domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuéntanosla otra vez, Quent

La verdad es que da un poco igual no haber visto la película, mala, por cierto, de Castellari Aquel maldito tren blindado que ya sabemos que vampiriza Malditos bastardos, interesadamente, previo pago de una módica cantidad por sus derechos, irrisoria según los expertos, eso sí, dicho sea de paso, si se compara con la astrónomica cifra que le pedía la Metro por cederle los derechos de adaptación de Doce del patíbulo, la película de Robert Aldrich que era la que de verdad quería hacer. No le quedó otra, más o menos. Después de ver mencionada aquélla, pues, y algunas otras spaguettis, uno siente mucha curiosidad, en efecto, por esas películas bélicas, de serie B, serie P o serie Z europea que se revuelven en esta batidora, las de Klaus Kinski, Jack Palance o Franco Nero como estrellas rutilantes de una industria cinematográfica ya del todo finiquitada. Pero sabe uno también ya que lo más recomendable para estos casos es saborear sin afectadas interferencias de ningún tipo esta última gamberrada de Tarantino, sentarse en el ahora mullido y amplio sillón de la sala del multicines con un refresco de cola (Coca-cola siempre, aunque no quiero hacer publicidad) y un cajón de palomitas y disfrutar con los malos y los buenos (que ya no son, por cierto, ni tan malos unos ni tan buenos otros, no vaya a ser que hayamos progresado en vano). Algo bastante parecido a lo que hacíamos muy jovencitos en la sesión infantil de las 3,15 (qué hora malvada), viendo las inolvidables Tarzan de los monos, Las cuatro plumas, del olvidado Zoltan Korda, El regreso de Fumanchú o Siete contra todos, sólo que los asientos no eran tan confortables y las palomitas eran pipas hasta que las prohibieron por pruritos higiénicos (o auditivos, no sé, una lástima, en cualquier caso). Eso es lo que debemos hacer de nuevo. ¿Que no es perfecta?, claro que no lo es, el todo y lo perfecto resultan insoportables, ya lo decía Bernhard: faltan bastardos que retratar, y alguno de los que sí se retrata se desaprovecha luego; hay dos historias que ni se rozan, y algún ángulo de cámara algo afectado también. ¿Que Tarantino está encantado de conocerse y se repite?, pues también. Pero lo que de verdad importa aquí, al menos para mí, (y en esta ocasión, ya vendrán luego mis fantasmas Cashiers a devolverme a la muchas veces umbría alta realidad artística), lo que me sirve ahora, con lo que yo me quedo, desde luego, es con que Tarantino me hace disfrutar en las dos horas y media que dura la cosa de una brisilla fresca que en muy pocas ocasiones se nos presenta ya.

No es sólo que Tarantino cuente, cada una por su lado, la disparatada historia (algo incompleta, sí, ya lo sabemos, ya hemos dicho que no es ferpecta la película) de un comando de sanguinarios y descerebrados casanazis americanos y la conmovedora historia de la venganza de Shoshanna, la judía (¡amancebada con un negro!) que, ocultando su identidad, regenta un cine en el París ocupado, donde se proyectan las últimas películas de Leny Riefenstahl o de G.W. Pabst para solaz de las fuerzas ocupantes y donde se proyectará la última película de Goebbels (su obra más acabada, dirá Hitler durante la proyección haciendo llorar de emoción a su Ministro). No sólo que nos presente a un memorable cínico y refinadísimo y políglota y desalmado comandante nazi, cazajudíos de talento proverbial (¡porque piensa como los judíos!). No sólo son esas historias que nos cuenta y esos personajes (y sus interpretaciones memorables, la del comandante cazajudíos Hans Landa, sobre todas, desde luego) lo que nos atrapa desde el principio hasta el fin de la cinta. Es que Tarantino adora contárnoslas, adora contarnos esas historias y adora su lenguaje y el medio cinematográfico en que lo desarrolla. No hay otra manera de explicar la exultante reacción que nos provocan, por ejemplo, la escena inicial en la granja lechera o la escena del encuentro en el bar del comando aliado con la actriz alemana que espía para ellos; o, poco antes, el encuentro del integrante inglés con su general (Mike Meyers) y la deliciosa conversación cinéfila de ambos en presencia de ese Churchill mudo a cargo de Rod Taylor, la vieja estrella de Los pájaros de Hitchcock. En todas ellas se percibe un contador de historias que inventa y desarrolla sus ideas sin prisa, con una robusta solidez argumental, (donde incluso el disparate, lo irrisorio, puede hacerse sólido, lo que no está al alcance de todo el mundo, claro está) y una consistencia técnica envidiable, todas esas ideas que alarga innecesariamente, según dicen algunos, gozosamente afirmamos nosotros, haciendo y mostrando todo lo que tiene que hacer y mostrar.

Y después de ese gozo narrativo, me quedo también con la desaforada y canalla y descarada atmósfera de homenaje al cine mismo, al bueno y al malo, que se respira incansablemente en cada centímetro del metraje. Con el homenaje también a algunos de sus iconos más entrañables: a Pola Negri, a King Kong, a Bud Spencer, a Marlon Brando, a Marlene Dietrich, a Fumanchú, (por cierto, con esa "aterradora" silueta hologramática de Shoshanna formada por el humo del pavoroso incendio que provocan las viejas cintas de nitrato utilizadas aquí como arma de destrucción masiva).

Y salgo de la sala y me voy a casa contento silbando algo de Morricone... Y recuerdo de pronto el delirante e hilarante recurso en la apoteósica escena final del bocadillo de los dibujos animados de mi infancia (de los cartoons, se dice ahora). Y llego a casa y me pongo esto de aquí abajo, para seguir distrayéndome...

jueves, 24 de septiembre de 2009

El milagro que buscamos (incesantemente)

"...Pues, efectivamente, cuando se da una conjunción propicia podemos decir que el lector se adhiere a la obra; que llena segundo tras segundo la capacidad exacta del molde de aire que crea su velocidad voraz; constituye con ella, en la corriente de aire regular que forman las páginas al pasar, ese bloque de velocidad bien aceitada y sin fallos cuyo recuerdo, cuando llega la última página y se interrumpe brutalmente "el suministro", nos deja aturdidos, algo tambaleantes en pleno impulso, como si se adueñase de nosotros un comienzo de náusea y con esa sensación tan peculiar de tener "las piernas de trapo". Todo aquel que haya leído así un libro sigue apegado a él mediante un vínculo recio, como una adherencia, algo parecido al inconcreto sentimiento de haber vivido un milagro: durante una conversación, cada cual sabrá reconocer en el interlocutor aunque no sea más que por una inflexión de voz particular, ese sentimiento, cuando se expresa, y lo hace a veces, con los mismos rodeos y el mismo pudor que el amor; se coincide en determinada resonancia, es como si dos cables electrizados se rozasen. Esa sensación y sólo ella es la que convierte al lector en un prosélito fanático que no hallará descanso hasta que cuantos le rodean no hayan compartido su singular emoción."

