Escribió Marta Sanz en El Cultural de la semana pasada:Para qué voy a añadir yo algo más...
Blog de Francisco Javier Torres
Escribió Marta Sanz en El Cultural de la semana pasada:
Mi querido amigo Vicente Luis Mora confesó en el número 323 de la revista Quimera y antes en su blog que era él el único y exclusivo autor de la totalidad de los textos incluidos en el número 322 de esa revista. Una falsificación absoluta de un número que estaba dedicado a la falsificación literaria, para mayor abundamiento. Un formidable engaño que perpetró, dijo, para poner en evidencia los mecanismos de legitimación, recepción, tal vez canonización, etc., que operan en la Literatura. Aparte del indudable mérito artesanal e inventivo, con dificultades añadidas en cuanto a la asunción de voces y modos de colaboradores habituales de la publicación, a mí me pareció, más que un rimbombante ejercicio de desenmascaramiento, etc., etc., una magnífica broma con la que me he reído hasta de mi propia credulidad, y con la que se debe haber reído bastante más el autor, dicho sea de paso. Hasta aquí bien, en cualquier caso, muy bien, diría. Pero otra cosa es ya que me incline yo a pensar que ese altísimo correctivo que se pretendía (y que nos merecemos tanto) hubiese surtido mucho mejor su efecto corrosivo si no se hubiera descubierto el engaño al día siguiente como quien dice, si hubiese dejado el impostor su rastro únicamente en esa nómina de colaboradores del final de la revista, en la cual todo es falso también, claro está. Todo menos su nombre y su confesión del crimen. Habría que haberlo dejado dicho ahí solamente, pienso, para que se desarrollara y actuase esa grandiosa falsificación con todo el poder corrosivo que posee sin duda. E insistir en ella todo lo que fuera preciso. No sé, tengo la sensación de que al descubrirse el fraude tan pronto, se desactivó el poderoso virus. Aunque algunos de los colaboradores inexistentes hayan ido a parar ya al buscador académico de Dialnet. Incluso así, no sé.
He aquí la mía, una más entre la infinidad de voces que se han alzado para celebrar el Premio Nobel de Vargas. Desde luego que yo también me uno sin dudar a esa infinidad de voces que ha aclamado la acertada, esta vez sí, concesión a Vargas del tantas veces controvertido galardón. Sin hacer patria lingüística. Sin reservas ideológicas. Simple y llanamente porque me parece un novelista excepcional.
¿Qué le has dicho, Holden?, dijo el negro.
Conocí la obra de José Hernández hace más de doce años cuando ilustramos con varias de sus creaciones uno de los números de Bazar. Revista de Literatura, la revista que dirigía yo por entonces junto con Emilio Chavarría. Me fascinaron desde luego aquellas grotescas imágenes humanas, aquellas deformes criaturas del reino animal, alguna arquitectura imposible..., el inquietante y personalísimo color terroso, las sombras y veladuras de todos aquellos cuadros visionarios que tan generosamente nos permitió reproducir. Ahora he tenido la oportunidad de conocerle a él en persona. Me invitó hace unos días a su casa en Villanueva del Rosario, un molino de aceite del siglo XVIII en el que vive seis meses al año desde hace treinta. Ahí trabaja también todos los días, desde muy temprano hasta entrada la noche, casi sin interrupción, me dijo, salvo para la comida y el paseo diario entre olivos al atardecer. Muy lentamente. Haciendo numerosos bocetos de proyectos que luego pasarán al lienzo. Velando y velando las capas de color y dejándolas secar días y días para poder seguir, para conseguir esas inusitadas gamas de negros y ocres que tanta fama le han proporcionado. Durante el recorrido que hicimos por su estudio, nos explicaba a Carmen y a mí los cuadros con asombrosa naturalidad, dos o tres de gran formato que había allí y que tenía en marcha desde hacía ¡cuatro años! Yo me acercaba reverencial a contemplarlos. Él, por el contrario, los manoseaba, pasaba la palma de su mano por la tela, los acariciaba con la misma asombrosa naturalidad y desafectación con la que hablaba de ellos. "¿Ves?, ya está seco –decía–, mañana lo continuaré. Es un encargo. Tal vez el año que viene lo entregue". Yo asentía estupefacto. Otro Antonio López, otro Víctor Erice, pero del ensueño y la imaginación desbordada esta vez, pensé. Me sentí allí de veras privilegiado pudiendo admirar junto a su autor esos pocos cuadros prodigiosos. Otros más había de pequeño formato y no me resistí a preguntar, ingenuamente, por su precio. No sé, me dijo maliciosamente, eso háblalo con mi hija que es quien se ocupa de tasarlos.
