sábado, 4 de febrero de 2012

CUENTISMOS Y ESPEJOS en Sevilla


Vaya, últimamente, no hago más que poner aquí cositas de la editorial, joder, con lo que me a mí me gusta desbarrar con los libros que voy leyendo... Pero el día a día se impone. Ahí lleváis un recordatorio del próximo acto que celebraremos en Sevilla. Nos acompañará Ana Rosetti nada menos, y estamos encantados, qué duda cabe...

lunes, 30 de enero de 2012

FrICCIONES en EL PAíS-BABELiA


ESTE FIN DE SEMANA HEMOS TENIDO LA GRATA SORPRESA DE PODER VER FRICCIONES DE PABLO MARTÍN SÁNCHEZ RESEÑADO EN BABELIA. YO CREO QUE AÚN PODÉIS ENCONTRAR EL LIBRO EN VUESTRA LIBRERÍA. Y SI NO, ENCARGADLO, LECHE. NO OS LO PERDÁIS EN CUALQUIER CASO, JODER, QUE MERECE LA PENA, YA NO SÉ CÓMO DECÍROSLO PARA QUE ME CREÁIS... :-)

sábado, 14 de enero de 2012

FrICCIONES en El Cultural de El Mundo

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/30336/Ficciones

Mímesis en Quimera

El pasado mes de diciembre la revista Quimera publicó una extensa entrevista con Juan Francisco Ferré a propósito de su libro Mímesis y simulacro, publicado en nuestra editorial a principios del año pasado. No tiene desperdicio, como era de esperar. Aquí la pongo completa para que la disfrutéis.
























viernes, 6 de enero de 2012

Vila-Mata dixit (regalo de Reyes)


El genio personal que hay en todo niño se esconde por el placer del acto mismo de ocultarse, del mismo modo que el autor de una verdadera obra literaria escribe esa obra por el puro placer de escribirla y todo lo demás –el reconocimiento, las medallas, las aclamaciones del público, etcétera– le parece inmensamente superficial, accesorio y encima contrario a sus propios intereses y a los de la libertad de su duende personal.
El verdadero triunfo, el prestigio propio, que decía Juan Benet, la verdadera y sublime gloria solitaria estribarían pues en no ser descubierto en el escondite, no ser reconocido. "¡La gloria nocturna de ser grande no siendo nada!", que decía Pessoa. Después de todo, ya hace años que surgió la pregunta entre nosotros y muchos nos hicimos sobrio eco de ella. Hablo de cuando nos preguntábamos, casi obsesivamente, qué era exactamente un autor.
Tal vez ser un autor sea hacerse el muerto, situarse en el lugar del difunto, y no perder de vista ciertas perspectivas que abrieron pensadores como Foucault, para quien lo que la escritura pone en cuestión no es tanto la expresión de un sujeto que escribe cuanto la apertura de un espacio en el que el sujeto que escribe no cesa de desaparecer: "La huella del autor está sólo en la singularidad de su ausencia; al escritor le es asignado el papel del muerto en el juego de la escritura."
En el caso de Thomas Bernhard, todo nos lleva a pensar que no hacía más que pepararse para un día ocupar ese lugar mortal del autor. "Me llamo Erik Satie, como todo el mundo", decía Satie. Con esta frase tal vez quería decir que no se trata exactamente de que el autor esté muerto, sino que en tanto autor ocupa el lugar del muerto, marca sus propias huellas en un lugar vacío.

(En Exploradores del abismo)

jueves, 5 de enero de 2012

No comment



Los Ilegales en maitines, no digo más...

