viernes, 22 de mayo de 2009

Mi idea de la poesía (y de Ives Bonnefoy)

"Siendo memoria, y hasta experiencia de un estado original, incorruptible, de nuestra presencia en el mundo, la intuición poética transgrede los significados que nos privan de ésta, y rechaza pues los espejismos, los fantasmas, los malos mitos que nacen de la separación entre las palabras y las cosas. Y de esta vocación de la poesía por lo simple, se deduce que ella le permite al espíritu hallar los datos fundamentales de la vida en lo que ellos tienen de más elemental y universal, y allí está el terreno donde, armado de su lógica, el ser humano puede llevar esta reflexión libre de toda atadura a intereses personales que llamamos razón. ¿La poesía? Es lo que libera la razón, este pensamiento de lo universal, esta exploración de los grandes aspectos y necesidades del estar en el mundo, de las cadenas del habla fantasmática, la cual es consecuencia del encierro de las personas en modos de ser particulares. Y no es precisamente un azar, lo subrayo de paso, si los principales momentos de la invención poética han coincidido en la historia de Occidente con aquellos donde la razón se liberaba, por su parte, de la dependencia en que unos dogmas sin verdad la encerraban hasta entonces. Pensemos en Dante, escribiendo justo después de ese esfuerzo de racionalización, de claridad, que fue la filosofía tomista. Pensemos en Petrarca, esclarecido por el primer espíritu de la Ilustración. Pensemos, como una continuación de Galileo, en Poussin, ese pintor que fue ante todo poeta, y después de los Enciclopedistas en Francia, pensemos también en Hölderlin, en Wordsworth, en Leopardi, en Nerval. Pensemos en casi todos los verdaderos poetas, en suma y preguntémonos, recíprocamente, si las dificultades de la poesía en este final del siglo xx, su incapacidad, a menudo, de tener fe en su vocación, no son también y en primer lugar la consecuencia de la invasión de la sociedad por ideologías cada vez más brutales, que desalientan nuestra razón."
(Ives Bonnefoy, La traducción de la poesía, pgs.40 y 41, los subrayados son nuestros)

domingo, 3 de mayo de 2009

Palestina


En Fuengirola, un jovencito de quince años, palestino, ejecutó junto con cinco chicas y tres chicos, todos palestinos, todos de su misma edad, una danza folclórica de su país. Primorosa y entregadamente lo hizo, lo hicieron todos, para mi corto entendimiento. La música la ponían un pequeño teclado electrónico con su caja de ritmo y un violín. Era envolvente, machacona, simple en su estructura, hipnótica, embriagadora, identificable absolutamente con la zona de la que procedía. El teclista también cantaba. Me preguntaba yo sobre qué hablaría la letra de esta canción mientras la oía, qué estaría contándonos, algún amor desdichado, rivalidad vecinal, alguna hazaña, un pequeño suceso memorable...
La pieza fue larga, muy larga, quince minutos duró tal vez, si no más. Y a pesar de su extensión, los bailarines no dejaban de moverse ni un instante, de correr, de saltar y brincar con inusitada energía, de abrazarse, de hacer corros, haciendo del baile un ejercicio más físico que artístico, un ejercicio de desbordante jovialidad, de contagiosa alegría.
El jovencito de quince años llevaba atada al cuello una bandera de su país y era el que más serio parecía. Alguna circunspección le notaba yo en sus movimientos, cierta solemnidad. Pensé también por ello en la carga simbólica que aquella tela al cuello sugería, en cómo se identificaría el joven con ese símbolo, en la intensísima relación que se establecía allí en la danza entre ambos. Pensé en si con su corta edad sería capaz de entender todo o alguna parte siquiera del dramático significado de ese trapo, en si sería capaz de fijarse con él al cuerpo un cinturón de explosivos y hacerlo estallar en cualquier sitio por la rabia o la impotencia de ver cómo los bulldozers y las excavadoras Komatsu o Volvo o Carterpillar arrasan una y otra vez su vivienda y las vecinas; en si la música y la danza y ese símbolo que portaba serían capaces de embriagarlo hasta ese punto.
A mí me embriagó la música. Me emocionó y me acongojó la danza, a pesar de la jubilosa y atlética sencillez de los movimientos y el endiablado ritmo festivo que jaleaban sin desmayo las jovencitas. Y pensé en Palestina todo el rato. Pensé en Chechenia, pensé en el Tibet, en Sudán, Ruanda, Timor Oriental y hasta en Papúa-Nueva Guinea o en los indios Cherokees, en todos los débiles masacrados. Pensé en todos ellos por culpa de unos chiquillos procedentes de una áspera tierra de promisión, un violín cascado y una caja de ritmo. Y me identifiqué un instante, nada, en Fuengirola, muy lejos, demasiado lejos de todo, con cierta humanidad.
También pensé en el País Vasco, pero de otra manera. Y en Martha Graham y en Merce Cunnigham, aunque de otro modo, para darle un aire inteligente, algo racional, a mi emoción, sólo por eso…

martes, 7 de abril de 2009

El imitador de voces


Escribe Bernhard, en El imitador de voces:

"En la biblioteca de la Universidad de Salzburgo, el bibliotecario se ha ahorcado de la gran araña de la gran sala de lectura porque, como escribe en una nota que ha dejado, de pronto, después de veintidós años de servicios, no podía soportar ya ordenar libros y prestar libros que sólo habían sido escritos para causar desgracias, con lo que se refería a todos los libros jamás escritos. Eso me ha recordado al hermano de mi abuelo, que era guarda de monte en Altentann, junto a Henndorf, y se dio un tiro en la cumbre del Zifanken porque no podía soportar más la desgracia humana. También él dejó esa conclusión suya en una nota."

De este extensísimo microrrelato de Bernhard habrá que llamar la atención, para que se entienda su igualmente extensísima ironía, sobre "la gran araña de la gran sala de lectura de la Universidad de Salzburgo", sobre la acotación temporal "de pronto", sobre "el hermano de mi abuelo", cómo no, ese personaje trágico guarda de monte que se pegó un tiro. Pero sobre todo, sobre todo, habrá que reparar en la conclusión final del texto con su adverbio afirmativo al frente, sugiriéndonos, brutalmente, así siempre Bernhard, que no hay que ser muy listo, no, para llegar a ciertos puntos coincidentes.