Cuando terminé de leer Plataforma tuve la sensación de haberme encontrado con un tipo algo engreído y soberbio, despiadado también a pesar de su cinismo, lúcido, sobre todo, qué duda cabe. Cuando concluí Las partículas elementales se me presentó ese mismo tipo igualmente cínico y descreído, el mismo finísimo analista de las mejores y las peores emociones humanas tanto físicas como psíquicas. Ahora termino La posibilidad de una isla y me encuentro otra vez a ese autor profundamente melancólico al que ya conocía, en efecto, pero mucho más pesimista, mucho menos corrosivo a pesar de todo, mucho más desencantado, trágico incluso. Pero por encima de estas actitudes, he visto ahora a un autor que tal vez haya pretendido superar esa incomunicabilidad de la que se quejaba en 1995, en un artículo incluido en El mundo como supermercado en el que escribía Michelle Houellebecq que "la propensión al desmoronamiento que muestra la creatividad en las artes no es sino otra cara de la imposibilidad, tan contemporánea, de la conversación. Es como si, en la conversación corriente, la expresión directa de un sentimiento, de una emoción o de una idea se hubiera vuelto imposible por ser demasiado vulgar. Todo tiene que pasar por el filtro deformante del humor, un humor que termina girando en el vacío y convirtiéndose en trágica mudez". Hasta quí la cita de Houellebecq. Y esto lo "expresa directamente" ahora Daniel1, el personaje central de esta novela, casi al final, es cierto, lo cual no deja de sugerir cierta reticencia, pero sin dar lugar a malos entendidos: su "relato de vida", esa autobiografía que descubrimos que está leyendo Daniel24 y continúa Daniel25 2.000 años después de haber sido escrita, es pues al cabo la confesión de que su autor cree aún, a pesar de todo, en el amor. Despúes de todo, esa creencia de Daniel1, la nostalgia más bien de esa emoción narrada que es incapaz de experimentar, es la que impulsa a Daniel25 a abandonar por fin su existencia autótrofa, absolutamente ensimismada y sin sentido, únicamente perturbada por algún mensaje electrónico enviado desde algún lugar remoto de la tierra postapocalíptica (lo que nos recuerda en cierto modo al también apocalíptico relato de Ballard "Unidad de cuidados intensivos"), la que le hace salir de su inexpugnable encierro para, aun a riesgo de su vida, intentar encontrarla nuevamente. Misión imposible, he ahí la tragedia. Sólo la relación con su perro Fox (también clonado) se asemejará en algo a esa emoción humana que persigue, he ahí la ironía. ¿Qué le ha pasado a Houellebecq, se ha vuelto un sentimental? Bueno, en el fondo yo creo que nunca ha dejado de serlo, a pesar de esa fachada de cinismo y acidez con la que se venía protegiendo casi siempre. En cualquier caso, aún está lejos de parecerse a Gustavo Martín Garzo, no vayan a creer. Y humor hay aquí, claro está, incluso el protagonista es un humorista de éxito, de mucho éxito, paradójicamente, si tenemos en cuenta que sus montajes se cuentan por burradas cada uno de ellos (un humorista, por cierto, dicho sea de paso, que con el título de uno sólo de estos montajes, aquél de Cómeme la franja de Gaza, demuestra mucho más ingenio y más mala leche que en todas las bromitas juntas que se marca Palahniuk en Snuff, su última novela). Si bien es un humor hastiado, apesadumbrado, y que como Houellebecq decía hace tantos años, desemboca sin remisión en la mudez artística y hasta íntima, existencial en este caso. No obstante este dominante humor "tórrido", nos las vemos también con historias verdaderamente divertidas, hilarantes algunas de ellas, como las "estrategias de marketing", por ejemplo, para promocionar esa nueva religión que acabará por triunfar universalmente o la caracterización que va haciendo de los personajes que forman su cúpula dirigente.
