parece haberla escrito Capone o Dillinger o Riina en sus papelitos, de tan criminalmente como está tramada la superchería. De modo que aquí aparecen tres muertos en la piscina en el primer capitulito (nótese con el diminutivo la intencionada agilidad que se pretende en la división de la obra) que se dejan macerar ahí hasta que aparecen, claro, en el último capitulito en que se resuelve, malamente, muy malamente, la cuestión averiguando el lector que no ha sido un crimen, no, qué va, ha sido un suicidio colectivo de hombres ricos y machotes venidos a menos que deciden acabar con sus vidas electrocutándose en la piscina con un cable eléctrico para que sus viudas, muy monas todas y muy ocupadas, al modo de los ricos, sin el verdadero y necesario espíritu de solidaridad, en mejorar su entorno social (¿he ahí la crítica? no lo sabemos), todas menos una, claro, algo más realista, la narradora, parece, aunque no se sabe muy bien, para que estas viudas, digo, cobren los seguros de vida que uno de ellos (y eso sea tal vez lo más complejo de la novela) ha amañado (uy, vaya por dios, ya he contado el final). Esta artimaña pueril, por sí sola, ya merece que el libro sea arrojado sin dilación a la misma piscina donde flotan los cadáveres, como hacía Umbral en la suya. Pero, en fin, ese a ver, a ver... que dice Francisco Rico que es lo que nos hace leer novelas nos empuja a seguir para comprobar con inusitada irritación que hemos perdido, en efecto, nuestro tiempo una vez más. Y hay destellos, alguno, sí, como la sudadera con un agujerito que la señora desecha y que la empleada desea para su hija y no obtiene por fin, pero mi Claudia despacha el asunto, ay, en 20, 30 líneas a lo sumo, dejándonos con las expectativas intactas por no saber utilizarlas. Y un capítulito hay también que usa inopinadamente una prosa eléctrica de muy buenos resultados. Pero es muy escaso, demasiado escaso el rédito. Una pena. Por mi tiempo, más que nada.

A mí se me ocurre, ya que estamos, hacer una consulta al improbable lector de estas líneas para ver cuáles son los libros más malos que ha leído. Mi voto, de momento, ya sabéis para quien iría.

Pero bueno, después de todo, seguiremos seguro encontrándonos muchos libros malos por el camino, mucha basura que leer, qué duda cabe, pero que sea, como mal menor, por nuestro propio pie, resulta bastante menos repugnante, eso creo, que sentirse estafado, como ahora yo, insisto (aunque suene ingenuo, sí, lo reconozco). ¿Qué tal el de Stieg Larsson? Aunque después de lo que ha escrito Vargas Llosa, no sé, no sé...

lunes, 7 de septiembre de 2009

Otra lección (facilita) gratis. De Bradbury

"Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce. Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano.
¿Cuánto hace que no escribe usted una historia que vuelque en el papel un amor o un odio verdadero? ¿Cuánto que no se atreve a liberar un bien conservado prejuicio para que sacuda la página como un rayo? ¿Cuáles son las mejores y las peores cosas de su vida y cuándo saldrá a susurrarlas o a gritarlas. (...) Por consiguiente, sin complicaciones, he aquí mi fórmula.
¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo?, ¿qué ama, o qué detesta?
Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir (...) A donde se mire en el cosmos literario, todos los grandes están atareados en amar y odiar ¿Ha abandonado usted esta ocupación básica por obsoleta para su escritura? Entonces se pierde una buena diversión. La diversión de la ira y el desencanto, de amar y ser amado, de conmover y ser conmovido por este baile de máscaras en el que giramos desde la cuna hasta el cementerio."
(Ray Bradbury dixit en Zen en el arte de escribir, Ed. Minotauro, 14:2008)

viernes, 21 de agosto de 2009

Una lección gratis

Después de bastantes años, hoy, y ayer también, he podido leer en el trabajo de tan ocioso como estaba. Antes, hace mucho, lo hacía a menudo, muy a menudo, la verdad, para que nos vamos a engañar. Parte de mi carrera universitaria la resolví, así, en mis horas remuneradas, las cuales arrebataba placentera, muy placenteramente, al patrón, al mismo, ay, siempre. Hoy he sentido de nuevo ese mismo placer, algo insólito que creí casi perdido ya de tanto como han cambiado, hemos cambiado, ahí fines y actitudes.
No tengo acceso libre a internet en el trabajo, pero curioseando en algunos sitios en los que sí nos deja estar el patrón, he encontrado un enlace a la página de la R.A.E. y ahí, entre otras noticias de la Casa, todos los discursos de toma de posesión de los nuevos académicos desde el año 2001. Bueno, son todos algo relamidos, muy redichos y ampulosos en ocasiones, pero podemos encontrar joyitas entre tanta retórica y, de paso, tomar nota para cuando la ocasión se nos presente. Ayer leí el de Álvaro Pombo, un plomazo. Hoy el de José María Merino, genial. Leyendo éste último no he podido sustraerme al recuerdo de todos esos amigos y amigas que sé que van de escuela en escuela de escritores para aprender tal vez cómo hilar unas muchas veces infames líneas con su correspondiente sentido literario. Una lección gratis para mejorarlas, seguro, nos da José María Merino aquí. Se lo recomiendo por ello a estos vivamente. A los que no la necesiten, tampoco les iría mal echarle un ojo, no, a este relato dentro de un relato dentro de... Disfrutarán, seguro. Al menos eso creo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Saturninos y mercuriales

"Mercurio, el de los pies alados, leve y aéreo, hábil y ágil, adaptable y desenvuelto, establece las relaciones de los dioses entre sí y entre los dioses y los hombres, entre las leyes universales y los casos individuales, entre las fuerzas de la naturaleza y las formas de la cultura, entre los objetos del mundo y entre todos los sujetos pensantes. ¿Qué mejor patrono podría escoger para mi propuesta literaria?
En la sabiduría antigua, en la que el microcosmos y el macrocosmos se reflejan en las correspondencias entre psicología y astrología, entre humores, temperamentos, planetas, constelaciones, el estatuto de Mercurio es el más indefinido y oscilante. Pero según la opinión más difundida, el temperamento influido por Mercurio, inclinado a los intercambios, a los comercios, a la habilidad, se contrapone al temperamento influido por Saturno, melancólico, contemplativo, solitario. Desde la antigüedad se considera que el temperamento saturnino es justamente el de los artistas, los poetas, los pensadores, y me parece que esta caracterización corresponde a la verdad. Desde luego, la literatura nunca hubiese existido si una parte de los seres humanos no tuviera una tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días, fija la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas. Mi carácter corresponde ciertamente a las peculiaridades tradicionales de la categoría a la que pertenezco: también yo he sido siempre un saturnino, cualquiera que fuese la máscara que tratara de ponerme. Mi culto a Mercurio corresponde quizá sólo a una aspiración, a un querer ser: soy un saturnino que sueña con ser mercurial, y todo lo que escribo está marcado por estas dos tensiones."
Italo Calvino dixit, en Seis propuestas para el próximo milenio. Pero Mercurio también es el planeta que está más cerca del sol; y el metal más pesado también. Siendo así que podríamos quemarnos o zozobrar según esta simbología última ¿Por qué parece que nos empeñamos en dislocar el símbolo ya entonces diáfano? Mercurial, pero a la antigua. A ese estado, en efecto, debe tender la Literatura. Debemos tender nosotros.

sábado, 15 de agosto de 2009

Monsieur Goffette

José Luis Reina y yo estuvimos la otra tarde en Nerja haciéndole una visita de cortesía al señor Herrerito, que es como se llamaría en español, según Reina, monsieur Goffette. El señor Herrerito, pues, es un afamado poeta belga que próximamente publicaremos en nuestra Colección de Literatura Internacional NorteySur. El señor Herrerito ha sido merecedor de muchos y renombrados premios en Bélgica y Francia, adornados con nombres tan sonoros como los de Mallarmé o Senghor, aunque el más importante de todos es sin duda el que le otorgó en 2001 la Academia Francesa por toda su obra, el equivalente aquí al Nacional de las Letras. El señor Herrerito, además de uno de los poetas más admirados en lengua francesa, es un respetado crítico literario y un narrador de prestigio. Ahora vive en París y trabaja en Gallimard, la editorial equivalente allí a nuestra e.d.a. Pero ha sido también profesor, impulsor de empresas literarias y, sobre todo, vagabundo, afición ésta, que no otra cosa se necesita para serlo, que le llevó a recorrer medio mundo con lo puesto. El señor Herrerito es un hombre afable y parlanchín que adora a España porque dice que se respira una libertad imposible de encontrar en el carácter francés (ja, dije yo para mí), y, sobre todo, porque se puede fumar sin restricciones (bueno, eso sí, dije también para mí, ya que no sabía cómo hacerlo en su idioma, aunque soltara yo, no obstante, un oui a secas, sin matiz alguno, contundente, en todo caso). Yo creo que nos ve todavía como algo pintoresco, algo así como un estado virginal no alcanzado todavía por el exceso de razón. Allá él, yo no se lo voy a explicar y menos en francés. Así que nos visita junto a su deliciosa esposa cada año desde hace veinticinco. Ella fue, al parecer, quien le transmitió el virus que contrajo la primera vez que vino a España cuando Franco aún vivía, aunque juró no volver hasta que se hubiera muerto -como Frank Sinatra, pero con menos repercusión, le dije yo a ella, que sí hablaba algo de español-. Así lo hizo. Ahora la pareja es ya fija en Nerja todos los veranos y planean comprar una casa en Torrox. Otro lujo aquí, dije yo otra vez para mí.
Hablamos, hablaron, vamos, José Luis y el señor Herrerito, que yo, por la alienación idiomática en que me encontraba, tenía que solazarme a ratos prolongados unas veces con mi espacio interior, otras con la vista de algunas bañistas que se distinguían en la playa cercana. Hablaron, pues, de grandes poetas franceses, de Cocteau (a quien, por cierto, no aprecian demasiado en Francia y es curioso), de Jaccottet, de Sollers, de Bonnefoy. Yo al oír esos nombres y entender inmediatamente de qué estaban hablando, abandoné mi arrobo y les dije que el mejor poeta francés era Marcel Duchamp. Una broma que le hubiera gustado oír a mi amigo Montano y que no entendieron. Para suavizarla, les dije también que el mejor poeta español era Nuno Judice. Creo que tampoco lo entendieron. También hablamos, claro, con intermediación, del libro que le vamos a publicar y que saldrá en noviembre o así, de la portada que le gustaría que llevase La vida prometida, que así se titula el libro. Él la ve azul, la vida y la portada. Veremos. En fin, aunque limitada por las fronteras lingüísticas mutuas (el señor Herrerito tampoco habla una puta palabra de español, ¿eh?, que conste, y eso que lleva viniendo aquí veinticinco años seguidos), pasamos de verdad una muy placentera tarde literaria. Muy parecida, por cierto, a la que pasamos José Antonio Montano y yo muy pocas semanas antes. Él ha dado cuenta aquí ya de ese ratito y yo le prometí replicar. Tenía el título de la entrada, sería "Montano miente", para enredar, más que nada. Pero no, no miente, tengo que admitir que es cierto todo lo que cuenta, y que brindamos y todo por Bernhard, aunque no diga, eso sí, que aplaudimos también. Se lo merecía, nos lo merecíamos.

domingo, 2 de agosto de 2009

Los manos de mi amigo


Este articulito sirvió de presentación para la lectura poética que Carlos Alcorta, que vive casi en esta casucha de Santander que podemos observar en la imagen, dio en el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga el 5 de marzo de 2007. Lo he releído con gusto ahora y lo pongo aquí como solaz tal vez de algún improbable lector.

LAS MANOS DE C.A.

Tiene Carlos Alcorta, siempre las ha tenido aunque no lo supiera desde el principio, una mano trocaica y otra dactílica. Cuando la mano izquierda dactílica, más o menos airada, algo cínica, pero con cierto tono melancólico ya, dijo una vez: “es verdad, nos separan demasiadas cosas”, constatando ella por otro lado lo que todo el mundo sospechaba sobre esta relación, a la trocaica no le importó, pero el daño estaba hecho. Ahí empezó entonces Carlos Alcorta a notar en serio que algo se traían ellas entre manos.
Antes de darse su dueño cuenta de todo, la mano izquierda dactílica, bastante ensimismada desde que tuvo conciencia de sí, hablaba, por ejemplo, de lugares como si de un estado de ánimo se tratara y se preguntaba insistentemente por el sentido de lo que decía y por cómo podría decirlo mejor de lo que lo hacía si su dueño no le facilitaba los medios. Estaba un poco quejosa entonces, y lo sigue estando, pero ha cambiado, qué duda cabe. Lo ha hecho de tal manera que la trocaica, a pesar de sus lógicas desavenencias, no oculta ahora la admiración que siempre ha sentido por la mano izquierda dactílica, a la que llamaba en secreto hermana mayor, pues aunque era, siempre lo fue, más alocada, no lo era tanto como para no saber lo que hacía la otra, contraviniendo así el dicho de que no sepa tu mano, etc. La mano izquierda dactílica decía casi siempre cosas graves y formulaba con frecuencia también preguntas inquietantes que todavía la trocaica no sabe responder (o ya no quiere, eso no lo sabemos con certeza). Se preguntaba, por ejemplo, “Cómo resistir la desolación” o afirmaba tajante y algo triste “estoy aquí completamente sola”. Bueno, ella decía “solo”, pero por identificarse con su dueño más que nada. Y parecía que hablaba con alguien cuando decía con cierto aire fúnebre: “es en tu ausencia donde oigo las aguas de la muerte”.

Luego se aficionó esta mano izquierda dactílica a las cosas sencillas y rutinarias, aunque sin abandonar ese tono como de preocupación y disgusto del que a pesar de todo no se ha desprendido hasta hoy, y que, muy lista y muy consciente de sí, ya decimos, conocía bien, pues le hemos escuchado alguna vez: “sobre la tristeza y sus significados has escrito hasta el hastío”, como hablando con otro, cuando hablaba consigo misma, de acuerdo con la situación en que ella misma había afirmado encontrarse. Aparecieron de pronto, pues, lámparas, mesas, libros, tabaco, alcohol, tardes, veranos y cosas de ese tipo que ya se entendían mejor, la verdad. Pero el desencanto, a pesar de todo, no menguaba. Nosotros creemos que tal vez verse esta mano izquierda dactílica sometida muy pronto a la influencia del anapéstico, el pie individualista de la izquierda de Carlos Alcorta, muy bien pudo haber provocado en ella esta tendencia. Se introdujo así poco a poco la realidad en su discurso, lo que permitió quizás también que afloraran algunas insinuaciones picantes, aunque bastante estilizadas, no hay que temer: “sentir el tacto oscuro de la piel” o, más adelante: “rozar la piel vencida de un cuerpo”, decía con cierta frecuencia. Pero esta realidad, nos parece al menos, era subjetiva, instrumental, una realidad a la que la mano izquierda dactílica llegaba a través de sí misma, ella misma era el punto de partida. Y no es que esto sea malo o problemático, ni mucho menos, sólo lo señalamos para advertir mejor el cambio que experimentaría más adelante.

Entretanto, Carlos Alcorta, atento ya a lo que ocurría en sus extremidades, envió a sus mejores oídos para que le acercaran más voces de las que le llegaban sólo de vez en cuando desde la mano trocaica. Ésta había introducido muy al principio, entre el habitual monólogo dialógico de su hermana mayor, y ayudada en ocasiones por el pie yámbico que tenía en paralelo, algunas frases interesantes: “oigo la plenitud del mundo” o “sólo nombramos restos”. “Ya no soy la misma”, llegó a oírsele en una ocasión (bueno, “el mismo”, decía en realidad, pero suponemos también que cierto prurito de parecerse a su dueño le acompañaba igual). “No pido excusas” o “siempre fui un desastre soltando amarras” o “el mercurio recobra su nivel habitual de indiferencia”, fueron algunas de las frases que proferiría después y que más inquietaron a Carlos Alcorta de cuantas le proporcionaron sus emisarios, pues sabiéndose él también algo canalla pudiera ocurrir que se tomaran luego como suyas.

No es seguro, pero tal vez fue la propia intervención de su dueño la que provocó que el exabrupto aquél proferido por la mano izquierda dactílica quedara en casi nada. Y hasta que iniciara ésta algunos proyectos junto a la trocaica que con el tiempo se han consolidado. Se pusieron de acuerdo por ejemplo en admitir los simulacros de la existencia y sus contradicciones. Decían al unísono “ese yo que me suplanta” o “no me quitan el sueño tantas contradicciones”, o “la sólida apariencia de verdad de los falsos sentimientos”. La realidad seguía estando muy presente, claro, no se piensa en alguien tanto tiempo en vano, pero era, nos parece y es curioso, el punto de partida ahora, algo exterior, objetivo, como si de verdad existiera. Un hecho que denotaba cierta confianza, cierta complacencia, que nunca vienen mal, desde luego, y que si bien incipientes, luego acrecentarían. No obstante, muy bien pudo ser éste el asunto más relevante y más peliagudo y que más le costó aceptar a la mano dactílica. No olvidar, por otro lado, el valor de la memoria y del tiempo eran unas huellas irrefutablemente dactilares que a la trocaica no le costó reconocer; pero el toque cínico y despegado y algo hedonista estamos seguros de que lo dio ésta.
Ahora se las oye mucho más relajadas, incluso se podría hablar de cierta armonía. De hecho, las últimas noticias que tenemos sobre este asunto y que a Carlos no le ha dado tiempo de copiar aún, hablan de que van diciendo juntas: “Está serena el alma” o “la carne dolorida es sinsentido” o, sobre todo, “el cuerpo que goza no reclama favor alguno, sino ser, sin más, gustoso destino”

En fin, Carlos Alcorta puso, como decimos, por escrito todas estas cosas, y le ha dado para varios libros: Lusitania (1988), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), etc. Por ellos sobre todo hemos sabido de las manos trocaica e izquierda dactílica que ya tiene adoptadas plenamente. Ignoramos, no obstante, cuánto de verdad y cuánto de gesto ha experimentado el amanuense por sus extremidades dada la ascendencia, el dominio evidente, que ha conseguido sobre ellas. Pero esto no importa, y aquí debemos detenernos, porque, como dice Giorgio Agamben, “donde la lectura del copista se encuentra de algún modo con el lugar vacío de lo vivido, debe detenerse. Porque tan ilegítimo como el intento de construir la personalidad del autor a través de la obra es el de la voluntad de hacer de su gesto la cifra secreta de la lectura.” (2005: 92) –bueno, “la lectura del poeta”, no del copista, dice realmente Agamben al comienzo de la cita, pero ya conocemos la inclinación de algunos filósofos hacia las grandes palabras–. Aquí nos detenemos, en fin, porque, después de todo, lo que a nosotros de este asunto nos importa más es que se han hecho bien las cosas y menos las cosas hechas, como quería Aristóteles, aunque sea esto en cierto modo algo reprochable a estas alturas...




sábado, 18 de julio de 2009

Funny games U.S.

Funny games es una película bernhardiana. Lo que interesa ahí (e inquieta sobre todo) es lo que está pasando por la cabeza de cada uno de los personajes. Queremos saber cómo la joven pareja de dulces y educados sicópatas, capaces de apreciar la perfección de un palo de golf para ganarse a su dueño, ha alcanzado ese estado de simple y total malignidad. Algo nos dicen, pero sólo para confundirnos más aún. Peter, cuenta Paul, es hijo de una familia conflictiva de condición miserable, pero no, es un chico bien mimado hasta los extremos, y homosexual. O sea, nada que nos ayude a comprender este fenómeno. Puede ser esto o aquello. Da igual. Queremos saber qué se le está ocurriendo a George para salir de la violentísima, y paradójicamente edulcorada, situación en que se encuentra, cómo afronta su postración y su ¿obligada? cobardía. O qué piensa Anna después de que su hijo haya sido brutalmente asesinado en esa memorable y densísima (y denostada) escena del salón con el comentario en la TV de las carreras de coches como banda sonora del horror. No se refieren a su hijo muerto los padres hasta mucho, demasiado tiempo después, para lo que está dispuesto a admitir el conmovido público. Por qué. Esto y nada, todo es posible en este perverso juego fílmico, lúdico hasta la exasperación tal vez, como eminente producto de la posmodernidad más acendrada, en el que el director rompe de continuo las expectativas emocionales de sus algo acomodados espectadores.
Pero no sólo, también carga contra las expectativas argumentales, las convenciones narrativas. Fíjense si no, en el cuchillo del inicio y su papel final. Nada. O en la pelotita de golf. O en el provocador rebobinado de la película para desvanecer socarronamente la catarsis liberadora de la angustia de personajes y videntes.

Un continuo juego emocional, por tanto, pero no sólo, ya digo. Un juego también metalingüístico y metaficcional en el que se nos recuerda, al final, perturbadoramente, que estamos viendo, nosotros, usted y yo, que la contemplamos estupefactos, una película, sí, pero que si la estamos viendo, entonces es que es real.

Funny games U.S. es el remake, plano por plano, de esa misma película del mismo autor de 1997. Lo que me recuerda ahora al ejercicio de idéntica naturaleza que Gus Van Sant llevó a cabo con Psicosis. Aunque, sí, como homenaje éste al maestro, no como posible autobombo y mercadeo de aquél. Dicen que varía sólo en unos pocos segundos, 20 ó 120, según los distintos cronometradores, y algo en el vestuario de la Naomi Watts, pelín más seductor. Aunque está guapa se ponga lo que se ponga esta chica.

miércoles, 8 de julio de 2009

La vaca que ríe












Un pequeño tesoro me he encontrado por ahí. Lo pongo aquí a la mano, dispendioso como soy. También para disipar las dudas respecto de nuestro origen vacuno, por si alguien las albergaba. Impagable el cacharrito en este primer vídeo. La risita del Punset, también. La carita de circunstancias de la de al lado, lo mismo. Y luego sigue y sigue y sigue... Un festín donde enredarse sin duda in summer time.

viernes, 3 de julio de 2009

Acontecimiento


Leo un "Acontecimiento" de Bernhard:

El director del colegio hace venir al maestro y lo acusa de haber abusado de uno de sus alumnos. Dice que no sabe qué decir, pero que el traslado del maestro a otro pueblo resulta inevitable. Que probablemente, sin embargo, el maestro tendrá que renunciar incluso a su profesión. Que, en cualquier caso, él tendrá que informar al director de la zona y todo el asunto tendrá consecuencias aún más graves que las que acaba de mencionar. El maestro no trata de justificarse y dice sólo que no ha abusado del alumno, y que ni se le hubiera ocurrido la idea de realizar actos como los que el director describe sin cesar con todo detalle. Sin embargo, aunque el maestro se defienda, no le sirve de nada. Queda suspendido inmediatamente en sus funciones, le dice el director, que deja que se vaya sin darle la mano como solía hacer siempre. Como el maestro no se siente culpable de nada, piensa que, con el tiempo, se demostrará su inocencia, que, sencillamente, aprovechará la suspensión para tomarse unas vacaciones. Que el rumor ni siquiera saldrá del colegio. Pero se equivoca. El rumor se extiende con la velocidad del viento, y hasta el periódico local de la ciudad lo recoge. Dice que un hombre como el maestro tendría que ser puesto a buen recaudo. Que ninguna pena sería demasiado severa para él. Que hay que proteger de él a la junventud, y especialmente a los niños, por todos los medios. Como el maestro está recién casado, el asunto le resulta doblemente desagradable. Su mujer no le cree y lo abandona al enterarse de la acusación. Sólo cuatro días después de ser suspendido, el maestro recibe ya una citación para comparecer ante la audiencia territorial. Nadie sabe qué hace antes del juicio, pero en cualquier caso, deja de mostrarse en público. Entretanto, nadie ignora ya la historia. La dueña de su casa le exige que se vaya y le devuelve el alquiler pagado por anticipado. Un día antes del juicio encuentran su cadáver en un río que va crecido, a diecisiete kilómetros del lugar de su residencia. Según se averigua, no se ha suicidado en absoluto, sino que se ha caído accidentalmente al río y se ha ahogado. Entonces el colegial se presenta y dice que toda la historia es falsa y que se la ha inventado para vengarse del joven maestro.


Esta sinopsis de Desgracia, de Coetzee, la escribió Bernhard en 1954. Es verdad que en Desgracia, de 1999, aparece además un malo remalo agazapado en las brumas tribales de Sudáfrica y que el profesor David Lurie no se "suicida", acaba quemando perros tullidos, incluso hasta el último, el que parecía que no iba a ser sacrificado, el que más logra enternecerlo, pero para el caso es lo mismo. Este "Acontecimiento" es la sinopsis de esa novela. Un "acontecimiento" a su vez extraordinario, para mí al menos, sin precio, como en la ilustración. Una cúspide alimentando a otra cúspide. Sin rubor, sin máscara alguna.
Bernhard renegó, al parecer, de estos textos primerizos, y sólo permitió su publicación bastante después de ser escritos. Es verdad que no son el Bernhard que conoceremos más tarde y que nos encandila con su fruición textual y sus obsesiones argumentales. Pero hay ahí pildoritas reconstituyentes ya, muy pronto, pues.

miércoles, 24 de junio de 2009

La destrucción creativa













Interesante y aleccionador artículo sobre lo que supone la irrupción del libro electrónico en nuestra actual sociedad de todavía complacientes autores, editores, lectores... Magnífica la alegoría hindú de su pórtico que adoptamos para el nuestro.

lunes, 15 de junio de 2009

Locus amoenus


Estoy leyendo Locus solus, de Raymond Roussel, ese libro que escribió su autor, según Beckett, "dentro de un par de siglos". Y pienso por él en su coetáneo, en mi adorado Marcel Schwob y su El rey de la máscara de oro o El corazón doble. Pienso también en Henry James o en Joseph Conrad. Y me pregunto al mismo tiempo en qué diablos estarían pensando Unamuno, Azorín, Baroja, Miró igualmente. ¿Pudiera ser que fuera Valle el único que se enteró de qué iba el asunto? Bueno, y Ramón Gómez de la Serna. Pocos más después, me parece. Ayala, Benet, Goytisolo... Larrea tal vez también, en otro orden. Max Aub desde luego. Releeré su Jusep Torres Campalans, su broma infinita, sí, ahora que lo recuerdo.

sábado, 6 de junio de 2009

Addison de Witt


Suelo visitar el blog de crítica y contracrítica de poesía, cuyas textos se atribuye el señor del título de esta entrada y cuya apariencia es la del señor de la imagen que ilustra esta entrada (George Sanders, sí, el inolvidable rufián de Los contrabandistas de Moonfleet). Aunque lo del anonimato tras el que se parapetan no me resulte cómodo, leo con gusto sus reseñas y noticias porque tienen siempre, a mi modo de ver, un oxigenante tono polémico y agitador que considero desde luego saludable. Reparten leña a los críticos más visibles de los suplementos culturales (Prieto de Paula, García Jambrina, Blesa, etc.), azotan a alguna vaca sagrada (Gimferrer, Colinas, Marzal...), y señalan sin desmayo los apaños de los premios poéticos de nuestro país (Loewe, etc.). Lo del anonimato, insisto, le resta autoridad a este colectivo, que, según indican, es lo que es el señor Addison, pero bueno, así están las cosas en la web 2.0 y no se puede negar, al menos yo no puedo negar, que no les falta olfato poético, no. Moderan los comentarios, eso sí, y prohíben cualquier clase de insulto gratuito o alusión personal injuriosa, que no me parece mal, pues ya sabemos cómo se las gastan algunos anonimillos resentidos en esta bloggosfalia cuando "más turbados están" (como diría Tip). Sin embargo, el otro día, en una de sus más recientes entradas con motivo de la muerte de José Miguel Ullán, se montó una pequeña gran trifulca entre comentaristas, aceptada por de Witt, debo suponer, entre los que se encontraban el ínclito Carlos Pardo y el emergente Juan Andrés García Román. Disfruté como no se puede hacer nadie una idea. Me partía de risa reparando en los inflamados egos de agraviados y agraviosos. En 47 comentarios lo dejé. Al día siguiente quise ver, claro, claro, cómo seguía la cuestión y mi sorpresa fue encontrar sólo 28 comentarios. El administrador de Witt había cercenado la consentida pasional discusión (un documento único, ay, ilustrativo del estado de ánimo de muchos de los poetas de este país, tan alicaídos generalmente). Sin valoración alguna, por lo sano. Ya. Una lástima. Lo que hubiera ilustrado la historia de nuestra poesía, seguro, con mayor criterio que aquella controversia, recordarán, entre los poetas de la experiencia y los de la diferencia, se ha quedado en humo, en nada, en una inocua referencia a la polemiquilla entre Almodóvar y Boyero, fíjate. Qué oportunidad ha perdido el señor Addison, sí, qué inocencia, qué candor.
Yo mandé un mensaje de queja, claro está, contenido, como es mi natural, aunque algo más de lo que correspondía, tengo que admitirlo, tal vez porque me intimidó el gesto censor. Pedía al final que volviese Ullán, la gran pérdida de la poesía española reciente. Y antes, para despistar, dije también que el hipermoderno Almodóvar lo tenía fácil con el crítico Boyero, quien afirma sin rubor que las únicas películas de Lars von Triers que le gustan son Bailando en la oscuridad y Rompiendo las olas, consecuencia, digo yo, de que sean las narradas más en línea recta, lo que facilita su comprensión, mucho. Pero nada, no me lo han puesto. Una lástima.