domingo, 15 de marzo de 2009

El arca rusa

Obviando las colosales dificultades técnicas (puesta en escena, dirección de actores, encuadres, barridos, etc.) que afronta el maestro Sokurov en su película, grabada, como es sabido, en una sola toma que nos deja realmente patidifusos con su vaivén hipnótico (un ejercicio de esa extensión solo intentado antes, según creo, y hace bastante, por el Hitchcock de La soga, aunque con trampas), El arca rusa (2002) nos propone un exclusivo (for your eyes only) recorrido, tal vez un glorioso encargo para mayor gloria de las bondades rusas (tal vez presoviéticas), por l’Hermitage de San Petersburgo de la mano del "europeo", ese señor de levita negra y aire escéptico y burlón, y de un fantasma (o muchos) desubicados ("en qué siglo estoy", "qué lengua hablamos", se preguntan; "es sorprendente lo bien que hablo ruso", dice el europeo, el diplomático francés llegado ahí no se sabe cómo). Ambos nos guiarán a través de sus espacios, de su discurrir temporal.
Recorrerán juntos las suntuosas estancias de ese lugar de indescriptible belleza, abrirán sus puertas más secretas, más insospechadas (sótanos, almacenes, estancias privadas...), admirarán a los maestros pintores italianos y holandeses, españoles, se extasiarán con Las tres gracias de Canova y con su inigualable maestría para dotar de extrema delicadeza al más tosco e irreductible de los materiales. Y dialogarán jugosamente mientras de paso sobre el alma, sobre el carácter ruso ("los rusos no tienen ideas propias", dice el francés; "los europeos son demócratas de luto por la monarquía", le replicará una voz), de política o de religión. Y mientras, sutilmente, nos sugerirá Sokurov, por boca de la empleada ciega que conoce cada tela expuesta (Rubens, Van Dyck, el Greco) que no hace falta la vista para apreciar tanta hermosura; o, en otra escena de turbadora dislocación sensorial (de las frecuentes que se producen), que podríamos extraer todos sus secretos si somos capaces de entablar con ellas el diálogo apropiado.
Estos dos ingrávidos seres, visibles e invisibles a un tiempo, un leve soplo de nuestra imaginación que grotescamente un lacayo intenta alejar de allí igualmente soplando, se encontrarán en su paseo temporal ahora por el Palacio de Invierno con los otros fantasmas que lo pueblan desde que Catalina la Grande lo adoptó como residencia oficial de los Zares en el siglo XVIII, esa época que declaran amar nuestros amigos “por sus genios y sus modales”. Y van apareciendo entonces desordenadamente, distorsionadoramente, la misma Catalina, y sus hijos, y sus doncellas y cortesanos, y el Zar Alejandro y su familia y su magnífica corte, y los visitantes modernos del museo, y varios responsables conservadores actuales del museo también, que se preguntan, como quien no quiere la cosa, entre lacónicas reflexiones sobre el significado de la cultura, “si todavía estará el teléfono intervenido”. Y la muerte igualmente aparece en emocionantes planos fríos y blancuzcos, mientras un misterioso mayordomo, solícito y atribulado, que los ha seguido en casi todo su recorrido, ha cuidado, suponemos, de que todo esté bajo control. He ahí la metáfora.
Es un invisible fantasma esa voz que habla portando una cámara digital interpelando a veces al acompañante, pero somos nosotros mismos también, los que “abrimos los ojos y no vemos nada". Esa enigmática y curiosa mirada (nuestra) que acompaña e increpa a su acompañante, a "Europa", al diplomático así llamado que acabará rendido ante su destino e incapaz por ello de abandonar el Palacio cuando finaliza todo, destruye en la película cualquier centro de gravedad al que podamos asirnos, cualquier andamiaje, toda historia, constituyéndose solo en el mero fluir que Sokurov le asigna, y sugiriendo de ese modo que estamos (tal vez) dentro de un sueño donde todo es indeterminación, incertidumbre, teatralidad, gloriosa impostura. Somos nosotros mismos, inválidos espectadores, sí, formando parte del sueño, de manera que podemos sentir como absolutamente real y paradójicamente vivo todo lo que hemos “visto” que sucede en el Palacio, en cualquiera de las estancias que vamos dejando atrás, en las que pudiera continuar discurriendo la irreal existencia que se nos propone. Quizás sea este para mí su mayor logro.

El arca rusa nos convierte en entregados cómplices también mediante el ejercicio de extrema vitalidad y fuerza, de mundana jovialidad, de emocionante desenvoltura, de comicidad y socarronería que lleva a cabo. A través de las escenas teatrales (que algo, un poco, recuerdan a alguna propuesta de Greenaway), de los personajes enmascarados que pululan casi ubicuos, con los deliciosos revoloteos de varias ninfas hermosísimas por los pasillos del Palacio o con el entusiasmante baile final, sabe inocularnos Sokurov con inusitada eficacia, como pocas veces experimentamos, un adictivo estado de satisfacción difícil de describir. Y lo realza aún más si cabe con el sobrio contraste de gravedad que imprime en ese monumental tramo final de la película en que todos los ¿figurantes?, muchísimos, abandonan la fiesta y se dirigen a la salida bajando pausadamente por la escalera central del Palacio (donde, quizás como cima de lo que venimos diciendo, debemos fijarnos en cómo la cámara se entromete, avanza y retrocede, en cómo los ¿actores? van rellenando el plano, con una admirable naturalidad que refuerza la sensación ya asumida de estar nosotros mismos formando parte de la secuencia). La fuga final de la imagen hacia al enigmático y brumoso exterior acuático en que culmina la película, unida como está, claro (es una sola toma, no debemos olvidarlo) a la de la escalera, tal vez constituyan los diez minutos de cine más bellos que logro recordar. “Es una lástima que no estés conmigo –nos dice ahora la voz del fantasma–. Entenderás todo. Mira. El mar está por todas partes. Estamos destinados a navegar siempre. A vivir siempre.” Y asentimos.

No haría falta decirlo, pero nada más lejos todo esto de la enajenada inocencia, del hallazgo azaroso en esta película. Como dice certeramente Ignacio Castro Rey, el cine de Sokurov constituye un firme acercamiento nada inocente a lo que el espectáculo tecnológico ha dejado fuera. La alta definición al servicio de la indefinición de la existencia. En la línea que siguen su maestro Tarkosvky, Klimov o, más de este lado, Victor Erice. Un cine que pretende, si pensamos también en la desnudez imaginística, en la impactante propuesta de poética cinematográfica que es Madre e hijo (1997) sobre todo, “liberar a la sensación de la opinión”, desterrar el artificio fílmico a través de un absolutamente conmovedor ejercicio de imágenes que “son” ellas por sí mismas.


sábado, 7 de marzo de 2009

La levedad de José Antonio Padilla

Lo que de verdad irrita es que una necrológica tan sentida y hermosa y merecida acabe con el reclamo publicitario para comprar, a buen precio, un BMW. Descúbrelo, nos dicen, cuando lo que de verdad deberíamos descubrir todos nos ha sido otra vez abruptamente mostrado, arrojado al rostro, poco antes: que somos una puta mierda, y que seguimos sin enterarnos. De qué demonios me sirve a mí un BMW después de esto. En fin, el tacto periodístico en la era del capitalismo de ficción.