Como cuando quedamos a merced del amor, viene a decir pudorosamente Julien Gracq (Louis Poirier, vamos, en La Literatura como bluff), como cuando nos encoñamos, diríamos sin pudor, en efecto, que nos sucede este milagro anonadante de gozar leyendo de este modo. Totalmente venéreo, así es.

martes, 15 de septiembre de 2009

Queda su amor al arte, tras la muerte, incluso

Ha muerto, inesperadamente, Juan Antonio Ramírez, quien supo mirar como pocos a Duchamp, en el librito (monumental) de aquí al lado y nos lo dio a entender bastante, mucho, mejor de lo que lo hacíamos (si lo hacíamos). Una personalidad en el mundo del arte, historiador modélico e iluminador de campos estéticos tan alejados, en su momento, de la siempre casposa oficialidad como eran, cuando él los acometió, el cómic, la cultura icónica de masas o cosas así. Gran pérdida. Dejo aquí este pequeño homenaje y un enlace donde narra él mismo su apasionante trayectoria intelectual.

domingo, 13 de septiembre de 2009

El gran escritor Eduardo Mendoza enmienda la plana al pobrecito Kafka

Y pide, de paso, refundar la narrativa contemporánea...



Lástima que no tengamos esa imagen del auditorio que tan reveladora resultaría sin duda...

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Leer basura

A pesar de que he sostenido en más de una ocasión que no me desagrada leer basura, la verdad es que después de terminar el bocado no puedo evitar tener la sensación de haber perdido el tiempo. Es una perogrullada, lo sé. Qué esperabas, dirá alguno. Aún así, insisto a veces, ya digo, pensando en que no deja de ser un buen ejercicio, muy divertido en ocasiones (no olvidaré ya nunca, por ejemplo, mis pataleos en la cama durante toda una noche, sí, entera, viéndole las costuras y apreciando los despropósitos del Código da Vinci). Leí hace tiempo Ácido sulfúrico, de Amelie (ay, Amelie, hasta el nombre lo tiene cursi) Nothomb y mi placer fue indescriptible cuando con un grupo de amigos repasamos uno por uno los fatuos disparates y las desangeladas y seudocorrosivas sentencias que nos lanzaba la chiquilla en una acumulación de escenas absolutamente previsibles. Una acerada crítica, decían algunos, al momento actual de nuestra sociedad televisiva. Qué más hubiera querido la chiquilla. Y lo mismo ocurrió con otro éxito de público de no hace mucho, con La nieta del señor Linh, una novela tramposa donde las haya, igualmente fatua y sensiblera que pretendía ser un canto a la amistad y a los desplazados del mundo. Ja. Una ñoñería infumable que me recuerda también a la tan igualmente cacareada Seda, de Alejandro Baricco (aunque de Los bárbaros, su ensayito sobre la mutación, hay que decirlo, pueda hacerse, sí, cierta lectura aprovechable). Bueno, estas obrotas, y otras muchas, seguro, que ahora mismo no recuerdo, las leí por mi propio pie. Si perdí el tiempo o no (que lo perdí, claro) yo soy el único culpable. Lo que me irrita, no obstante, de estas lecturas infames que a veces se nos cuelan en nuestra lista, y algo al respecto decía por aquí, es que la inducción a perder el tiempo, a perderlo, ay, sí, tan escaso, venga de la mano de alguien acreditado en recomendaciones, que alguien a quien das cierto crédito por escribir en un suplemento cultural de amplio espectro diga que la cosa es buena y vas y te lo crees y lees el engendro y se te queda después la carita descompuesta. Eso me resulta insoportable, detesto que me ocurra. Y me ha ocurrido ahora mismo, sí, luego de haber leído Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, publicada en Alfaguara (otra trampa mayor, por lo de la marca, claro). De modo que decía que La nieta del señor Linh era tramposa, aunque inofensiva tal vez después de todo, un matoncillo del tres al cuarto parecía su autor, después de todo. Pero ésta de Piñeiro es que ya parece haberla escrito Capone o Dillinger o Riina en sus papelitos, de tan criminalmente como está tramada la superchería. De modo que aquí aparecen tres muertos en la piscina en el primer capitulito (nótese con el diminutivo la intencionada agilidad que se pretende en la división de la obra) que se dejan macerar ahí hasta que aparecen, claro, en el último capitulito en que se resuelve, malamente, muy malamente, la cuestión averiguando el lector que no ha sido un crimen, no, qué va, ha sido un suicidio colectivo de hombres ricos y machotes venidos a menos que deciden acabar con sus vidas electrocutándose en la piscina con un cable eléctrico para que sus viudas, muy monas todas y muy ocupadas, al modo de los ricos, sin el verdadero y necesario espíritu de solidaridad, en mejorar su entorno social (¿he ahí la crítica? no lo sabemos), todas menos una, claro, algo más realista, la narradora, parece, aunque no se sabe muy bien, para que estas viudas, digo, cobren los seguros de vida que uno de ellos (y eso sea tal vez lo más complejo de la novela) ha amañado (uy, vaya por dios, ya he contado el final). Esta artimaña pueril, por sí sola, ya merece que el libro sea arrojado sin dilación a la misma piscina donde flotan los cadáveres, como hacía Umbral en la suya. Pero, en fin, ese a ver, a ver... que dice Francisco Rico que es lo que nos hace leer novelas nos empuja a seguir para comprobar con inusitada irritación que hemos perdido, en efecto, nuestro tiempo una vez más. Y hay destellos, alguno, sí, como la sudadera con un agujerito que la señora desecha y que la empleada desea para su hija y no obtiene por fin, pero mi Claudia despacha el asunto, ay, en 20, 30 líneas a lo sumo, dejándonos con las expectativas intactas por no saber utilizarlas. Y un capítulito hay también que usa inopinadamente una prosa eléctrica de muy buenos resultados. Pero es muy escaso, demasiado escaso el rédito. Una pena. Por mi tiempo, más que nada.

A mí se me ocurre, ya que estamos, hacer una consulta al improbable lector de estas líneas para ver cuáles son los libros más malos que ha leído. Mi voto, de momento, ya sabéis para quien iría.