domingo, 18 de diciembre de 2011

Rafael León


El gran problema que tengo es que ahora que se ha muerto Rafael León no voy a poder ya definitivamente preguntarle qué es lo que dice la dedicatoria de su libro de poemas Voz propia, pues no la entiendo muy bien. Es lo que pasa con algunas dedicatorias. Yo creo que dice tal vez algo así como "esta voz de una momia resucitada", y reconozco su inmensa ironía y su puntito de falsa modestia en la autorreferencia. Pero no estoy seguro, de verdad, porque la "a" del posible artículo "una" parece más bien una tachadura, "momia" está cortada y el guión de corte está debajo de la "o", con lo cual despista, y luego hay una coma después de "Torres" que cae justo encima de esa posible "mo" solitaria que hace que la sílaba pueda interpretarse en realidad como "mío". Pero entonces no tiene sentido la dedicatoria. Bueno, tampoco tiene sentido que Rafael se haya muerto y sin embargo es así.
Tampoco podré ya consultarle cualquier duda tipográfica que me asaltara mientras preparaba algún libro, no sé, si las páginas de final de capítulo se numeran o no, o si los epígrafes van en redonda y las dedicatorias en cursiva o al revés. O si el guión de cierre es necesario antes de un punto y seguido o de un punto y aparte. O si las llamadas de las notas van antes o después del signo de puntuación. Él mantenía que antes, pero nunca le hice caso ahí. A mí me parecía mucho más razonable la postura de Martínez de Sousa que dice que la llamada no forma parte del texto y que por lo tanto no debe englobarse en él. Discutíamos por eso. Como discutíamos, bueno, más bien, disertaba, una tarde entera, sobre si Pablo de Tarso se cayó en realidad del caballo o no cuando tuvo aquella revelación, que parece que no, que es una imagen apócrifa que en las escrituras canónicas no se recoje. Él lo sabía, como sabía otras muchas, muchísimas cosas absolutamente inútiles y extravagantes y que te levantan el ánimo precisamente por eso, por su inutilidad y su extravagancia. Pensad si no es extravagante dedicarle casi mil páginas en sus dos tomos publicados y muchas más inéditas a una cosa tan insignificante como el papel. Sí, Rafael era un extravagante, y un soberbio y un engreído que en su soberbia y engreimiento decidió apartarse del mundo por no soportar sus memeces, tenías que ir a verlo a su casa y allí tal vez te invitara a una cachimba y te explicara detalladamente de dónde viene ese raro artilugio y la forma correcta de utilizarlo según tal o según cual, mientras María Victoria servía unos cubatas de ron o unos vasos de vino peleón con taquitos de queso y almendras, tanto daba. Y si quedabas con antelación tal vez podría preparar unos barreños llenos de trapos viejos desechos y unos moldes caseros y hacerte allí mismo unos pliegos de papel que luego guardarías como un pequeño tesoro.
Yo lo traté mucho, y lo adoraba, era una gozada oírlo hablar de las locuras de Dámaso Alonso o de Octavia (perdón, Octavio) Paz, Juan Ramón o Jorge Guillén, que se vino a Málaga para estar cerquita de sus amigos, de Rafael y de María Victoria, ahí es nada. O sobre los orígenes de la imprenta y su difusión. A mí, porque por razones obvias me interesaba el tema, llego a regalarme un día una regia edición en dos tomos de La imprenta, origen y evolución, de Augusto Jurado, una rareza publicada por la editorial Capta a todo color y en papel estucado de 220 gramos. La tengo ahora aquí al lado y no dejo de asombrarme de la generosidad de un obsequio tan opulento. Así era también Rafael, no sólo extravagante, sino generoso a veces hasta hacerte sonrojar. Ahora que se ha muerto no sé a quién voy a poder preguntarle tantas dudas como tengo todavía. Algunos quedan aún, pero muy pocos, demasiado pocos, no mucha más gente a la que admirar y seguir y cuidar como a un verdadero maestro. Él para mí lo era en grado superlativo. Rafael, si me escuchas, que sepas que eres un cabrón, mira que morirte y dejarnos con este desamparo...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Nunca es tarde para nada

A sus 97 años Nicanor Parra ha sido galardonado con el Premio Cervantes 2011. Resulta paradójico que al inventor de la antiliteratura (bueno, antipoesía, pero qué más da, el dardo es el mismo) le hayan concedido la más alta distinción de la Literatura hispana. Yo hubiera entendido mejor que hubiera sido el Premio Ignobel, sí, en efecto, ése que llama la atención sobre las investigaciones científicas más disparatadas (y estimulantes, desde luego) que se le pueden ocurrir a un ser vivo inteligente. Por esas cosas, por estas cosas de Nicanor, es que seguimos creyendo en este género nuestro tan disparatado él en sí mismo.
En este vídeo le hace la televisión chilena un pequeño homenaje, que hago mío también a propósito del premio, por su ochenta cumpleaños. Es regocijante sin duda.