Lo que quería decir es que ha muerto José Antonio Padilla. Ayer lo enterramos. Tenía 33 años. Una lástima. De José Antonio publicamos en nuestra editorial su libro Noches áticas, que ahora, de repente, por la más trágica vía luctuosa, ha cobrado para mí un inusitado simbolismo. Ahora que practica ya definitivamente su "lengua padre", el silencio, como él decía, pienso en la levedad de sus versos, en ese ejercicio de despojamiento, de sustracción de la gravedad del mundo que habitamos, de reacción al peso del vivir, como si fuera la única vía posible de entendimiento con nuestra identidad. Lo delicado, lo amable, lo conciso y claro, la lucidez que acompañan (que acompañaban, ay) siempre a sus versos en este libro enjuto, podrían entonces actuar tal vez muy bien como el correlato de nuestra propia existencia. Ésa pudiera ser su lección.

Un poema suyo escrito en esas noches áticas, desde un ático, quiere decir, pero pleno de esa sabiduría helénica a la que alude también el título, como muchos de los suyos, dice conmovedoramente, premonitoriamente:

INSOMNIO

Qué hago aquí,
en esta intimidad de brújula,
al este
de un barrio sin futuro.

Qué hago aquí,
imaginándote
sílaba a sílaba,
deletreándote
hueco a hueco

Debajo de mi insomnio
parece que hace guardia un coche fúnebre.


José Antonio Padilla publicó también un libro de aforismos, Colección de olas, en la colección Puerta del Mar de la Diputación de Málaga. Ése es su breve legado bibliográfico, aparte de estar presente en algunas antologías y haber conseguido algunos premios. En este libro de alados aforismos dejó perlitas como esta reflexión sobre su militante levedad:

La imprecisión de lo leve es una precisión más suave.

o como ésta, deliciosa y traviesa:

Se quitó el sujetador: abrió la puerta de su confitería.

Descanse en paz mi querido amigo.

domingo, 1 de marzo de 2009

Music




Una recomendación de un amigo, con geniales instrucciones de uso incluidas. No está mal, no, ni mucho menos, como solaz para después de una batalla. ¿Pero cómo un tío tan feo y tan estrafalario puede cantar tan bien? Ay, estos espíritus delicados de la hipermodernidad, tan desconcertantes... Y Cohen al fondo. Una gozada, sí.

sábado, 14 de febrero de 2009

La caída de la casa Usher


Según el antimoderno Baudelaire, el antimoderno Edgar Allan Poe opinaba que la gran desgracia de su país era la de carecer de una aristocracia de sangre, dado que en un pueblo sin aristocracia el culto a lo bello sólo puede corromperse, decrecer, desaparecer; que igualmente consideraba el progreso, la gran idea moderna, como un "éxtasis de papanatas"; que no creía más que en lo inmutable, en lo eterno, en el self same. Qué habría pensado, sigue diciendo Baudelaire, de haber conocido la "propuesta de suscripción a un céntimo por cabeza para la supresión de la guerra -y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, ¡esas dos locuras correlativas!-". Y destaca después, por encima de todo, su exquisita delicadeza de los sentidos que una falsa nota torturaba, su amor insaciable hacia lo bello, "que había adquirido en él la potencia de una pasión mórbida".
Hoy nos suenan desde luego escandalosas estas últimas observaciones del francés, -ni supresión de la guerra ni abolición de la pena de muerte (y lo de la ortografía, claro)- para qué lo vamos a negar, y sorprenden cuando menos las consideraciones sobre lo bello absoluto en la voz de quien consideramos prototipo de la modernidad, impregnadas como las percibimos de cierta gazmoñería. Y sin embargo, tanto Baudelaire como Poe fueron modernos. Fueron "modernos a su pesar", si atendemos a la afirmación al respecto de Antoine Compagnon. Y lo siguen siendo, paradójicamente, pues "los antimodernos no serían más que los modernos, los verdaderos modernos, que no se dejan engañar por lo moderno, que están siempre alerta, modernos arrastrados por la corriente de la historia, pero incapaces de guardar luto por el pasado". Antimodernos fueron también Flaubert, Proust, Breton, Bataille, Blanchot, Marinetti, Dalí, Eliot, Pound, Junger, Pla, Bernhard...

Pero me he enredado, yo sólo quería apuntar en esta entrada la asfixiante atmósfera que crea Poe en su magistral relato "La caída de la casa Usher" a través del acertadísimo y musculosamente sostenido material lingüístico que maneja; su capacidad para dejar el discurso a los pies del abismo, justo al borde de lo que debería sernos explicado. Aduce la voz del narrador con insistencia cosas como: "no sé cómo fue", "me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión", "me es imposible explicar estos sentimientos", "inexpresable agitación", "una incesante irradiación de tinieblas", "llegaba confusamente a mis oídos", coronando todo al final con ese impagable clímax sinestésico que apuntala el horror: "bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras", el cual, para nuestro gozo, no nos es desvelado por el narrador, claro está, sino por la escena. Podría parecer un dislate, pero a mí me recuerda todo esto, invertido a lo diabólico, la extremada sugestión de los versos de San Juan de la Cruz, otro antimoderno.

La sensibilidad de lo inorgánico es la tesis del amigo Usher que el visitante comprueba por sí mismo. Y la muerte en vida también vuelve aquí, la pavorosa idea de ser enterrado vivo, tan cara a Poe. La sensibilidad de lo inorgánico, sí, es difícil encontrar una definición mejor para la escritura.

En fin, todo esto por lo del centenario, más que nada.

sábado, 24 de enero de 2009

La escandalosa belleza del mal


"Desde siempre odio, profunda, violentamente, a aquellos que quieren encontrar en una obra de arte una actitud (política, filosófica, religiosa, etc.), en lugar de encontrar en ella una intención de conocer, de comprender, de captar este o aquel aspecto de la realidad. La música, antes de Stravinski, nunca supo dar una forma grande a los ritos bárbaros. No se sabía imaginarlos musicalmente. Lo cual quiere decir: no se sabía imaginar la belleza de la barbarie. Sin su belleza esa barbarie seguiría siendo incomprensible. (Señalo: para conocer a fondo este o aquel fenómeno hay que comprender su belleza, real o potencial.) Decir que un rito sangriento posee belleza es un escándalo, insoportable, inaceptable. Sin embargo, sin comprender este escándalo, sin ir hasta el final en este escándalo, poca cosa puede comprenderse del hombre. Stravinski otorga al rito bárbaro una forma musical fuerte, convincente, pero que no miente: escuchemos la última secuencia de la Consagración, la danza del sacrificio: no se escamotea el horror. Está ahí. ¿Que tan sólo se muestra? ¿Qué no se denuncia? Pero es que si se denunciara, es decir, si se le privara de su belleza, si se mostrara en su fealdad, sería un engaño, una simplificación, una "propaganda". Es porque es bello por lo que el asesinato de la joven es tan horrible."

"Suspender el juicio moral no es lo inmoral de la obra literaria, es su moral. La moral que se opone a la indesarraigable práctica humana de juzgar enseguida, continuamente, y a todo el mundo, de juzgar antes y sin comprender. Esta ferviente disponibilidad para juzgar es, desde el punto de vista de la sabiduría de la obra literaria, la más detestable necesad, el mal más dañino. No es que el autor cuestione, de un modo absoluto, la legitimidad del juicio moral, sino que lo remite más allá de la obra. Allá, si le place, acuse a Panurgo por su cobardía, acuse a Emma Bovary, acuse a Rastignac, es asunto suyo; el autor ya ni pincha ni corta."

En Los testamentos traicionados, de Milan Kundera

sábado, 17 de enero de 2009

Octavio Paz, un día indeterminado de mediados del pasado siglo

"La experiencia poética es una revelación de nuestra condición original. Y esa revelación se resuelve siempre en una creación: la de nosotros mismos. La revelación no descubre algo externo, que estaba ahí, ajeno, sino que el acto de descubrir entraña la creación de lo que va a ser descubierto: nuestro propio ser. Y en este sentido sí puede decirse, sin temor a incurrir en contradicción, que el poeta crea el ser. Porque el ser no es algo dado, sobre lo cual se apoya nuestro existir, sino algo que se hace. En nada puede apoyarse el ser, porque la nada es su fundamento. Así, no le queda más recurso que asirse a sí mismo, crearse a cada instante. Nuestro ser consiste sólo en una posibilidad de ser. Al ser no le queda sino serse. Su falta original -ser fundamento de una negatividad- lo obliga a crearse su abundancia o plenitud. El hombre es carencia de ser. El hombre está lanzado a nombrar y crear el ser. Ésa es su condición: poder ser. Y en esto consiste el poder de su condición."

Véase si no, digo yo, este antagónico ser siéndose, diabólicamente.

John Keats, 27 de octubre de 1818


"En cuanto al carácter poético en sí mismo (me refiero a esa especie de la cual soy un miembro, si es que soy algo; esa especie distinta de la wordsworthiana o egotista sublime: que es algo per se y que existe sola), es algo que no es, que no tiene yo; es todo y nada. No tiene carácter, goza de la luz y de la sombra; vive en lo que le place ya sea recto o vil, alto o bajo, rico o pobre, humilde o elevado. Encuentra tanto deleite en concebir un Iago como un Imogen. Lo que choca al filósofo virtuoso encanta al camaleón poeta. El sabor del lado oscuro de las cosas no ofende su gusto más que el brillante, pues ambos acaban en especulación. Un poeta es lo menos poético de la existencia, ya que carece de identidad desde el momento en que se ve continuamente en la necesidad de ocupar el cuerpo de otro. El sol, la luna, el mar, los hombres y mujeres, todos ellos criaturas de impulso, son poéticos y poseen un atributo inmodificable; el poeta no tiene ninguno, carece de identidad; es seguramente la menos poética de todas las criaturas de Dios. Si el poeta carece entonces de yo y si yo, por mi parte, soy un poeta, ¿qué tiene de asombroso que diga que no he de escribir más?, ¿y si en ese preciso instante yo hubiera estado meditando en los caracteres de Saturno y de Ops? Es triste confesarlo, pero es un hecho cierto que ninguna palabra que yo pronuncie puede ser considerada como una opinión proviniente de mi identidad; ¿cómo podría serlo si carezco de naturaleza? Cuando estoy en un cuarto con gente y dejo de especular sobre creaciones de mi propio cerebro, entonces no soy yo mismo quien regresa a mí, sino que la identidad de cada uno de los del cuarto comienza a presionar tanto sobre mí que en pocos instantes me anonada, y esto no sólo entre hombres, me ocurriría lo mismo en una guardería de niños."

domingo, 11 de enero de 2009

Navidad y butifarra

En su último encuentro de antes de Navidad, nuestro grupo de lectura se conjuró para un firme propósito: escribir un relato (micro) que contuviese "Navidad" y "butifarra" (no pienso explicar aquí las razones de la asociación). Mi aportación para el día previsto será la que sigue:

Sentido y sensibilidad

Hacía ya bastante que no lo veíamos. Sabíamos de él, eso sí, por los entusiastas comentarios que íbamos recogiendo, por el interés que poco a poco había ido despertando y que observábamos a nuestro alrededor con cierta atención, entre sorprendidos y resignados. Sabíamos que andaba siempre agitadísimo, hiperactivo, de un lado para otro, lo que en buena lógica daba en hacer complicado cualquier intento de encontrarnos. Y un punto de soberbia notábamos incluso de un tiempo a esta parte en nuestras escasas, cada vez más espaciadas conversaciones telefónicas, para qué nos vamos a engañar. Por eso nos resultó tan extraña esa llamada de Nicolás proponiéndonos la visita. —Estaré por ahí en Navidad –dijo–, iré a veros. Y así lo hizo. Esa Nochebuena, esa noche en que a nosotros, a pesar de todo, se nos obviaba sistemáticamente, provocando siempre nuestros habituales sentimientos algo contradictorios, vino a casa. Traía una maleta grande. La abrió sin decir palabra y cogió un paquete que depositó encima de la mesa. Luego brindamos. Luego se marchó. Algo frío resultó el encuentro, la verdad, lo que, como era de prever, sólo consiguió aumentar el escepticismo en el que ya nos encontrábamos. No obstante, nos animamos enseguida a abrir lo que parecía un regalo para comprobar, con cierto alborozo, que contenía varias butifarras blancas catalanas. Cómo diablos había sabido de nuestra predilección total por este embutido. Fui a la cocina a coger cubiertos y una fuente con ensalada. Nos sentamos a la mesa y con algo de mala conciencia pinchamos juntos, los tres, en el roscón de carne. La deflagración ulterior nos dejó a todos, a los tres, absolutamente descabezados. Suyo fue entero el reino desde entonces, ya por fin.

Reflexiones de un editor voluntarioso


Cuando leamos u oigamos sobre la actividad de una editorial modesta, independiente o así, los términos más frecuentes que encontraremos en esos párrafos o en esas exposiciones serán del tipo “aventura”, “proceloso”, “persistencia”, “arrojada”, “esfuerzo”, “suicidio”, “creencias”, “perversa inflación”, etc., etc., no falla. A través de ellos será muy posible que podamos formarnos una buena idea, tal vez la que prevalezca de forma corriente, de lo que supone editar libros para una editorial como la nuestra, para una editorial independiente, como desde hace tiempo y algo eufemísticamente se denominan para distinguirlas de las editoriales, grandes o pequeñas, pertenecientes a macrogrupos (Planeta en España, Berstelmann, Random House-Mondadori, etc., que no sabemos ya a quién pertenecen y a qué se dedican de manera exacta), tras el proceso de concentración sufrido por el sector, y que a su vez pertenecen a multinacionales, a los grandísimos conglomerados empresariales de la industria mediática (con intereses en la prensa, la radio, la televisión, etc.). Es curioso notar que la apelación a la independencia de estas editoriales, pequeñas o grandes, se formulaba en su inicio, al menos en España, con respecto a si se alineaban o no con un determinado signo político (el único que existía hace bastantes años ya, vamos). Ahora ese adjetivo hace referencia de forma eminente a la adscripción o no a un supergrupo empresarial. La perspectiva política, vacía casi de contenido en estos tiempos, ha dejado su sitio a otra de carácter mansamente económico, aunque no deje de ser otra forma de sumisión, después de todo, y resulte bastante menos divertida, dicho sea de paso. Pero hay además de éstas, desde luego, otras perspectivas que dan también brillo a este negocio. La cultural podría ser una de ellas (y aquí estamos obligados a entender la Cultura, lo siento, amigos, en su sentido más riguroso), una perspectiva que tal vez sea la que tienen adoptada sobre todo estas pequeñas editoriales independientes como más claro rasgo identificativo.
De todas formas, tampoco debemos ponernos estupendos con esto, esbozar como casi siempre también una especie de martirologio argumentando que somos superhéroes de la Marvel o la DC o la Bruguera, paladines áureos luchando contra la injusticia literaria en particular y cultural en general, enfrentados a la gran máquina empresarial de los grupos mediáticos que podría arrollarnos cuando quisiera, etc.; que detestamos las horripilantes modas y los bestseller, que somos los genuinos, los únicos depositarios de la verdadera fe o algo así, los únicos que damos salida a autores sin salida; tampoco recurrir a esa frase tan manida e irritante que afirma que publicamos lo que queremos leer, etc., etc. No debemos, porque entre otras cosas no es del todo cierto, y porque no estamos en principio enfrentados a nadie si no es con nosotros mismos, con nuestro propio reto. Es cierto que la supervivencia de una editorial como la nuestra está siempre amenazada, que su actividad se sostiene sobre unos cimientos muy, muy precarios, que la financiación de cada proyecto es siempre una cuesta bastante empinada cuya pendiente se suaviza con mayor frecuencia de lo deseado sólo con ayudas oficiales. Que si no hay respaldo económico o mediático, contactos estratégicos y esas cosas, los títulos que vas sacando se ignoran sistemáticamente. Pero no debemos preocuparnos en exceso. Esos temas pertenecen al terreno empresarial o al de la política literaria, no al de la creación, y todavía, y digo todavía con cierto horror, no los practicamos, o los practicamos muy poco, nada casi. Nuestras energías, pues, deben estar concentradas desde el primer momento en los dos planos iniciales de este gran conglomerado que es la edición de libros: la obra literaria y el libro en sí, en “la edición en sí”, como dice algún editor ilustre; por supuesto que tratamos de alcanzar al lector a través de los canales de distribución, a partir de la cual, tal vez, comienza verdaderamente la operación mercantil, y que consideramos algo de suma importancia, claro está, absolutamente fundamental, pues qué aberración es sacar libros que no llegarán nunca a las librerías, y a través de ellas, a los lectores… Pero el mercado, el gran mercado como mero consumidor de “nuestros productos”, con todas sus implicaciones, no es nuestro objetivo primordial, no debe serlo, al menos eso creo. Otra cosa, ya digo, son los lectores. Y los autores, sobre todo los narradores, que se embizcan, lo sé bien, cuando su libro no entra en las listas de ventas aunque sea a nivel local, pero eso sería tema para una exposición distinta (y divertida) en la que tuviese cabida extensa la angustia que les provoca ese hecho y no es el caso.
Dicho esto, no me gustaría, no obstante, que quedara una impresión inconsciente o despreocupada en torno a nuestra actividad, lo que sería más propio, desgraciadamente, como sabemos, de Administraciones Públicas que de otra cosa, no de todas, claro. Todo lo contrario. Somos muy conscientes de que la industria editorial es quizás uno de los aspectos que más influyen a la hora de construir una sociedad culta, civilizada y en paz, aunque por desgracia no siempre sea feliz, como sabemos, esta combinación de industria y sociedad, etc., visto lo visto. Y amamos además los buenos libros. Por ello asumimos plenamente nuestra responsabilidad y plenamente, deben creerme, nos afanamos en contribuir a que así sea. Pero pienso de todas formas que sobre todo tenemos que tener presente, al menos por ahora, que hacemos lo que hacemos por gusto, por verdadero gusto, y que es éste desde luego nuestro mejor activo, lo que nos dota a la postre de una envidiable autonomía y da sentido a nuestro esfuerzo (¿ven ustedes?, otra vez la coletilla). Debo por ello ser optimista y doy por supuesto que editar libros, buenos libros, es, si lo es, una carrera larguísima cuya meta debiera estar, si hubiera que determinar alguna, permítanme que lo diga, lo más cerca posible de la excelencia cultural.

Este articulito salió hace unos meses en un especial de El mundo sobre editoriales independientes. Me quedé un poco con las ganas de saber qué opinaban las otras editoriales incluidas en él, pues se dedicaron más a informar de su trayectoria que a reflexionar sobre su actividad o posición. No sé, lo digo por si alguna hubiera ahora que deseara matizar lo expuesto aquí. Aunque sea bastante improbable, eso sí lo sé.

martes, 6 de enero de 2009

Regalo de reyes



Mi ya amigo querido Diego Muñoz Valenzuela me hace este pequeño y hermoso regalo de Navidad:

Regalo sospechoso
Era un paquete enorme, delicadamente envuelto en papel celofán verde y ornamentado con un abultado moño de cinta roja. Lo abrí con recelo, pensando en alternativas desagradables: bombas de tiempo, perros muertos, lavadoras descompuestas, esculturas modernas. Errores todos ellos. Era un hermoso caballo de madera tallado y barnizado al natural, sostenido sobre una plataforma rodante. El Caballo de Troya, pensé. Tenía la pata izquierda levantada, eso le otorgaba movimiento y elegancia. Del recelo pasé al temor, y de allí al sobrecogimiento. ¿Qué oscuro enemigo podía haber ideado este plan homérico en mi contra? Repasé la lista y eso me tomó un buen tiempo. Todos podían haber sido; no pude descartar a ninguno. Ahora, qué contenía el caballo, ésa era la pregunta. Me aproximé con cautela y golpeteé la madera con los nudillos. Madera maciza. O interior repleto de explosivos plásticos.O cobalto radiactivo, para eliminarme lentamente. O una masa de arácnidos letales. No había tarjeta ni indicación de remitente.
Me subí sobre el regalo. Instantáneamente echó a rodar por el mundo. Me llevó lejos, a lugares maravillosos y desconocidos. Muy tarde comprendí la trampa, pero ya era feliz.


De Diego ha salido hace días tan solo en e.d.a., como primicia en España después de dos ediciones en Chile y varios premios, su novela Flores para un Cyborg, a la cual deseamos toda la suerte que somos capaces de imaginar.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Rapidez




Decía Calvino que la era de la velocidad comienza en 1849, cuando Thomas de Quincey ya había entendido todo lo que hoy sabemos del mundo motorizado y de las autopistas, incluidos los choques mortales. En su relato "El coche correo inglés", de ese año, lleva a cabo De Quincey la condensación de esos pocos segundos que preceden al inminente cruce fatal entre dos carruajes con una precisión difícil de superar hoy mismo (y que me perdone Ballard). "La luz no pisa sobre las huellas de la luz", precisa el inglés en su historia, creando una imagen de inusitada potencia literaria, ya que poco hay tan poético como ese haz de energía, pero también nada más veloz que él. La literatura y la física se unen aquí, en este "razonamiento instantáneo", con firmeza, y crean una de las sensaciones posiblemente más placenteras del hecho literario, el que define precisamente Calvino como una de las funciones de la literaura, a saber, "establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto que diferente, sin atenuar la diferencia, sino exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito".
Un razonamiento veloz, instantáneo, no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario, pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez, dice también el italiano. Lo distinto y fuera de su orden, atrayéndose centrípetamente a toda la velocidad que nuestro cerebro sea capaz de desarrollar para relacionarlo como si no se hiciera casi nada. Este fragmento del poema de José Luis Rey "Barcarola de la gotera", podría darnos también idea de esa velocidad mental de la que querríamos dar cuenta aquí:

Nos gustaría, nos gustaría, es verdad,
entrar en los hoteles eternos bajo el mar.
Por eso es tan profético
escuchar la gotera. Ved: así son los sueños,
cayendo lentamente,
como el sol a través de viejas canciones.
Mi gotera es leal como Isaías.
Como Ezequiel, ha visto la rueda de mil ojos.
Yo creo en sus palabras,
trueno y trueno metálico sobre Getsemaní.
Ya nunca seré joven.
Y sin embargo a veces en mis sueños hay fruta. El país de los pájaros
se filtra con sus calles transparentes,
con sus ritmos zulúes.
Escuchad el crujido en el tejado:
son las botas de abril sobre los muertos.
Todo eso que llaman realidad:
un puñado de gotas
nos parece más fuerte. Ay, si al menos
nuestro nombre del fuego nos guardara.
Entonces quién diría por favor, dadnos agua,
una sed que no suene, porque fuimos nosotros
los que hicimos el mundo y ya lo veis:
no podemos dormir.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Rec



Rec es una película de las que suelo evitar, de esas con sobresaltos y golpes de efecto que ponen innecesariamente nervioso, con casquería también (aunque eso me conmueve ya menos, la verdad, desde que pude ver -entera- Bad taste, del entonces desconocido y aclamado ahora Peter Jackson, y me inmunicé). Siempre he preferido el terror psicológico (bueno, o no tan psicológico) tipo La semilla del diablo, de Roman Polansky (1968), o El final de la escalera, de Robert Medak (1979), con el soberbio George C. Scott investigando el misterio; el terror de El otro, de Robert Mulligan (1972), o el de La profecía, de Richard Donner (1976). Y qué inmejorable cosecha cinematográfica la de la década de los setenta, ahora que lo pienso. Todos egregios ejemplos a años luz de almibaradas cintas como El sexto sentido, de Night Shyamalan, o las recientes (¡y españolas!) Los otros, de Amenábar, o El orfanato, de Bayona. Rec es una película, sí, de las que suelo evitar, pero, pero, pero... Pero Rec hay que verla por muchas razones.

En primer lugar porque esa cámara que graba y nos muestra sin desfallecer lo que estamos viendo (ese cámara que no vemos, Pablo, balbuciente, él y el artefacto), con maneras Dogma, se constituye en protagonista indiscutible de todo el metraje con una energía inusitada de manera que, aparte de lo que cuenta, que tiene su miga, asistimos a un incomparable ejercicio formal cinematográfico (planos, contraplanos, fundidos, picados, barridos, montaje, etc., etc., etc., hasta tomas falsas, todo en uno) revestido de la ingenuidad, la aceleración y el cutrerío televisivos. Tal vez sea eso, sí, al parecer, para mí al menos, lo que resulte más estimulante de la película.

Pero luego podemos disfrutar (en fin, el que pueda) fijándonos en el microcosmos que Plaza y Balagueró crean en el descansillo de un bloque de vecinos de cualquier ciudad. Allí junta a la reportera indesmayable, al fornido bombero, al poli bueno y al malo, con un atildado vejete algo moña que vivía con su madre y que adora dar bien en las tomas, con el matrimonio chino que tiene, claro, toda la culpa de lo que está pasando, con la altiva y exclusiva burguesita y su monísima hijita enferma de gripe (¿de gripe?), con el venerable matrimonio de entrañables (¿entrañables?) ancianos, con el lúcido profesional que intenta controlar la situación. Ah, y con una vieja gruñona, que no baja, y que también vive, claro, en el bloque.

Y disfrutaremos también saboreando el control del ritmo, frenético a veces, de las subidas y bajadas de tensión (y de pisos) de la película para llegar a una apoteosis sangrienta antes de la entrada de los supervivientes -la reportera y el (la) cámara- en al ático en el que no vive nadie; o con la muy conseguida sensación de realidad precisamente a través del planteamiento documental de la grabación, lo que produce un efecto muchas veces sobrecogedor. Y luego, tal vez, sí, con cómo pasa de un planteamiento científico a otro absolutamente misterioso y escalofriante. Igualmente con la alegoría televisiva y su papel en la sociedad actual, con la poderosa técnica hipnótica de sus imágenes (¡qué grabe, que grabe!, gritan todos los vecinos ante la reticencia de la autoridad). También, en un plano más profundo tal vez, sí, reflexionando sobre el desvalimiento ante las decisiones exteriores e inapelables a las que estamos sometidos en cualquier momento cualquiera de nosotros, sobre la angustia que produce no saber, no saber nada, no saber qué va a ser de nosotros cuando no se posee la información que se necesita para explicar las cosas; sobre el comportamiento humano en situaciones límite, también por eso (Buñuel no anda lejos de aquí).
Ah, y por si faltaba algo, podremos reírnos un rato con las ocurrencias y las bromas de estos directores (la burguesita encadenada a la baranda, la entrevista a la china), pero un ratito sólo, poco, antes de volver a perder el resuello y sumergirnos de nuevo en la angustiosa atmósfera que se respira en este bloque (y más allá).

Después de todo eso, la historia nos rondará con insistencia y posiblemente no nos deje dormir en varios días. Tal vez, no sé.

Una muestra va aquí para abrir boca.






Me referí antes a la película que Peter Jackson rodó cuando aún ni soñaba con el bombazo de El señor de los anillos. Degusten sus gustos de entonces un poquito. No tiene precio el películo.




miércoles, 26 de noviembre de 2008

El ideal estético


Nietzsche es perturbador. El hedonismo y la sensualidad material que afirma incansable como constituyentes reprimidos del ser humano pueden resultar obscenos para oídos delicados. Y no es falso que su idea del hombre fuerte y sano propició cierto sesgo impositivo en algunos descerebrados. Pero por contra, nadie ha reflexionado como él, al límite, sobre los resortes de poder o conjurado las miasmas de nuestra cultura cristiana y occidental, actividades, claro está, no muy del gusto de sus fustigados sanadores profesionales. Por ello perturba, sí, pero es imprescindible desde luego que esto ocurra, si queremos atisbar siquiera la lucidez que todos debemos reclamarnos. En La gaya ciencia leemos: "Hemos arreglado para nuestro uso particular un mundo en el cual podemos vivir concediendo la existencia de cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y substancia, pues sin estos artículos de fe nadie soportaría la vida. Pero esto no prueba que sean verdad tales artículos. La vida no es un argumento; entre las condiciones de la vida pudiera figurar el error." El error, el pie inevitable de toda tolerancia... ¿Cómo pudo leerse tan mal?

El tratado tercero de La genealogía de la moral lo dedica Nietzsche a desentrañar qué cosa fuera el "ideal ascético", la castidad, etc., etc., promovido por el catolicismo y su destructiva y sutilmente inoculada idea de culpa en la grey que aniquila toda posible felicidad terrena y lo fía todo a la prometida felicidad "allendista". De la enfermedad que nos aqueja y de cómo los sacerdotes ascéticos intentan sanarnos a través de la consagración perversa al amor al prójimo, instituida como una forma de soberbia después de todo, según Nietzsche (¡es soberbio!), y a la ocupación alienante, también se ocupa con detalle. Leyéndolo se me ocurrió, no obstante la carga de profundidad de su sentido recto, cambiar algunos términos utilizados, "ascético" por "estético", por ejemplo. Poniendo en cursiva las modificaciones, salen cosas así :
"Todos los artistas , todos los artistillas, tienden instintivamente, por un deseo de sacudirse de encima el sordo desplacer y el sentimiento de debilidad hacia una organización gregaria: el sacerdote estético adivina ese instinto y lo fomenta."
"La falta de sentido del arte y no éste último, era la maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la humanidad, y el ideal estético ofreció a ésta un sentido. Fue hasta ahora el único sentido; algún sentido es mejor que ningún sentido. El ideal estético ha sido, en todos los aspectos, el faute de mieux par excellence habido hasta el momento."
"¿Qué significa que un artista rinda homenaje al ideal estético? obtenemos aquí al menos una primera indicación: quiere escapar a una tortura."
"El sacerdote estético tiene en el ideal estético no sólo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en todo de este ideal: ¿cómo extrañarnos de tropezar aquí con un adversario terrible, suponiendo que nosotros seamos los adversarios de este ideal?"

Hacia el final, y ya en su sentido recto, con cursivas del autor, podemos leer:
"El arte, en el cual precisamente la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la ciencia; así lo advirtió el instinto de Platón, el más grande enemigo del arte producido hasta ahora por Europa. Platón contra Homero: éste es el antagonismo total, genuino. De un lado el "allendista" con la mejor voluntad, el gran calumniador de la vida, de otro el involuntario divinizador de ésta, la áurea naturaleza." Y concluye sobre el (reproducido rectamente tambien) "ideal ascético": "Una sujeción del artista al servicio del ideal ascético (recordemos, la castidad, etc., etc.) es por ello (por lo que copiamos unas pocas líneas más arriba) la más propia corrupción de éste que pueda haber, y, por desgracia, una de las más frecuentes, pues nada es más corruptible que un artista."

Escuece algo esto ultimísimo, pero qué más da, felices como somos aquí...

domingo, 23 de noviembre de 2008

El argumento de la obra

¿A qué parte de lo expuesto tenderemos? ¿Qué nos vinculará más?, ¿el espacio?, ¿su representación?; ¿tal vez lo que se dice?, ¿lo que no?; ¿lo aéreo incorruptible –según fórmula–, lo material perecedero –según prueba–? ¿Nos sentiremos más próximos nosotros a la condensación del agua o a su símbolo, al ropaje o a su función, al pigmento o al color? ¿Será aquí lo que vemos lo que mantendrá nuestros ojos abiertos?, ¿nos hará cerrarlos algo de lo que vemos? Pero, y lo que no vemos, ¿podrá verse de algún modo?, ¿cerraremos los ojos con lo que no vemos?, ¿veremos algo entonces o está aquí ya mostrándose?, ¿hay algo que no vemos?, ¿se cifra?, ¿existe? Pero, también, ¿qué es lo que más le interesa a quien ha fijado esta escena?, ¿la figura?, ¿el sueño? ¿lo concreto o su metáfora? Ambas cosas nos da, sí, para que nosotros elijamos si es el caso, sólo nosotros. Iguales probabilidades, igual proporción. El mundo, la realidad (¿la realidad, el mundo?) se establece en su cincuenta por ciento exacto. No hay moral puesto que no hay decantación. Sólo escritura. ¿Tenemos ya el argumento? Nada nos impide entonces, si así fuera, leer estos cuadros de José Roca como es debido.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Criaturas maravillosas