Pero bueno, después de todo, seguiremos seguro encontrándonos muchos libros malos por el camino, mucha basura que leer, qué duda cabe, pero que sea, como mal menor, por nuestro propio pie, resulta bastante menos repugnante, eso creo, que sentirse estafado, como ahora yo, insisto (aunque suene ingenuo, sí, lo reconozco). ¿Qué tal el de Stieg Larsson? Aunque después de lo que ha escrito Vargas Llosa, no sé, no sé...

lunes, 7 de septiembre de 2009

Otra lección (facilita) gratis. De Bradbury

"Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce. Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano.
¿Cuánto hace que no escribe usted una historia que vuelque en el papel un amor o un odio verdadero? ¿Cuánto que no se atreve a liberar un bien conservado prejuicio para que sacuda la página como un rayo? ¿Cuáles son las mejores y las peores cosas de su vida y cuándo saldrá a susurrarlas o a gritarlas. (...) Por consiguiente, sin complicaciones, he aquí mi fórmula.
¿Qué es lo que más quiere usted en el mundo?, ¿qué ama, o qué detesta?
Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Dele instrucciones de carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio, el personaje lo precipitará hasta el final de la historia. La garra y el entusiasmo de esa necesidad encenderán el paisaje y elevarán diez grados la temperatura de su máquina de escribir (...) A donde se mire en el cosmos literario, todos los grandes están atareados en amar y odiar ¿Ha abandonado usted esta ocupación básica por obsoleta para su escritura? Entonces se pierde una buena diversión. La diversión de la ira y el desencanto, de amar y ser amado, de conmover y ser conmovido por este baile de máscaras en el que giramos desde la cuna hasta el cementerio."
(Ray Bradbury dixit en Zen en el arte de escribir, Ed. Minotauro, 14:2008)

viernes, 21 de agosto de 2009

Una lección gratis

Después de bastantes años, hoy, y ayer también, he podido leer en el trabajo de tan ocioso como estaba. Antes, hace mucho, lo hacía a menudo, muy a menudo, la verdad, para que nos vamos a engañar. Parte de mi carrera universitaria la resolví, así, en mis horas remuneradas, las cuales arrebataba placentera, muy placenteramente, al patrón, al mismo, ay, siempre. Hoy he sentido de nuevo ese mismo placer, algo insólito que creí casi perdido ya de tanto como han cambiado, hemos cambiado, ahí fines y actitudes.
No tengo acceso libre a internet en el trabajo, pero curioseando en algunos sitios en los que sí nos deja estar el patrón, he encontrado un enlace a la página de la R.A.E. y ahí, entre otras noticias de la Casa, todos los discursos de toma de posesión de los nuevos académicos desde el año 2001. Bueno, son todos algo relamidos, muy redichos y ampulosos en ocasiones, pero podemos encontrar joyitas entre tanta retórica y, de paso, tomar nota para cuando la ocasión se nos presente. Ayer leí el de Álvaro Pombo, un plomazo. Hoy el de José María Merino, genial. Leyendo éste último no he podido sustraerme al recuerdo de todos esos amigos y amigas que sé que van de escuela en escuela de escritores para aprender tal vez cómo hilar unas muchas veces infames líneas con su correspondiente sentido literario. Una lección gratis para mejorarlas, seguro, nos da José María Merino aquí. Se lo recomiendo por ello a estos vivamente. A los que no la necesiten, tampoco les iría mal echarle un ojo, no, a este relato dentro de un relato dentro de... Disfrutarán, seguro. Al menos eso creo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Saturninos y mercuriales

"Mercurio, el de los pies alados, leve y aéreo, hábil y ágil, adaptable y desenvuelto, establece las relaciones de los dioses entre sí y entre los dioses y los hombres, entre las leyes universales y los casos individuales, entre las fuerzas de la naturaleza y las formas de la cultura, entre los objetos del mundo y entre todos los sujetos pensantes. ¿Qué mejor patrono podría escoger para mi propuesta literaria?
En la sabiduría antigua, en la que el microcosmos y el macrocosmos se reflejan en las correspondencias entre psicología y astrología, entre humores, temperamentos, planetas, constelaciones, el estatuto de Mercurio es el más indefinido y oscilante. Pero según la opinión más difundida, el temperamento influido por Mercurio, inclinado a los intercambios, a los comercios, a la habilidad, se contrapone al temperamento influido por Saturno, melancólico, contemplativo, solitario. Desde la antigüedad se considera que el temperamento saturnino es justamente el de los artistas, los poetas, los pensadores, y me parece que esta caracterización corresponde a la verdad. Desde luego, la literatura nunca hubiese existido si una parte de los seres humanos no tuviera una tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días, fija la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas. Mi carácter corresponde ciertamente a las peculiaridades tradicionales de la categoría a la que pertenezco: también yo he sido siempre un saturnino, cualquiera que fuese la máscara que tratara de ponerme. Mi culto a Mercurio corresponde quizá sólo a una aspiración, a un querer ser: soy un saturnino que sueña con ser mercurial, y todo lo que escribo está marcado por estas dos tensiones."
Italo Calvino dixit, en Seis propuestas para el próximo milenio. Pero Mercurio también es el planeta que está más cerca del sol; y el metal más pesado también. Siendo así que podríamos quemarnos o zozobrar según esta simbología última ¿Por qué parece que nos empeñamos en dislocar el símbolo ya entonces diáfano? Mercurial, pero a la antigua. A ese estado, en efecto, debe tender la Literatura. Debemos tender nosotros.