Y pongo un poemita igualmente regocijante:

EPITAFIO
De estatura mediana
con una voz ni delgada ni gruesa,
hijo mayor de profesor primario
y de una modista de trastienda;
flaco de nacimiento
aunque devoto de la buena mesa;
de mejillas escuálidas
y de más bien abundantes orejas;
con un rostro cuadrado
en que los ojos se abren apenas
y una nariz de boxeador mulato
baja a la boca de ídolo azteca
–todo esto bañado
por una luz entre irónica y pérfida–
ni muy listo ni tonto de remate
fui lo que fui: na mezcla
de vinagre y de aceite de comer
¡un embutido de ángel y bestia!

lunes, 5 de diciembre de 2011

Lem again


Sigo con Lem. Solaris ahora. Y no he podido evitar que me asalte una inesperada sensación de extrañeza. A diferencia de Vacío perfecto, está claro que esto sí es una obra de género, una novela de ciencia-ficción. Encontramos aquí estaciones espaciales, viajes a distancias inimaginables, seres incomprensibles, artefactos irrealizables, mundos imposibles, civilizaciones desconocidas... Todo aquello, en fin, que nos sitúa en unas coordenadas literarias muy precisas, en un tiempo narrativo que identificamos enseguida con el futuro y sus avanzadillas tecnológicas. Por eso mi extrañeza ha sido enorme cuando reparo en que Kris Kelvin, el psicólogo enviado a la Estación Espacial de Solaris para intentar desentrañar el misterio que envuelve a su dotación, se sumerge una y otra vez en una biblioteca repleta de volúmenes dedicados al estudio del extraño planeta. ¿Pero es posible que existan los libros todavía en ese incierto futuro imaginado por Lem, que no sea capaz Lem, me pregunto, de prever que el papel no sería tal vez ya para entonces el soporte de esos conocimientos antiguos a los que apela y recrea sin afectación alguna en tantos lugares de la novela? Enciclopedias, opúsculos, folletos, legajos, incluso libros de lectura (la visitante Harey se entretiene en numerosas ocasiones leyéndolos, no se dice de qué clase de libros se trata, pero intuimos y aceptamos sin dificultad que son Literatura). De veras que en este punto de la cuestión sobre los soportes venideros del saber y la cultura y la cada vez mayor sensación de obsolescencia de bibliotecas bien surtidas de volúmenes encuadernados en cuarto, en piel, descuadernados, ajados por el manoseo, etc., etc., se hace difícil imaginar que pudieran conservarse aún, en el tiempo en que nos sitúa el texto, los libros tal y como los hemos conocido desde que podemos recordar. Jugamos con ventaja, desde luego, pero sorprende, insisto, no me lo nieguen, que ni se plantee aquí una alternativa al papel impreso. Y consuela también, qué duda cabe. No es un reproche a Lem, claro está, cuyo valor debemos buscar en otra parte, sólo trato de anotar una curiosidad. Como ésta otra además: cuando a Kris Kelvin le duela la cabeza y vacíe el botiquín buscando algo que le alivie, se lamentará de no encontrar en él ¡ni una sola aspirina! Sí, una aspirina vulgar y corriente. No deja de resultar enternecedor.
Por lo demás, Solaris nos plantea numerosas cuestiones altamente estimulantes. Tal vez destaque sobre todo la idea de Lem de la absoluta imposibilidad que tiene el ser humano de entender otras naturalezas en sí mismas si no son referidas a parámetros afines. El ansiado contacto con la intuida nueva civilización no podrá producirse nunca, viene a decirnos Lem, sin conculcar las estructuras físicas y psíquicas que nos sustentan, a lo cual podría ser (podría, sólo podría ser, claro) que no siempre se estuviera dispuesto. Pero ya no sólo entender otras naturalezas entraña para Lem serias dificultades, es que tampoco estamos en condiciones de interpretar la nuestra, lo que nos nutre desde lo más íntimo, lo que significan en realidad nuestros miedos, nuestra carga de emociones, recuerdos, fobias, filias... ¿Para qué entonces la conquista del espacio?, ¿para justificarnos como seres vivos inteligentes?, ¿para demostrarnos a nosotros mismos una supuesta heroicidad que nos llevaría tal vez sólo a constatar que no somos más que "la hierba del universo"? Quizás sean estas dos las cuestiones más relevantes que plantea la novela, pero no se queda atrás la lúcida crítica al afán entomológico y antropocentrista de nuestro conocimiento y de toda nuestra cultura en general. Y la naturaleza del amor y el origen del sufrimiento también están convocados aquí. Cuestiones todas de cierta gravedad desde luego que, no obstante, el autor logra filtrar con pericia en la novela de tal modo que evita siempre que se nos estrague la narración a base de soflamas, es importante tenerlo en cuenta.
Por otra parte, ya desde el punto de vista formal, Solaris recuerda bastante a Vacío perfecto. Los pasajes en los que hace recuento Kelvin de los estudios solarísticos y de las teorías de tantos sabios como se han ocupado del tema desde el descubrimiento del extraño planeta no deja de recordarnos a esa otra obra memorable con toda su finísima ironía incluida. Y encontramos igualmente muestras de la imaginación desbordante de este autor en la recreación de los fenómenos que tienen lugar en el planeta y las criaturas o lo que quiera que sean esas imágenes que se nos describen. Los mimoides (nótese el atinado toque de ternura en la elección del término), los agilus, las simetríadas y sus complementarias las asimetríadas, todos los sucesos de que se dan cuenta en "el volumen noveno de la monografía de Giese" y que nos detalla Kelvin en sus reflexiones, nos hacen gozar de nuevo de la gigantesca capacidad de invención de este escritor polaco en el que voy constatando que su enorme talento no reside, como creía, en la creación de mundos imposibles e inalcanzables sino en tratar de hacernos más habitable el nuestro...

