
Interesante y aleccionador artículo sobre lo que supone la irrupción del libro electrónico en nuestra actual sociedad de todavía complacientes autores, editores, lectores... Magnífica la alegoría hindú de su pórtico que adoptamos para el nuestro.
Blog de Francisco Javier Torres



"Siendo memoria, y hasta experiencia de un estado original, incorruptible, de nuestra presencia en el mundo, la intuición poética transgrede los significados que nos privan de ésta, y rechaza pues los espejismos, los fantasmas, los malos mitos que nacen de la separación entre las palabras y las cosas. Y de esta vocación de la poesía por lo simple, se deduce que ella le permite al espíritu hallar los datos fundamentales de la vida en lo que ellos tienen de más elemental y universal, y allí está el terreno donde, armado de su lógica, el ser humano puede llevar esta reflexión libre de toda atadura a intereses personales que llamamos razón. ¿La poesía? Es lo que libera la razón, este pensamiento de lo universal, esta exploración de los grandes aspectos y necesidades del estar en el mundo, de las cadenas del habla fantasmática, la cual es consecuencia del encierro de las personas en modos de ser particulares. Y no es precisamente un azar, lo subrayo de paso, si los principales momentos de la invención poética han coincidido en la historia de Occidente con aquellos donde la razón se liberaba, por su parte, de la dependencia en que unos dogmas sin verdad la encerraban hasta entonces. Pensemos en Dante, escribiendo justo después de ese esfuerzo de racionalización, de claridad, que fue la filosofía tomista. Pensemos en Petrarca, esclarecido por el primer espíritu de la Ilustración. Pensemos, como una continuación de Galileo, en Poussin, ese pintor que fue ante todo poeta, y después de los Enciclopedistas en Francia, pensemos también en Hölderlin, en Wordsworth, en Leopardi, en Nerval. Pensemos en casi todos los verdaderos poetas, en suma y preguntémonos, recíprocamente, si las dificultades de la poesía en este final del siglo xx, su incapacidad, a menudo, de tener fe en su vocación, no son también y en primer lugar la consecuencia de la invasión de la sociedad por ideologías cada vez más brutales, que desalientan nuestra razón."

Obviando las colosales dificultades técnicas (puesta en escena, dirección de actores, encuadres, barridos, etc.) que afronta el maestro Sokurov en su película, grabada, como es sabido, en una sola toma que nos deja realmente patidifusos con su vaivén hipnótico (un ejercicio de esa extensión solo intentado antes, según creo, y hace bastante, por el Hitchcock de La soga, aunque con trampas), El arca rusa (2002) nos propone un exclusivo (for your eyes only) recorrido, tal vez un glorioso encargo para mayor gloria de las bondades rusas (tal vez presoviéticas), por l’Hermitage de San Petersburgo de la mano del "europeo", ese señor de levita negra y aire escéptico y burlón, y de un fantasma (o muchos) desubicados ("en qué siglo estoy", "qué lengua hablamos", se preguntan; "es sorprendente lo bien que hablo ruso", dice el europeo, el diplomático francés llegado ahí no se sabe cómo). Ambos nos guiarán a través de sus espacios, de su discurrir temporal.
Lo que de verdad irrita es que una necrológica tan sentida y hermosa y merecida acabe con el reclamo publicitario para comprar, a buen precio, un BMW. Descúbrelo, nos dicen, cuando lo que de verdad deberíamos descubrir todos nos ha sido otra vez abruptamente mostrado, arrojado al rostro, poco antes: que somos una puta mierda, y que seguimos sin enterarnos. De qué demonios me sirve a mí un BMW después de esto. En fin, el tacto periodístico en la era del capitalismo de ficción.

en esto consiste el poder de su condición."
En su último encuentro de antes de Navidad, nuestro grupo de lectura se conjuró para un firme propósito: escribir un relato (micro) que contuviese "Navidad" y "butifarra" (no pienso explicar aquí las razones de la asociación). Mi aportación para el día previsto será la que sigue:



¿A qué parte de lo expuesto tenderemos? ¿Qué nos vinculará más?, ¿el espacio?, ¿su representación?; ¿tal vez lo que se dice?, ¿lo que no?; ¿lo aéreo incorruptible –según fórmula–, lo material perecedero –según prueba–? ¿Nos sentiremos más próximos nosotros a la condensación del agua o a su símbolo, al ropaje o a su función, al pigmento o al color? ¿Será aquí lo que vemos lo que mantendrá nuestros ojos abiertos?, ¿nos hará cerrarlos algo de lo que vemos? Pero, y lo que no vemos, ¿podrá verse de algún modo?, ¿cerraremos los ojos con lo que no vemos?, ¿veremos algo entonces o está aquí ya mostrándose?, ¿hay algo que no vemos?, ¿se cifra?, ¿existe? Pero, también, ¿qué es lo que más le interesa a quien ha fijado esta escena?, ¿la figura?, ¿el sueño? ¿lo concreto o su metáfora? Ambas cosas nos da, sí, para que nosotros elijamos si es el caso, sólo nosotros. Iguales probabilidades, igual proporción. El mundo, la realidad (¿la realidad, el mundo?) se establece en su cincuenta por ciento exacto. No hay moral puesto que no hay decantación. Sólo escritura. ¿Tenemos ya el argumento? Nada nos impide entonces, si así fuera, leer estos cuadros de José Roca como es debido.