sábado, 15 de agosto de 2009

Monsieur Goffette

José Luis Reina y yo estuvimos la otra tarde en Nerja haciéndole una visita de cortesía al señor Herrerito, que es como se llamaría en español, según Reina, monsieur Goffette. El señor Herrerito, pues, es un afamado poeta belga que próximamente publicaremos en nuestra Colección de Literatura Internacional NorteySur. El señor Herrerito ha sido merecedor de muchos y renombrados premios en Bélgica y Francia, adornados con nombres tan sonoros como los de Mallarmé o Senghor, aunque el más importante de todos es sin duda el que le otorgó en 2001 la Academia Francesa por toda su obra, el equivalente aquí al Nacional de las Letras. El señor Herrerito, además de uno de los poetas más admirados en lengua francesa, es un respetado crítico literario y un narrador de prestigio. Ahora vive en París y trabaja en Gallimard, la editorial equivalente allí a nuestra e.d.a. Pero ha sido también profesor, impulsor de empresas literarias y, sobre todo, vagabundo, afición ésta, que no otra cosa se necesita para serlo, que le llevó a recorrer medio mundo con lo puesto. El señor Herrerito es un hombre afable y parlanchín que adora a España porque dice que se respira una libertad imposible de encontrar en el carácter francés (ja, dije yo para mí), y, sobre todo, porque se puede fumar sin restricciones (bueno, eso sí, dije también para mí, ya que no sabía cómo hacerlo en su idioma, aunque soltara yo, no obstante, un oui a secas, sin matiz alguno, contundente, en todo caso). Yo creo que nos ve todavía como algo pintoresco, algo así como un estado virginal no alcanzado todavía por el exceso de razón. Allá él, yo no se lo voy a explicar y menos en francés. Así que nos visita junto a su deliciosa esposa cada año desde hace veinticinco. Ella fue, al parecer, quien le transmitió el virus que contrajo la primera vez que vino a España cuando Franco aún vivía, aunque juró no volver hasta que se hubiera muerto -como Frank Sinatra, pero con menos repercusión, le dije yo a ella, que sí hablaba algo de español-. Así lo hizo. Ahora la pareja es ya fija en Nerja todos los veranos y planean comprar una casa en Torrox. Otro lujo aquí, dije yo otra vez para mí.
Hablamos, hablaron, vamos, José Luis y el señor Herrerito, que yo, por la alienación idiomática en que me encontraba, tenía que solazarme a ratos prolongados unas veces con mi espacio interior, otras con la vista de algunas bañistas que se distinguían en la playa cercana. Hablaron, pues, de grandes poetas franceses, de Cocteau (a quien, por cierto, no aprecian demasiado en Francia y es curioso), de Jaccottet, de Sollers, de Bonnefoy. Yo al oír esos nombres y entender inmediatamente de qué estaban hablando, abandoné mi arrobo y les dije que el mejor poeta francés era Marcel Duchamp. Una broma que le hubiera gustado oír a mi amigo Montano y que no entendieron. Para suavizarla, les dije también que el mejor poeta español era Nuno Judice. Creo que tampoco lo entendieron. También hablamos, claro, con intermediación, del libro que le vamos a publicar y que saldrá en noviembre o así, de la portada que le gustaría que llevase La vida prometida, que así se titula el libro. Él la ve azul, la vida y la portada. Veremos. En fin, aunque limitada por las fronteras lingüísticas mutuas (el señor Herrerito tampoco habla una puta palabra de español, ¿eh?, que conste, y eso que lleva viniendo aquí veinticinco años seguidos), pasamos de verdad una muy placentera tarde literaria. Muy parecida, por cierto, a la que pasamos José Antonio Montano y yo muy pocas semanas antes. Él ha dado cuenta aquí ya de ese ratito y yo le prometí replicar. Tenía el título de la entrada, sería "Montano miente", para enredar, más que nada. Pero no, no miente, tengo que admitir que es cierto todo lo que cuenta, y que brindamos y todo por Bernhard, aunque no diga, eso sí, que aplaudimos también. Se lo merecía, nos lo merecíamos.

domingo, 2 de agosto de 2009

Los manos de mi amigo


Este articulito sirvió de presentación para la lectura poética que Carlos Alcorta, que vive casi en esta casucha de Santander que podemos observar en la imagen, dio en el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga el 5 de marzo de 2007. Lo he releído con gusto ahora y lo pongo aquí como solaz tal vez de algún improbable lector.

LAS MANOS DE C.A.

Tiene Carlos Alcorta, siempre las ha tenido aunque no lo supiera desde el principio, una mano trocaica y otra dactílica. Cuando la mano izquierda dactílica, más o menos airada, algo cínica, pero con cierto tono melancólico ya, dijo una vez: “es verdad, nos separan demasiadas cosas”, constatando ella por otro lado lo que todo el mundo sospechaba sobre esta relación, a la trocaica no le importó, pero el daño estaba hecho. Ahí empezó entonces Carlos Alcorta a notar en serio que algo se traían ellas entre manos.
Antes de darse su dueño cuenta de todo, la mano izquierda dactílica, bastante ensimismada desde que tuvo conciencia de sí, hablaba, por ejemplo, de lugares como si de un estado de ánimo se tratara y se preguntaba insistentemente por el sentido de lo que decía y por cómo podría decirlo mejor de lo que lo hacía si su dueño no le facilitaba los medios. Estaba un poco quejosa entonces, y lo sigue estando, pero ha cambiado, qué duda cabe. Lo ha hecho de tal manera que la trocaica, a pesar de sus lógicas desavenencias, no oculta ahora la admiración que siempre ha sentido por la mano izquierda dactílica, a la que llamaba en secreto hermana mayor, pues aunque era, siempre lo fue, más alocada, no lo era tanto como para no saber lo que hacía la otra, contraviniendo así el dicho de que no sepa tu mano, etc. La mano izquierda dactílica decía casi siempre cosas graves y formulaba con frecuencia también preguntas inquietantes que todavía la trocaica no sabe responder (o ya no quiere, eso no lo sabemos con certeza). Se preguntaba, por ejemplo, “Cómo resistir la desolación” o afirmaba tajante y algo triste “estoy aquí completamente sola”. Bueno, ella decía “solo”, pero por identificarse con su dueño más que nada. Y parecía que hablaba con alguien cuando decía con cierto aire fúnebre: “es en tu ausencia donde oigo las aguas de la muerte”.

Luego se aficionó esta mano izquierda dactílica a las cosas sencillas y rutinarias, aunque sin abandonar ese tono como de preocupación y disgusto del que a pesar de todo no se ha desprendido hasta hoy, y que, muy lista y muy consciente de sí, ya decimos, conocía bien, pues le hemos escuchado alguna vez: “sobre la tristeza y sus significados has escrito hasta el hastío”, como hablando con otro, cuando hablaba consigo misma, de acuerdo con la situación en que ella misma había afirmado encontrarse. Aparecieron de pronto, pues, lámparas, mesas, libros, tabaco, alcohol, tardes, veranos y cosas de ese tipo que ya se entendían mejor, la verdad. Pero el desencanto, a pesar de todo, no menguaba. Nosotros creemos que tal vez verse esta mano izquierda dactílica sometida muy pronto a la influencia del anapéstico, el pie individualista de la izquierda de Carlos Alcorta, muy bien pudo haber provocado en ella esta tendencia. Se introdujo así poco a poco la realidad en su discurso, lo que permitió quizás también que afloraran algunas insinuaciones picantes, aunque bastante estilizadas, no hay que temer: “sentir el tacto oscuro de la piel” o, más adelante: “rozar la piel vencida de un cuerpo”, decía con cierta frecuencia. Pero esta realidad, nos parece al menos, era subjetiva, instrumental, una realidad a la que la mano izquierda dactílica llegaba a través de sí misma, ella misma era el punto de partida. Y no es que esto sea malo o problemático, ni mucho menos, sólo lo señalamos para advertir mejor el cambio que experimentaría más adelante.

Entretanto, Carlos Alcorta, atento ya a lo que ocurría en sus extremidades, envió a sus mejores oídos para que le acercaran más voces de las que le llegaban sólo de vez en cuando desde la mano trocaica. Ésta había introducido muy al principio, entre el habitual monólogo dialógico de su hermana mayor, y ayudada en ocasiones por el pie yámbico que tenía en paralelo, algunas frases interesantes: “oigo la plenitud del mundo” o “sólo nombramos restos”. “Ya no soy la misma”, llegó a oírsele en una ocasión (bueno, “el mismo”, decía en realidad, pero suponemos también que cierto prurito de parecerse a su dueño le acompañaba igual). “No pido excusas” o “siempre fui un desastre soltando amarras” o “el mercurio recobra su nivel habitual de indiferencia”, fueron algunas de las frases que proferiría después y que más inquietaron a Carlos Alcorta de cuantas le proporcionaron sus emisarios, pues sabiéndose él también algo canalla pudiera ocurrir que se tomaran luego como suyas.