sábado, 26 de noviembre de 2011

Crónicas de Pequod

José Luis Espina ha hecho un delicioso montaje con las fotos que sacó en la presentación de FrICCIONES ayer en Barcelona en la librería Pequod Llibres. Yo estuve allí y lo disfruté horrores. Ah, rabia que os lo habéis perdido...




Pero no merece la pena que os acongojéis, pues pronto estaremos en Málaga. El 14 de diciembre (fun, fun, fun casi ya :-). Nos vemos entonces. Si lo hacemos, obtendréis vuestro alfajor correspondiente, por supuesto que sí (no me digáis que no es sugerente la oferta...).

lunes, 31 de octubre de 2011

Lem


Yo no sé por dónde habría que empezar a leer a Stanislaw Lem para hacerlo de la forma correcta. Tenía pendiente de lectura sus novelas La investigación y Retorno de las estrellas. Ahora añado a la lista Solaris y Magnitud imaginaria. Pero la casualidad en forma de imposición tertuliana ha querido que sea Vacío perfecto, el título que inicia su Biblioteca del siglo XXI, el primero que he leído de este afamado escritor polaco de ciencia-ficción. ¿De ciencia-ficción? Bueno, eso creía. Por eso la sorpresa ha sido mayúscula: Stanislaw Lem no-solo-escribe-ciencia-ficción, como he podido comprobar en este Vacío perfecto. Stanislaw Lem, además de ciencia-ficción, ha escrito este inconmensurable libro que no es ni una novela ni es de ciencia-ficción, o no solo. Vacío perfecto, vaya por delante, es uno de esos libros que de tan buenos que son te hacen tener la sensación de que has perdido todo el tiempo anterior a su lectura en cosas sin importancia. Me ha pasado esto muy pocas veces. Con Bernhard me pasó, y me pasó con James Graham Ballard. Me pasó también con Raymond Roussel. Ya está. Todos ellos, y ahora Lem a su lado en este altarcito que erijo, son eminentes ejemplos del anonadante poder de la Literatura para desafiar a la vez nuestra inteligencia y nuestras emociones de la manera más violenta posible. Ni más ni menos que lo que yo creo que le debemos pedir sin desfallecimiento a la Literatura. Y exactamente eso es lo que hace Stanislaw Lem en Vacío perfecto, violentarnos, echar por tierra todo lo que creíamos saber, pobrecitos, sobre esto, aquello o lo de más allá; mostrarnos también lo que no podíamos ni imaginar siquiera que fuera posible; hacernos experimentar genuinamente, por último, el gozo casi diabólico, casi obsceno, que procuran las historias magistralmente contadas, aunque sea, como aquí, por la erizada interposición del crítico, de un glorioso malabarista impostado en crítico-autor de las imposibles reseñas sobre libros imposibles que conforman este libro que no deja de parecernos imposible a su vez. He ahí la gigantesca broma.
Porque en Vacío perfecto Stanislaw Lem emprende una serie de reseñas de libros imaginarios, de libros que no existen, engrandeciendo aún más si cabe el aserto borgiano de que basta que un libro sea posible para que exista. Deben creerme si les digo que la posibilidad de que el lector reconstruya la historia completa fuera del propio texto, como hace Lem sin desmayo, lo considero un extraordinario ejercicio mental que muy pocas veces se me había propuesto con tal intensidad, tanta maestría y tanta eficacia. Stanislaw Lem ensaya aquí una broma infinita, en efecto, en la que se descabezan las proposiciones literarias más arriesgadas.
Unas son reales, como el Nouveau Roman, contra el que "arremete" en el texto dedicado a glosar el libro de Solange Marriot Rien du tout, o cuando en Gigamesh, la hermenéutica más enloquecida da buena cuenta del Finnegans Wake de Joyce. Otras son producto de su imaginación, como el paradójico y fracasado intento de Seurat, en Toi, de pretender escribir un libro contra los propios libros y contra los lectores, tras lo cual lo único que le será posible ya al autor, si quiere –dice el crítico– ser consecuente con su idea, es el silencio o apostarse a la puerta de las librerías para abofetear a los lectores.
Pero no solo hay bromas literarias (muy serias) en Vacío perfecto. Lem, con su imaginación desbordante, nos propone también con aplastante dominio lógico situaciones existenciales imposibles, utópicas distopías dominadas en muchos casos por una avanzada tecnología a la que convierte en nuestro verdadero numen protector universal, pervertidas posibilidades de existencia con las que gozamos obscenamente. ¿O no es maravilloso pensar en un canon que grave todas las obras de creación que tengan una mínima finalidad comercial, o establecer una pensión vitalicia para todo aquel que se abstenga de aumentar la basura cultural que nos ahoga, o establecer un acuerdo planetario entre las compañías rivales que dominan el mercado computerizado de la planificación y cumplimiento de nuestros deseos?
Pero la traca final de este proyecto inigualable la componen sus endiablados últimos textos (de Lem o de quien quiera que sea ese o esos críticos, tanto da). Die kultur als fehler, la cultura como error, De Impossibilitate Vitae; De Impossibilitate Prognoscendi y, sobre todo, la última pieza, La Nueva Cosmogonía, ahora sí, con tintes más marcados de ciencia-ficción (aunque no salen marcianitos con antenas, ni nada que se le parezca, no teman), son sin duda la apoteosis creativa de un autor en estado de gracia. La gloriosamente delirante De Impossiblitate Vitae demuestra científicamente de acuerdo con los postulados de la ciencia Estadística la absoluta imposibilidad de nuestra existencia singular. La Nueva Cosmogonía, el discurso de un Premio Nobel que reivindica las extravagantes teorías del olvidado físico Arístides Acheropoulos nos persuade (¡desde la autoridad que le confiere su tribuna!) de que todo el Universo no es más que el tablero de un inmenso juego cósmico donde civilizaciones antiquísimas desarrollan su actividad sin preocuparse lo más mínimo de nosotros, meros incidentes producto del azar. Ellas son las que siguiendo sus reglas han establecido el aislamiento semántico, el Silentium Universi, así como la Pax Cósmica, imposible de transgredir porque es de todo punto inútil la intercomunicación, dado el espacio que separa a unas de otras. Una nueva regocijante y deslumbrante Teogonía hesiódica moderna, donde la superstición humana y las creencias religiosas son desechadas de una vez por todas (o no). Ese es una y otra vez el juego de prestidigitación a que nos somete Lem. Ahí es nada.