Hoy he leído en el periódico una noticia escalofriante, algo (otra cosa más) que me ha erizado el pelo. De manera que Uribe (el que sea, vamos, poco importa quién, alguien con bastante imaginación, en cualquier caso) entre sus estrategias políticas y de seguridad para luchar contra las FARC puso en marcha hace tiempo un sistema de recompensas a civiles delatores, cuyas consecuencias para el "discurrir cotidiano" no nos gustaría experimentar a muchos de nosotros, desde luego. Pero además de eso, instauró un sistema de incentivos económicos a los militares según el número de bajas de guerrilleros que acreditaran. Es decir, unos pesos por cada uno de los insurrectos eliminados. En fin, cualquier empleo tiene sus objetivos de productividad marcados, los balances, las estadísticas y esas cosas, como ya sabemos. La empresa, el Estado aquí, paga según tu rendimiento. Y el militar, el empleado aquí, debe trabajar de acuerdo con esas metas. Muy bien, no mucho que objetar. Lo que ocurre es que el empleado, el militar aquí, para que no merme su poder adquisitivo al final del ejercicio(o para mantener a su líder en el sillón presidencial, quién sabe) se ha dedicado a secuestrar, asesinar y hacer pasar después por guerrilleros a indigentes, vagabundos, tarados, y otras basuras que tal vez sólo sabían de la revuelta por la televisión. En el fondo hacían un bien a la sociedad, qué duda cabe, y, de paso, se embolsaban unos pesos, y, de paso, la empresa daba beneficios. Todo en orden. Qué más daban algunos miles de indeseables menos si se mantenía, sobre todo, la cuenta saneada, se dirían. Yo imagino a quien llevó cabo el primer servicio de esta naturaleza. Quiero pensar, debo pensar, que tal vez entonces se le erizase el pelo y temblase también, que una corriente de aire frío le pasaría por la columna vertebral. Luego, en su segunda vez, veterano, atisbaría ya un nuevo orden, se atusaría el cabello ya y se dispondría a cruzar la barrera de las especies. Es aterrador.
Pero ¿y la empresa, el estado aquí?, para que su balance arroje beneficios (electorales) ha permitido esas prácticas eugenésicas como quien obvia que a uno le carguen en su cuenta corriente una póliza de seguro de vida (en diciembre, eso sí) que nunca firmó. Para el caso es lo mismo. Y esto, ¿es más aterrador o menos?

En Sicilia, han destapado también ahora una red de médicos de la sanidad pública que seguía atendiendo a sus enfermos muertos, muchos de ellos, ¡hace veinte años! No paraban de prescribirles pruebas a cargo del presupuesto comunal, claro, y a efectuar en sus clínicas privadas, a ver sí así mejoraba un poco el cadáver. Se han dado cuenta los ingenieros porque, según las estadísticas y los balances sanitarios, más del cincuenta por ciento de la población de la isla presentaba algún tipo de patología grave, lo que ha llevado casi a las autoridades a decretar la emergencia sanitaria.

Tambien supe hace tiempo de unos esclavos chinos, pero esclavos, esclavos, de los de verdad, no de los de las películas. No menos sobrecogedora resultó la imagen que se difundió. La empresa. sí, era una de las más prósperas de la zona, al parecer.

En fin, y nosotros mientras seguiremos, claro está, hablando del sexo de los ángeles, a ver si nos proporciona la conversación algunos dividendos. ¡Qué diversidad! Dan ganas de vomitar.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pioneros

A propósito de Vicente Núñez decía hace unos meses en Córdoba esto que pego abajo. Me interesa la parte final sobre todo, ahora que ando con aquello de qué es o no es eso de la consistencia. Tal vez se aproxime a algo de lo que pudieramos decir al respecto. No sé.
De los poemas de Himnos a los árboles Vicente Núñez mismo, tan consciente de su posición siempre, dijo que quien los leyese enseguida tenía que pensar que su autor no era un poeta español, que eran obra de un poeta extranjero. Aserto interesante que nos sirve para destacar dos cosas:
1. poemas de esta calado ontológico son, en efecto, prácticamente inexistentes en nuestra literatura. No hace falta señalar más que lo justo ahora la habitual, con excepciones, lógicamente, penuria reflexiva en este asteroide español.
2. estos poemas emparentan sin intermediación alguna casi a Vicente Núñez con una estirpe de poetas que suponen sin duda lo mejor de toda la tradición literaria occidental moderna. Con Coleridge, Wordsworth, Hölderlin, por supuesto, a la cabeza de todos, pasando por Baudelaire en algún sentido, Mallarmé, Pound, Eliot, Rilke… pocos más.
Y qué es, podríamos preguntarnos, lo que hace que estos poetas señalados se nos aparezcan como verdaderos gigantes: Yo creo (y no sólo yo, vamos, lo explica también, mucho mejor que yo, Philips Silver, por ejemplo, y antes lo hizo Heidegger) que son ellos, los pioneros como Hölderlin, los que fundan un lenguaje poético distinto a la propia naturaleza de lo real de la que hasta entonces era subsidiario, y todavía lo es, lo sigue siendo en ocasiones (y con buenos resultados, no vayamos a pensar…); los que promueven la superación por fin de la supremacía del objeto natural dotando conscientemente, ahí está la clave de su grandeza, a la Poesía de esa misma cualidad de objeto, y constituyendo otra realidad autónoma en ella, en la poesía, y, por qué no, para ella, para nosotros mismos de algún modo también, para nuestra propia esencia de ser.

La muestro aquí, la esencia de ser, digo.


martes, 11 de noviembre de 2008

Lo no acabado


Duración, estabilidad, solidez, tal vez sean los términos que mejor convengan, según creo, al parecer, para intentar definir alguna cosa, algo, en su consistencia. El mar es consistente porque es durable, podemos decir. Sabemos cuándo un alimento es consistente (un buen filete, claro, el punto de una salsa, la leche de cabra). Que una teoría científica es consistente cuando no puede, digo yo, ser refutada por otra, también lo sabemos. Que el equipo ha jugado hoy con una consistencia inusual podemos afirmarlo sin rodeos (a veces); o tal vez a nuestros hijos lo mejor que podemos desearles es que vivan en una estabilidad emocional que les dé (si les da) consistencia. También el hormigón nos ofrece pocas dudas sobre su solidez, sobre su consistencia. Pero cómo podemos determinar si una obra literaria, una obra de arte, es consistente, si su naturaleza es inestable, móvil, y depende de cómo, cuándo, dónde, porqué, etc., se accede a ella. Si en una novela encontramos un argumento sólido, ¿hace eso que la podamos considerar consistente? ¿Pero qué quiere decir eso de "un argumento sólido"? Cuando fijamos un poema en la memoria, y nos acompaña ya y lo predicamos siempre ¿quiere decirse que esa durabilidad de que dispone lo hace a su vez consistente? Versificar toda la redondez del planeta, como quiso un personaje de Borges, merecería, sí, de lograrse, que se calificara tal empresa de consistente, por su densidad al menos. Pero convendríamos sin dificultad en que no está demasiado alejada del disparate supremo. La clave de la consistencia aquí, paradójicamente, está en el alfajor del mismo Borges, en las volátiles cartas de Onetti también, en la escurridiza rana de Basho. Sucede aquí, gloriosamente, un continuo negarse la consistencia empírica. Lo más alado tal vez sea lo consistente, al parecer, lo más insignificante la plomada. Lo abierto, lo indeterminado, es, inesperadamente, lo enérgico inclusivo y concluyente. No lo no acabado, lo acabado interrumpido, como decía Calvino, Ítalo.