No es seguro, pero tal vez fue la propia intervención de su dueño la que provocó que el exabrupto aquél proferido por la mano izquierda dactílica quedara en casi nada. Y hasta que iniciara ésta algunos proyectos junto a la trocaica que con el tiempo se han consolidado. Se pusieron de acuerdo por ejemplo en admitir los simulacros de la existencia y sus contradicciones. Decían al unísono “ese yo que me suplanta” o “no me quitan el sueño tantas contradicciones”, o “la sólida apariencia de verdad de los falsos sentimientos”. La realidad seguía estando muy presente, claro, no se piensa en alguien tanto tiempo en vano, pero era, nos parece y es curioso, el punto de partida ahora, algo exterior, objetivo, como si de verdad existiera. Un hecho que denotaba cierta confianza, cierta complacencia, que nunca vienen mal, desde luego, y que si bien incipientes, luego acrecentarían. No obstante, muy bien pudo ser éste el asunto más relevante y más peliagudo y que más le costó aceptar a la mano dactílica. No olvidar, por otro lado, el valor de la memoria y del tiempo eran unas huellas irrefutablemente dactilares que a la trocaica no le costó reconocer; pero el toque cínico y despegado y algo hedonista estamos seguros de que lo dio ésta.
Ahora se las oye mucho más relajadas, incluso se podría hablar de cierta armonía. De hecho, las últimas noticias que tenemos sobre este asunto y que a Carlos no le ha dado tiempo de copiar aún, hablan de que van diciendo juntas: “Está serena el alma” o “la carne dolorida es sinsentido” o, sobre todo, “el cuerpo que goza no reclama favor alguno, sino ser, sin más, gustoso destino”

En fin, Carlos Alcorta puso, como decimos, por escrito todas estas cosas, y le ha dado para varios libros: Lusitania (1988), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), etc. Por ellos sobre todo hemos sabido de las manos trocaica e izquierda dactílica que ya tiene adoptadas plenamente. Ignoramos, no obstante, cuánto de verdad y cuánto de gesto ha experimentado el amanuense por sus extremidades dada la ascendencia, el dominio evidente, que ha conseguido sobre ellas. Pero esto no importa, y aquí debemos detenernos, porque, como dice Giorgio Agamben, “donde la lectura del copista se encuentra de algún modo con el lugar vacío de lo vivido, debe detenerse. Porque tan ilegítimo como el intento de construir la personalidad del autor a través de la obra es el de la voluntad de hacer de su gesto la cifra secreta de la lectura.” (2005: 92) –bueno, “la lectura del poeta”, no del copista, dice realmente Agamben al comienzo de la cita, pero ya conocemos la inclinación de algunos filósofos hacia las grandes palabras–. Aquí nos detenemos, en fin, porque, después de todo, lo que a nosotros de este asunto nos importa más es que se han hecho bien las cosas y menos las cosas hechas, como quería Aristóteles, aunque sea esto en cierto modo algo reprochable a estas alturas...




sábado, 18 de julio de 2009

Funny games U.S.

Funny games es una película bernhardiana. Lo que interesa ahí (e inquieta sobre todo) es lo que está pasando por la cabeza de cada uno de los personajes. Queremos saber cómo la joven pareja de dulces y educados sicópatas, capaces de apreciar la perfección de un palo de golf para ganarse a su dueño, ha alcanzado ese estado de simple y total malignidad. Algo nos dicen, pero sólo para confundirnos más aún. Peter, cuenta Paul, es hijo de una familia conflictiva de condición miserable, pero no, es un chico bien mimado hasta los extremos, y homosexual. O sea, nada que nos ayude a comprender este fenómeno. Puede ser esto o aquello. Da igual. Queremos saber qué se le está ocurriendo a George para salir de la violentísima, y paradójicamente edulcorada, situación en que se encuentra, cómo afronta su postración y su ¿obligada? cobardía. O qué piensa Anna después de que su hijo haya sido brutalmente asesinado en esa memorable y densísima (y denostada) escena del salón con el comentario en la TV de las carreras de coches como banda sonora del horror. No se refieren a su hijo muerto los padres hasta mucho, demasiado tiempo después, para lo que está dispuesto a admitir el conmovido público. Por qué. Esto y nada, todo es posible en este perverso juego fílmico, lúdico hasta la exasperación tal vez, como eminente producto de la posmodernidad más acendrada, en el que el director rompe de continuo las expectativas emocionales de sus algo acomodados espectadores.
Pero no sólo, también carga contra las expectativas argumentales, las convenciones narrativas. Fíjense si no, en el cuchillo del inicio y su papel final. Nada. O en la pelotita de golf. O en el provocador rebobinado de la película para desvanecer socarronamente la catarsis liberadora de la angustia de personajes y videntes.

Un continuo juego emocional, por tanto, pero no sólo, ya digo. Un juego también metalingüístico y metaficcional en el que se nos recuerda, al final, perturbadoramente, que estamos viendo, nosotros, usted y yo, que la contemplamos estupefactos, una película, sí, pero que si la estamos viendo, entonces es que es real.

Funny games U.S. es el remake, plano por plano, de esa misma película del mismo autor de 1997. Lo que me recuerda ahora al ejercicio de idéntica naturaleza que Gus Van Sant llevó a cabo con Psicosis. Aunque, sí, como homenaje éste al maestro, no como posible autobombo y mercadeo de aquél. Dicen que varía sólo en unos pocos segundos, 20 ó 120, según los distintos cronometradores, y algo en el vestuario de la Naomi Watts, pelín más seductor. Aunque está guapa se ponga lo que se ponga esta chica.

miércoles, 8 de julio de 2009

La vaca que ríe












Un pequeño tesoro me he encontrado por ahí. Lo pongo aquí a la mano, dispendioso como soy. También para disipar las dudas respecto de nuestro origen vacuno, por si alguien las albergaba. Impagable el cacharrito en este primer vídeo. La risita del Punset, también. La carita de circunstancias de la de al lado, lo mismo. Y luego sigue y sigue y sigue... Un festín donde enredarse sin duda in summer time.

viernes, 3 de julio de 2009

Acontecimiento


Leo un "Acontecimiento" de Bernhard:

El director del colegio hace venir al maestro y lo acusa de haber abusado de uno de sus alumnos. Dice que no sabe qué decir, pero que el traslado del maestro a otro pueblo resulta inevitable. Que probablemente, sin embargo, el maestro tendrá que renunciar incluso a su profesión. Que, en cualquier caso, él tendrá que informar al director de la zona y todo el asunto tendrá consecuencias aún más graves que las que acaba de mencionar. El maestro no trata de justificarse y dice sólo que no ha abusado del alumno, y que ni se le hubiera ocurrido la idea de realizar actos como los que el director describe sin cesar con todo detalle. Sin embargo, aunque el maestro se defienda, no le sirve de nada. Queda suspendido inmediatamente en sus funciones, le dice el director, que deja que se vaya sin darle la mano como solía hacer siempre. Como el maestro no se siente culpable de nada, piensa que, con el tiempo, se demostrará su inocencia, que, sencillamente, aprovechará la suspensión para tomarse unas vacaciones. Que el rumor ni siquiera saldrá del colegio. Pero se equivoca. El rumor se extiende con la velocidad del viento, y hasta el periódico local de la ciudad lo recoge. Dice que un hombre como el maestro tendría que ser puesto a buen recaudo. Que ninguna pena sería demasiado severa para él. Que hay que proteger de él a la junventud, y especialmente a los niños, por todos los medios. Como el maestro está recién casado, el asunto le resulta doblemente desagradable. Su mujer no le cree y lo abandona al enterarse de la acusación. Sólo cuatro días después de ser suspendido, el maestro recibe ya una citación para comparecer ante la audiencia territorial. Nadie sabe qué hace antes del juicio, pero en cualquier caso, deja de mostrarse en público. Entretanto, nadie ignora ya la historia. La dueña de su casa le exige que se vaya y le devuelve el alquiler pagado por anticipado. Un día antes del juicio encuentran su cadáver en un río que va crecido, a diecisiete kilómetros del lugar de su residencia. Según se averigua, no se ha suicidado en absoluto, sino que se ha caído accidentalmente al río y se ha ahogado. Entonces el colegial se presenta y dice que toda la historia es falsa y que se la ha inventado para vengarse del joven maestro.


Esta sinopsis de Desgracia, de Coetzee, la escribió Bernhard en 1954. Es verdad que en Desgracia, de 1999, aparece además un malo remalo agazapado en las brumas tribales de Sudáfrica y que el profesor David Lurie no se "suicida", acaba quemando perros tullidos, incluso hasta el último, el que parecía que no iba a ser sacrificado, el que más logra enternecerlo, pero para el caso es lo mismo. Este "Acontecimiento" es la sinopsis de esa novela. Un "acontecimiento" a su vez extraordinario, para mí al menos, sin precio, como en la ilustración. Una cúspide alimentando a otra cúspide. Sin rubor, sin máscara alguna.
Bernhard renegó, al parecer, de estos textos primerizos, y sólo permitió su publicación bastante después de ser escritos. Es verdad que no son el Bernhard que conoceremos más tarde y que nos encandila con su fruición textual y sus obsesiones argumentales. Pero hay ahí pildoritas reconstituyentes ya, muy pronto, pues.

miércoles, 24 de junio de 2009

La destrucción creativa













Interesante y aleccionador artículo sobre lo que supone la irrupción del libro electrónico en nuestra actual sociedad de todavía complacientes autores, editores, lectores... Magnífica la alegoría hindú de su pórtico que adoptamos para el nuestro.

lunes, 15 de junio de 2009

Locus amoenus


Estoy leyendo Locus solus, de Raymond Roussel, ese libro que escribió su autor, según Beckett, "dentro de un par de siglos". Y pienso por él en su coetáneo, en mi adorado Marcel Schwob y su El rey de la máscara de oro o El corazón doble. Pienso también en Henry James o en Joseph Conrad. Y me pregunto al mismo tiempo en qué diablos estarían pensando Unamuno, Azorín, Baroja, Miró igualmente. ¿Pudiera ser que fuera Valle el único que se enteró de qué iba el asunto? Bueno, y Ramón Gómez de la Serna. Pocos más después, me parece. Ayala, Benet, Goytisolo... Larrea tal vez también, en otro orden. Max Aub desde luego. Releeré su Jusep Torres Campalans, su broma infinita, sí, ahora que lo recuerdo.

sábado, 6 de junio de 2009

Addison de Witt


Suelo visitar el blog de crítica y contracrítica de poesía, cuyas textos se atribuye el señor del título de esta entrada y cuya apariencia es la del señor de la imagen que ilustra esta entrada (George Sanders, sí, el inolvidable rufián de Los contrabandistas de Moonfleet). Aunque lo del anonimato tras el que se parapetan no me resulte cómodo, leo con gusto sus reseñas y noticias porque tienen siempre, a mi modo de ver, un oxigenante tono polémico y agitador que considero desde luego saludable. Reparten leña a los críticos más visibles de los suplementos culturales (Prieto de Paula, García Jambrina, Blesa, etc.), azotan a alguna vaca sagrada (Gimferrer, Colinas, Marzal...), y señalan sin desmayo los apaños de los premios poéticos de nuestro país (Loewe, etc.). Lo del anonimato, insisto, le resta autoridad a este colectivo, que, según indican, es lo que es el señor Addison, pero bueno, así están las cosas en la web 2.0 y no se puede negar, al menos yo no puedo negar, que no les falta olfato poético, no. Moderan los comentarios, eso sí, y prohíben cualquier clase de insulto gratuito o alusión personal injuriosa, que no me parece mal, pues ya sabemos cómo se las gastan algunos anonimillos resentidos en esta bloggosfalia cuando "más turbados están" (como diría Tip). Sin embargo, el otro día, en una de sus más recientes entradas con motivo de la muerte de José Miguel Ullán, se montó una pequeña gran trifulca entre comentaristas, aceptada por de Witt, debo suponer, entre los que se encontraban el ínclito Carlos Pardo y el emergente Juan Andrés García Román. Disfruté como no se puede hacer nadie una idea. Me partía de risa reparando en los inflamados egos de agraviados y agraviosos. En 47 comentarios lo dejé. Al día siguiente quise ver, claro, claro, cómo seguía la cuestión y mi sorpresa fue encontrar sólo 28 comentarios. El administrador de Witt había cercenado la consentida pasional discusión (un documento único, ay, ilustrativo del estado de ánimo de muchos de los poetas de este país, tan alicaídos generalmente). Sin valoración alguna, por lo sano. Ya. Una lástima. Lo que hubiera ilustrado la historia de nuestra poesía, seguro, con mayor criterio que aquella controversia, recordarán, entre los poetas de la experiencia y los de la diferencia, se ha quedado en humo, en nada, en una inocua referencia a la polemiquilla entre Almodóvar y Boyero, fíjate. Qué oportunidad ha perdido el señor Addison, sí, qué inocencia, qué candor.
Yo mandé un mensaje de queja, claro está, contenido, como es mi natural, aunque algo más de lo que correspondía, tengo que admitirlo, tal vez porque me intimidó el gesto censor. Pedía al final que volviese Ullán, la gran pérdida de la poesía española reciente. Y antes, para despistar, dije también que el hipermoderno Almodóvar lo tenía fácil con el crítico Boyero, quien afirma sin rubor que las únicas películas de Lars von Triers que le gustan son Bailando en la oscuridad y Rompiendo las olas, consecuencia, digo yo, de que sean las narradas más en línea recta, lo que facilita su comprensión, mucho. Pero nada, no me lo han puesto. Una lástima.