Como en los dibujos de Escher que encabezan este comentario, todo es imposible en este libro. Pero nos subyuga la tremenda belleza de esa imposibilidad, todos sus contrastes, sus increíbles paradojas, sus dudas, su sarcasmo rabelaisiano, carnavalesco en grado extremo. Léanlo, por dios, no dejen de leerlo, si no lo han hecho todavía.
La casualidad fue lo que dije que me había llevado a este libro, pero ¿no será en realidad un exceso de sal en el gulash que Enrique Schussler ingirió aquel día tan soleado porque no había otra cosa en el menú, lo cual le hizo entrar en el mesón a buscar un vaso de agua, y propició ese indeseable encuentro con la cocinera que le habló con altivez de su noble pasado en Cracovia...? Quién sabe, tal vez solo Lem, o Juanma Cruz, lo sepan con certeza...

miércoles, 5 de octubre de 2011

FrICCIONES, de Pablo Martín Sánchez


No acaba de llegar FrICCIONES a las librerías y ya nuestro amigo Bolmangani ha dado su parecer aquí. No puede ser más esperanzador, desde luego que no. Espero que disfrutéis pronto del libro lo mismo por lo menos que nosotros editándolo (que ha sido mucho, no os quepa duda). La estupenda ilustración de la portada es de nuevo una obra de Chema Lumbreras.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El árbol de la vida


Es una lástima que no haya podido ver todavía Días de cielo, la única película de Terrence Malick que me falta. Y más rabia me da si pienso que la tengo ahí mismo, en este disco duro externo de al lado que, para mi desgracia, llevo intentando poner de nuevo en funcionamiento casi un año ya.
Pero he visto varias veces Malas tierras y me sigue pareciendo su gran obra maestra, toda, de punta a cabo, aunque me fascine sobre todo ese inolvidable final en el que Kit posa encadenado mientras los polis le toman fotografías antes de subir al avión que le llevará a su previsible destino. He visto un par de veces La delgada línea roja y me parece formidable, absolutamente emocionante la altísima poética visual y conceptual que despliega el director americano en el tratamiento del horror de la guerra, cómo es capaz de transmitir sutilísimamente los terribles conflictos a los que se enfrenta un ser humano en tan terribles circunstancias. Una película creo que muy difícil de superar en casi todos sus aspectos compositivos, técnicos, dramáticos, argumentales...
No hace mucho que pude ver también El nuevo mundo e igualmente me pareció que el maestro había filmado otra obra maestra (a pesar de lo deleznable que me resultaba la historia que cuenta, tal vez debido a haber visto tantas veces (es la paternidad, estúpidos) la bobalicona peliculita que a Disney se le ocurrió perpetrar para seguir obnubilando a los reyes de la casa). De nuevo encontré en esta última película de Malick la inusitada fortaleza visual que me encandiló en la inmediata anterior. Y de nuevo supo emocionarme con una historia llena de misterio y de trágica sabiduría poética llavaba a su clímax en el reencuentro final de los amantes y el posterior dejarse morir de Pocahontas. Toda una lección de contención narrativa y de huida de sentimentalismos de ocasión.
Ya está, eso es todo lo que ha filmado Malick en treinta años. Y con estas cuatro películas realizadas en treinta años ha sabido alzarse con el título nada desdeñable de mejor director de cine vivo del mundo. No está mal para tan exigua obra.