El dosmilésimo septingentésimo trigésimo séptimo día después del cuadragésimo en que George W. Bush anunció la victoria y el final de la guerra, las cifras que tenemos son las siguientes:
Traía El País el otro día un artículo que hablaba sobre este nuevo material, la membrana más fina posible, de ¡un átomo! de grosor, descubierto hace apenas cinco años. Explicaban ahí que es un compuesto de carbono, que procede del grafito (muy abundante y poco contaminante) y que al parecer revolucionará (de nuevo, uf) el mundo tecnológico conocido. Apuntaban además como nota curiosa que tal vez en pocos años el egregio y ya venerable Silicom Valley tal vez cambie su denominación por el mucho más cool de Grafeno Valley. Hemos pasado en muy poco tiempo del cobre al germanio, del germanio al silicio y de aquí al grafeno, un superconductor igualmente que permitirá, imagínenselo, que podamos enrollar y colocarnos en la oreja como un lapicero nuestras pantallas táctiles, todas, cada vez más pequeñas y potentes. O montar pantallas esféricas, cónicas, cilíndricas... Dicen por ahí que los investigadores han conseguido ya controlar la naturaleza del grafeno... Aunque tampoco es que lo tenga del todo fácil este material, pues tendrá que competir con esa especie de luciernaguitas que son los polímeros, otro de esos hallazgos recientes.
-Méteme, rey, un dedo en el trasero:
cuélame ahora la pieza despacito;
húndela toda bien, que no me quito
y gózame gozando, como quiero.
¡Ay, qué placer! Me matas y me muero;
si esto es pecar, pequémoslo infinito!
¿Quieres meter tu gloria en mi culito
y en el chisme el dedillo traicionero?
-Bien está ya ensartado en el chumino:
la próxima detrás, será riqueza
si es que no me equivoco en el camino.
¡Esto es vivir! Y no los insensatos
que lejos de la cama y de la mesa
pierden el tempo como mentecatos.
¿Que gozar es morir? ¡Bah! Estupideces;
para vosotros la virtud: pazguatos,
por una vez amar… ¡morir cien veces!
-Dejame lo acaricie... ¡Oh, qué tesoro!
Cómo, sin esta joya ser feliz?
Cuando me llena soy... !emperatriz!
¡Verga divina rica como el oro!
Húndete en mí sin miedo, te lo imploro:
Llégame de un envite a la matriz,
que no hay pieza que valga una lombriz
si en la ocasión observa ruin decoro.
-Libro abierto es tu boca, amada mía.
Negarle a buena almena buen envite
es negarle a un enfermo una sangría.
Culos cate quien tenga leve falo:
mas quien goce, cual yo, de un buen retoño,
busque siempre en las vulvas su regalo.
-Dices verdad, que la ilusión del coño
aun las vergas cual ésta que me llena
el conducto que va del papo al moño.
Sonetos lujuriosos, de Pietro Aretino (1492-1557)
El grabado que acompaña a los sonetos es uno de los deliciosos Modi que Giulio Romano realizó para acompañar la edición de los xvi poemas del vate renacentista
En fin, seguimos. En cualquier caso, que disfrutéiiiiis…..
Hace poco se cumplía el octavo aniversario de la muerte de Vicente Núñez. El poeta de Aguilar de la Frontera nos dejó tristemente el 23 de junio de 2002. La buena noticia, de todas formas, es que desde entonces no han cesado de aparecer publicaciones, como suele decirse, de y sobre el autor. A nuestra modesta contribución con El suicidio de las literaturas, de 2003, donde recopilamos sus artículos de crítica literaria y sus textos en prosa, y que aunque no llegó a ver editada, preparábamos con su concurso en los últimos meses en que estuvo vivo, se unió al año siguiente otra aportación de nuestra editorial al conocimiento y difusión de la obra de Vicente Núñez con la recopilación de los artículos que sobre él había escrito hasta el momento Miguel Casado bajo el acertado título de El vehemente, el ermitaño (dos rasgos, qué duda cabe, definitorios de la personalidad de nuestro autor). Hasta ahí nuestra intervención directa (de apreciable grosor, digamos, ya que hubo antes alguna que otra pelusilla).
