domingo, 21 de agosto de 2011

Festín cinematográfico


A causa de una augusta celebración veraniega con mi amigo Emilio, una de esas celebraciones que no se olvidan, de las que por su intensidad se quedan dando vueltas en la cabeza durante varios días y más allá, este viernes no me moví del sofá en toda la tarde. Ahí estuve hasta bien entrada la madrugada con una sola paradita para picar algo y seguir luego recostado. Viendo la televisión todo el rato. Hacía años que no pasaba una tarde así. Bueno, quizás no tanto. Pero resultó de dulce la tarde, eso sí, porque al abrir los ojos después de una prolongada siesta, al enchufar el televisor con cierta dejadez, primero apareció en la cadena de pago mi admiradísima Boogie Night, de Paul Thomas Anderson. Ya empezada, justo en el momento en el que Julianne Moore, hasta arriba de coca, le dice a Mark Wahlberg que es lo mejor que le ha pasado en toda su vida y nosotros adivinamos por qué. Pero ahí me quedé, claro, enchufado a la tragicómica historia de Dirk Diggler (John Holmes) y sus 33 centímetros de polla (o así); a la parabólica narración del ascenso y caída de una estrella del cine porno norteamericano de los 70 que había entonces en efecto que subtitular y que ya no. La película es maravillosa, sarcástica, divertida, con unos diálogos chispeantes y un recuperado y magnífico Burt Reynolds en el papel de productor de obras de arte a pesar de todo que se resiste a claudicar ante la nueva realidad que impondrá inevitablemente el vídeo doméstico (sin subtítulos ya).
Justo después de este regalito, me dispuse a ver en otro canal de la misma cadena Acantilado rojo, de John Woo. Una de chinos en prime time, vale –me dije. Poco me sugería el director, con sus misiones imposibles, etc., pero empecé a verla por seguir matando el rato y me atrapó gloriosamente. La película es espectacular, grandiosa. Una superproducción china de las que hacen época, con sus malos malísimos (muy contenidos) que escriben poesía y todo ("la vida es como el rocío de la mañana, con su gran pasado y su insignificante futuro", son los versos que pretenderá grabar el maléfico Primer Ministro en las cumbres del acantilado), sus buenos buenísimos (más contenidos todavía, claro), sus bellísimas (pero bellísimas) y abnegadas esposas, etc. Con todas las escenas de batallas rodadas con un inusitado brío y una convicción absoluta, un planteamiento visual y artístico que recuerda con placer al maestro Kurosawa y un toque fantástico delicioso. Otro disfrutón, me dije, cuando daban ya los créditos.
El final apoteósico de esta tarde, noche ya, memorable me lo brindó Canal + Xtra tras el paseo de rigor por la parrilla de programación justo al terminar la peli de Woo. Empezaba ahí en ese momento el documental sobre The doors de Tom Dicillo When you are strange. Joder, no podía imaginar mejor final para mi tarde de molicie, parecía una programación diseñada en exclusiva para un tipo con ojeras como yo. De nuevo quedé hipnotizado. Las imágenes del documental, inéditas en su mayoría, unidas a la música del grupo forman un cóctel al que es casi imposible sustraerse. Jim Morrison aparece humanísimo y divino a la vez. Hijo de un General del ejército de los Estados Unidos con el que no se hablaba, la biografía de Jim me recordó a Paco Clavel, hermano a su vez del Presidente de la Conferencia Episcopal, tan de actualidad estos días y con el que supongo que no tendrá demasiada relación. El centro del documental es Jim, desde luego, y su arrolladora personalidad. Pero no quedan ignorados los otros componentes del grupo, ni mucho menos. Ray Manzarek, Robby Krieger, el batería John Densmore. Las imágenes de los conciertos, las del desierto, rodadas al parecer por el mismo Morrison, y las de las excursiones campestres son todas ellas subyugadoras. Al final Jim quiso ser poeta y se fue a París a escribir. Allí murió. Su música le sobrevivió. Su poesía no.

Ya no hubo tiempo para más. Me retiré dando gracias a Canal + por haberse ocupado de mí con tanta generosidad esa tarde que hubiera resultado aciaga de otro modo. Gracias Canal +, me repetía cuando apagué el televisor para dirigirme hacia mis aposentos, gracias...

Escribo esto y a la vez me entero hoy mismo de que Raúl Ruiz ha muerto. Gran pérdida, grandísima pérdida. Sirva esta entrada como pequeño homenaje a este enorme cineasta que tanto nos ha hecho disfrutar igualmente con Tres tristes tigres, The top of the whale, Las tres coronas del navegante, La ciudad de los piratas, La isla del tesoro, Genealogía de un crimen, Tres vidas y una sola muerte, Klimt, Misterios de Lisboa...

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