Ahora acaba de estrenar El árbol de la vida, su quinto largometraje, tras el que parece que le ha cogido gustillo a reducir el tiempo de espera entre una obra y otra, pues anuncia otro estreno para 2012 y otro proyecto más casi para ya también. Tras ver ésta última, la verdad es que no sé si es una buena noticia. Vengo de verla ahora, ahora mismito, y he llegado a casa pensado en que no es que me haya desconcertado lo que he visto, que no lo haya entendido, que dude, etc. Es que me parece una película mala, incomprensiblemente mala y terriblemente aburrida. No es que el cine de Malick sea una fiesta, no, nada de eso, claro está, pero nunca hasta ahora, nunca, había experimentado esa sensación antes viendo sus películas. Pese a su melancólica cadencia siempre me han resultado extremadamente estimulantes sus planteamientos, sus reposados desarrollos. Pero lo que he visto hoy me ha parecido de una ampulosidad cercana a la pedantería, demasiado cercana, en la que cada plano tal vez pretenda, sin conseguirlo, imponer la grandilocuente y trascendental visión particular del mundo de Malick, muchas veces mediante el demasiado evidente recurso de unos subrayados musicales abrumadores y casi sonrojantes a menudo (me parece que sólo cuando suena Brahms en el tocadiscos del comedor, o sea, en la narración, resulta la música pertinente). Es cierto que la potencia visual, el poder de sugestión de las imágenes del director está muy presente en gran parte de la película, pero poco más. La trama es casi anecdótica, los diálogos casi inexistentes. Y aunque no pueda ser ésta de ningún modo una de las razones por las cuales me haya decepcionado la película, estoy convencido de que para el modelo de narración que utiliza Malick una vez más, y con el que tan buenos resultados ha obtenido siempre, resultaría ahora mucho más convincente el del argentino Lisandro Alonso, pongo por caso. ¿Se ha agotado la fórmula? No sé, tal vez. Pero, leche, inexplicablemente en Cannes se ha llevado la Palma de oro esta película.
Por otra parte, ya me había advertido mi amigo Chema de que según su opinión le sobraba al metraje casi media hora por el principio y un cuarto de hora por el final. He comprobado que tiene toda la razón del mundo, incluso que se quedó corto, pues a mi modo de ver, lo que yo salvo de la película son únicamente los treinta o treinta y cinco minutos en los que se adopta de pleno el punto de vista del mayor de los hermanos. Esa media hora inicial me ha parecido un cruce entre algún documental presentado por Carl Sagan y Jurasic Park, absolutamente prescindible, desde luego, o sólo utilizable para deleite de algún espectador aficionado a los sicotrópicos. Sí, ya sé que lo cósmico nos engloba a nosotros pobres mortales insignificantes, que nuestro dolor puede ser cósmico y que la crueldad forma parte inherente de la casual existencia de los seres vivos igualmente, pero esa larguísima sucesión de imágenes efectistas las he percibido completamente inapropiadas para el maestro (poco le faltó a la secuencia para que saliera el monolito de Kubrick). Los quince minutos sobrantes del final no los comento, así dejo por ahora, yo al menos, algo por descubrir del misterio de la vida...