Pero en 2005 se constituyó ya por fin de manera oficial la Fundación Vicente Núñez, la cual, y gracias en buena parte a la inquebrantable voluntad de Vicenta Núñez, su directora, se ha ocupado desde entonces sin desfallecer de ir atizando y manteniendo en su apropiado punto de hervor la memoria de nuestro poeta. Tengo ahora sobre mi escritorio creo que todo lo que ha ido saliendo con su patrocinio o su intervención en estos cinco años de actividad. Y su recuento depara alguna sorpresa.
Este encomiable rosario de publicaciones a ella debidas se inició en 2007 con la edición en la editorial Visor de Rojo y sepia, el único libro de poesía que permanecía inédito aún, una colección de poemas breves e impresionistas en la línea de su anterior Teselas para un mosaico (1985), escrito además en esa misma época según las propias declaraciones del autor. Y también se publica, en Italia, una amplia antología de la obra poética de Vicente Núñez, con traducción e introducción de Marina Bianchi, una deliciosa italianita, por cierto, a quien conocí en el Congreso sobre el poeta celebrado en Córdoba ese mismo año. La nota preliminar de esta antología italiana está a cargo del afamado hispanista Gabrielli Morelli, lo que desde luego da idea de su importancia y de su posible trascendencia. Dos libros más aún salen en este año. Uno de estos quizás sea el que introduzca en primer lugar esa sorpresa a que me refería. Se trata de la antología El fervor y la melancolía, preparada por el antólogo mayor del reino Luis Antonio de Villena, y que lleva como subtítulo los poetas de Cántico y su trayectoria. Los poetas de Cántico, sí, pero en él se incluye (ah, sorpresa) a Vicente Núñez cuando es evidente y conocido que no formaba parte canónica de ese grupo. Como es lógico, señala Villena las diferencias estéticas entre éste y los otros. La inclusión de Núñez ahí la fundamenta entonces en razones de amistad, y tras el placet, claro está, de Pablo García Baena, ángel custodio del grupo, a la vez que arcángel protector de Núñez. No chirría aquí, no obstante, en exceso la iniciativa por la misma naturaleza subjetiva de la propuesta de Villena, sobre todo; tampoco, porque es desde luego manifiesta la gran afinidad personal entre Vicente Núñez y los componentes del histórico grupo. En cualquier caso, no deja de llamar la atención si nos ponemos a pensar en una posible maniobra literaria que permitiera la pervivencia de un autor por otras vías que no fueran estrictamente su propia obra. Como si Vicente Núñez en este caso necesitara de esa referencia historiográfica para refrendar su personalidad literaria, lo cual nos provoca (una vez más) cierta desconfianza en los criterios de elaboración de un posible canon, de cualquier canon, para que vamos a negarlo (esto lo sabe muy bien el crítico Miguel Casado, quien se dedica gloriosamente a pervertirlo desde hace mucho).
En esta ocasión el gesto de incluir a nuestro autor en la nómina de Cántico tal vez no pase de ser algo anecdótico y puede que lo que apunto no sea más que produzco de cierta inclinación maliciosa por mi parte. Pero sí causa mayor sorpresa ver cómo esta “inocente” iniciativa de Villena se pretende “institucionalizar” cuando Guillermo Carnero, con el patrocinio una vez más de la Fundación Vicente Núñez, incluye de nuevo al poeta en la reedición en 2009 de su muy afamado e inencontrable e institucional estudio de 1976 sobre Cántico y sus poetas. En esta obra, El grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española contemporánea, añade ahora Carnero un capítulo dedicado a Vicente Núñez y en sus primeras líneas intenta justificar, cómo no, la ampliación del grupo en términos objetivos, de lógica literaria. Pero la verdad es que no llega a convencer, puesto que para quien conozca la obra de Vicente Núñez, estos argumentos (bastante beligerantes, por cierto, y algo autosuficientes) caerán siempre más bien del lado de la constatación de las evidentes diferencias que de la apreciación de posibles confluencias estéticas. Que las hubo, no digo que no, sólo que éstas fueron iniciales, coyunturales tal vez. Adscribir A Vicente Núñez al grupo de Cántico queriendo aplicar un método científico me parece algo absurdo, cuando no erróneo. Y si quisiéramos hacerlo así, no deberíamos olvidar entonces, pongo por caso, a Juan Valencia en la próxima edición (e incluso a José María Pemán, si apuramos). No, Núñez no perteneció “científicamente” a Cántico, no debemos engañarnos. Otra cosa bien distinta es considerar suficiente para su adscripción el paralelismo en la peripecia vital (incluido, curiosamente, el periodo de silencio de cada uno de los poetas) o su afinidad personal fuera de toda duda. O eso, bastante más honesto, o admitir sin tapujos que para que una obra, una obra absolutamente singular, diga lo que diga Carnero, obtenga su justo aprecio debe ser suministrada con excipientes, con lo cual volvemos algo apenados a lo que decíamos antes sobre la elaboración del canon nuestro de cada día.
En cualquier caso, y dejando al margen las opiniones personales, es evidente que estas dos publicaciones propician a su modo un nuevo espacio de encuentro con la obra del poeta de Aguilar, ensanchan su espacio, si queremos verlo así, de lo cual no debemos sino alegrarnos los nuñecianos.
En 2009 se publicaron también, en la editorial Renacimiento, las actas del Congreso de 2007 sobre Vicente Núñez a que me he referido. En Vicente Núñez. Oralista, poeta, sofista, título del libro, encontramos muy interesantes acercamientos al poeta por parte de Miguel Casado, Juan Carlos Mestre, Celia Fernández, Juan Lamillar, Vicente Luis Mora, o por la mía propia (aunque menos interesante éste ya, claro).
Pero quizás lo más importante de todo esto haya sido la publicación en dos tomos por la editorial Visor de nuevo y a cargo de Miguel Casado, de la obra completa de Vicente Núñez. El primero de ellos salió en 2008 e incluye toda su obra poética conocida y algunos poemas desconocidos o casi. El segundo tomo lo he recibido hace escasos días. Está dedicado a los sofismas de Vicente. Ha sido el que ha provocado ya por fin este irrefrenable deseo de dejar constancia. No olvido Plaza octogonal, publicado en la Biblioteca de la Pléyade malagueña, en la colección Ciudad del Paraíso, quiero decir, que promueve el Ayuntamiento de Málaga. Tampoco olvido una edición en italiano de los Sofismas (sobre los que tengo intención de hablar otro día) a cargo de la italianita Marina Bianchi. Dejo constancia, pues, y me refreno.

Juan Francisco Ferré ha colgado en su blog un cadáver exquisito la mar de entretenido. Pynchoncitos en porciones, daditos cuadraditos para consumir así, de un solo bocado. Échenle un vistazo si lo desean, échenselo, verán cómo se agarra el producto al paladar, como el jabugo. Y otros entretenimientos planea, al parecer. Estaremos pendientes...
He dicidido hacerme enemigo personal de Ernesto Calabuig, el crítico de literatura hispanoamericana de El Cultural. Así, cuando él ensalce un libro, yo lo denostaré, cuando fustige otro libro, correré yo a comprarlo y a leerlo y seguro, seguro vaya, seguro que será un libro espléndido. No por nada, simplemente porque he comprobado que no da una (o da muy pocas, demasiado pocas, las cantadas, que no cuentan...). De modo que su crítica entusiasta al libro de Claudia Piñeiro que ya comenté aquí, me hizo caer en la trampa pensando que estaba a punto de descubrir un tesoro ignorado cuando el libro no podía ser, (según yo creo, claro está) más malo y más tramposo. Tras este fiasco leí algunos meses después otra crítica del ínclito comentarista. Esta vez se trataba de un libro de relatos del escritor hondureño Horacio Castellanos Moya. Era elogiosa de nuevo, así que desestimé rápidamente su lectura. No obstante, en ese comentario hacía alusión a una novelita corta del mismo autor que tachaba de experimento fallido, de texto vanal con un desmesurado y contraproducente resabio bernhardiano. Umm, Bernhard, me dije, veremos si está en lo cierto el oráculo... Y no, no lo estaba.
A David Roas, terrorista cultural,
por los muchos atentados
y otras deudas
Apreciado Profesor Bermúdez:
En respuesta a su petición, nos congratula poder adelantarle los títulos, así como una breve sinopsis, de las novedades que nuestra editorial prevé lanzar próximamente al mercado.
Agradeciendo de antemano tanto su interés como la especial atención que estoy segura que dispensará a las mismas en sus oportunas críticas como ha venido haciendo siempre a lo largo de estos últimos años, aprovecho la ocasión para enviarle un afectuoso saludo.
Atte.: Maria Ribera
I. Caspa para una camisa AZUL, de Julián Martínez Bertomeu. Novela de cariz histórico-político que revive la heroica resistencia de un pequeño consorcio de peluqueros de señoras durante los últimos coletazos del franquismo.
II. El hombre que subía demasiado, de Severo Ruiz Cifuentes. Manual de autoayuda del prestigioso psiquiatra y especialista en neurofisiología, director de la unidad docente-asistencial de la City University of New York.
III. Actualidad del origami, de Yasutaka Koi Hernández. Extraordinario epítome (de una no menos cuidada edición) que recoge las tendencias más actuales en Occidente del milenario arte japonés. Dedicando especial atención a los más recientes y destacados ejercicios de doblado en nuestro país.
IV. MARXISMO Y ELS PASTORETS, de Justino Mailer. El osado análisis de las relaciones entre el diablo y la barretina en el que, a la luz de las tesis marxistas, Mailer propone identificar el diablo con el capitalismo y la barretina como símbolo del proletariado, lo que abre nuevas e impensadas vías hasta el momento para la interpretación de una de las obras cimeras de la literatura catalana. Recientemente, merecedor del Premio «Terrunyo» que otorga la Generalitat a estudios sobre la cultura catalana no escritos en catalán.
V. Metafísica del borceguí, de María Luisa Fdez. Bohigas. Excepcional compilación en la que la profesora Fdez. Bohigas realiza un exhaustivo seguimiento de los aforismos más utilizados a lo largo del siglo XX en el gremio de zapateros remendones.
VI. SAUDADE: DEL FADO Y DEL TAM-TAM, de Anabela Macías Ndongo. Antología que congrega las plumas más jóvenes y prometedoras de la renovada lírica poscolonial portuguesa.
(Texto incluido en Dislexia(s), de Javier B., el último título que hemos publicado en nuestra, así llamada, colección Los días terrestres, como este blog, en efecto)
Si les digo la verdad, no puedo negar que poco antes de emprender la lectura de Providence, la reciente novela de Juan Francisco Ferré, me cohibiera, me amedrentara en cierto modo el aluvión de críticas sesudas que se han vertido sobre ella. Muchas apelaban, y lo seguirán haciendo tal vez las venideras, a unas dimensiones teóricas posiblemente de no fácil alcance para un buen número de lectores entre los que podría incluirme sin sonrojo. La mayoría las ha ido recopilando el propio autor en su blog La vuelta al mundo y puede darle un repaso pinchando aquí quien esté interesado en comprobarlo por su propio click (recomiendo no sólo las entradas, sino también los comentarios, claro está, de propios y extraños, algunos de ellos memorables). Ahí se hace referencia con cierta soltura a Lyotard, Barthes, Jameson, de Man, Zyzek, etc., etc. En cualquier caso, no debería entenderse esto como un juicio sobre la pertinencia o no de este tipo de análisis, sobre si le conviene o no al texto esa clase de elucidación a ciertos niveles de exigencia, ni mucho menos. Sólo me parece interesante señalar que un lector que haya conocido antes estos comentarios (como es mi caso) y que tal vez esté no demasiado avezado en estructuralismos, post-, sobre- y trans-modernidades teóricas podría tener debido a ellos la impresión de que le sobrepasará el texto (como tantas veces ocurre por culpa de los exegetas de turno, dicho sea de paso), de que se evidenciará cruelmente una vez más el ya de por sí profundo pozo de su (mi) ignorancia, lo cual le llevará tal vez a un exceso de prevención que acartone la lectura en el mejor de los casos, que se vea inducido a soslayarla, en el peor. Todo lo cual sería un lamentable error, lo dejo claro ya, que nos impediría, en particular ahora, gozar como merecemos de este texto singular. Primero, porque es necesario tener en cuenta siempre que si el texto convoca en torno suyo a tan eminentes referencias, ello no debería ser considerado desde luego sino como la ocasión que propicie nuestra curiosidad, lectores valerosos como somos, después de todo. Segundo, porque la lectura busca en sí misma ser otra cosa bien distinta a una "caza de citas", a un extenuante rastreo de indicios. Eso podrá venir después, si queremos entretenernos en ello. Por tanto, y al margen ya de estas consideraciones previas que a mí, no lo niego, ya lo he dicho, pudieron incomodarme el primer acceso, debemos abordar sin mayores complejos la lectura de esta espléndida novela, entregarnos a lo que nos depare obviando en lo que sea posible todo este aparataje crítico. He ahí mi recomendación esencial, si hubiéramos accedido antes que a ella a la "masa crítica" que ya acumula Providence. Yo creo que conocemos todos ya más o menos la trama de esta obra: un director de cine algo descreído, desengañado y con la autoestima por los suelos, un pacto diabólico, el guión por escribir de una película de encargo, sectas diabólicas, sexo, mucho sexo, sexo del bueno, ritos diabólicos, escritores malditos…, el guión por descubrir de un vídeojuego secreto, en el fondo de todo, muy en el fondo... Me ahorraré por tanto la sinopsis. Lo que sí quisiera destacar, y de ahí tal vez provenga la prevención anterior, son los momentos en los que yo me he sentido verdaderamente dichoso leyendo Providence al margen de otras conspicuas consideraciones. Son, a mi modo de ver, cinco momentos estelares de la novela porque en todos ellos la capacidad de persuasión del autor brilla a una altura extraordinaria que me ha recordado la misma gozosa intención (en apariencia, sólo en apariencia) de contar, de narrar sin otra perspectiva que no sea la propia historia y que podemos ver sin dificultad, por ejemplo, en Raymond Russell o en George Perec.
Son, por su orden, la disparatada prueba de adhesión al Régimen a que es sometido Alex Franco a su llegada a la terminal del aeropuerto JFK de Nueva York, con su magnífica conclusión por K.O., según algunas tendencias de la narrativa corta. Más tarde, la entrada del viernes 19 del diario que empieza a escribir Franco a su llegada a Providence, donde se nos cuenta (“se nos cuenta”, sí, no debemos perder de vista a Cervantes) el onírico estreno de la “sensacional” Magnolia, una cinta virgen de tres horas de duración, fíjense ustedes, al que asisten entusiasmados algunos de los más aclamados directores de cine de la historia, Buñuel, Kubrick, Tarantino, Linch, Sirk, Burton, Almodóvar, Pasolini, Resnais…, y en cuyo desarrollo asistimos nosotros a las hilarantes indicaciones de Buñuel a su atribulado director al término de la proyección; también a la conversación sin desperdicio que tiene lugar poco después entre éste y el taimado Spielberg, quien le elogia la cinta diciéndole, nada menos, no se rían, que “es el mejor remake no americano de Tiburón”.
El tercero de estos cinco movimientos, de estas cinco suites que quiero destacar, lo encontramos en la Sitcom que desarrolla Ferré en el Nivel 2, Toma 67 (página 376, línea 26). Otro alucinado duermevela de Franco en el que aburrido, como casi siempre, coge la cámara como casi siempre, la omnipresente cámara digital de última generación, para filmar en su propia casa el fantasmagórico deambular por las habitaciones de algunas de sus conquistas femeninas recientes y pasadas, Eva, Shirley, Tranny, Veronique… (aunque falte, para nuestra desdicha, Sam, la voluptuosa y descarada mujer policia que atrapa en su momento a Franco como a todos los que frecuentamos el porno gratuito de Internet nos gustaría que nos atrapasen...).
Enseguida el cuarto, la alucinante y escabrosa aventura del pseudohomosexual, mojigato y asesino en serie Howard Philips Lovecraft y su amigo del alma el inspector Legrasse, quien lo induce a limpiar, bien protegido, el país de indeseable escoria negra. Un relato donde el horror se entremezcla magistralmente con las más tiernas emociones en la desquiciada imaginación del afamado escritor americano. Y muy poco después (Nivel 3, Inserto 14) la quinta, la última de esas cinco perlitas que tanto me han subyugado, la de la página 425: otro sueño de Franco que transcribe como posible guión de una película que titularía El nazimiento de una nación (el nacimiento de esos nazis, El huevo de su serpiente, aún palpitante a lo que parece). Una apoteósica escena en la cual Eva, su amadísima Eva Dhalgren, aborda un autobús repleto de negros y se exhibe provocativa portando un chaleco repleto de explosivos que hace estallar mientras Franco, nuestro héroe Franco, lo filma como siempre todo con prurito documental.
Bien, como dice Barthes, el texto que el escritor escribe debe probarle al lector que lo desea, esa prueba existe: es la escritura. La escritura, sigue diciendo Barthes, es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su Kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma). Hasta aquí la cita de Barthes. Ferré con su escritura, pues, sólo ya con estas partículas, nos ha demostrado (a mí al menos me lo ha demostrado) que nos desea. De ahí tal vez el placer que me ha procurado, lo cual no es poca cosa según creo.
Hay más, bastantes más momentos reseñables, pero yo me quedo con estos. Como también hay muchos aspectos que comentar de esta infatigable novela, y de los cuales sólo nombro algunos de ellos porque no vería el momento de terminar su desarrollo y tengo, excusadme, muchas cosas que hacer: su corrosivo humor, su sarcasmo, sobre todo; la brutal crítica a gobiernos (o desgobiernos), corporaciones y multinacionales, al poder que se sustenta en el dominio mediático; su crítica a la mediocridad, a la impostura académica, la autocrítica del propio autor… Tendríamos que referirnos, claro está, al universo sexual de esta novela, a su androginia, su misoginia también, su feminismo a la vez, tendríamos que referirnos a la obsesiva y desvergonzada presencia del sexo en ella, lo cual me ha hecho pensar en lo poco frecuentada que sigue estando la estela dejada por nuestra ilustre Lozana andaluza. Tendríamos que referirnos por supuesto a la abrumadora presencia del cine aquí… Pero dejémoslo en esbozo.
Un último apunte me permitiré, no obstante. En eXistenZ, de Cronemberg, que deben apresurarse a ver si no lo han hecho todavía, dice uno de los personajes que “en la vida real no ocurre nada interesante”. Es por lo cual todos se aprestan a participar en el juego de realidad virtual creado por Allegrea Geller, a quien adoran los usuarios como a una diosa. Este juego les proporcionará sin mayor esfuerzo las excitantes aventuras y el ambiente sensual que tanto desean, de ahí su perniciosa adicción y los numerosos enemigos defensores de la realidad “real”con los que cuenta. Juan Francisco Ferré ha creado un artefacto similar en el que el protagonista Alex Franco está viviendo sin saberlo tal vez su realidad virtual de un modo realista. Pero quién sabe además si, como sugiere Cronemberg, Juan Francisco Ferré, su creador, no es también un personaje del juego, si nosotros mismos, incluido este libro que hemos leído, no somos más que códigos informáticos y formamos parte a nuestra vez de un universo virtual que ignoramos como buenos jugadores. Con esta novela tendremos la oportunidad de planteárnoslo al menos, lo cual no es poca cosa tampoco. Debemos saber, eso sí, que no hay objetivo, que sólo cabe jugar y hacer las preguntas adecuadas. Por nuestra parte entonces, sólo si por el momento sabemos disfrutar en el papel de lectores que nos hemos asignado en esta novela de aventuras habremos superado el primer nivel. Ah, y también cabe la posibilidad de pedir pausa si no nos sedujera continuar interrogándonos…