viernes, 22 de mayo de 2009

Mi idea de la poesía (y de Ives Bonnefoy)

"Siendo memoria, y hasta experiencia de un estado original, incorruptible, de nuestra presencia en el mundo, la intuición poética transgrede los significados que nos privan de ésta, y rechaza pues los espejismos, los fantasmas, los malos mitos que nacen de la separación entre las palabras y las cosas. Y de esta vocación de la poesía por lo simple, se deduce que ella le permite al espíritu hallar los datos fundamentales de la vida en lo que ellos tienen de más elemental y universal, y allí está el terreno donde, armado de su lógica, el ser humano puede llevar esta reflexión libre de toda atadura a intereses personales que llamamos razón. ¿La poesía? Es lo que libera la razón, este pensamiento de lo universal, esta exploración de los grandes aspectos y necesidades del estar en el mundo, de las cadenas del habla fantasmática, la cual es consecuencia del encierro de las personas en modos de ser particulares. Y no es precisamente un azar, lo subrayo de paso, si los principales momentos de la invención poética han coincidido en la historia de Occidente con aquellos donde la razón se liberaba, por su parte, de la dependencia en que unos dogmas sin verdad la encerraban hasta entonces. Pensemos en Dante, escribiendo justo después de ese esfuerzo de racionalización, de claridad, que fue la filosofía tomista. Pensemos en Petrarca, esclarecido por el primer espíritu de la Ilustración. Pensemos, como una continuación de Galileo, en Poussin, ese pintor que fue ante todo poeta, y después de los Enciclopedistas en Francia, pensemos también en Hölderlin, en Wordsworth, en Leopardi, en Nerval. Pensemos en casi todos los verdaderos poetas, en suma y preguntémonos, recíprocamente, si las dificultades de la poesía en este final del siglo xx, su incapacidad, a menudo, de tener fe en su vocación, no son también y en primer lugar la consecuencia de la invasión de la sociedad por ideologías cada vez más brutales, que desalientan nuestra razón."
(Ives Bonnefoy, La traducción de la poesía, pgs.40 y 41, los subrayados son nuestros)

domingo, 3 de mayo de 2009

Palestina


En Fuengirola, un jovencito de quince años, palestino, ejecutó junto con cinco chicas y tres chicos, todos palestinos, todos de su misma edad, una danza folclórica de su país. Primorosa y entregadamente lo hizo, lo hicieron todos, para mi corto entendimiento. La música la ponían un pequeño teclado electrónico con su caja de ritmo y un violín. Era envolvente, machacona, simple en su estructura, hipnótica, embriagadora, identificable absolutamente con la zona de la que procedía. El teclista también cantaba. Me preguntaba yo sobre qué hablaría la letra de esta canción mientras la oía, qué estaría contándonos, algún amor desdichado, rivalidad vecinal, alguna hazaña, un pequeño suceso memorable...
La pieza fue larga, muy larga, quince minutos duró tal vez, si no más. Y a pesar de su extensión, los bailarines no dejaban de moverse ni un instante, de correr, de saltar y brincar con inusitada energía, de abrazarse, de hacer corros, haciendo del baile un ejercicio más físico que artístico, un ejercicio de desbordante jovialidad, de contagiosa alegría.
El jovencito de quince años llevaba atada al cuello una bandera de su país y era el que más serio parecía. Alguna circunspección le notaba yo en sus movimientos, cierta solemnidad. Pensé también por ello en la carga simbólica que aquella tela al cuello sugería, en cómo se identificaría el joven con ese símbolo, en la intensísima relación que se establecía allí en la danza entre ambos. Pensé en si con su corta edad sería capaz de entender todo o alguna parte siquiera del dramático significado de ese trapo, en si sería capaz de fijarse con él al cuerpo un cinturón de explosivos y hacerlo estallar en cualquier sitio por la rabia o la impotencia de ver cómo los bulldozers y las excavadoras Komatsu o Volvo o Carterpillar arrasan una y otra vez su vivienda y las vecinas; en si la música y la danza y ese símbolo que portaba serían capaces de embriagarlo hasta ese punto.
A mí me embriagó la música. Me emocionó y me acongojó la danza, a pesar de la jubilosa y atlética sencillez de los movimientos y el endiablado ritmo festivo que jaleaban sin desmayo las jovencitas. Y pensé en Palestina todo el rato. Pensé en Chechenia, pensé en el Tibet, en Sudán, Ruanda, Timor Oriental y hasta en Papúa-Nueva Guinea o en los indios Cherokees, en todos los débiles masacrados. Pensé en todos ellos por culpa de unos chiquillos procedentes de una áspera tierra de promisión, un violín cascado y una caja de ritmo. Y me identifiqué un instante, nada, en Fuengirola, muy lejos, demasiado lejos de todo, con cierta humanidad.
También pensé en el País Vasco, pero de otra manera. Y en Martha Graham y en Merce Cunnigham, aunque de otro modo, para darle un aire inteligente, algo racional, a mi emoción, sólo por eso…

martes, 7 de abril de 2009

El imitador de voces


Escribe Bernhard, en El imitador de voces:

"En la biblioteca de la Universidad de Salzburgo, el bibliotecario se ha ahorcado de la gran araña de la gran sala de lectura porque, como escribe en una nota que ha dejado, de pronto, después de veintidós años de servicios, no podía soportar ya ordenar libros y prestar libros que sólo habían sido escritos para causar desgracias, con lo que se refería a todos los libros jamás escritos. Eso me ha recordado al hermano de mi abuelo, que era guarda de monte en Altentann, junto a Henndorf, y se dio un tiro en la cumbre del Zifanken porque no podía soportar más la desgracia humana. También él dejó esa conclusión suya en una nota."

De este extensísimo microrrelato de Bernhard habrá que llamar la atención, para que se entienda su igualmente extensísima ironía, sobre "la gran araña de la gran sala de lectura de la Universidad de Salzburgo", sobre la acotación temporal "de pronto", sobre "el hermano de mi abuelo", cómo no, ese personaje trágico guarda de monte que se pegó un tiro. Pero sobre todo, sobre todo, habrá que reparar en la conclusión final del texto con su adverbio afirmativo al frente, sugiriéndonos, brutalmente, así siempre Bernhard, que no hay que ser muy listo, no, para llegar a ciertos puntos coincidentes.

domingo, 15 de marzo de 2009

El arca rusa

Obviando las colosales dificultades técnicas (puesta en escena, dirección de actores, encuadres, barridos, etc.) que afronta el maestro Sokurov en su película, grabada, como es sabido, en una sola toma que nos deja realmente patidifusos con su vaivén hipnótico (un ejercicio de esa extensión solo intentado antes, según creo, y hace bastante, por el Hitchcock de La soga, aunque con trampas), El arca rusa (2002) nos propone un exclusivo (for your eyes only) recorrido, tal vez un glorioso encargo para mayor gloria de las bondades rusas (tal vez presoviéticas), por l’Hermitage de San Petersburgo de la mano del "europeo", ese señor de levita negra y aire escéptico y burlón, y de un fantasma (o muchos) desubicados ("en qué siglo estoy", "qué lengua hablamos", se preguntan; "es sorprendente lo bien que hablo ruso", dice el europeo, el diplomático francés llegado ahí no se sabe cómo). Ambos nos guiarán a través de sus espacios, de su discurrir temporal.
Recorrerán juntos las suntuosas estancias de ese lugar de indescriptible belleza, abrirán sus puertas más secretas, más insospechadas (sótanos, almacenes, estancias privadas...), admirarán a los maestros pintores italianos y holandeses, españoles, se extasiarán con Las tres gracias de Canova y con su inigualable maestría para dotar de extrema delicadeza al más tosco e irreductible de los materiales. Y dialogarán jugosamente mientras de paso sobre el alma, sobre el carácter ruso ("los rusos no tienen ideas propias", dice el francés; "los europeos son demócratas de luto por la monarquía", le replicará una voz), de política o de religión. Y mientras, sutilmente, nos sugerirá Sokurov, por boca de la empleada ciega que conoce cada tela expuesta (Rubens, Van Dyck, el Greco) que no hace falta la vista para apreciar tanta hermosura; o, en otra escena de turbadora dislocación sensorial (de las frecuentes que se producen), que podríamos extraer todos sus secretos si somos capaces de entablar con ellas el diálogo apropiado.
Estos dos ingrávidos seres, visibles e invisibles a un tiempo, un leve soplo de nuestra imaginación que grotescamente un lacayo intenta alejar de allí igualmente soplando, se encontrarán en su paseo temporal ahora por el Palacio de Invierno con los otros fantasmas que lo pueblan desde que Catalina la Grande lo adoptó como residencia oficial de los Zares en el siglo XVIII, esa época que declaran amar nuestros amigos “por sus genios y sus modales”. Y van apareciendo entonces desordenadamente, distorsionadoramente, la misma Catalina, y sus hijos, y sus doncellas y cortesanos, y el Zar Alejandro y su familia y su magnífica corte, y los visitantes modernos del museo, y varios responsables conservadores actuales del museo también, que se preguntan, como quien no quiere la cosa, entre lacónicas reflexiones sobre el significado de la cultura, “si todavía estará el teléfono intervenido”. Y la muerte igualmente aparece en emocionantes planos fríos y blancuzcos, mientras un misterioso mayordomo, solícito y atribulado, que los ha seguido en casi todo su recorrido, ha cuidado, suponemos, de que todo esté bajo control. He ahí la metáfora.
Es un invisible fantasma esa voz que habla portando una cámara digital interpelando a veces al acompañante, pero somos nosotros mismos también, los que “abrimos los ojos y no vemos nada". Esa enigmática y curiosa mirada (nuestra) que acompaña e increpa a su acompañante, a "Europa", al diplomático así llamado que acabará rendido ante su destino e incapaz por ello de abandonar el Palacio cuando finaliza todo, destruye en la película cualquier centro de gravedad al que podamos asirnos, cualquier andamiaje, toda historia, constituyéndose solo en el mero fluir que Sokurov le asigna, y sugiriendo de ese modo que estamos (tal vez) dentro de un sueño donde todo es indeterminación, incertidumbre, teatralidad, gloriosa impostura. Somos nosotros mismos, inválidos espectadores, sí, formando parte del sueño, de manera que podemos sentir como absolutamente real y paradójicamente vivo todo lo que hemos “visto” que sucede en el Palacio, en cualquiera de las estancias que vamos dejando atrás, en las que pudiera continuar discurriendo la irreal existencia que se nos propone. Quizás sea este para mí su mayor logro.

El arca rusa nos convierte en entregados cómplices también mediante el ejercicio de extrema vitalidad y fuerza, de mundana jovialidad, de emocionante desenvoltura, de comicidad y socarronería que lleva a cabo. A través de las escenas teatrales (que algo, un poco, recuerdan a alguna propuesta de Greenaway), de los personajes enmascarados que pululan casi ubicuos, con los deliciosos revoloteos de varias ninfas hermosísimas por los pasillos del Palacio o con el entusiasmante baile final, sabe inocularnos Sokurov con inusitada eficacia, como pocas veces experimentamos, un adictivo estado de satisfacción difícil de describir. Y lo realza aún más si cabe con el sobrio contraste de gravedad que imprime en ese monumental tramo final de la película en que todos los ¿figurantes?, muchísimos, abandonan la fiesta y se dirigen a la salida bajando pausadamente por la escalera central del Palacio (donde, quizás como cima de lo que venimos diciendo, debemos fijarnos en cómo la cámara se entromete, avanza y retrocede, en cómo los ¿actores? van rellenando el plano, con una admirable naturalidad que refuerza la sensación ya asumida de estar nosotros mismos formando parte de la secuencia). La fuga final de la imagen hacia al enigmático y brumoso exterior acuático en que culmina la película, unida como está, claro (es una sola toma, no debemos olvidarlo) a la de la escalera, tal vez constituyan los diez minutos de cine más bellos que logro recordar. “Es una lástima que no estés conmigo –nos dice ahora la voz del fantasma–. Entenderás todo. Mira. El mar está por todas partes. Estamos destinados a navegar siempre. A vivir siempre.” Y asentimos.

No haría falta decirlo, pero nada más lejos todo esto de la enajenada inocencia, del hallazgo azaroso en esta película. Como dice certeramente Ignacio Castro Rey, el cine de Sokurov constituye un firme acercamiento nada inocente a lo que el espectáculo tecnológico ha dejado fuera. La alta definición al servicio de la indefinición de la existencia. En la línea que siguen su maestro Tarkosvky, Klimov o, más de este lado, Victor Erice. Un cine que pretende, si pensamos también en la desnudez imaginística, en la impactante propuesta de poética cinematográfica que es Madre e hijo (1997) sobre todo, “liberar a la sensación de la opinión”, desterrar el artificio fílmico a través de un absolutamente conmovedor ejercicio de imágenes que “son” ellas por sí mismas.