martes, 13 de septiembre de 2011

martes, 6 de septiembre de 2011

Rafael Barret y su Historia de la humanidad


Dice Iván Lissorgues que en Asombro y búsqueda de Rafael Barret, el libro que Gregorio Morán escribió sobre este ignoto escritor hispano/paraguayo de finales del siglo XIX fascinado un buen día, casi casualmente, por el modo de pensar y la manera de escribir de esa borrosa figura, se coloca a Barret en una asombrosa constelación de referencias culturales y literarias, para que se cumpla, póstumo, su sueño: "transformar su obra en un ejercicio de honestidad y compromiso, para llegar con el tiempo a convertirse en uno de los escritores más coherentes de un periodo dominado por los hipócritas de la vida y la literatura". Y dice Lissorgues que apostilla Morán: "hay demasiada humanidad y cultura en Barret para que el esquema canónico del escritor hispano pudiera admitirle". Desde luego, a mí eso de "demasiada humanidad" me ha impresionado. Y su azarosa vida me ha recordado de paso a Alejandro Sawa, ese otro personaje intempestivo y difuso de nuestra literatura finisecular. Lo del "periodo dominado por los hipócritas de la vida y la literatura", también me ha impresionado, claro, aunque un poco menos ya si comparamos, etc...
Por lo pronto, el texto que dice Iván Lissorgues que provocó en Morán el deslumbramiento iniciático por este ignoto escritor no tiene desperdicio. Es una historia de la humanidad en veinticinco líneas poco más o menos:

"Mientras no poseí más que mi catre y mis libros fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecían criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo que empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver."

Qué lejos estamos ya de la "honestidad" y del "compromiso", qué desangelados, qué naif nos parecen hoy estos atributos... Tal vez no se pueda por ahí recuperar a Barret, tal vez no... Quedémonos entonces con su lucidez y su capacidad de síntesis para poder reducir el mundo que habitamos hoy a esas dos categorías rabiosamente vigentes que propone el paraguayo: "yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas."